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FOTO: Oronoz / Album

El rey que perdió Flandes

Cuando Felipe IV retomó la guerra en Flandes en 1621, después de una tregua de 12 años, encargó a Spínola que reconquistara el territorio rebelde a cualquier precio. Aunque los ejércitos españoles tuvieron algunos éxitos al principio, la provincia obtuvo su independencia en 1648. Sobre estas líneas una medalla con el busto de Felipe IV. Museo Lázaro Galdiano, Madrid.

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FOTO: DEA / Album

Permiso papal para ser un hombre

La fama de la Monja Alférez cruzó el Atlántico y fue recibida por el mismo rey de España, Felipe IV, y se entrevistó con el papa Urbano VIII, que le otorgó permiso para vestir y firmar como hombre. Medalla con la efigie de Urbano VIII. Museo Bottacin, Padua.

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Foto: Album

Isabel de Borbón hacia 1620. Anónimo. Museo del Prado, Madrid.

El objeto de los deseos

En el siglo XVII circularon varias anécdotas sobre los supuestos amores entre Villamediana y la reina Isabel de Borbón. Se decía, por ejempo, que el conde participó brillantemente en una corrida de toros y la reina, al verlo, dijo a Felipe IV: "¡Qué bien pica el conde!". "Pica bien, pero muy alto", respondió el rey.

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Foto: © DORSET-KINGSTON LACY, THE BANKES COLLECTION (THE NATIONAL TRUST) / MUSEO DEL PRADO

Las meninas, 1660

Óleo sobre lienzo de Juan Bautista Martínez del Mazo. Es una de las obras de mayor tamaño de Velázquez y en la que puso un mayor empeño para crear una composición a la vez compleja y creíble, que transmitiera la sensación de vida y realidad, y al mismo tiempo encerrara una densa red de significados, lo que la ha convertido en una de las obras maestras de la pintura occidental que ha sido objeto de una mayor cantidad y variedad de interpretaciones. 

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Foto: © MUSEO DEL PRADO

Felipe IV, 1654

Óleo sobre lienzo de Diego Velázquez. Este retrato y el que se encuentra en la National Gallery de Londres generaron un gran número de versiones, convirtiéndose en la imagen oficial de la última parte del reinado de Felipe IV. La paradoja es que, a pesar de la renuncia declarada del rey a verse envejeciendo, estas obras constituyen el grupo de retratos del monarca más numeroso que nos ha quedado.

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Foto: © KUNSTHISTORISCHES MUSEUM WIEN, GEMÄLDEGALERIE / MUSEO DEL PRADO

La infanta Margarita, en traje azul, 1659

Se trata de uno de los retratos realizados por el pintor español Diego Rodríguez de Silva y Velázquez más conocidos. Está realizado al óleo sobre lienzo y es uno de los numerosos retratos de corte que ejecutó Velázquez, quien pintó en otras ocasiones a la Infanta Margarita, casada a los quince años con su tío, Leopoldo I de Habsburgo, emperador de Austria. Los cuadros que se iban pintando de ella la muestran en diversas etapas de su niñez y adolescencia, y a través de ellos se informaba a Leopoldo de cuál era el aspecto de Margarita y cómo iba madurando, razón por la cual se enviaban a Viena.

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Foto: © LENT BY THE METROPOLITAN MUSEUM OF ART, THE JULES BACHE COLLECTION, 1949 / MUSEO DEL PRADO

La infanta María Teresa, 1653

Óleo sobre lienzo de Diego Velázquez. La infanta María Teresa del Metropolitan Museum de Nueva York o revela la vuelta al hieratismo y distancia que el pintor había empleado en sus retratos con anterioridad, antes de su expresiva época romana.

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Foto: © DORSET-KINGSTON LACY, THE BANKES COLLECTION (THE NATIONAL TRUST) / MUSEO DEL PRADO

Camillo Massimo, 1650

Óleo sobre lienzo de Diego Velázquez, que se exhibe en la primera parte de la muestra. Hombre culto y gran protector de las artes, Camillo Massimi se consideraba amigo personal de Velázquez. En los momentos en que fue retratado contaba con 30 años de edad y era merecedor del cargo de Camarero Secreto o de Honor del Papa, por lo que le vemos con un hábito y bonete de color azul eléctrico. 

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