Mano dura contra la droga

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Un soldado chino asiste a una quema de drogas en Pekín, en 1937, a la que seguiría la ejecución de los traficantes. En enero de aquel año entró en vigor la ley anti-narcóticos, que sentenciaba a muerte a los traficantes y consumidores de drogas. Las ejecuciones eran públicas para dar escarmiento (y tenían bastante público) y los cargamentos eran quemados en el propio patíbulo justo antes de la ejecución. Pero a pesar de la mano de hierro, la ley tuvo un impacto regular y generalmente limitado a las ciudades, donde había guarniciones permanentes que pudiesen vigilar el tráfico.

La aplicación de la pena capital no era un capricho del momento y venía de muchas décadas atrás: el uso de narcóticos, especialmente opio, se convirtió en una verdadera plaga durante el siglo XIX, cuando la derrota en dos guerras contra los británicos obligó al gobierno chino a permitir el comercio de opio a través de la colonia de Hong Kong. Muchos chinos se volvieron adictos, por lo que primero el gobierno imperial y posteriormente el comunista veían las drogas como culpables del atraso en el que había caído el país, así como un símbolo de la dominación extranjera.