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El cardenal Juan Everardo Nithard

Obra del año 1674 atribuida al pintor barroco español Alonso del Arco y en el que aparece retratado el cardenal Juan Everardo Nithard, consejero de la reina Mariana de Austria y quien llegó a alzarse con los cargos de obispo de Agrigento, cardenal de la Iglesia Católica, arzobispo titular de Edesa e Inquisidor General de España. 

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Carlos II, El Hechizado

Obra del año 1675 atribuida al pintor español de la corte española de Felipe IV, Juan Carreño de Miranda, en que aparece retratado Carlos II a la edad de 10 años en el Salón de los Espejos del Real Alcázar de Madrid.

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Foto: DEA / Album

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El Tratado Colombino

Las Capitulaciones de Santa Fe fueron pactadas y firmadas por fray Juan Pérez, representante de Colón, y Juan de Coloma, secretario de Fernando el Católico. Se trató de un documento suscrito por sus majestades el 17 de abril de 1492 en la localidad de Santa Fe, a las afueras de Granada, y que recoge los acuerdos alcanzados con Cristóbal Colón relativos a la expedición que se planeaba hacia el desconocido occidente.

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Colón en la corte de Fernando el Católico

Xilografía según un óleo de Wenzel Von Brozik. Siglo XIX. Gracias a su seguridad en sí mismo y su entusiasmo visionario, Colón persuadió a los Reyes Católicos de aceptar su proyecto, aunque nada habría logrado sin el apoyo decidido de varios personajes clave de la corte castellana. En la negociación final, Colón exigió que se le concediera el título hereditario de Almirante del Mar Océano, el cargo de virrey y gobernador y el diez por ciento de las ganancias del descubrimiento. Cuando los consejeros de Isabel consideraron que eran condiciones desorbitadas, Colón partió airado a Córdoba, pero la reina lo volvió a llamar y el 17 de abril de 1492 se firmaron las capitulaciones.

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Foto: Prisma Archivo

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Los Reyes reciben a Colón en Barcelona

Un cronista explica que, a la llegada de Colón a Barcelona a mediados de abril de 1493, «los Reyes Católicos le esperaban públicamente, con toda la majestad y grandeza, en un riquísimo trono bajo un dosel de brocado de oro, y cuando fue a besarles las manos se levantaron como si fuera un su lado». Así recrea la escena este óleo de Francisco García Ibáñez (Museo del Ejército, Madrid). Sin embargo, los diarios de la ciudad no registran una recepción pública. Parece que el encuentro se produjo en alguna sala de palacio, repleta, eso sí, de curiosos y admiradores.

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Imagen: picture alliance / United Archives / WHA / Gtres

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Los Reyes Católicos reciben a Cristóbal Colón

En abril de 1493 Cristóbal Colón fue recibido por los Reyes Católicos en Barcelona. No se sabe con certeza el día en que el almirante entró en la ciudad, aunque probablemente fue a finales de abril. Tampoco se sabe el lugar exacto en el que fue recibido; pudo ser en el Salón del Tinell, en el centro de Barcelona, o en el monasterio de San Jerónimo de la Murtra, en Badalona; puede incluso que visitara ambos lugares.

 

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© GTRESONLINE

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Cristóbal Colón

Azulejos en la plaza de España, en Sevilla, con la imagen de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, los Reyes Católicos, en el momento en que reciben a Cristóbal Colón tras su viaje a las Indias.

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Foto: Museo de Historia del Arte, Viena

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Felipe el Hermoso Retrato atribuido a Juan de Flandes, Siglo XV

Pese a la leyenda de príncipe codicioso y marido insensible, Felipe el Hermoso dejó buen recuerdo en muchas de las personas que lo trataron. Así lo recoge el cronista Lorenzo de Padilla en la semblanza que trazó del soberano unas décadas después de su muerte. Naturalmente, Padilla destacaba en primer lugar su apostura: Felipe era “de alta estatura y abultado. Tenía muy gentil rostro, hermosos ojos y tiernos, la dentadura algo estragada, muy blanco y rojo. Las manos por excelencia largas y albas y las uñas más lindas que se vieron a persona”.

El vigor físico era otro rasgo visible. Según Padilla, Felipe era “muy diestro en todos los ejercicios de las armas, así con ballesta como con escopeta. Cabalgaba muy bien a caballo a todas sillas. Era muy buen justador, jugaba a todos juegos de pasatiempos y era más aficionado a la pelota que a otro ninguno”. Eso sí, sufría un enojoso problema en una pierna: “En su andar mostraba sentimiento algunas veces por causa que se le salía la chueca -rótula- de la rodilla, la cual él mismo con la mano arrimándose a una pared la volvía a meter en su lugar”.

Pero el príncipe flamenco sobresalía aún más, a juicio de Padilla, por su delicadeza de carácter. “Era muy amigo de sus criados –escribía– y muy afable a todos. Era templado en su comer y beber”. Y aunque reconoce su afición al galanteo, el cronista afirma que el rey sintió verdadero afecto por su esposa. “Quiso mucho a la reina; sufríale mucho y encubría todo lo que podía las faltas que de ella sentía acerca del gobernar”.

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Felipe el Hermoso, Conde de Flandes, retrato del maestro de Affligem, Joseph Sequence

Como príncipe soberano de los Países Bajos, Felipe el Hermoso era duque de Brabante, Limburgo y Luxemburgo, conde de Flandes, Hainaut, Holanda, Zelanda y Artois, y señor de Amberes y Malinas. Eran estas unas tierras de gran riqueza agrícola, manufacturera y comercial, repletas de prósperas ciudades y en las que se concentraba una nobleza que desde hacía decenios daba el tono a la vida cortesana de toda Europa. No es raro, por tanto, que Felipe mirara con cierto desapego el país del que provenía su esposa Juana, a sus ojos tan lejano como poco civilizado.

En su entorno se creía que “los reyes españoles van vestidos como campesinos, con trajes pesados y sin forma, anticuados y descuidados”. El primer viaje de Felipe a España le hizo cambiar su impresión, y a la muerte de Isabel la Católica se lanzó sin pudor a la conquista de su nuevo reino.

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La infanta Juana de Castilla, retrato del maestro de Affligem, Joseph Sequence

Las relaciones de Castilla con Flandes se remontaban al menos al siglo XIV, cuando la lana castellana sustituyó a la inglesa como fuente principal de abastecimiento de la industria textil flamenca. A ello siguió la influencia cultural de los Países Bajos en la Península, en el dominio de las artes o la religión. Con todo, Juana de Castilla sufrió un fuerte impacto a su llegada a Flandes en 1496.

La riqueza de las ciudades, la suntuosidad de los vestidos, la misma libertad de costumbres de la corte, contrastaban con la austeridad en la que había sido educada por su madre Isabel. En una ocasión, por ejemplo, cuando su marido quiso besarla en público en la mejilla, según la moda francesa, ella se retiró con un gesto de repugnancia. Pero más tarde, cuando quisieron retenerla en España para que diera a luz mientras Felipe volvía a Flandes, Juana no cejó hasta volver al que consideraba su hogar.

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Doña Juana "la Loca",1877, de Francisco Pradilla y Ortiz. Museo del Prado, Madrid.

Sobre las extrañas circunstancias en que se produjo la muerte del rey Felipe el Hermoso, en Burgos, contamos con algunos testimonios de la época. El 23 de septiembre de 1506, estando presente el prestigioso doctor De la Parra, el estado del enfermo revestía enorme gravedad. Así se nos cuenta: “Por la noche empezó a tener gran dolor en los costados, escupiendo sangre al amanecer, mientras empezaban a salirle manchas pequeñas, entre coloradas y negras, que los doctores llaman blatas, y que se extendieron por todo su cuerpo. Una gran infección se extendió por la lengua y paladar, inflamándose la úvula, perdiendo a ratos los sentidos y sobreviniéndole al tiempo terribles calenturas y largos estados de frío… El miércoles le sobrevino un frío aún más riguroso y después un sudor caliente harto copioso en todo el cuerpo, quedando como alienado y con sueño”.

El historiador zurita, por su parte, nos cuenta: “considerando las cosas que habían precedido y la naturaleza de la dolencia que le acabó la vida tan arrebatadamente, no se dejó de tener alguna sospecha que le hubiesen dado ponzoña, pero de esta opinión salieron los mismos flamencos sus servidores en cuyo poder estaba. Porque los físicos [médicos] que él traía… descubrieron la causa de su enfermedad, y se entendió haberle sobrevenido de demasiado ejercicio y de una reuma, de donde se encendió la fiebre de que muchos morían en el mismo tiempo en aquella ciudad”.

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Foto: Museo del Louvre

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Felipe I de Castilla

Apodado "el Hermoso", Felipe I de Castilla (1478 - 1506) era  yerno de Fernando el Católico, con quién no pudo evitar disputarse el trono de Castilla.

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Foto: Dea / Album

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Don Carlos. Retrato idealizado por Antonio Moro. Palacio de Versalles

El drama de Carlos e Isabel

La princesa Isabel de Valois, hija de Enrique II de Francia, convivió con don Carlos en la corte española al convertirse en la tercera esposa de Felipe II. De edad parecida, sintieron afecto mutuo y murieron con escasos meses de distancia, lo que dio pie a rumores.

Cuando en 1559 España y Francia pusieron fin a un largo período de guerras con el tratado de Cateau-Cambrésis, se pensó sellar la paz con el matrimonio del príncipe don Carlos e Isabel de Valois, de apenas 14 y 13 años respectivamente. Pero al año siguiente, Felipe II –que en 1558 había enviudado de María Tudor– decidió casarse él mismo con la princesa francesa, pese a la gran diferencia de edad que existía entre ellos: 19 años. "No se quejará Su Majestad de que le hayan casado con mujer fea y vieja", dijo un contemporáneo.

 

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Foto: Sfgp / Album

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Isabel de Valois. Retrato por Juan Pantoja de la cruz sobre un original de Sofonisba Anguissola. Museo del Prado

Simpatía y compasión

Desde la llegada de Isabel de Valois a España, en 1560, surgió una estrecha amistad entre la nueva reina y su "hijastro". Ella se compadecía de la enfermedad del príncipe y se esforzaba por consolarlo. Impresionado por la reina y las atenciones que le prestaba, don Carlos la agasajaba con costosos regalos como sortijas de rubíes o alfombras de tejidos preciosos, y la ayudó a recuperarse del primer parto. En una ocasión en que ella cayó gravemente enferma, el príncipe mostró gran tristeza y durante varios días visitó iglesias y organizó procesiones para pedir por la salud de Isabel.

El afecto que sentía la reina por el príncipe no se desmintió cuando Felipe II ordenó arrestarlo. Al día siguiente de la detención confesó al embajador francés Fourquevaux: "Lamento esta desgracia como si se tratara de mi propio hijo". Al parecer, pasó dos días llorando, igual que cuando se anunció la muerte del príncipe. La salud de la reina había quedado muy afectada después del nacimiento de su segunda hija, en octubre de 1567. Tras quedar embarazada de nuevo, su mal se agravó y falleció en octubre de 1568, apenas dos meses después de que muriera el príncipe.

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Foto: Album

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Pedro el Cruel

Grabado perteneciente a una edición de la crónica de su reinado por Pedro López de Ayala. Siglo XVI. Biblioteca de Cataluña, Barcelona.

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Foto: Oronoz / Album

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Querido por los Sevillanos

Pedro I de Castilla en una gran dobla castellana.  

Pedro I residió largas temporadas en Sevilla, para lo que hizo ampliar considerablemente el alcázar en un estilo mudéjar. Los sevillanos lo recordaron siempre como un rey que escuchaba al pueblo y administraba justicia sentado en una silla del patio del alcázar, jugaba con sus hijas en los jardines reales y salía por las noches, disfrazado, para apostar a los dados en las tabernas.

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Foto: Art Archive

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La batalla de Nájera

La batalla de Nájera, de 1367, en una miniatura del siglo XIV. Enrique de Trastámara y los franceses luchan contra Pedro el Cruel y tropas inglesas. 

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Foto: Oronoz / Album

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La muerte de Pedro el Cruel

Enrique II dando muerte a Don Pedro. Miniatura del siglo xv. Biblioteca Nacional, Madrid.

Pedro el Cruel murió a manos de su hermano Enrique de Trastámara cuando trataba de huir del asedio al castillo de Montiel. 

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Foto: AKG / ALBUM

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Coronación de Enrique II

Enrique II es coronado rey de Castilla en 1366, tras haber expulsado del reino a Pedro I. Éste recuperó el trono en 1367, aunque lo perdió dos años después.

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Foto: CC

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El motín de Esquilache

El bando de 1766 contra los sombreros de ala ancha y las capas largas hubo de ser aplicado por la fuerza, ante la hostilidad abierta de gran número de madrileños.

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Foto: CC

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Extranjeros en el punto de mira

La furia de los amotinados contra Esquilache se dirigió también contra otros dos italianos traídos a España por Carlos III: el ministro Jerónimo Grimaldi y el arquitecto real Francisco Sabatini, cuyas residencias fueron asaltadas; el grabado muestra el ataque a la vivienda de este último. A su paso, los rebeldes destrozaron los esquilaches, las nuevas farolas instaladas por el ministro, que al alimentarse de aceite de oliva habrían encarecido el precio de este producto, minando la ya maltrecha economía de los madrileños.

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Foto: CC

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Carlos III, rey de España

Carlos III intentó desarrollar una política reformadora e ilustrada de España.

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Foto: CC

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El bando que quería cambiar la forma de vestir de los madrileños

Un alguacil ordena cortar el sombrero y la capa de un madrileño en este óleo de José Martí y Monsó realizado en el siglo XIX.

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Foto: CC

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Guardia Valona

Entre las peticiones de los amotinados estaba la salida de Madrid de la Guardia Valona.

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Foto: Oronoz / Album

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Las Montañas de la Luna

Mencionadas por Ptolomeo como la fuente del Nilo, estas legendarias montañas que aquí se ubican se encuentran en realidad considerablemente más al sur.

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