Magnicido fracasado

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Foto: Gtres

A pesar de que el 20 de julio de 1944 no habría de ser el día de la muerte de Hitler, hubo un grupo de altos mandos nazis que así lo quiso. Este selecto grupo de personalidades se organizó alrededor de la llamada operación Valquiria que, liderada por Klaus von Stauffenberg, trató de matar al Führer convencidos de que no era él sino miembros de la élite intelectual lo que debían dirigir el destino de Alemania. El plan era que el mismo Satuffenberg, quien estaba citado a una reunión en la Guarida del Lobo –uno de los cuarteles generales del líder del Tercer Reich–, debía llevar una bomba en su maletín, dejarla al lado de la silla de Hitler y marcharse sin levantar sospechas para que el artefacto explotara cuando él ya se hubiese alejado lo suficiente. Todo funcionó casi como estaba previsto, pero la ubicación final del explosivo que alguien cambió por casualidad en el último momento hizo que una mesa protegiera a Hitler del impacto principal y este terminó salvando la vida. Tras el fracaso del magnicidio, poco a poco todos los implicados fueron echándose atrás de su implicación en el complot, algo que no les salvó de morir ejecutados por alta traición. Precisamente ese fue el final de Friedrich Fromm y del mismo Stauffenberg. Hitler convirtió su supervivencia en un acto de heroicidad que legitimaba todavía más su cometido de llevar a Alemania hasta la victoria en la Segunda Guerra Mundial. En la imagen es recibido pocos días después del atentado por su círculo de oficiales más cercanos.