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Foto: H. Lewandowski / Rmn-Grand Palais

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Odiseo y Tiresias

En la Odisea, Homero relata cómo Odiseo acude a las puertas del reino de Hades para consultar al espíritu del adivino Tiresias sobre los peligros que le esperan durante su vuelta a Ítaca. Este relieve muestra al héroe ofreciendo la sangre del sacrificio a la sombra de Tiresias, que acude presta a beber antes de poder contestar las preguntas del héroe. Museo del Louvre, París.

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Foto: Bridgeman / Aci

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Ixión

Tras obtener el perdón de Zeus por matar al rey Deyoneo, su suegro, Ixión, rey de los lapitas, intentó seducir a Hera, esposa de Zeus. Furioso, el dios lo castigó atándolo a una rueda ardiente que giraba sin cesar y lo precipitó al Tártaro, junto con los grandes criminales. El cruel castigo se muestra en este óleo de Jules-Élie Delaunay, de 1876. Museo de Bellas Artes, Nantes.

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Foto: Culture-images / Album

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El guía de las almas en los infiernos

Hermes, mensajero de los dioses y guía de las almas hacia el inframundo, aparece rodeado de los espíritus de los difuntos que esperan a orillas del Estige para ser transportados por Caronte al reino de Hades. Óleo por Adolf Hirémy-Hirschl. 1898. Galería Belvedere, Viena.

 

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Foto: Marzolino / Shutterstock

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La geografía del inframundo

Las múltiples descripciones del Hades por autores antiguos y modernos permiten representar el desolador paisaje del infierno de los griegos, repleto de lugares horrendos. Tras entrar por cualquiera de las bocas del infierno existentes, el difunto se dirigía a la orilla del Estige, el río que rodea el inframundo y que cruzaba a bordo de la barca de Caronte. En la otra ribera el alma se encontraba con el guardián Cerbero y con los tres jueces del inframundo. Los autores explican que en su penar por el Hades las almas encuentran tres ríos de infausto recuerdo: el Aqueronte o río de la aflicción, el Flegetonte o río ardiente y el Cocito, el río de los lamentos. También separan nuestro mundo del Más Allá otros lugares prodigiosos, como las aguas del Leteo, el río del Olvido, que John Milton describe en su Paraíso perdido. Las almas de los justos van a parar a lugares felices como los Campos Elíseos o las Islas de los Bienaventurados. Los iniciados en los misterios, que a veces se hacían enterrar con instrucciones para emprender su viaje, se aseguraban la llegada sin problemas a los Campos Elíseos invocando el poderoso nombre de Deméter, Orfeo o Dioniso. Por último estaba el Tártaro, lugar de tormento eterno donde iban a parar los condenados.

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Foto: Hadrian’s Wall Country

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Busto de Apolo

Busto de Apolo hallado durante las recientes excavaciones en Vindolanda, uno de los fuertes que custodiaban el Muro de Adriano.

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Foto: Ministry of Culture, Greece

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Santuario superior

El santuario superior, consagrado a Zeus, se encuentra a 1.400 metros de altura en el monte Liceo.

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Foto: Ministry of Culture, Greece

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Esqueleto de un adolescente

El esqueleto probablemente perteneció a un adolescente que fue enterrado en una tumba de tipo cista, con algunas lajas cubriéndole la zona pélvica.

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Foto: Ministry of Culture, Greece

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Un esqueleto sin cráneo

El esqueleto, de unos 3.000 años de antigüedad, no conserva el cráneo pero sí la mandíbula inferior.

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Foto: Ministry of Culture, Greece

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Santuario inferior

El santuario inferior, ubicado unos 200 metros por debajo, incluye un hipódromo, un estadio, un edificio de baños, un edificio administrativo, una stoa y una fuente.

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Foto: Ministry of Culture, Greece

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Escalera monumental

Escalera monumental hallada en el santuario inferior.

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Foto: Héctor Montaño, INAH

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Felino de estilo olmeca

Felino de estilo olmeca, de más de 2.500 años de antigüedad, tallado en una roca de andesita al pie del cerro Chalcatzingo, al sur de Ciudad de México.

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Foto: Héctor Montaño, INAH

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Hallazgo casual

El hallazgo fue casual: un trabajador del yacimiento arqueológico de Chalcatzingo resbaló sobre esta roca y después detectó unas líneas en la superficie.

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Foto: Héctor Montaño, INAH

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Relieve mutilado

El felino olmeca sostiene a un hombre cuyo rostro fue mutilado en época prehispánica como una forma de desacralizar el monumento.

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Foto: Héctor Montaño, INAH

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Marquesina de protección

Marquesina que protege el bajorrelieve de la lluvia y otras inclemencias.

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Foto: Imagen M.A.S. (www.imagenmas.es)

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Cabeza de un fauno

Cabeza de la estatua de un fauno o un personaje dionisíaco. Tiene las orejas puntiagudas y dos pequeños cuernecillos o protuberancias en la frente.

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Foto: Imagen M.A.S. (www.imagenmas.es)

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Extremidades inferiores

Extremidades inferiores de la estatua del fauno.

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El cuadro de Charles Gregor

Este interesante cuadro de cuidada factura supone un pequeño misterio dentro de los exvotos pintados de la basílica de Begoña. Representa el naufragio de un velero en medio de una terrible tormenta. Tan solo sabemos que fue dibujado por Charles Gregory, un afamado pintor de marinas inglés, en 1853. Una obra única, puesto que no se conocen otras pinturas votivas de este pintor.  Junto a la firma del autor está escrita la palabra “Cowes”, que alude a la capital de la isla de Wight, cercana a la costa sur británica donde Gregory vivió toda su vida y donde tiene su base el Royal Yatch Squadron desde 1815. Gregory pintó numerosos óleos y acuarelas para esta afamada institución marítima británica. Sus pinturas en los últimos años son cada vez más buscadas por los coleccionistas privados.

 

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Fragata artillada. Santuario de la Virgen del Mar. Mamariga. Santurtzi. Siglo XVIII.

A principios del siglo XX Manuel Calvo ofrendó la maqueta de una hermosa fragata mercante en el Santuario de la Virgen del Mar de Mamariga, en Santurtzi. Habiendo perdido una sortija de gran valor para la familia, rogó a la Virgen del Mar que le ayudara a encontrarla y prometió ofrecer a cambio una fragata que tenía en casa perteneciente a su bisabuelo.

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Exvotos pintados

Las pinturas votivas suponen la máxima expresión narrativa. Si las maquetas de barcos alcanzaban altos grados de fidelidad a los buques originales, en los cuadros adquieren una vida que las maquetas no pueden darles. Los exvotos pictóricos tienen la particularidad de ser fiel reflejo de los momentos angustiosos vividos en alta mar por sus tripulantes. El dramatismo que emanan viene apoyado, en ocasiones, por el relato de los hechos a pie de cuadro. Algunos de ellos son tan fieles a la realidad de lo acontecido que es posible reconstruir los pormenores del accidente y el desenlace supuestamente milagroso del mismo.

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Fragata Bilbaína. Museo de las Encartaciones. Avellaneda

Este precioso modelo de fragata mercante artillada ha tenido una vida azarosa, tanto el barco original como el exvoto que ha llegado a nuestros días. Representa a la fragata Bilbaína, construida a orillas de la Ría de Bilbao. En 1815 su capitán era el marino de Santurtzi, Antonio del Casal. Por lo que se desprende de la documentación de archivo esta fragata se dedicó durante algún tiempo al transporte de “madera de ébano”, un eufemismo utilizado en la época para referirse al trafico de esclavos africanos. La práctica de la esclavitud fue abolida oficialmente siendo legal en las colonias. Se mantuvo en Puerto Rico hasta 1873 y en Cuba hasta 1880. Esta situación propició que algunos capitanes vascos hicieran fortuna con esta actividad. El exvoto de la Bilbaína fue depositado en la Iglesia de Santa Isabel, en La Herrera Zalla, según tradición del pueblo, por los dueños de la fragata original.

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Ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Bermeo.

Exvoto procede de la expresión latina “exvoto suscepto”, lo que significa “como consecuencia de un voto”. Se trata de un elemento con una fuerte carga simbólica, ya que sintetiza la prueba física de un contrato suscrito entre el ser humano y la divinidad. Existen varios tipos de exvotos, gratulatorios, propiciatorios o conmemorativos. En todos los casos, la mentalidad popular atribuye a la intervención o intercesión divina el resultado feliz que ha motivado el exvoto. Sin esta premisa religiosa, el exvoto, como ofrenda, carece de sentido.

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Dioses del mar

Hubo un tiempo en que los dioses moraban los océanos. Dagoon, Neptuno, Poseidón, las Nereidas, Pelagia… han sido innumerables las divinidades tutelares del mar. Sin embargo con el Cristianismo, la mar deja de ser la morada de los dioses. Ya nadie tiene autoridad sobre los monstruos y bestias de las profundidades. El espacio acuático, escenario de riquezas, aventuras y civilización, muestra su faz más temible y los pueblos del mar convierten la línea de la orilla en la frontera que separa el mundo de los confines del abismo. En los momentos de peligro se hace necesario invocar la misericordia en las alturas celestiales. Pero el hombre de mar, empequeñecido ante la magnitud del Todopoderoso, busca intercesores que medien ante Dios. Los santos del panteón cristiano y la propia Virgen María toman el relevo de los antiguos dioses y pactan con los humanos las condiciones de su salvación en los momentos más desesperados de la navegación.

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Óleo sobre lienzo. Iglesia de la Virgen del Puerto. Zierbena. Siglo XVIII.

En la mentalidad popular, serpientes marinas, pulpos gigantes y calamares de dimensiones extraordinarias habitaban las aguas de todos los mares, ríos y lagos. El ser humano, juguete de la naturaleza, pone en manos de entidades superiores el feliz término de su tránsito obligatorio por el mar tenebroso. Sobre estos terrores se ha ido tejiendo la base fundamental de la religiosidad y devoción especial que la gente del mar sintió y practicó como medio de buenos augurios y esperanza de salvación.

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Foto: Bridgeman / Aci

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Peligros sin cuento

Serpientes voladoras atacan a los hombres de Alejandro en tierras de la India, según relata Curcio Rufo. Miniatura del siglo XV.

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Foto: Dea / Album

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Seres marinos fabulosos

Nereida en la tapa de un joyero, en plata dorada. Siglo III a.C.

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