El envés de la trama

Viena, un apocalipsis feliz

La Gran Guerra terminó con el Imperio Austrohúngaro, un conglomerado de naciones unido por una cultura cosmopolita.

Interior vienés. En 1887, Anton Romako pintó este salón de una residencia burguesa de Viena, la pareja rebosa un optimismo que la historia no tardaría en desmentir.

Foto: AKG / Album

En la Viena de 1900, los motivos de la debilidad del Imperio austrohúngaro fueron un tema de debate a la altura de los que se tenían sobre la caída del Imperio romano. A lo largo de los siglos, la dinastía de los Habsburgo había sostenido un espacio cultural donde las artes tomaron el lugar de la religión, la raza o la nación como elemento clave en el desarrollo de su civilización.

Con esa convicción era lógico que se discutiera su posible colapso, cuando finalmente llegó, aunque jamás se sospechó la posibilidad de una anexión al Tercer Reich: no otra cosa fue el famoso Anschluss de 1938 con el que terminó fatalmente la vieja historia de Austria.

El tejido económico y social que había hecho de Viena uno de los centros más activos de la vida artística y musical de toda Europa comenzó a deshilacharse en pleno apogeo de su arte y su música. Y las decisiones políticas de su famoso emperador Francisco José I no sirvieron para frenar un proceso irreversible.

Vidas cosmopolitas

De hecho, no era posible detener el tiempo. Nunca había existido ninguna perspectiva real de reconstruir lo que había implosionado desde el drama de Mayerling, en 1889: el suicidio del príncipe heredero Rodolfo, que mostró la vulnerabilidad de la casa real austríaca que en ese momento, y para siempre, quedaría vinculada a la figura de la emperatriz Elizabeth de Wittelsbach, Sissi, el personaje que más conciencia tuvo a la hora de reconocer que nunca se lograría restituir lo que se había perdido en los senderos de una historia imposible.

Aún así, antes de que ese colapso llegara en forma de derrota en la Primera Guerra Mundial se supo que la única alternativa a la barbarie que se avecinaba en Europa era la reafirmación de una cultura cosmopolita, idea que arraigó de un modo pertinaz entre los complacientes ciudadanos vieneses que vivían a la sombra del estilo Biedermeier con las innovaciones de los arquitectos Otto Wagner y Josef Hoffmann.

Todos estaban convencidos de que únicamente la cultura podría hacer frente a la barbarie que se vislumbraba

Cultura o barbarie

Una conciencia estética y social arraigada no sólo entre pintores del talento de Gustav Klimt o Egon Schiele, entre músicos de la fama de Gustav Mahler o Richard Strauss, sino también en teóricos de los sueños como Sigmund Freud o críticos de la situación política como el escritor y periodista Karl Kraus, cuya Antorcha se convirtió en la revista de referencia de una ciudad crítica con las formas de la doble monarquía austrohúngara, a la que, de forma retrospectiva, el famoso novelista Robert Musil llamó Kakania (por las dos K de Kaiserlich und Königlich, «Imperial y real») en su obra El hombre sin atributos.

Esta novela es el mejor retrato de una época de nietzscheanos que seguían discutiendo el papel ejercido en la vida de su héroe por Lou Andreas-Salomé; de judíos liberales como la familia del filósofo Wittgenstein, con sus famosas fiestas donde era habitual debatir sobre el sionismo promovido por Theodor Herzl; de socialistas esperanzados en las ideas del psiquiatra Alfred Adler; de nacionalistas resentidos; de sexólogos freudianos en sus diversas escuelas atónitos por el éxito social del filósofo Otto Weininger; de grandes industriales apasionados del arte y la literatura; de acérrimos wagnerianos capaces de silbar la música de Brahms, y de toda una serie de jóvenes que experimentaban con las últimas sugerencias en pintura, música y arquitectura mientras acudían de noche al cabaret Fledermaus.

Todos estaban convencidos de que sólo la cultura podía hacer frente a la barbarie que se vislumbraba, como expresó el insigne filósofo Edmund Husserl en las conferencias de Viena, donde se expuso que el tráfico de ideas y experiencias artísticas entre naciones diversas crearía un híbrido que podría considerarse propio de la cultura europea.

De ahí el impacto de los acontecimientos vinculados al episodio de ese apocalipsis feliz en el que se convirtió Viena entre 1880 y 1938, como quedó meridianamente claro en la exposición que sobre la Viena de fin de siglo se realizó en París, en 1986, bajo los auspicios del Centre Pompidou: un fidelísimo retrato de lo que fue aquel mundo de ayer vienés que, al fin y al cabo, constituye la razón y la explicación de la decadencia y caída del Imperio austrohúngaro, uno de los mayores acontecimientos de la reciente historia de Europa.

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Este artículo pertenece al número 201 de la revista Historia National Geographic.