Capellanes en la guerra

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Soldados estadounidenses, dirigidos por un capellán del ejército, cantan villancicos durante las Navidades de 1944-45, transcurridas en el frente italiano. Los ejércitos de varios países contaban con un cuerpo de capellanes, formados específicamente para lidiar con la cruel realidad de la guerra.

Estaban facultados para impartir todos los sacramentos: desde el bautismo hasta la extremaunción, pasando por el matrimonio. Se encargaban también de oficiar funerales y bodas (algunos soldados desplazados durante mucho tiempo se casaban con mujeres locales), pero su labor más importante era reconfortar a los soldados, un trabajo a medio camino entre la religión y la psicología.

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La guerra ponía a prueba a todos, pero especialmente a aquellos con profundas creencias cristianas, que se encontraban en una dolorosa contradicción entre el respeto a la vida que les dictaba su fe y las órdenes de matar que les impartían sus mandos. Muchos sufrían estrés postraumático y otros problemas psicológicos, y la crueldad de aquella guerra quebraba inevitablemente su fe.

Así pues, no resultaba extraño ver capellanes entre los ejércitos. Por ese motivo los ejércitos tenían sus propias escuelas de capellanes, aunque a veces no daban abasto y tenían que recurrir a capellanes civiles.