Una historia milenaria

La tumba de San Pedro: una historia milenaria

Según el Nuevo Testamento, los apóstoles Pedro y Pablo eran miembros de la pequeña comunidad cristiana de Roma cuando ésta fue culpada del gran incendio de la ciudad ocurrido en el año 64, en tiempos de Nerón. Ambos sufrieron el martirio decretado por el emperador y fueron enterrados como miles de correligionarios cristianos de manera humilde y anónima cerca del lugar en el que fueron martirizados.

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La tradición cristiana sitúa el entierro de San Pedro en el monte Vaticano y desde mediados del siglo XX, las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo por la jerarquía de la Iglesia católica parecen haber identificado, sino el lugar exacto de su inhumación, sí el monumento que se erigió a partir del siglo II y en el que los cristianos primitivos veneraron al santo y primer papa de la Iglesia, lugar sobre el que se erigiría el principal templo de la Cristiandad.

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Cristianos en Roma

El Nuevo Testamento relata, someramente, las visicitudes de los apóstoles en su labor evangelizadora tras la muerte de Jesucristo. Varios textos sitúan a Pedro y a Pablo en Roma en torno al año 60, donde, los sábados visitaban las sinagogas y los domingos predicaban en las casas dispersas por la ciudad que servían como iglesias domésticas. En su primera carta, Pedro escribe desde “Babilonia”, nombre con el que los cristianos primitivos se referían a Roma, por el vicio y la corrupción que, según ellos, la invadía.

El incendio

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El incendio

El trágico incendio que asoló Roma en el año 64 hizo más difícil la situación de clandestinidad de estos cristianos primitivos. Durante nueve días, el fuego dañó gravemente gran parte de la ciudad y miles miles de personas perdieron sus casas. Se extendió el rumor de que durante el incendio, Nerón se había puesto a cantar sobre el legendario incendio de Troya o que, incluso pudo provocar él mismo el desastre para hacer espacio para construir un palacio cubierto de oro. Aprovechando que algunos cristianos reclamaron la autoría de la catástrofe –al ver a Roma como una corrupta Babilonia–, el emperador culpó a los cristianos y desató una despiadada persecución obteniendo confesiones falsas.

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Los mártires de Roma

Según el historiador Tácito: “Nerón presentó como culpables y sometió a los más rebuscados tormentos a los que el vulgo llamaba cristianos, odiados por sus ignominias”. Los cristianos de Roma “perecían desgarrados por perros, o bien clavados en cruces. Al caer el día, eran quemados de manera que sirvieran de iluminación durante la noche”. La imagen sobre estas líneas recrea este sádico castigo, presidido por el propio Nerón.

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La muerte de San Pedro

Probablemente, los apóstoles Pedro y Pablo murieron devorados por las bestias en uno de esos espectáculos, que tenían como escenario el circo construido por Calígula junto a la vía Cornelia-Aurelia, en una región al oeste de Roma conocida como Vaticano. Otra tradición diferente mostraba la muerte de Pedro crucificado cabeza abajo por decisión propia, para mostrar ante los hombres que no había sido digno del Señor.

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El entierro en el Vaticano

Sea como fuere, las Actas apócrifas de Pedro y Pablo, escritas en el año 400, explican como el cuerpo del santo, privado del derecho de sepultura al morir como mártir, fue enterrado de una manera humilde y casi anónima junto a la “naumaquia del Vaticano”. Otra tradición, sin embargo, sitúa el cadáver de Pedro –al menos temporalmente– en las catacumbas conocidas como Catacumbas de San Sebastián, en la vía Apia, donde, desde el 258 d.C., los fieles celebraron cada 29 de junio la fiesta de la depositio martyrum. Arriba la tumba de Clodio Hermes, un cristiano sepultado a mediados del siglo II en las catacumbas de San Sebastián.

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La necrópolis vaticana

La noticia más antigua sobre la existencia de la tumba apostólica de Pedro en Roma remonta a Gayo, presbítero del año 200 d.C., quien, afirmaba que los sepulcros de Pedro y Pablo podían verse en Roma, uno en el Vaticano y el otro en la vía Ostiense. La necrópolis Vaticana se había desarrollado junto al antiguo estadio de Calígiula y estaba formada por decenas de mausoleos familiares. El monumento dedicado al apóstol Pedro, conocido como el trofeo de Gayo, construido frente a un patio abierto, consistía en dos hornacinas o nichos superpuestos frente a un característico muro pintado de color rojo. Debajo había un espacio subterráneo de menos de un metro de profundidad, donde se cree que estuvo el más antiguo y sencillo sepulcro del apóstol.

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El gran templo renacentista y barroco

En el siglo XVI, el papa Julio II acometió una gran remodelación del templo. En un afán de otorgar a la basílica de San Pedro una planta más clásica, se demolió el viejo templo y se reedificó según un proyecto en estilo renacentista. La nueva obra se erigió tres metros sobre la primera. El espacio intermedio entre las basílicas fue utilizado como lugar de sepultura de los pontífices. Un espacio que en 1520 el arquitecto Antonio de Sangallo el Joven diseñó como un laberinto abovedado de 3 metros de altura que se conoce como “grutas vaticanas”.

Cubierto por las dos basílicas se conservaba, sin que nadie lo supiera, la antigua necrópolis Vaticana, que había quedado totalmente enterrada desde hacía siglos. En 1626, durante los trabajos para construir el monumental baldaquino de Lorenzo Bernini que cubre cubrir el altar mayor del templo –cuyas gigantescas columnas salomónicas están inspiradas en las del ciborio del templo de Constantino– surgieron numerosos restos de sepulcros y túmulos paganos. Pero el hallazgo de la olvidada necrópolis romana fue censurado por Urbano VIII que ordenó, bajo pena de excomunión, riguroso silencio sobre el descubrimiento. 

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El mausoleo de los Tulios y los Cetenios

En el año 1940 el Papa Pío XII tomó la decisión de ampliar y sanear las grutas vaticanas con la intención de bajar 80 cm el nivel de la pavimentación original con el fin de abrir las “grutas” al público. Las excavaciones, que se prolongaron durante años, revelaron la necrópolis vaticana perdida. Junto a las tumbas y mausoleos paganos se hallaron los enterramientos de algunos cristianos desde finales del siglo III, como el llamado mausoleo de los Tulios y los Cetenios, que contiene los restos del director de un coro teatral del siglo II y de una joven cristiana del siglo IV.

El mausoleo de la quádriga

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El mausoleo de la cuádriga

Fue uno de los últimos mausoleos de la necrópolis en ser excavado, en 1946. Está situado entre los dos pilares orientales de la cúpula paralela al altar de San Pedro, en la nave central de las grutas vaticanas. Un espacio sobre el que se levantaron los cimientos tanto de la basílica antigua como de la nueva. El espacio contiene varias hornacinas destinadas a las urnas para las cenizas de los difuntos y ninchos que originalmente debieron contener las estatuas de familiaresSu nombre procede del mosaico de azulejos blancos y negros en cuyo centro Mercurio conduce una cuádriga a pie.

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La tumba de Pedro

Pero el descubrimiento más importante se produjo bajo el altar, en la llamada confessio, un espacio semicircular abierto en 1615, que conmemora la confesión o reconocimiento de Cristo como Mesías por san Pedro. Rodeado por varias tumbas de mediados del siglo II d.C., se abría un espacio delimitado por un muro estucado de rojo con dos nichos que coincidían en la vertical con el Nicho de los Palios –un cofre con los palios (fajas ornamentales) que el papa concede a los nuevos arzobispos–. Los arqueólogos reconocieron en aquella construcción el trofeo de Gayo y el lugar fue identificado con el más antiguo y sencillo sepulcro del apóstol. 

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La tumba de la Iglesia

En 1968, el papa Pablo VI anunció el hallazgo de unos huesos procedentes de la cavidad inferior del sepulcro que fueron identificados por la Iglesia como los restos del apóstol sepultados bajo en Trofeo de Gayo. El lugar está situado debajo del nicho de la confessio que alberga un cofre con los palios (fajas ornamentales) que el papa concede a los nuevos arzobispos en una ceremonia anual. Una placa marca ahora el lugar en el que la Iglesia católica cree que alguna vez fue el sepulcro de San Pedro y sobre la que se han ido cimentando los diferentes monumentos y basílicas a lo largo de dos milenios.

Este artículo pertenece al número 232 de la revista Historia National Geographic.