La leyenda de un vencido

El último samurái

Austero, idealista y firme defensor de los valores tradicionales, en 1877 Saigo Takamori encabezó una desesperada revuelta contra el nuevo Estado Meiji, al que acusaba de traicionar los ideales del antiguo Japón en nombre del progreso.

Servidor fiel. En 1858, tras la muerte de su señor o 'daimyo', Saigo trató de suicidarse en señal de fidelidad lanzándose al mar, tal como recrea este grabado.

Foto: Granger / Aurimages

En 1853, cuando el comodoro Perry, al frente de una escuadra estadounidense, obligó a los japoneses a abrir sus fronteras y permitir el comercio con el resto del mundo, comenzó en el país nipón una de las fases más agitadas y dramáticas de su larga historia. No sólo se rompió con 250 años de aislamiento, paz y enorme prosperidad económica, sino que se desencadenó una violenta lucha por el poder que incluso se prolongaría más allá del acceso al poder del emperador Meiji, en 1868.

Cronología

El nuevo Japón

1853

Una expedición naval al mando del comodoro Perry obliga a Japón a abrirse a las relaciones con el resto del mundo.

1868

Saigo Takamori participa en la rebelión que derroca el shogunato y restaura el poder de la dinastía imperial.

1873

Saigo dimite de sus cargos en el gobierno en desacuerdo con la política modernizadora del emperador Meiji.

1874-1876

Diversos clanes samuráis se rebelan contra la apertura y la occidentalización crecientes de Japón.

1877

El ejército imperial aplasta la última y más sangrienta revuelta samurái, encabezada por Saigo, que se suicida.

En realidad, esas tensiones venían de antes. Desde 1600, Japón estaba regido por el shogunato o bakufu, un régimen en el que un shogun o generalísimo de la familia Tokugawa ejercía todo el poder desde su residencia en Edo (Tokio) en nombre del emperador, que vivía casi olvidado de todos en su palacio de Kioto. La clave de la estabilidad del régimen era mantener totalmente sometida a la nobleza feudal, impidiendo cualquier rebelión o guerra civil. Un modo de lograrlo era obligar a los grandes señores feudales, o daimyo, a residir en la corte del shogun. Paralelamente, la antigua clase de guerreros samuráis debió adaptarse a una vida en la que no podía ejercer su función de combate. Pese a su elevado rango social, al final del período Tokugawa muchas familias samuráis sufrían una creciente precariedad económica.

Una paz frágil

Aunque durante más de dos siglos los shogun lograron mantener la paz, hubo zonas donde el descontento estaba a flor de piel. En el oeste de la isla principal, Honshu, y en las de Kyushu y Shikoku, los daimyo eran estrechamente vigilados y sus vasallos samurái se veían discriminados en el acceso a puestos de la administración central. Además, los campesinos sufrían una fuerte presión fiscal que amenazaba con provocar revueltas. En este contexto, el incidente con el comodoro Perry sirvió para galvanizar la oposición al bakufu. Los daimyo occidentales y sus samuráis reprochaban al shogunato su debilidad ante las presiones occidentales y también su reticencia a lanzar una invasión de Corea, una empresa con la que muchos samuráis soñaban revivir la antigua gloria guerrera de Japón. De este modo, una serie de clanes se unieron bajo el lema Sonno joi, «reverenciar al emperador, expulsar a los bárbaros». Ante la resistencia de los shogun a ceder un ápice de su poder, una sucesión de conspiraciones y rebeliones condujo en 1868 a la caída del shogunato y la restauración del poder imperial.

‘Kabuto’ o casco samurái del siglo XIX, hecho en hierro lacado.

‘Kabuto’ o casco samurái del siglo XIX, hecho en hierro lacado.

Foto: Scala, Firenze

Uno de los artífices de la revolución de 1868 fue un personaje llamado Saigo Takamori. Saigo pertenecía a una familia samurái venida a menos radicada en Satsuma, uno de los dominios de la isla de Kyushu que se rebelaron contra el bakufu. Cerca de un 40 por ciento de la población de esta isla eran samuráis descontentos por el ostracismo al que los sometía el shogunato. Para subsistir dependían de los tributos de los campesinos, lo que alentaba aún más el descontento de estos últimos.

La forja de un rebelde

Educado en Kagoshima, en el extremo sur de la isla, Saigo demostró desde pequeño una personalidad que mezclaba inocencia y sinceridad con energía y control de sí mismo. A esto se sumaba un cuerpo portentoso, cercano al de un luchador de sumo, y, de forma legendaria, unos testículos enormes. Saigo pronto encontró el favor de su señor, Nariakira, quien le encomendó misiones de representación ante el gobierno del shogun. Le acompañó Okubo Toshimichi, samurái también de Satsuma, que había sido compañero de colegio y amigo de la niñez de Saigo.

El comodoro Matthew C. Perry en un grabado japonés realizado hacia 1854.

El comodoro Matthew C. Perry en un grabado japonés realizado hacia 1854.

Foto: Bridgeman / ACI

Sus maneras rudas, pero siempre sinceras, su desinterés material y su entrega a Japón le dieron notoriedad en la capital. Se sumó enseguida a la oposición de los samuráis al shogunato, lo que le costó un destierro de cinco años en una isla remota por orden del nuevo señor de Satsuma, deseoso de congraciarse con el gobierno central. Tras ser perdonado, en 1864, a los 36 años, fue nombrado ministro de la guerra de Satsuma. A partir de ese momento fue una figura clave en la rebelión contra el shogunato. En 1868-1869 su ejército de 4.000 samuráis derrotó a los 20.000 del bakufu, lo que precipitó la toma del castillo de Edo y la caída del shogunato.

Los samuráis vencedores decretaron de inmediato la reinstauración del emperador Meiji como jefe del Estado, pero eso no significaba que tuvieran intención de entregarle realmente el poder. Lo que deseaban era establecer un gobierno formado por samuráis de todos los clanes y de la antigua nobleza. Los antiguos dominios feudales serían sustituidos por prefecturas, pero al frente de éstas estarían los samuráis.

Bahía de Kagoshima. La ciudad natal de Saigo Takamori se encuentra al suroeste de la isla de Kyushu, en una bahía frente al volcán Sakurajima (en la imagen).

Bahía de Kagoshima. La ciudad natal de Saigo Takamori se encuentra al suroeste de la isla de Kyushu, en una bahía frente al volcán Sakurajima (en la imagen).

Foto: Franck Guiziou / Gtres

Sin embargo, no todos los samuráis tenían la misma visión del futuro de Japón. Los más conservadores, representados por Saigo Takamori, eran partidarios de una modernización moderada que mantuviera lo esencial de las estructuras antiguas. Exigían limitar la presencia de occidentales –en particular, sus derechos de propiedad en suelo japonés– y defendían que el aparato militar siguiera en manos de la clase samurái.

Frente a ellos estaba el grupo partidario de transformar Japón radicalmente, para ponerlo a la altura de los países occidentales. Su programa contemplaba una modernización e industrialización rápidas, instaurar un centralismo absoluto a través de una nueva clase de funcionarios estatales, crear un ejército abierto a todas las clases sociales y mantener contactos intensos con los países occidentales. El representante de esta tendencia terminó siendo Okubo Toshimichi, el amigo de la infancia de Saigo Takamori.

Traicionados por el gobierno

Enseguida se vio que sería esa segunda tendencia la que se impondría en el gobierno, aun a costa de las aspiraciones de los samuráis que habían protagonizado la revuelta contra el shogunato. Desde 1869, el gobierno y la administración central (al igual que la de las provincias) se abrieron a todos los estamentos sociales, y en 1872 se creó un ejército con tropas de todas las clases, incluida la campesina, dirigido por nuevos militares no necesariamente pertenecientes a la clase samurái. Esta medida, que significaba desmontar un orden social que había existido durante siglos, agudizó el descontento de los antiguos dominios del oeste. Particularmente dolorosa fue la prohibición de usar en público la katana, el símbolo de autoridad externo más reconocible de los samuráis. En este contexto, los samuráis insatisfechos empezaron a mirar a Saigo Takamori como su líder natural.

‘Katana’ del siglo XIX. Este tipo de espada se convirtió en un símbolo samurái.

‘Katana’ del siglo XIX. Este tipo de espada se convirtió en un símbolo samurái.

Foto: Musée de l’Armée / RMN-Grand Palais

Inicialmente, Saigo había evitado la confrontación. Tras su victoria en Edo, desalentado por el gobierno central y su nueva administración, decidió volver a su ciudad, Kagoshima, y pasó allí tres años retirado. En 1871, Okubo, todavía muy cercano a Saigo, viajó hasta Kagoshima para pedirle que se reincorporara al gobierno central. Al final Saigo aceptó y se convirtió en sangi, un ministro sin cartera del gobierno. Y aunque en 1873 recibió el título de mariscal de campo, siguió mostrando su desdén por los bienes materiales y su desprecio por la nueva clase política. Aunque muchos de sus miembros eran antiguos compañeros suyos, Saigo los consideraba poco más que bestias rapaces, hombres corruptos en todos los sentidos.

La leyenda de Saigo se cimentó en esos años. Como persona, se le consideraba un shimatsu ni komaru, un hombre de trato difícil al que no le preocupaban ni la vida ni la fama ni el dinero (muchas veces olvidaba recoger su paga). Al servicio de su país y sus ideales, no quería depender de nada ni de nadie. Admiraba a quienes trabajaban con las manos –los campesinos– y con el intelecto –los jefes samuráis–, pero despreciaba a la nueva clase administradora y funcionaria y a los genro, los consejeros áulicos del emperador. Su lema era makoto gokoro, «corazón sincero». Como un santón budista, prefería una casita modesta y una comida frugal a los fastos que rodeaban el palacio imperial y el gobierno. A la vez, clamaba en público contra «el tabernáculo de ladrones» que era el nuevo ejecutivo central, del que paradójicamente seguía formando parte.

El momento de la ruptura

En 1873 se produjo un punto de inflexión. Las relaciones entre Japón y Corea empeoraron y los samuráis del oeste, con Saigo a la cabeza, pidieron que se organizara una expedición militar contra aquel país. Okubo, en el gobierno central, fue el principal opositor a esta idea, ya que pensaba que Japón aún no estaba preparado para una confrontación armada. Por su parte, Saigo opinaba lo contrario, y cuando se confirmó que la campaña contra Corea se anulaba renunció a todos sus cargos públicos y se retiró de nuevo a su Kagoshima natal. Esta vez lo hizo indignado, declarando al emperador que nunca más volvería a aceptar ningún cargo público.

Un emperador de estilo occidental. En este grabado, el emperador Meiji viste un uniforme militar de estilo occidental, símbolo de la apertura de Japón al exterior.

Un emperador de estilo occidental. En este grabado, el emperador Meiji viste un uniforme militar de estilo occidental, símbolo de la apertura de Japón al exterior.

Foto: Bridgeman / ACI

En Kagoshima, Saigo fundó academias en las que formaba a niños y jóvenes en técnicas agrícolas y en los principios de la vida samurái. También usó sus contactos para obtener armas modernas británicas. En un momento de 1873, el gobierno central, alarmado por su conducta, hizo una gestión a través del príncipe Sanjo, ideológicamente cercano a Saigo, para pedirle que se reincorporara de nuevo al gobierno Meiji. Al oír la petición del enviado, Saigo exclamó en voz alta, como si el príncipe estuviera presente: «¡Pero tú eres tonto o qué, príncipe Sanjo!». El mensajero le respondió que no podía dar esa respuesta, pero Saigo insistió.

Rebeliones desesperadas

Los samuráis se lanzaron a la rebelión armada contra la administración del nuevo emperador. En 1874, en Saga, en la misma isla de Kyushu, se alzaron contra el gobierno por su débil actitud ante Corea, que había prohibido el comercio con Japón, lo que ahogaba el comercio marítimo del oeste del archipiélago. La rebelión fue aplastada por el nuevo ejército imperial. Okubo ordenó la decapitación del líder de la rebelión, Eto Shimpei, un joven seguidor de Saigo, y la exposición pública de su cabeza en un pilar, la mayor afrenta que podía hacerse a un samurái.

Ataque fracasado. El castillo de Kumamoto era una de las fortalezas más poderosas de Japón. En la primavera de 1877, Saigo trató de tomarlo, pero los defensores resistieron y la llegada de tropas gubernamentales obligó a los rebeldes a retirarse. Este fracaso debilitaría decisivamente la insurrección liderada por Saigo.

Ataque fracasado. El castillo de Kumamoto era una de las fortalezas más poderosas de Japón. En la primavera de 1877, Saigo trató de tomarlo, pero los defensores resistieron y la llegada de tropas gubernamentales obligó a los rebeldes a retirarse. Este fracaso debilitaría decisivamente la insurrección liderada por Saigo.

Foto: Shutterstock

Dos años más tarde, en octubre de 1876, un grupo de doscientos samuráis, encolerizados por la política occidentalista del gobierno –que entre otras cosas permitía la divulgación de ideas extranjeras a costa del credo sintoísta nativo–, creó un grupo llamado Shinpuren, la Liga del Viento Divino o Liga de los Kamikaze. Sus miembros atacaron la fortaleza de Kumamoto, pero fueron vencidos rápidamente por unos dos mil soldados imperiales y todos los supervivientes pusieron fin a su existencia mediante el ritual del seppuku, abriéndose el estómago con la espada. Casi simultáneamente tuvieron lugar otras dos rebeliones: una en Fukuoka, al norte de Kyushu, y otra en el indómito dominio de Choshu, en la ciudad de Hagi. Ambas fueron sofocadas y sus líderes, antiguos oficiales que habían apoyado el fin del shogunato, fueron ejecutados mientras muchos de sus seguidores cometieron seppuku.

La batalla de Shiroyama

El gobierno central, mientras tanto, observaba con prevención a Saigo y los acontecimientos en el sur de Kyushu. En previsión de acciones violentas, comenzó a acumular armas y explosivos en la zona. Saigo observó estos movimientos sin decidirse a actuar hasta que una escaramuza de sus seguidores contra uno de aquellos polvorines desencadenó el drama. Saigo comprendió que había llegado el momento de intervenir y puso en marcha la rebelión más larga, sangrienta y fútil contra el nuevo gobierno imperial. Con un ejército de unos 20.000 hombres, constituido sobre todo por samuráis de su dominio o de otros que viajaron a Kyushu a unirse a la revuelta, así como ronin (samuráis sin amo), se enfrentó desde el 17 de febrero hasta el 24 de septiembre de 1877 con un ejército imperial de unos 60.000 soldados recientemente formados, pero mucho mejor armados. Estaban, además, dirigidos por Okubo.

Sociedad rural. Antes de la era Meiji, la sociedad japonesa tenía un carácter muy jerarquizado y estamental. En la imagen, campesinos durante la cosecha, hacia 1880.

Sociedad rural. Antes de la era Meiji, la sociedad japonesa tenía un carácter muy jerarquizado y estamental. En la imagen, campesinos durante la cosecha, hacia 1880.

Foto: Mathieu Ravaux / RMN-Grand Palais

Tras una serie de batallas de resultado desigual, con sus fuerzas ya muy mermadas, Saigo se refugió en la colina de Shiroyama, cerca de Kagoshima, su ciudad natal. La madrugada del 24 de septiembre sufrió allí el asedio del ejército imperial. Con muchos menos efectivos, las fuerzas rebeldes resistieron, pero Saigo fue herido en la ingle y murió poco después, se cree que tras cometer seppuku. Su segundo, Beppu, le cortó la cabeza, la escondió e instantes después, con los aún supervivientes, inició una carga desesperada contra el ejército imperial que los esperaba en formación y que descargó sobre ellos una lluvia de balas. Las tropas imperiales encontraron la cabeza y la llevaron a Tokio como prueba de la muerte del cabecilla rebelde.

La nobleza de la derrota

Así acabó la resistencia al nuevo gobierno imperial, protagonizada precisamente por quien había puesto ese gobierno en el poder. Pero también entonces empezó a crecer la leyenda de Saigo Takamori. El pueblo le adjudicaba poderes sobrenaturales, y muchos estaban convencidos de que no había muerto, sino que seguía vivo, escondido en algún lugar de Rusia. Otros rezaban por su vuelta.

Triunfo imperial. Los soldados del ejército imperial presentan las cabezas de Saigo y otros líderes rebeldes a las autoridades militares japonesas.

Triunfo imperial. Los soldados del ejército imperial presentan las cabezas de Saigo y otros líderes rebeldes a las autoridades militares japonesas.

Foto: Alamy / ACI

El trágico final de Saigo concordaba con el amor nipón por lo que el historiador Ivan Morris llamó «la nobleza del fracaso». Nada hay más japonés que la ciega entrega a unos valores que se saben derrotados de antemano. En realidad, la consolidación del régimen imperial se vio propiciada por la lucha entre dos samuráis que fueron amigos, casi hermanos en algún momento, y al final se convirtieron en enemigos mortales, enfrentados tanto por su visión de Japón como por sus respectivas personalidades: por un lado, Okubo Toshimichi, pragmático, frío y cerebral; y por otro, Saigo Takamori, emotivo, sincero y atento a las raíces. La derrota de Saigo, heroica y bella, dio a entender a los opositores del nuevo régimen que la rebelión era imposible y que las artes del samurái resultaban ineficaces contra el armamento moderno. Con ello se cerró el camino de la rebelión. Sin embargo, a pesar de su derrota, o quizá por ella misma, todavía resuenan en los corazones de los japoneses las acciones y las palabras de Takamori, como estas líneas de un poema suyo: «No me preocupa el frío del invierno, / lo que me llena de temor es el frío del corazón humano…».

---

El fin del Japón feudal

Antes de 1868, los shogun de la dinastía Tokugawa gobernaban Japón desde Edo, la moderna Tokio, mientras que el emperador, sin poder real, vivía en Heian-kyo, la actual Kioto. Los shogun administraban directamente una cuarta parte del territorio, sobre todo tierras productoras de grano. El resto conformaba unos 200 grandes dominios o daimiatos(daimyo), regidos de forma autónoma por señores ligados con los shogun por un juramento de fidelidad. Estos señoríos eran de tres tipos, según los gobernaran parientes de los Tokugawa (shimpan), vasallos hereditarios (fudai) o señores ajenos (tozama), descendientes de los nobles derrotados por los Tokugawa en la batalla de Sekigahara, en 1600. Los feudos tozama, muy extensos, se concentraban en las áreas periféricas al oeste y al norte del archipiélago. Entre ellos estaban los daimiatos de Tosa, Choshu y Satsuma, que en 1866 se coaligaron para derribar el shogunato.

---

Saigo Takamori en una foto vestido con un kimono.

Saigo Takamori en una foto vestido con un kimono.

Foto: Bridgeman / ACI

Un samurái de sencillez legendaria

Saigo Takamori era un hombre de enorme corpulencia, carácter llano, sincero e impulsivo. De gustos simples y espartanos, repudiaba el alboroto y la formalidad. Le gustaban la caza y los paseos por el campo con su perro. Su trato con los inferiores era de absoluta llaneza. Un colaborador escribió de él: «Rezuma una inocencia y una sencillez casi infantiles». Un día, saliendo de palacio en medio de un aguacero, decidió quitarse los zuecos y caminar descalzo. Un vigilante que no lo conocía, al ver a semejante personaje andando descalzo por el recinto de palacio, pensó que era un intruso y lo retuvo hasta que un ministro que pasaba por casualidad le dijo que era un mariscal de campo y consejero de Estado.

---

Samuráis de una embajada del dominio Satsuma fotografiados el año 1863.

Samuráis de una embajada del dominio Satsuma fotografiados el año 1863.

Foto: Bridgeman / ACI

Adaptarse para sobrevivir

Los samuráis fueron las primeras víctimas de la reforma social impulsada por el nuevo régimen Meiji. La abolición de los grandes dominios feudales, o daimyo, los dejó sin los señores que los mantenían, sin más compensación que un pequeño sueldo del gobierno. Perdieron también privilegios simbólicos como el porte de espada, su peinado característico o la pleitesía que debían rendirles los demás ciudadanos. Obligados a buscarse el sustento, muchos entraron en el ejército o en la policía. Otros aprovecharon su formación para hacerse profesores, abogados y periodistas. Pero también los hubo que acabaron como comerciantes, artesanos o campesinos.

---

Okubo Toshimichi vestido a la manera occidental. Óleo por Ando Nakataro.

Okubo Toshimichi vestido a la manera occidental. Óleo por Ando Nakataro.

Foto: Alamy / ACI

Caminos divergentes

Okubo Toshimichi, amigo de la infancia de Saigo Takamori, acabó siendo su enemigo acérrimo. Los dos eran samuráis del dominio de Satsuma, y ambos, junto con Katsura Kogoro, del dominio de Choshu, forjaron en 1866 la alianza Satcho para derrocar al gobierno de los shogunes. Una vez en el poder, Okubo comprendió que para adaptarse a los nuevos tiempos había que sacrificar los ideales del pasado. Frío y calculador, vestido siempre a la moda occidental, aplicó desde el gobierno un radical programa modernizador y no dudó en aplastar la revuelta de su antiguo amigo Saigo. Apenas seis meses después, un comando de exsamuráis, para vengar a Saigo, asaltó a Okubo cuando iba en su carruaje y lo asesinó.

---

La batalla de Shiroyama recreada en varias escenas por Yamazaki Toshinobu, a finales del siglo XIX.

La batalla de Shiroyama recreada en varias escenas por Yamazaki Toshinobu, a finales del siglo XIX.

Foto: Bridgeman / ACI

La batalla de Shiroyama

Los sucesivos choques con las tropas gubernamentales durante la revuelta de Satsuma redujeron las fuerzas de Saigo a unos 500 hombres que lograron refugiarse en una cueva en la colina de Shiroyama, cerca de Kagoshima. Allí los cercó un ejército imperial de 30.000 hombres. Sabiendo que no había escapatoria, y tras rechazar la oferta de rendición que le hizo el general Yamagata, Saigo decidió que todos morirían combatiendo. El 24 de septiembre, a las 4 de la mañana, las tropas imperiales iniciaron el ataque descargando un intenso fuego de artillería sobre los hombres de Saigo. Éstos, lejos de amedrentarse, recurrieron al combate hombre a hombre, usando sus espadas, para el que estaban mucho mejor preparados. Inicialmente, los soldados imperiales se retiraron, pero poco después se redobló el fuego de artillería para proteger su avance. Una bala perdida hirió de muerte a Saigo, que decidió quitarse la vida practicando seppuku asistido por su lugarteniente, Beppu Shinsuke, encargado de decapitarlo y enterrar su cabeza. Los samuráis rebeldes se lanzaron en una carga suicida colina abajo y fueron aniquilados por el fuego imperial. Cuando se halló la cabeza de Saigo, el general Yamagata se inclinó ante ella en demostración de respeto y murmuró: «¡Ay! ¡Qué mirada tan dulce se refleja en tu rostro!». Los soldados imperiales no pudieron contener las lágrimas.

Este artículo pertenece al número 212 de la revista Historia National Geographic.

Para saber más

Samuráis, las guerras entre clanes de Japón

Guerra civil entre samuráis

Leer artículo

Para saber más

El seppuku, la despedida del samurái

El seppuku, la sangrienta despedida del samurái

Leer artículo

Para saber más

Samuráis, héroes del antiguo Japón

Samuráis, héroes del antiguo Japón

Leer artículo