El último emperador

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Aisin-Gioro Puyi, también conocido como Henry Puyi, fue el último emperador de la dinastía china Qing, aunque nunca pudo ejercer como tal: subió al trono con solo dos años, en 1908, y tan solo cuatro años más tarde fue destituido para instaurar una república. Durante la invasión japonesa de Manchuria fue restaurado en el trono como rey títere de esta región, que gobernó entre 1934 y 1945 bajo las directrices del Imperio Japonés. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, fue condenado a 10 años de cárcel como criminal de guerra.

Su carácter quedó marcado inevitablemente por la vida azarosa que vivió. Era desconfiado e irascible: durante su reinado en Manchuria, los sirvientes de palacio le tenían terror y su mujer se refugió en el opio, una adicción que la llevó a la tumba. Su tiempo en prisión, sin embargo, le cambió al conocer las atrocidades que se habían cometido en su nombre. Las autoridades de la República Popular de China lo tuvieron el resto de su vida bajo estricta vigilancia, pero a su muerte en 1967 se le concedió el honor póstumo de ser enterrado en el cementerio imperial de la dinastía Qing.