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Foto: Ministerio de Cultura y Deporte de España / Centro Documental de la Memoria Histórica / Dora Maar

Estados de ejecución del Guernica

El Guernica de Picasso durante sus estadios previos.

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Foto: Mauritshuis collection, The Hague

Una obra maestra de Vermeer

La joven de la perla es una obra maestra de Johannes Vermeer, pintada alrededor de 1665. Su mirada enigmática, el uso del color por parte de Vermeer y el excelente juego de luces y sombras han cautivado a todos aquellos que han contemplado la obra, que se exhibe en el museo Mauritshuis de La Haya, en los Países Bajos.

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Foto: The State Russian Museum

Los últimos días de Pompeya

Óleo sobre lienzo realizado por el pintor Karl Briullov entre1827 y 1833. Tras estudiar los artefactos encontrados en las excavaciones y algunos documentos históricos, como las cartas de Plinio el Joven -de quien se dice que fue un testigo del evento- Bryullov eligió una ubicación existente en Pompeya como escenario de su pintura en la que muestra la erupción del Vesubio, que supuso la destrucción de Herculano y Pompeya en el año 79.

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Carlos II, El Hechizado

Obra del año 1675 atribuida al pintor español de la corte española de Felipe IV, Juan Carreño de Miranda, en que aparece retratado Carlos II a la edad de 10 años en el Salón de los Espejos del Real Alcázar de Madrid.

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La adoración de los pastores

La obra representa el momento en que el Niño Jesús fue adorado por los pastores poco después de su nacimiento y en presencia de sus padres. Pintado entre los años 1612-1614, se trata de una de sus últimas composiciones destinada a su capilla funeraria. Su estilo final es dramático y antinaturalista, intensificando los elementos artificiales e irreales: cuerpos muy largos en cabezas pequeñas iluminados con luces fuertes y estridentes.

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El Expolio

Situado en la Catedral de Toledo y fechado de entre los años 1577-1579, la obra representa a Jesucristo en el momento en que fue despojado de sus vestiduras, y es considerado una de las obras más destacadas de El Greco.

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La crucifixión , del colegio de María de Aragón

Realizada entre los años 1597 y 1600, la obra representa a Jesucristo crucificado, hallándose a sus pies su madre, la Virgen María, San Juan Evangelista y María Magdalena, entre otros personajes.

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Inmaculada Concepción, capilla Oballe de Toledo

Realizada entre los años 1608 y 1613, la obra pertenece al último periodo Toledano del artista. La Inmaculada Concepción era una de las imágenes predilectas del arte de la Contrarreforma, a la que servía el Greco. La Virgen María se sitúa en el centro del lienzo, acompañada por ángeles, querubines y la paloma del Espíritu Santo. A sus pies se encuentran varios símbolos marianos, como la luna.

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La Trinidad

Realizada entre los años 1577 y 1579, esta obra que representa a los 3 miembros de la Santísima Trinidad que formaba parte de El retablo mayor de Santo Domingo el Antiguo, fue su primer gran encargo en Toledo. Es notoria la influencia de Miguel Ángel.

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Adoración del nombre de Jesús

Conocida también como El sueño de Felipe II o Alegoría de la Liga Santa, la Adoración del nombre de Jesús fue realizada en 1579 durante su primer período toledano. La obra es considerada por algunos especialistas como la primera obra encargada por el mecenazgo del rey Felipe II.

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Giulio Clovio

Retrato pintado por el Greco sobre 1571 de Giulio Clovio, quien introdujo al Greco en el círculo del cardenal Alejandro Farnesio en Roma.

 

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La curacion del ciego El Greco Dresde

Pintura del año 1567 relativa al periodo veneciano de Greco realizada con la técnica del temple, método empleado en Creta. El Greco asimiló rápidamente los conceptos de la pintura veneciana.

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San Lucas pintando a la Virgen y al Niño

Obra datada con fecha anterior al año realizada en temple y oro sobre tabla y perteneciente al período cretense del Greco.

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© MUSEO DEL GRECO, TOLEDO / EL GRECO 2014

El Greco se congracia con Toledo

Vista y plano de Toledo (1608), de El Greco. 

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© THE METROPOLITAN MUSEUM OF ART, NEW YORK / EL GRECO 2014

La ciudad de las 3 culturas

Vista de Toledo (1604-1614), de El Greco.

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Foto: Age Fotostock

Entierro del Duque de Orgaz

El Greco aceptó el encargo de realizar la obra en 1586, algo más de dos siglos y medio después de los hechos que en ella representó. El entierro del señor de Orgaz, más conocido como El entierro del conde de Orgaz, es un óleo sobre lienzo pintado en estilo manierista por El Greco entre los años 1586 y 1588. Fue realizado para la iglesia de Santo Tomé de Toledo, donde aun permanece, y es considerada una de las las mejores obras de su autor. En él se representó un entierro del siglo XIV presenciado por hombres vestidos a la manera del siglo xvi. Parece que eran retratos de personas que vivían en Toledo. Solo se ha reconocido a Antonio de Covarrubias, amigo del pintor. El niño señalando el milagro al espectador se cree que era el hijo del pintor, Jorge Manuel. 

Obra pintada por El Greco (1586), en la iglesia de Santo Tomé.

 

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Foto: Museo de Historia del Arte, Viena

Felipe el Hermoso Retrato atribuido a Juan de Flandes, Siglo XV

Pese a la leyenda de príncipe codicioso y marido insensible, Felipe el Hermoso dejó buen recuerdo en muchas de las personas que lo trataron. Así lo recoge el cronista Lorenzo de Padilla en la semblanza que trazó del soberano unas décadas después de su muerte. Naturalmente, Padilla destacaba en primer lugar su apostura: Felipe era “de alta estatura y abultado. Tenía muy gentil rostro, hermosos ojos y tiernos, la dentadura algo estragada, muy blanco y rojo. Las manos por excelencia largas y albas y las uñas más lindas que se vieron a persona”.

El vigor físico era otro rasgo visible. Según Padilla, Felipe era “muy diestro en todos los ejercicios de las armas, así con ballesta como con escopeta. Cabalgaba muy bien a caballo a todas sillas. Era muy buen justador, jugaba a todos juegos de pasatiempos y era más aficionado a la pelota que a otro ninguno”. Eso sí, sufría un enojoso problema en una pierna: “En su andar mostraba sentimiento algunas veces por causa que se le salía la chueca -rótula- de la rodilla, la cual él mismo con la mano arrimándose a una pared la volvía a meter en su lugar”.

Pero el príncipe flamenco sobresalía aún más, a juicio de Padilla, por su delicadeza de carácter. “Era muy amigo de sus criados –escribía– y muy afable a todos. Era templado en su comer y beber”. Y aunque reconoce su afición al galanteo, el cronista afirma que el rey sintió verdadero afecto por su esposa. “Quiso mucho a la reina; sufríale mucho y encubría todo lo que podía las faltas que de ella sentía acerca del gobernar”.

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Felipe el Hermoso, Conde de Flandes, retrato del maestro de Affligem, Joseph Sequence

Como príncipe soberano de los Países Bajos, Felipe el Hermoso era duque de Brabante, Limburgo y Luxemburgo, conde de Flandes, Hainaut, Holanda, Zelanda y Artois, y señor de Amberes y Malinas. Eran estas unas tierras de gran riqueza agrícola, manufacturera y comercial, repletas de prósperas ciudades y en las que se concentraba una nobleza que desde hacía decenios daba el tono a la vida cortesana de toda Europa. No es raro, por tanto, que Felipe mirara con cierto desapego el país del que provenía su esposa Juana, a sus ojos tan lejano como poco civilizado.

En su entorno se creía que “los reyes españoles van vestidos como campesinos, con trajes pesados y sin forma, anticuados y descuidados”. El primer viaje de Felipe a España le hizo cambiar su impresión, y a la muerte de Isabel la Católica se lanzó sin pudor a la conquista de su nuevo reino.

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La infanta Juana de Castilla, retrato del maestro de Affligem, Joseph Sequence

Las relaciones de Castilla con Flandes se remontaban al menos al siglo XIV, cuando la lana castellana sustituyó a la inglesa como fuente principal de abastecimiento de la industria textil flamenca. A ello siguió la influencia cultural de los Países Bajos en la Península, en el dominio de las artes o la religión. Con todo, Juana de Castilla sufrió un fuerte impacto a su llegada a Flandes en 1496.

La riqueza de las ciudades, la suntuosidad de los vestidos, la misma libertad de costumbres de la corte, contrastaban con la austeridad en la que había sido educada por su madre Isabel. En una ocasión, por ejemplo, cuando su marido quiso besarla en público en la mejilla, según la moda francesa, ella se retiró con un gesto de repugnancia. Pero más tarde, cuando quisieron retenerla en España para que diera a luz mientras Felipe volvía a Flandes, Juana no cejó hasta volver al que consideraba su hogar.

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Doña Juana "la Loca",1877, de Francisco Pradilla y Ortiz. Museo del Prado, Madrid.

Sobre las extrañas circunstancias en que se produjo la muerte del rey Felipe el Hermoso, en Burgos, contamos con algunos testimonios de la época. El 23 de septiembre de 1506, estando presente el prestigioso doctor De la Parra, el estado del enfermo revestía enorme gravedad. Así se nos cuenta: “Por la noche empezó a tener gran dolor en los costados, escupiendo sangre al amanecer, mientras empezaban a salirle manchas pequeñas, entre coloradas y negras, que los doctores llaman blatas, y que se extendieron por todo su cuerpo. Una gran infección se extendió por la lengua y paladar, inflamándose la úvula, perdiendo a ratos los sentidos y sobreviniéndole al tiempo terribles calenturas y largos estados de frío… El miércoles le sobrevino un frío aún más riguroso y después un sudor caliente harto copioso en todo el cuerpo, quedando como alienado y con sueño”.

El historiador zurita, por su parte, nos cuenta: “considerando las cosas que habían precedido y la naturaleza de la dolencia que le acabó la vida tan arrebatadamente, no se dejó de tener alguna sospecha que le hubiesen dado ponzoña, pero de esta opinión salieron los mismos flamencos sus servidores en cuyo poder estaba. Porque los físicos [médicos] que él traía… descubrieron la causa de su enfermedad, y se entendió haberle sobrevenido de demasiado ejercicio y de una reuma, de donde se encendió la fiebre de que muchos morían en el mismo tiempo en aquella ciudad”.

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Foto: Art Archive

Retrato ecuestre de Luis XIII, por Claude Deruet. Castillo de Versalles.

Los propagandistas contrarios a Richelieu dejaron la imagen de un ministro que se había adueñado totalmente de la débil voluntad de Luis XIII. La realidad fue más compleja. Durante mucho tiempo Luis miró con mucho recelo a Richelieu. Y aun después de elegirlo primer ministro, seguía sintiéndose incómodo ante un hombre 17 años mayor, con una inteligencia y una determinación de las que él mismo carecía. Richelieu supo valerse de las debilidades del rey para fortalecer su poder, por ejemplo indisponiéndolo con la reina madre y sobre todo con su esposa, Ana de Austria, y proporcionándole amistades, femeninas y masculinas, que dieran cauce a la emotividad del rey. Gracias a su condición de cardenal, no dudaba en ocasiones en sermonearlo, instándolo a comportarse a la altura de su cargo.

Pero Luis XIII nunca dejó de ser el verdadero soberano. Richelieu era sabedor de que su posición pendía del delgado hilo del favor real, y en varias ocasiones creyó perderlo, como en la Jornada de los Engaños o en la conspiración de Cinq-Mars, alentada tácitamente por el soberano. Su gran baza para mantenerse en el poder era su propia capacidad política, y la creencia que supo transmitir a Luis de que con su política la monarquía francesa recuperaría todo su esplendor. Los éxitos militares y diplomáticos que se sucedieron desde 1628 convencieron a Luis de que la política de Richelieu era la buena y que su contribución resultaba imprescindible. Como le escribía ya en 1626: "Tengo puesta en vos toda mi confianza, y ciertamente nunca he encontrado otro hombre que me sirviera tan a mi gusto...". 

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Foto: Bridgeman

La religión al servicio del estado

La pintura reproducida junto a estas líneas, un óleo sobre lapislázuli, se titula El triunfo de Luis XIII sobre los enemigos de la Religión. Su autor fue Jacques Stella, uno de los pintores de corte de Richelieu y Luis XIII. No se sabe la fecha exacta de la obra, ni el acontecimiento que conmemora. Tal vez se trata de una celebración de la política religiosa de Luis y su primer ministro, decisiva para la consolidación del catolicismo como única religión oficial, poniendo fin a decenios de guerras de religión. La toma de La Rochela en 1628 fue el hito decisivo en este proceso.

EL Óleo de la Stella es un ejemplo del carácter peculiar que tuvo la ofensiva de Richelieu en el ámbito religioso. No hay duda de su empeño en favorecer el catolicismo y restringir la libertad de acción de los protestantes, que gozaban de grandes privilegios en amplias regiones del país. Pero Richelieu estuvo lejos de ser un fanático. Por ejemplo, tras la conquista de La Rochela, mientras los sectores ultracatólicos instaban a la destrucción de la ciudad, el cardenal impuso una postura de clemencia, como la que muestra Luis XIII en la pintura de Stella. 

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Eugène Delacroix - La Libertad guiando al pueblo

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Foto: AP / Gtres

La Piedad del Vaticano

Poco después de llegar a Roma, en 1498, Miguel Ángel recibió un encargo que despertó todo su genio creador. Se trataba de una estatua funeraria para el cardenal francés Jean de Billheres, un miembro de la corte papal de Alejandro VI, el papa Borgia. El tema era el de la Piedad, recurrente en la época, pero Miguel Ángel lo planteó de forma original. Frente al patetismo de las piedades nórdicas, el florentino plasmó la idea de redención sin ahondar en el sufrimiento de Jesucristo y su madre. Las figuras encarnan una belleza inmaculada e inalterable, expresión de la salvación de la humanidad propiciada por el sacrificio de Cristo.

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Foto: AP / Gtres

El David de Florencia

Una cofradía ligada a la catedral de Florencia, formada principalmente por miembros del influyente gremio de la lana, encargó a Miguel Ángel, en 1501, una estatua que representara a David derrotando a Goliat. Buonarroti rompió con la iconografía habitual en la que el héroe aparece como vencedor con la cabeza de Goliat. Prefirió representar el momento previo a la acción, cuando el joven se prepara para el desigual combate. Destaca la desproporción de las manos y la cabeza respecto al cuerpo, expresión quizá de la idea de República: la cabeza simbolizaría el ideal, y las manos, el instrumento para el cambio de régimen.

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