Antiguo Egipto

Una pandemia en tiempos de Akenatón

Las fuentes de la Antigüedad hablan de una terrible plaga que se extendió por el Mediterráneo oriental a mediados del siglo XIV a.C. y acabó con miles de vidas.

Consulta médica. Un médico egipcio atiende a un enfermo. Detrás del paciente, un ayudante del galeno sostiene un papiro con recetas y remedios.

Foto: Robert Thom / Alamy / ACI

A lo largo de la historia se han dado numerosos episodios de epidemias y pandemias, designadas durante siglos con el término genérico de «peste», que han ocasionado enormes mortandades. Sin embargo, en el mundo antiguo no es sencillo rastrear episodios de este tipo, y aún menos en Egipto. Recientemente, un equipo italiano halló en una tumba tebana pruebas del paso de la llamada «peste de Cipriano», una epidemia que afectó severamente al Imperio romano desde mediados del siglo III d.C. Podría tratarse de viruela, pues sus síntomas incluían vómitos, fiebre y aparición de llagas en la boca y erupciones cutáneas. Con anterioridad a ésta, una de las epidemias mejor documentadas fue la que afectó a Atenas durante unos años desde 430 a.C., y que, según Tucídides, procedía de Etiopía.

Aparte de las descripciones y los remedios que contienen los papiros médicos (así llamados porque su contenido se relaciona con la medicina), las primeras pruebas de una epidemia en Egipto se sitúan en la época de Amarna. Con este nombre se conoce el período de apenas 17 años (1341-1325 a.C.) en que el faraón Amenhotep IV tomó el nombre de Akhenatón y gobernó desde su nueva capital: Akhetatón (la actual Tell el-Amarna), a 300 kilómetros al norte de la anterior capital, Tebas. Encontramos referencias a esta epidemia en varios textos, no sólo egipcios, lo que nos permite deducir su ámbito geográfico y el tiempo que duró, aunque es difícil saber cuántas personas murieron.

Enfermos confinados

Es posible que los primeros brotes se produjesen durante el reinado de Amenhotep III, padre de Akhenatón. El historiador Flavio Josefo, en su obra Contra Apión, evoca una conversación entre el mencionado monarca y el sabio Amenhotep hijo de Hapu: «[El rey Amenhotep III] tuvo el deseo de contemplar a los dioses […]. Su tocayo le contestó que podría ver a los dioses si limpiaba toda la tierra de leprosos y personas contaminadas. El rey se contentó con aquella respuesta y mandó reunir a todos los que había en Egipto cuyos cuerpos sufrían enfermedad. En total eran 80.000. A continuación los deportó a las canteras del este del Nilo para que trabajaran allí separados del resto de los egipcios. Entre ellos, añade Manetón, había algunos príncipes dotados de educación que se habían visto afectados por la lepra».

Amenhotep III mandó tallar infinidad de estatuas de Sekhmet, la diosa egipcia de las plagas

Este fragmento es de gran interés, pues recuerda una enfermedad que afectó a decenas de miles de egipcios de toda condición. Por desgracia, no tenemos otros documentos que sirvan para corroborar la expulsión de los enfermos a las canteras del desierto oriental. Si así se hizo, fue como llevarles a una muerte segura. En todo caso, hay otros indicios de que durante el reinado de Amenhotep III se inició la propagación de una peste. Uno es la enorme y excepcional cantidad de estatuas de Sekhmet, la diosa de las plagas, que se tallaron durante su reinado. Se calcula que en su templo funerario había 730, de modo que constituían una letanía en piedra que servía para apaciguar a la diosa y así librar al rey y a Egipto de enfermedades y males. Igualmente es significativo que, en el año 36 de Amenhotep III (1344 a.C.), el rey Tushratta de Mitanni enviara a Egipto una embajada con una estatua de la diosa Ishtar. La diosa tenía propiedades curativas y se la invocaba para eliminar maldiciones y luchar contra plagas; en este caso podría haber protegido a la recién llegada princesa mitannia Tadukhepa y, por extensión, a la familia real egipcia.

Es posible que la peste afectase a varios miembros de la familia de Akhenatón, como al parecer a las princesas Maketaton, Neferneferure y Setepenre, que murieron, con muy poco tiempo de diferencia, después del año 12 de Akhenatón (1330 a.C.). La madre del rey también falleció en esos años, quizá por la misma causa.

Otras muertes acontecidas en los siguientes años, como las de la esposa real Kiya, el propio Akhenatón, el rey Smenkhkare o la reina Ankhetkheperure Neferneferuatón también pudieron haber sido causadas por la peste, si bien no es posible asegurarlo.

Ruinas del palacio de Amarna, construido por Akhenatón. Las necrópolis de la ciudad dan cuenta del impacto de la plaga durante el reinado del faraón.

Ruinas del palacio de Amarna, construido por Akhenatón. Las necrópolis de la ciudad dan cuenta del impacto de la plaga durante el reinado del faraón.

Foto: Kenneth Garrett

El mal se prolongó durante el reinado de Akhenatón y alcanzó a su nueva capital en Amarna, como sugieren algunos hallazgos arqueológicos. En el poblado de los trabajadores de la ciudad se ha constatado la frecuente aparición de pulgas humanas y chinches, lo que lleva a pensar que las condiciones para la propagación de enfermedades epidémicas eran ideales, ya que estos parásitos son portadores de patógenos. En el cementerio norte de Amarna, cerca del 43 por ciento de las tumbas estudiadas contienen enterramientos múltiples, hasta con seis individuos. Muchos comparten la misma esterilla, lo que indica que fueron enterrados al mismo tiempo, y más del 90 por ciento de los esqueletos estudiados corresponden a personas de entre 7 y 25 años. Estos datos podrían asociarse a la irrupción de una epidemia en la ciudad.

También se han analizado cientos de esqueletos del cementerio sur de Amarna, donde se calcula que hubo unos 6.000 enterramientos. Aquí, el índice de mortalidad entre los jóvenes es anormalmente alto, y se detectan malas condiciones de nutrición, así como anemia y patologías relacionadas con un trabajo muy duro. Además, el 50 por ciento de los individuos enterrados fueron infectados por la malaria, que podría haber sido endémica. Recordemos que en la propia momia de Tutankhamón se detectó la presencia de malaria, enfermedad que, unida a otras patologías e infecciones, pudo provocar la temprana muerte del faraón.

La plaga se extiende

Fuera de Egipto, en las mismas fechas la peste afectó también a Alashiya, nombre que los egipcios daban a Chipre. En una carta, su rey informa al faraón de cómo la epidemia había acabado con la vida de muchos mineros, lo que redujo considerablemente su capacidad de extracción de cobre, su principal fuente de riqueza.

En la región de Canaán la peste se propagó por diversas poblaciones. En una misiva, el señor de Biblos indica que en el vecino pueblo de Sumur había peste, y en otra es el señor de Amurru el que dice que la peste está en su tierra. También el señor de Megiddo escribe al faraón para decirle que «la ciudad está arruinada por una epidemia y por pestilencia».

Estatua de Sekhmet. Reinado de Amenhotep III. Museo del Louvre, París.

Estatua de Sekhmet. Reinado de Amenhotep III. Museo del Louvre, París.

Foto: Bridgeman / ACI

Otra región gravemente afectada por la epidemia fue Anatolia. Así se expresa en una Oración por la plaga, escrita por el rey hitita Mursili II. En ella se especifica, además, que quienes expandieron la enfermedad fueron los soldados egipcios apresados tras una batalla en la tierra de Amqa y deportados a Hatti, el país de los hititas, en Anatolia. De hecho, es probable que el propio Mursili II subiera al trono gracias a la epidemia, ya que tanto la muerte de su padre, el gran rey hitita Suppiluliuma I, hacia 1322 a.C. (poco después de la captura de los soldados egipcios) como la del hermano de Mursili y nuevo soberano, Arnuwanda II, que tuvo un reinado muy breve, pueden vincularse a la propagación de la peste en tierras de Hatti. Estos acontecimientos son contemporáneos al inicio del reinado de Tutankhamón en Egipto.

En definitiva, la epidemia actuó durante muchos años en Egipto y se expandió por Chipre y Canaán, desde donde alcanzó el corazón de Hatti a través de prisioneros egipcios infectados. El comercio y la guerra la debieron de extender a otros reinos de Anatolia, y quién sabe si más allá.

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Papiro médico Chester Beatty, del Reino Nuevo. Museo Británico, Londres.

Papiro médico Chester Beatty, del Reino Nuevo. Museo Británico, Londres.

Foto: Bridgeman / ACI

Registrado en papiro

Las referencias más antiguas a posibles síntomas de peste aparecen en papiros médicos de la dinastía XVIII (1539-1292 a.C.). En el Papiro Hearst y en el Papiro Londres se habla de «la enfermedad asiática», que se manifiesta «cuando el cuerpo está ennegrecido con manchas negras». En el caso del Papiro Londres la cura radica en la aplicación de un conjuro que se debe recitar en «la lengua de los keftiu», las gentes de Creta.

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Instrumentos médicos grabados en un muro del templo de Kom Ombo.

Instrumentos médicos grabados en un muro del templo de Kom Ombo.

Foto: Alamy / ACI

Fiebre de los conejos

La larga duración de la peste y el hecho de que afectara tanto a humanos como a animales y se propagara a través de roedores podría corresponder a la tularemia o fiebre de los conejos. Otros estudios consideran que pudo ser malaria, constatada en Amarna, o peste bubónica.

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Teshub, dios hitita de las tormentas, representado en una estela de basalto. En sus manos blande un rayo triple y un hacha. Siglo IX a.C.

Teshub, dios hitita de las tormentas, representado en una estela de basalto. En sus manos blande un rayo triple y un hacha. Siglo IX a.C.

Foto: Oronoz / Album

Lo que dicen las crónicas hititas

Las fuentes hititas evocan el efecto de la epidemia en su territorio. Aquí se reproduce un fragmento de la Oración por la plaga de Mursili II.

«¡Oh! dioses, mis señores; ¿qué es esto? Habéis permitido que la peste entre en Hatti, de modo que Hatti ha sido muy oprimido en la época de mi padre [Suppiluliuma], en la época de mi hermano [Arnuwanda II] y ahora […]. Durante veinte años, la gente ha estado muriendo [en gran cantidad] en Hatti. Hatti [ha sido duramente dañado] por la peste […]. [Si alguien] tiene un niño […] la peste se lo [arrebata]. Si llega a la edad adulta, no alcanzará la vejez [...]. Cuando los hombres están muriendo en el país de Hatti y la plaga no ha desaparecido de ningún modo del país de Hatti, yo no puedo sufrir más la agonía de mi corazón y no puedo sufrir más la angustia de mi alma [...]. He admitido mi culpa ante el dios de la Tempestad [...]. ¡Óyeme, dios de la Tempestad de Hatti, y salva mi vida!».

Este artículo pertenece al número 206 de la revista Historia National Geographic.

Para saber más

Amarna, la corte de Akhenatón y Nefertiti

Amarna, la corte de Akhenatón y Nefertiti

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