El poder naval de Grecia

Trirremes

Las principales ciudades de la antigua Grecia disponían de flotas de guerra compuestas por decenas de trirremes. Cada uno de estos navíos era movido por la fuerza bruta de 170 remeros.

El Olimpia. Réplica de un trirreme de la Antigüedad, el 'Olimpia' fue creado en 1987 por el ingeniero naval John Coates, y surcó el Mediterráneo para experimentar el sistema de navegación de estos navíos de guerra.

Foto: Mike Andrews / Bridgeman / ACI

El amo del mar es el amo de todo». Los griegos estaban convencidos de ello mucho antes de que Cicerón pronunciara estas palabras. En el siglo V a.C., Atenas movilizó todos sus recursos para convertir El Pireo en el puerto militar más importante de toda Grecia. Sus instalaciones nada tenían que envidiar al esplendor de los templos centenarios, pues se diseñaron para albergar la mayor armada del mundo heleno. En sus dársenas descansaban no menos de 300 trirremes, los buques de guerra más famosos de la Antigüedad.

Cronología

En pos del dominio naval

700 a.C.

Los relieves del palacio de Senaquerib en Nínive muestran las primeras imágenes de trirremes, uno corintio y otro fenicio.

535 a.C.

En aguas de la isla de Córcega tiene lugar la batalla de Alalia, el primer combate naval atestiguado entre flotas de trirremes.

493-492 a.C.

Temístocles se convierte en arconte epónimo de Atenas para impulsar su desarrollo comercial y naval, e inicia la remodelación de El Pireo.

480 a.C.

Victoria de la flota griega frente a la armada persa en la batalla naval de Salamina (golfo Sarónico), durante la segunda guerra médica.

429 a.C.

En las batallas de Patras y Naupacto la armada ateniense derrota a la espartana pese a su inferioridad numérica.

405 a.C.

La flota espartana, comandada por Lisandro, derrota a la armada ateniense en la batalla de Egospótamos, en los Dardanelos.

376 a.C.

La nueva armada ateniense, dirigida por Cabrias, vence a los espartanos en la batalla de Naxos.

El trirreme fue fruto del continuo desarrollo de la tecnología naval en el mundo griego. En la Ilíada, Homero menciona unas naves llamadas triaconteras, penteconteras y hecatonteras –por el número de remeros que empleaba cada una: 30, 50 y 100–, así como birremes, con dos filas de remeros. Pero fue a comienzos del siglo VII a.C. cuando la experiencia aplicada a los nuevos avances técnicos propició la aparición de un modelo mucho más avanzado: el trirreme, término derivado del griego trieres, «tres filas de remos». Estos buques eran vistos por los griegos como seres vivos dotados de cierto carácter sagrado. Por ello recibían un nombre, casi siempre femenino. Sus característicos ojos situados a ambos lados de la proa les servían para «encontrar el camino a través del mar», los pescantes que sobresalían del casco eran sus «oídos» y las velas, sus «alas».

Una antigua birreme. Una crátera datada hacia 735-720 a.C. se decoró con esta escena dominada por un navío de dos filas de remos y que tal vez represente el rapto de Helena por el troyano Paris.

Una antigua birreme. Una crátera datada hacia 735-720 a.C. se decoró con esta escena dominada por un navío de dos filas de remos y que tal vez represente el rapto de Helena por el troyano Paris.

Foto: David Parker / SPL / Age Fotostock

Naves resistentes

Más rápidos y estables que sus predecesores, los trirremes se empleaban según la antigüedad y el estado de mantenimiento de cada uno. Los navíos de construcción más reciente se reservaban para los conflictos bélicos, mientras que los más deteriorados se empleaban en tareas de vigilancia y transporte, entre otras. En Atenas había dos trirremes principales, el Salamina y el Paralo, buques insignia de la flota que por su belleza solían emplearse para misiones diplomáticas o rituales, como trasladar a los atletas atenienses que participaban en los Juegos Olímpicos cada cuatro años.

Con un mantenimiento adecuado, estas naves podían permanecer en servicio entre 20 y 25 años antes de ser desmanteladas o vendidas como «excedentes de guerra», aunque a veces resistieron más de ochenta años. Su coste de fabricación era muy elevado, pues superaba un talento (6.000 dracmas, aproximadamente 26 kilos de plata); de ahí que se intentara siempre capturar las naves enemigas en combate. El mantenimiento de la tripulación era también muy costoso, pues los salarios mensuales ascendían a otro talento.

Ojo de un trirreme. Museo arqueológico de El Pireo.

Ojo de un trirreme. Museo arqueológico de El Pireo.

Foto: Alamy / ACI

La tripulación de un trirreme ascendía a 200 hombres. La máxima autoridad la ostentaba el trierarco, el capitán, elegido entre los ciudadanos más pudientes para ejercer el cargo durante un año y que debía abonar de su bolsillo parte del coste de la campaña. Se encontraba al mando de otros cinco oficiales: el hipotrierarco o segundo oficial, el timonel (kybernetes), el oficial de proa y vigía (proreus), el encargado de los remeros (keleustés) y el pentecontarco o tesorero. Había también una decena de marineros y un puñado de militares (diez hoplitas y cuatro arqueros). El resto de la tripulación, 170 hombres, eran remeros.

En toda la flota ateniense se calcula que había más de 50.000 remeros. Muy pocos de ellos eran esclavos o extranjeros, ya que la mayoría pertenecía a la clase de los thetes, es decir, ciudadanos con escasos recursos económicos e incapaces de asumir el coste del armamento que se requería para combatir como soldados. El desarrollo de la armada como gran baluarte de la democracia ateniense durante el siglo V a.C. otorgó a esta clase social una mayor influencia frente a la aristocracia. No es casual que en aquella época los ciudadanos atenienses comenzaran a referirse a sus líderes como «timoneles» que guiaban la «nave del Estado».

Una tripulación disciplinada

La partida de la flota, al mando de uno o varios almirantes (strategoi), era un importante acontecimiento en la ciudad. Gracias a su entrenamiento y disciplina, los tripulantes se colocaban en sus puestos con extraordinaria rapidez –apenas 30 segundos, según una simulación moderna– y comprobaban el correcto funcionamiento de sus equipos, herramientas y armas. Luego empezaba una ceremonia religiosa destinada a garantizar el apoyo de los dioses durante la nueva travesía. Un sacerdote se encargaba de oficiar un sacrificio animal antes de que el trierarco entonara una plegaria y un himno en honor de los dioses. Finalmente, se derramaba una copa de vino sobre la proa y la popa de la nave como ofrenda.

El control del navío. Sentado en la popa del trirreme, el trierarco observa cómo el timonel maneja dos grandes remos articulados para guiar la nave.

El control del navío. Sentado en la popa del trirreme, el trierarco observa cómo el timonel maneja dos grandes remos articulados para guiar la nave.

Foto: J. Potter / Getty Images

Iniciado el viaje, los remeros seguían las órdenes del keleustés, impartidas de viva voz o golpeando un madero con una maza. Cuando el estruendo del mar o de la batalla impedía escucharle, se utilizaba el aulós, un instrumento de viento semejante a una doble flauta con el que se marcaba el ritmo de palada. Los propios remeros colaboraban entonando cánticos tradicionales con los que coordinarse. En la Atenas del siglo V a.C. habrían echado por la borda a cualquier keleustés que hubiera intentado usar el látigo, razón por la cual apenas se produjeron motines.

Un hombre reparte comida entre los remeros de una embarcación. Los hombres no se movían de su sitio ni para comer ni para dormir.

Un hombre reparte comida entre los remeros de una embarcación. Los hombres no se movían de su sitio ni para comer ni para dormir.

Foto: Bridgeman / ACI

Para cumplir su trabajo, los remeros debían estar bien alimentados e hidratados. Su dieta incluía pescado en salazón, tortas de avena, vino, queso, verduras y siete litros de agua diarios. Como casi todo el espacio de la nave estaba ocupado por los tripulantes, no había demasiado sitio para almacenar víveres o para dormir. Por eso la navegación se reducía a las horas diurnas, y por la noche se atracaba para aprovisionarse y descansar.

En el fragor de la batalla

Las batallas navales se decidían mediante la táctica de la embestida, utilizando a modo de ariete los famosos espolones que remataban la proa de las naves para abrir una vía de agua en el costado del barco enemigo. La carga se hacía a máxima velocidad, en torno a nueve nudos (16,7 km/h), y requería gran destreza y experiencia por parte del piloto.

Si la nave enemiga recibía un impacto directo estaba condenada, y pocos de sus tripulantes lograban escapar con vida, entre otras cosas porque la mayoría ni siquiera sabía nadar. Las cifras de víctimas de los choques navales eran elevadísimas, aunque la causa de los desastres también podía ser el mal tiempo. Para los griegos, el ahogamiento era la peor de las muertes, ya que sus cuerpos nunca recibirían adecuada sepultura y les sería imposible alcanzar el más allá. Por ello, los strategoi al mando de la flota estaban obligados a recuperar los cuerpos de los caídos y rescatar a los supervivientes de su bando bajo pena de muerte.

Doble función. Todos los trirremes llevaban en la proa espolones de bronce como éste, conservado en el Museo Arqueológico de El Pireo. Servían para embestir al enemigo y también para reducir el empuje de las olas.

Doble función. Todos los trirremes llevaban en la proa espolones de bronce como éste, conservado en el Museo Arqueológico de El Pireo. Servían para embestir al enemigo y también para reducir el empuje de las olas.

Foto: K. Livadas / Getty Images

Cuando el navío se rendía, a los remeros capturados se les ofrecía a veces cambiar de bando. En otras ocasiones, en cambio, eran arrojados por la borda o se les cortaba el pulgar para que no volvieran a remar ni a blandir un arma. También podían acabar esclavizados o abandonados en la costa.

De vuelta a casa

Decenas de trirremes regresaban a Atenas a comienzos del invierno, navegando junto a tortugas marinas, bancos de atunes o delfines que jugaban frente a sus proas. Su compañía auguraba buena fortuna, pues solían ayudar a que los náufragos alcanzaran la costa. A su llegada, cada trirreme era sometido a reparación y limpieza. Los trierarcos presentaban los informes de sus misiones, mientras que marineros y remeros se apresuraban a solicitar el salario pendiente que muchos no tardaban en derrochar en cantinas o lupanares.

Muerto en combate. Esta estela funeraria de un joven llamado Demokleides, que murió en un combate naval, lo muestra con expresión melancólica ante la proa de su navío. Museo Arqueológico Nacional, Atenas.

Muerto en combate. Esta estela funeraria de un joven llamado Demokleides, que murió en un combate naval, lo muestra con expresión melancólica ante la proa de su navío. Museo Arqueológico Nacional, Atenas.

Foto: DEA / Scala, Firenze

Cuando los romanos conquistaron Macedonia en 168 a.C., se sorprendieron al descubrir un antiguo trirreme, olvidado en un astillero desde hacía 70 años. Esa reliquia, que recordaba el fin de la época en la que las armadas griegas fueron dueñas del Mediterráneo, fue capaz de surcar una vez más las aguas del Mediterráneo. No es extraño que Roma adoptara enseguida aquel modelo de navío rápido y resistente para erigir sobre él su propio dominio naval.

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El trirreme, dueño de los mares

Fue la nave por excelencia de la Antigüedad: además de los griegos, la utilizaron otros pueblos mediterráneos como fenicios, cartagineses o romanos. Sus características eran muy similares, excepto algunos elementos.

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Golfo Sarónico. En sus aguas tuvo lugar la batalla de Salamina en 480 a.C., entre griegos y persas. En ella, los trirremes fueron fundamentales para la victoria griega.

Golfo Sarónico. En sus aguas tuvo lugar la batalla de Salamina en 480 a.C., entre griegos y persas. En ella, los trirremes fueron fundamentales para la victoria griega.

Foto: Pietro Canali / Fototeca 9x12

La fuerza motriz

En 1987, el arquitecto naval John Coates y la Universidad de Cambridge construyeron una réplica de un trirreme clásico, el Olimpia. La nave surcó las aguas del Mediterráneo haciendo honor a su fama, pero los 170 remeros asignados solamente fueron capaces de alcanzar una velocidad máxima de 9 nudos; y sólo durante cinco minutos. Su coordinación fue extremadamente difícil aun tratándose de profesionales. Es más, cuando el Olimpia se enfrentó a vientos con ráfagas contrarias de hasta 25 nudos (46 km/h), que producían un mar embravecido y enormes olas, los talamitas (los remeros de los bancos más bajos)fueron incapaces de remar. El resto de remeros no sólo experimentaron grandes problemas para mantener el ritmo, sino que, además, después de una hora, se agotaron físicamente. Sin duda, la preparación, el entrenamiento y la experiencia de los remeros griegos eran muy superiores, y nos dan una idea del increíble esfuerzo que eran capaces de realizar durante horas en plena batalla. Muy valorados por sus extraordinarias cualidades y por la necesidad de contar con miles de ellos en activo para la armada, recibían un salario acorde con su esfuerzo.

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Embestida y abordaje

Con la isla de Salamina y el promontorio de Cinosura al fondo, cientos de embarcaciones combaten sin apenas espacio en la célebre batalla naval de la segunda guerra médica (480 a.C.). Un trirreme griego completa la maniobra para embestir a una nave persa hundiendo su espolón en el costado derecho o de estribor y destrozando buena parte de sus remos a resultas del choque. Los enemigos utilizan sus flechas y jabalinas para defenderse de los agresores antes de que su nave se precipite al fondo del estrecho.

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Masacre naval. Cuando un barco era hundido por el enemigo, los soldados que caían al agua morían ahogados o asaeteados por las flechas de los navíos enemigos, como ocurrió en Salamina en 480 a.C.

Masacre naval. Cuando un barco era hundido por el enemigo, los soldados que caían al agua morían ahogados o asaeteados por las flechas de los navíos enemigos, como ocurrió en Salamina en 480 a.C.

Foto: Prisma / Album

Hábiles y valientes

Las batallas navales no sólo se libraban en la superficie, sino también bajo las aguas. Desde el siglo IX a.C., los ejércitos de la antigua Grecia contaban con buceadores profesionales. Uno muy famoso fue Escilias de Escíone, que era capaz de cubrir buceando un kilómetro y medio, según Heródoto. Con la ayuda de su hija Hydne, Escíone abrió vías de agua en los cascos y cortó las anclas de las naves persas que atacaron Grecia durante las guerras médicas. También ayudó a cubrir la bahía de estacas para impedir la aproximación de las naves enemigas. Estos buzos no sólo actuaban en combate, sino que también se les contrataba para rescatar la carga de los barcos naufragados cerca de la costa o la que caía al mar durante una operación de estiba. Entretanto, además de recolectar mariscos, algas o esponjas, realizaban trabajos subacuáticos en la construcción de puentes y puertos, o intervenían en la reparación y limpieza de los cascos de los barcos. La presión en altas profundidades provocaba el estallido de los tímpanos, y muchos emergían sangrando por los oídos y la boca (hemoptisis), motivo por el cual solían perforárselos previamente.

Este artículo pertenece al número 210 de la revista Historia National Geographic.

Para saber más

La batalla de las Termópilas

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