Exposiciones humillantes

Zoos humanos, la vergüenza de Occidente

En el siglo XIX, las exhibiciones de nativos de pueblos colonizados se convirtieron en una atracción de masas.

Angoleños exhibidos en París durante la Exposición Universal de 1889. Grabado.

Foto: Bridgeman / ACI

Aun lado de la valla se encontraban África, Asia, América y Oceanía, con todo lo natural, primitivo y pintoresco que estos continentes podían ofrecer; al otro lado, el hombre blanco, el espectador occidental con su aura de superioridad. Por un lado, hombres, mujeres y niños semidesnudos, sacados a la fuerza de sus respectivos lugares de origen y expuestos al escarnio público; por el otro, familias enteras de la burguesía y la aristocracia que pagaban una entrada para asistir a un espectáculo étnico a gran escala.

Eso es lo que ocurrió en las últimas décadas del siglo XIX en las principales ciudades europeas y de Estados Unidos. Allí donde los zoológicos llenos de animales raros y feroces ya no impresionaban ni satisfacían a un público en busca de nuevas emociones, algunos empresarios pusieron junto a los animales a personas de carne y hueso, idea que tuvo un éxito extraordinario hasta la década de 1930.

Un nuevo negocio

El creador de este tipo de espectáculos fue el alemán Carl Hagenbeck. Dedicado profesionalmente al comercio de animales exóticos, que vendía a circos y zoológicos, en la década de 1870 se dio cuenta de que la presentación de nativos suscitaba gran curiosidad entre el público. Entre 1874 y 1878 creó unos setenta «espectáculos etnográficos» que llevó de gira por ciudades de toda Europa, en los que mostraba a individuos de los pueblos más remotos: samoeses, masái, aborígenes australianos, lapones, patagones...

Su fórmula cuajó rápidamente. Después de que en 1877 Hagenbeck llevara a París a un grupo de nubios que causó sensación, Geoffroy Saint-Hilaire, director del Jardín de Aclimatación, un gran zoológico situado en las afueras de la capital francesa, empezó a organizar prácticamente cada año espectáculos similares que atrajeron a centenares de miles de visitantes. En Estados Unidos, el circo de Barnum exhibió en 1883 a un grupo de aborígenes australianos en Nueva York, presentándolos absurdamente como caníbales.

Los indígenas eran reclutados en sus lugares de origen. Al principio eran prácticamente secuestrados, y ya en su destino se los recluía en el zoológico, dormían en barracones y a menudo se los trasladaba en vagones de mercancías. Sin embargo, los empresarios vieron que exponer nativos con la mirada perdida y en actitud pasiva aburría a los espectadores. Por ello, trataron de mejorar sus condiciones e idearon «actuaciones» en las que los indígenas debían remedar su modo de vida, simulando partidas de caza y pesca, trabajando con sus enseres o simplemente comiendo en familia. A cambio, los nativos recibían un salario e incluso se les hacía firmar un contrato. En los espectáculos de Hagenbeck, había «jornadas laborales» de entre 8 y 10 horas durante las cuales los nativos realizaban una decena de actuaciones de media hora cada una.

Anuncio de una exhibición humana en el zoológico de París en 1890.

Anuncio de una exhibición humana en el zoológico de París en 1890.

Foto: Roger-Viollet / Aurimages

Por otra parte, la presencia de estos indígenas era aprovechada por los científicos para realizar estudios anatómicos y médicos, generalmente con el propósito de confirmar las teorías raciales en boga. Ello no impidió que muchos nativos contrajeran enfermedades infecciosas –para las que no tenían defensas naturales– y que muchos murieran. De los once indios kawésqar (Chile) expuestos por Hagenbeck en 1881 sólo sobrevivieron cuatro.

El éxito de los «espectáculos etnográficos» de Hagenbeck llamó la atención de los gobiernos, que comprendieron que los zoos humanos podían ser una forma de justificar su política colonialista. Para ello se aprovecharon las exposiciones internacionales, muestras periódicas destinadas a presentar los avances de la economía y la civilización. En 1886, en la Exposición Colonial de Londres, junto a pieles rojas y aborígenes de Nueva Guinea fueron expuestos una treintena de supuestos tejedores de alfombras de la ciudad india de Agra; en realidad, eran presos que participaban en un programa de «rehabilitación social de delincuentes».

No darles de comer

En 1897, con motivo de la Exposición Internacional que se celebró en Bruselas, se organizó una «sección colonial» en una localidad próxima, Tervuren. El rey Leopoldo II de Bélgica, que gobernaba el Congo con métodos brutales, hizo las cosas a gran escala: entre esculturas de marfil y plantas de cacao, café, tabaco y caucho, trajo a casi 300 indígenas congoleños para que revivieran su hábitat natural a más de seis mil kilómetros de distancia. Una serie de carteles advertían a los espectadores: «No dar de comer a los negros, están alimentados», pues se quería evitar que la comida arrojada les provocara indigestiones.

El rey Leopoldo de Bélgica trajo a casi 300 indígenas para la Exposición de Bruselas en 1897

Un reportero escribía en la revista italiana Emporium que «cuando estos negros llegaron a Tervuren se pusieron a bailar de alegría, de lo contentos que estaban al encontrarse cerca del agua y bajo la sombra de grandes árboles. En su ignorancia, creían que en Europa no había ni ríos ni bosques». Más tarde se supo que algunos de ellos no habían sobrevivido al viaje, mientras que otros murieron de pulmonía y fueron enterrados en una fosa común. A pesar de ello, para el despistado reportero italiano el parque colonial del rey Leopoldo y sus habitantes «seguirán siendo una de las más interesantes atracciones de Bruselas».

En Estados Unidos, en la Exposición Universal de Saint-Louis de 1904 se mostró a un grupo de igorotes de Filipinas. Mientras los espectadores se dedicaban a engullir algodón de azúcar, patatas fritas y perritos calientes, los igorotes eran obligados todos los días a comer carne de perro ante los atónitos reporteros gráficos. Estas imágenes debían reforzar la convicción de la necesidad de la «misión civilizadora» estadounidense respecto a los habitantes de los nuevos territorios anexionados tras la guerra filipino-estadounidense de 1899-1902.

El mundo dice basta

En la Exposición Colonial de París, en 1931, se recurrió a 1.500 figurantes para dar vida a diversos pueblos de las colonias francesas, desde el Caribe y el África negra hasta el Asia oriental. De esta forma se esperaba despertar el interés de los más de ocho millones de visitantes por el «primitivismo del mundo no europeo».

Sin embargo, en esta ocasión la respuesta no fue unánimemente favorable. En la prensa, voces anticolonialistas calificaron aquella exposición como «la más espectacular extravagancia colonial montada en Occidente». El escándalo en torno a unos caledonios obligados a interpretar el papel de caníbales obligó a clausurar la atracción y precipitó el fin de este tipo de espectáculos. La ideología que transmitían, sin embargo, encontró otros canales de difusión, en particular el cine, que durante largo tiempo se hizo eco de una propaganda colonialista en la que los pueblos no europeos eran presentados de un modo muy parecido a los zoos humanos del siglo XIX.

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Príncipe Giolo de Filipinas. Grabado. Siglo XVII.

Príncipe Giolo de Filipinas. Grabado. Siglo XVII.

Foto: Bridgeman / ACI

El filipino tatuado

Las exhibiciones de nativos comenzaron con los viajes de los europeos por ultramar. En 1691, William Dampier trajo a Londres a un joven filipino que había comprado como esclavo durante una expedición por el Pacífico y vendía entradas para que la gente viera los tatuajes que cubrían su cuerpo.

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El «pueblo negro» de la Exposición de 1889

En la exposición Universal de París de 1889 se recreó por primera vez un «pueblo negro». Lo componían casi 400 africanos, entre angoleños, ghaneses, senegaleses y guineanos. Estos últimos iban acompañados por su rey, Dinah Salifou.

El grupo de angoleños estaba constituido por 18 personas a las que se presentaba como «verdaderos salvajes» y que figuraban con sus ropajes, tocados y ornamentos típicos, en un decorado formado por una cabaña y varias palmeras. Resulta paradójico que aquel evento se celebrara para conmemorar el centenario de la revolución de 1789 y de su pionera declaración de los Derechos del Hombre, como también que un invento reciente, la corriente eléctrica, sirviera para «gozar» de este espectáculo también de noche.

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Ota Benga. Fotografía del pigmeo Mbuti del Congo. Principios del siglo XX.

Ota Benga. Fotografía del pigmeo Mbuti del Congo. Principios del siglo XX.

Foto: Alamy / ACI

Un pigmeo en Nueva York

«Pigmeo africano. Edad: 28 años - Altura: 147 cm – Peso: 46,7 kg. Traído desde Kasai, en el Estado Libre del Congo, centro sur de África, por el doctor Samuel P. Verner. Expuesto todas las tardes de septiembre». Este anuncio apareció el 9 de septiembre de 1906 en el recinto de la casa de los monos del jardín zoológico de Nueva York. El primer día de la exposición acudieron 40.000 personas a ver «algo nunca visto bajo el sol», aunque hubo protestas por parte de grupos religiosos que luchaban por los derechos de los negros. En 1916, Ota Benga, como se llamaba el pigmeo, cayó en una depresión y se suicidó de un disparo.

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Nativos Filipinos en el Parque del Retiro en 1887. Fotografía de J. Laurent y Cía. Museo Nacional de Antropología, Madrid.

Nativos Filipinos en el Parque del Retiro en 1887. Fotografía de J. Laurent y Cía. Museo Nacional de Antropología, Madrid.

Museo Nacional de Antropologia. Foto original: J. Laurent. Reproducción actual: Javier Rodríguez Barrera

El zoo humano del parque del Retiro

En 1887, el gobierno español organizó en Madrid una Gran Exposición de Filipinas en la que se incluyó una exhibición de nativos de aquellas islas: 40 personas pertenecientes, entre otros, a los pueblos igorote y tinguian (itneg), exhibidas en un poblado que se recreó en el parque del Retiro.

Este artículo pertenece al número 214 de la revista Historia National Geographic.

Para saber más

Henry Morton Stanley, el explorador de África

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