Un almacén de momias reales

La tumba de Amenhotep II

En 1898, el arqueólogo francés Victor Loret descubrió en el Valle de los Reyes una tumba faraónica que resultó ser el segundo escondrijo de momias reales más importante de Egipto.

El faraón en su sarcófago. Esta imagen muestra la momia de Amenhotep II en su sarcófago con la tapa abierta, iluminada por la lámpara colocada por Howard Carter para atraer a los visitantes.

Foto: Alamy / ACI

En cuanto fue nombrado director del Servicio de Antigüedades Egipcias, en 1897, el francés Victor Loret dirigió su atención al Valle de los Reyes, la gran necrópolis situada junto a la antigua Tebas. Allí fueron enterrados prácticamente todos los faraones de las dinastías XVIII a XX, que rigieron los destinos de Egipto durante su etapa más gloriosa. El 12 de febrero de 1898, Loret descubrió allí la tumba de Tutmosis III, que fue saqueada en la antigüedad, aunque el arqueólogo pudo rescatar parte del ajuar funerario de aquel faraón guerrero. No había pasado todavía ni un mes cuando sus obreros avistaron la entrada de otra sepultura, el día 9 de marzo. Se encontraba a los pies del circo montañoso que rodea el Valle de los Reyes. En aquellos momentos, poco podía imaginar Loret las sorpresas que aquella solitaria tumba le iba a deparar.

Cronología

Momias reales

1400 a.C.

Amenhotep II, hijo de Tutmosis III, muere y es enterrado en una tumba en el Valle de los Reyes.

1076-944 a.C.

Durante la dinastía XXI, numerosas momias reales son trasladadas a la KV35, la tumba de Amenhotep II.

1882

Émile Brugsch y Gaston Maspero descubren el escondrijo de Deir el-Bahari, repleto de momias reales.

1898

Victor Loret descubre la tumba de Amenhotep II, con un gran número de momias reales.

1937

La momia de Amenhotep II es trasladada desde su tumba hasta el Museo Egipcio de El Cairo.

2007-2009

Los estudios de ADN confirman que la momia de «la anciana dama» hallada en KV35 es la reina Tiy.

Al día siguiente del descubrimiento, el francés, acompañado de su rais o capataz de obreros, penetró en el sepulcro alumbrándose con una vela. Entre los escombros apareció una figurilla, un ushebti con el nombre inscrito del rey Amenhotep II, hijo de Tutmosis III, pero Loret aún no podía estar seguro de quién era el propietario del sepulcro. La entrada y los pasillos en pendiente, que penetraban en la montaña hasta llegar a un pozo, estaban repletos de restos de lo que fue un magnífico ajuar funerario. Loret se percató de que la tumba fue violada en la antigüedad y pensó que poco o nada nuevo cabía esperar. Pero se equivocaba.

Tras sobrepasar el pozo, el arqueólogo se encontró en una sala rectangular sustentada por dos pilares. De pronto, a la débil luz de su vela, tuvo el primer sobresalto de los varios que le esperaban. Un hombre joven y desnudo yacía sobre el modelo de una barca. No parecía una momia, y sin embargo lo era. Los ladrones le habían despojado de su mortaja tras robarle las joyas que muy probablemente llevaba.

El Valle de los Reyes. En esta fotografía de la necrópolis real tebana se aprecia la entrada a las tumbas de diferentes faraones, entre ellas la de Amenhotep II, la KV35.

El Valle de los Reyes. En esta fotografía de la necrópolis real tebana se aprecia la entrada a las tumbas de diferentes faraones, entre ellas la de Amenhotep II, la KV35.

Foto: Fernando Estrada

La sala del sarcófago

Al fondo de la sala, una escalera descendente permitió a los dos hombres acceder a un corto pasadizo y luego a una especie de vestíbulo que daba a otro pasadizo. Al final llegaron a una gran sala con seis pilares alineados en dos hileras. Sus lados mostraban, en dibujos apenas coloreados, al rey ante varias deidades. Nueva sorpresa: sobre ellos aparecía el nombre del propietario de la tumba, Amenhotep II. Fue entonces cuando Loret pensó que el joven desnudo sobre la barca podría ser el príncipe Webensennu, uno de los hijos del faraón y director de las caballerizas reales.

Siempre pisando una capa de objetos rotos de madera, cerámica y alabastro, el excavador bajó por una nueva escalera hasta al nivel inferior de la sala. En su centro halló un gran sarcófago de piedra, similar, aunque más grande, al que había encontrado en la tumba de Tutmosis III. Allí le aguardaba la segunda sorpresa del día. Porque en el interior del sarcófago, desprovisto de su tapa, había un ataúd cerrado con una corona de hojas secas en los pies y flores en la cabecera. Loret no daba crédito a sus ojos. Dado el desastroso estado en que los ladrones habían dejado la tumba, ¿sería posible encontrar lo que hasta entonces ningún egiptólogo había logrado encontrar: la momia intacta de un rey?

Ushebti de Amenhotep. Esta figurita funeraria lleva inscritos los nombres de Amenhotep II. La figura porta dos símbolos 'ankh' y va tocada con el 'nemes' real rematado con un ureo o cobra.

Ushebti de Amenhotep. Esta figurita funeraria lleva inscritos los nombres de Amenhotep II. La figura porta dos símbolos 'ankh' y va tocada con el 'nemes' real rematado con un ureo o cobra.

Foto: Alamy / ACI

Las tres momias

Aturdido por el inesperado descubrimiento, Loret decidió dejar para más adelante la apertura del sarcófago. Optó por investigar primero las cuatro salas que circundaban la cámara funeraria. En la primera cámara de la izquierda quedaban indicios de lo que se había almacenado allí más de tres mil años atrás: víveres para sobrevivir en el más allá. En la segunda cámara había restos de material ritual funerario y de estatuas reales. Pero la gran sorpresa del día esperaba en la primera cámara de la derecha. En un rincón de la estancia yacían tres cuerpos medio cubiertos por los harapos de sus mortajas: tres momias a las que antiguos saqueadores habían despojado de sus vendajes, dejando a la vista su cuerpo y sus rostros.

En la primera cámara de la derecha, Loret halló tres cuerpos que yacían medio cubiertos por los harapos de sus mortajas

Este hallazgo merece una descripción detenida, ya que los tres cuerpos han sido objeto de polémica hasta hace muy poco tiempo. Hoy se cree que uno de ellos, el de un joven príncipe con una trenza, podría corresponder a Webensennu, lo que cambiaría la identidad hasta ahora atribuida al cuerpo hallado sobre la barca. También se ha sugerido que podría ser un personaje cincuenta años posterior: Tutmosis, el primogénito del rey Amenhotep III, fallecido prematuramente. En cuanto a otro de los cuerpos, quizás el de un hombre que mostraba la boca torcida, la egiptóloga británica Joann Fletcher mantuvo en 2003, contra viento y marea, que no sólo no era un hombre, sino que se trataba de la ¡mismísima reina Nefertiti!, aunque su atrevida teoría no prosperó.

Más interesante todavía es el caso del tercer cuerpo, el de una mujer de larga cabellera que fue bautizada como «la anciana dama». Por influencia de la teoría de Fletcher, también se conjeturó que podría tratarse de Nefertiti, pero el azar desveló para siempre el enigma. En la tumba de Tutankhamón se había encontrado un rizo de cabello dentro de un pequeño sarcófago con el nombre de su abuela, la reina Tiy. Un análisis de ADN permitió comprobar que era el mismo cabello que el de «la anciana dama»; por lo tanto se trataba de ¡la reina Tiy, Gran Esposa Real de Amenhotep III y madre de Akhenatón!

El anillo de Amenhotep II. En la placa de este anillo de oro se inscribió el nombre de trono del faraón Amenhotep II, señor del Alto y el Bajo Egipto. Museo del Louvre, París.

El anillo de Amenhotep II. En la placa de este anillo de oro se inscribió el nombre de trono del faraón Amenhotep II, señor del Alto y el Bajo Egipto. Museo del Louvre, París.

Foto: RMN-Grand Palais

Salen a la luz más momias reales

La tumba, que recibió el nombre de KV35, aún no había revelado el más espectacular de sus secretos. A Loret sólo le faltaba inspeccionar la segunda cámara lateral de la derecha, que en la antigüedad había sido cerrada con bloques de piedra, entre los que se abría una pequeña abertura. Siempre siguiendo las notas de Loret, el arqueólogo cuenta que se limitó a mirar por la rendija y, a la mortecina luz de su vela, descubrió nueve ataúdes, cinco de ellos cubiertos con sus tapas. Loret supuso que probablemente se trataba de personajes allegados a la realeza.

Loret miró por una rendija y a la mortecina luz de su vela descubrió nueve ataúdes, cinco de ellos aún cubiertos con sus tapas

Ante la imposibilidad de sacar los ataúdes, encargó cajas para transportar las momias y, tras una breve ausencia para rematar el trabajo en la tumba de Tutmosis III, Loret retornó a KV35 para limpiar sus cámaras. Primero depositó en las cajas de madera rellenas de algodón los tres cuerpos de la cámara lateral abierta. Luego, tras apartar las piedras que obstruían la entrada, se ocupó de los nueve cadáveres de la cámara lateral.

Se acercó al ataúd más próximo y, tras apartar la gruesa capa de polvo que cubría la tapa, Loret leyó el protocolo real con el nombre de Ramsés IV. Es fácil imaginar su impresión ante semejante hallazgo. Sin más dilación, fue leyendo las demás inscripciones, que correspondían a Tutmosis IV, Amenhotep III, Merenptah, Seti II, Siptah, Ramsés V y Ramsés VI; el noveno cuerpo era el de una mujer desconocida.

Victor Loret. Retrato del egiptólogo. Fotografía tomada hacia 1920.

Victor Loret. Retrato del egiptólogo. Fotografía tomada hacia 1920.

Foto: Alamy / ACI

Victor Loret acababa de descubrir un extraordinario grupo de momias reales. Sumadas a las que se habían hallado en el escondrijo de Deir el-Bahari, descubierto diecisiete años antes, en 1881, formaban un elenco casi completo de las momias reales de la XVIII dinastía, e incluso del Reino Nuevo. Ambos conjuntos habían sido reunidos en la antigüedad en un intento de salvaguardar las momias, después de que las tumbas en las que fueron depositadas originalmente hubieran sido saqueadas.

En el caso de la tumba de Amenhotep II, los traslados de momias se debieron de realizar cuando el escondrijo de Deir el-Bahari quedó lleno, en tiempos de la dinastía XXI. La elección de la KV35 como escondite se explica por su localización. Su situación, al fondo del wadi y bajo los riscos que coronan el Valle de los Reyes, era la peor posible para una tumba subterránea. En efecto, las lluvias intensas y de corta duración que se registran ocasionalmente en esa zona convierten en torrentes los wadis antes secos, y, sabiéndolo, a nadie se le ocurriría construir una tumba-hipogeo sometida a la amenaza de inundaciones. Pero a los sacerdotes egipcios les pareció que precisamente este hecho era una garantía: ningún ladrón buscaría una sepultura real repleta de tesoros en semejante lugar.

Para que la seguridad fuese completa, hubo que adoptar medidas especiales que anularan o limitaran los estragos que una entrada de agua podía ocasionar en la KV35. La principal de tales medidas fue la construcción de un pozo en el interior de la tumba para que almacenase el agua que pudiera filtrarse por las posibles rendijas de la entrada a pesar de las precauciones que se habían adoptado para sellarla. Esta solución ya la había adoptado el padre de Amenhotep II, Tutmosis III, que incluyó un pozo interior en su tumba, también excavada en un wadi.

La recuperación de las momias. Este grabado coloreado recrea el momento en que los miembros del Servicio de Antigüedades de Egipto, dirigidos por Gaston Maspero, vacían de momias reales el escondrijo de Deir el-Bahari con la intención de trasladarlas a El Cairo.

La recuperación de las momias. Este grabado coloreado recrea el momento en que los miembros del Servicio de Antigüedades de Egipto, dirigidos por Gaston Maspero, vacían de momias reales el escondrijo de Deir el-Bahari con la intención de trasladarlas a El Cairo.

Foto: Mary Evans / Cordon Press. Color: José Luis Rodríguez

Ante el faraón

El otro objetivo de la investigación de Loret era el sarcófago localizado en el nivel inferior de la tumba de Amenhotep II, que previsiblemente contenía la momia del faraón. Al emprender su estudio, el arqueólogo se llevó otra sorpresa. Cuando retiró la corona de hojas depositada en la parte de los pies del ataúd, vio con estupor que tapaba un agujero practicado en la madera. ¿Sería posible que, pese a todo, los ladrones hubiesen removido la momia de su lugar de descanso eterno?

Loret introdujo su mano en el hueco y tan sólo encontró un vacío. Siguieron unos momentos de máxima tensión, la que acompaña a los arqueólogos en el umbral de un descubrimiento decisivo. Imaginamos el temor que debió de sentir Loret cuando levantó la tapa del ataúd. Pero la emoción debió de estallar de golpe, porque… ¡allí estaba la momia intacta de Amenhotep II! Si antes no la había tocado con la mano es porque los sarcófagos faraónicos solían sobrepasar la altura media de los egipcios, e incluso en el caso de Amenhotep II, cuya momia mide 1,80 metros, el ataúd era más largo.

Efigie del faraón. Glyptoteca Carlsberg, Copenhague.

Efigie del faraón. Glyptoteca Carlsberg, Copenhague.

Foto: Prisma / Album

Los reyes de la KV35 habían vuelto a salir a la luz, una expresión que para los antiguos egipcios significaba renacer. En cierto modo así fue, ya que gracias a Loret las momias podrían descansar protegidas para siempre, aunque fuera en la fría soledad de un museo, con excepción del propietario de la tumba. En efecto, en 1902 Gaston Maspero, director del Servicio de Antigüedades egipcio, autorizó que el soberano fuera despojado de la mortaja para estudiar la momia.

Para impresionar a los turistas, Howard Carter instaló una lámpara eléctrica sobre la cabeza de la momia de Amenhotep II

Si este acto puede tener una justificación científica, no la tiene tanto lo que después hizo Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankhamón. Amante de lo teatral, faceta de la que hizo gala en varias ocasiones, tuvo con Amenhotep II un comportamiento que no le honra precisamente. Cuando fue nombrado inspector jefe del Servicio de Antigüedades para el Alto Egipto, y para impresionar a los turistas que visitaban la tumba, Carter colocó en 1903 una lámpara eléctrica sobre la cabeza de la momia del rey. Cuando los visitantes llegaban ante el sarcófago, situado a un nivel inferior, el encendido súbito de la bombilla provocaba un «¡Oh!» general de sorpresa. Afortunadamente, no todo el mundo compartía el gusto de Carter por lo teatral. Cuando, en 1907, el viajero y escritor Pierre Loti visitó la tumba pidió que apagasen el irreverente foco. Finalmente, en 1931 la momia de Amenhotep II se depositó en el Museo Egipcio de El Cairo.

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La decoración de la antecámara

La antecámara funeraria de KV35 es única entre las tumbas del Valle de los Reyes, porque forma una unidad con la cámara funeraria, que se halla a un nivel inferior. Esa continuidad espacial da a la antecámara, sostenida por seis pilares, su majestuoso aspecto. En las caras de estos pilares se muestra cómo el rey es recibido en el más allá por dioses que le insuflan el «soplo de la vida eterna» con un ankh. Son sólo dibujos apenas coloreados, pero lo que podría ser un defecto otorga al conjunto su verdadero encanto. En Egipto, el dibujo fue siempre la base de todas las artes plásticas, y los que vemos en la antecámara de KV35 son toda una lección de arte: limpios, sin arrepentimientos y sin una cuadrícula de encuadre previa. La mano del maestro que los plasmó no necesitó esa ayuda.

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Los faraones escondidos

Entre las dinastías XX y XXI, las momias de los monarcas sepultados en el Valle de los Reyes fueron ocultadas en Deir el-Bahari y en la tumba de Amenhotep II. Las de Ramsés I, Seti I y Ramsés II se llevaron primero a la tumba de Inhapi, esposa del rey Sekenenre Taa II (dinastía XVII). Luego, quizá por falta de espacio, se trasladaron a la tumba del rey Pinedjem II (dinastía XXI), en Deir el-Bahari. En la entrada y a lo largo de sus pasadizos se agolpaban los sarcófagos de los monarcas del Reino Nuevo, incluida la momia de Inhapi; en la última sala estaban los féretros intactos de la familia de Pinedjem II. Posiblemente esta tumba se llenó del todo, y el resto de momias se llevaron a la KV35, la tumba de Amenhotep II, donde las descubrió Loret.

Ver más sobre el misterio de las tres momias

Este artículo pertenece al número 205 de la revista Historia National Geographic.

Para saber más

La tumba de Tuya y Yuya en el Valle de los Reyes

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