Un vestuario contra las limitaciones

Travestidas, un desafío a los roles de género

En el siglo XIX algunas mujeres decidieron vestirse de hombre para ejercer libremente profesiones masculinas.

George Sand (sentada en la butaca), el pianista Liszt y otros amigos en una velada. Óleo por Josef Danhauser.

George Sand (sentada en la butaca), el pianista Liszt y otros amigos en una velada. Óleo por Josef Danhauser.

Foto: AKG / Album

La mujer no se pondrá ropa de hombre, ni el hombre un vestido de mujer», proclamaba el libro bíblico del Deuteronomio. En sintonía con este precepto, vestir ropas ajenas al propio sexo fue considerado una transgresión, un acto de rebeldía o un ataque a la decencia y el buen gusto, algo castigado incluso por la ley. Sin embargo, muchos varones y mujeres se enfrentaron a este veto, aunque cada sexo lo hizo de diferente manera. Como recoge Christine Bard en Historia política del pantalón, a ojos de sus coetáneos, los hombres que optaban por travestirse se «envilecían» al adoptar ropas de «un estatus inferior al suyo». Cuando era una mujer quien vulneraba la norma, lo que se apreciaba era algo mucho más peligroso: un intento de «ascender en la jerarquía» social.

En Europa, hasta prácticamente el siglo XX, las diferencias de vestimenta entre hombres y mujeres estaban reguladas por leyes concretas. Ni siquiera la Revolución francesa cambió esta situación. En 1793, la Convención Nacional aprobó un decreto que reconocía que «cada uno es libre de llevar la ropa u ornamentos que le convengan», de modo que a los plebeyos se les permitía llevar prendas reservadas hasta entonces a la aristocracia. Pero esa libertad se limitaba a las prendas propias «de su sexo». Siete años más tarde, la policía de París obligaba a las féminas que quisieran «vestirse de hombre» a tramitar una autorización policial.

Mujeres soldado

A pesar de la prohibición, a lo largo de los siglos XVIII y XIX hubo muchas mujeres que se enfundaron prendas de varón. Sus motivos eran diversos, aunque el denominador común de todas era acceder a ámbitos sociales o profesionales que estaban estrictamente reservados a los hombres, como el ejército. La italiana Antonia Masanello, conocida más adelante como «la heroína de Italia», decidió travestirse y, bajo el nombre de Antonio Marinello, seguir a su marido en 1860 en la Expedición de los Mil a las órdenes de Garibaldi.

En 1800, la policía de París obligaba a las féminas que quisieran «vestirse de hombre» a tramitar una autorización policial

Lo que llevó a la norteamericana Deborah Sampson a mudar de ropas fue la vocación militar. En 1782 se sumó al ejército de George Washington. Tal era su celo por evitar que la descubrieran que, cuando recibió dos balazos, rehusó que la atendiera un cirujano y ella misma se extrajo uno de los proyectiles. Aquel sufrimiento le sirvió de poco, pues tras la guerra contrajo unas fiebres en Filadelfia y el médico que la atendió acabó desvelando su secreto.

Igualmente, el único medio que tenían muchas mujeres para trabajar en buques de guerra era hacerse pasar por hombres. Los uniformes holgados, las relajadas normas de higiene y la juventud de las tripulaciones las ayudaban a pasar desapercibidas. En el siglo XVIII, la inglesa Hannah Snell se enroló en la infantería y después en la marina bajo el nombre de James Gray. Participó en diversos combates en la India y reclamó una compensación por el servicio prestado a Su Majestad. Tras cobrarla, reveló su secreto y logró una pensión. Snell acabaría montando una taberna y representando con éxito una obra basada en su vida. Otra inglesa, Mary Lacy, pasó doce años en la Royal Navy bajo el nombre de William Chandler. Lacy se enroló como carpintero, pero con el paso de los años, al verse incapaz de ejercer su oficio a causa de la artritis, confesó su identidad.

Había también mujeres que aspiraban a conocer mundo y moverse con una libertad incompatible con corsés y enaguas. A comienzos del siglo XIX, la escocesa Isobel Gunn transformó su aspecto para lograr un empleo en la Hudson’s Bay Company, que operaba en Canadá. Su secreto acabó saltando por los aires en 1807, cuando la sorprendieron en pleno parto. Resultado: acabó de lavandera. En 1766, la francesa Jeanne Baret se vistió de grumete y se embarcó con su amante, el botánico Philibert Commerson, en la expedición de Louis Antoine de Bougainville, vedada a las mujeres. El engaño funcionó hasta llegar a Tahití, donde su sexo no pasó inadvertido para los nativos. A la pareja no le quedó otra que abandonar el barco.

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Travestidas urbanitas

La gran ciudad fue otro ámbito que propició el travestismo femenino. En las urbes, el aspecto varonil era a menudo el mejor salvoconducto que tenían las mujeres para acceder a lugares que les estaban vetados. La ropa de hombre equivalía a autonomía y seguridad, y también a rebeldía, aun cuando la mujer que la usaba no aspirase a borrar su identidad. La pintora Rosa Bonheur, por ejemplo, se especializó en pintar animales en granjas, ferias y mataderos; para visitar estos lugares le era más cómodo el vestido masculino, que finalmente adoptó como indumentaria permanente.

En otras ocasiones, lo que se buscaba era ocultar la identidad femenina y burlar de este modo las restricciones laborales o educativas que sufrían las mujeres. En España sobresale el caso de Concepción Arenal, quien a comienzos de la década de 1840 asistió travestida a la universidad para estudiar Derecho. De la misma guisa acudía con frecuencia, en compañía de su marido, a las tertulias del café Iris.

La misma treta siguió la irlandesa Margaret Bulkley, que se convirtió en un prestigioso cirujano llamado James Barry. Cuando en 1865 una sirvienta preparaba su cadáver se quedó helada al descubrir que aquel a quien todos habían tenido por un galeno de carácter intratable era, en realidad, una anciana que ocultaba sus senos presionándolos con una faja.

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Su caso recuerda al de otro facultativo: la suiza Enriqueta Faber. Tras perder a su marido, un oficial de Napoleón, en el campo de batalla, Faber decidió hacerse pasar por varón. Aprendió medicina y ejerció de cirujano en el ejército galo. Luego marchó a las Antillas, primero a Guadalupe y luego a Cuba. En ultramar mantuvo su identidad ficticia con el nombre de Enrique Faber. Tras validar su título, se instaló en Baracoa y –quizá para acallar rumores– se desposó con la joven Juana de León. El secreto no le duró demasiado: Enriqueta acabó detenida en 1823 y su caso desató uno de los mayores escándalos de la Cuba colonial.

Con el paso del tiempo, las restricciones sobre la vestimenta femenina fueron volviéndose más laxas. A finales del siglo XIX, la popularización de la bicicleta dio a las mujeres margen para cambiar las anchas faldas de la belle époque por bombachos bloomers o faldas pantalón. La difusión del feminismo y la integración de las mujeres en el mundo laboral harían normal lo que en el pasado se consideró una amenaza al orden establecido. Pese a ello, en París se tuvo que esperar hasta 2013 para que se aboliese formalmente la norma que prohibía a las mujeres el uso del pantalón.

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Permiso policial

En aplicación de una ordenanza de 1800, el permiso de travestissement bajo estas líneas, de 1862, autorizaba a una mujer de 36 años a vestirse de hombre «por razones de salud». El permiso era válido por seis meses y prohibía a la beneficiada asistir travestida a «espectáculos, bailes y otros lugares abiertos al público».

Permiso policial.

Foto: AGE Fotostock

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George Sand, la novelista transgresora

Uno de los casos más famosos de travestismo es el de la literata Aurore Dupin, más conocida por su seudónimo George Sand. Habituada desde niña a vestir prendas de chico, ya adulta, instalada en París, siguió luciendo pantalón, chaleco, sombrero, corbata y redingote. Su atuendo y sus costumbres –entre ellas la de fumar en público– escandalizaron a muchos compatriotas. Pero su travestismo no era permanente, pues alternaba la ropa femenina con la masculina. El empeño de George Sand por vestirse de hombre le permitía, en palabras de Christine Bard, saltar del rol de «observada al de observadora»: en lugar de atraer miradas masculinas podía observar libremente la realidad a su alrededor. El traje masculino, más económico, refleja también su compromiso con la igualdad.

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Mujeres transgénero de antaño

La vestimenta masculina permitió a algunas mujeres desarrollar plenamente sus aptitudes para las ciencias, el arte, la exploración o la vida militar.

Hannah Snell (1723-1792).  «James Gray» sirvió durante varios años en la Armada británica.

Foto: Bridgeman / ACI

Jeanne Baret (1740-1807). Participó en la vuelta al mundo iniciada por Bougainville en 1766.

Foto: Kharbine-Tapabor / Album

Deborah Sampson (1760-1827). Combatió en primera línea durante la guerra de independencia de EE. UU.

Foto: Science Source / Album

James Barry (1795-1865). Margaret Bulkley vivió toda su vida adulta como hombre.

Foto: Science Source / Album

Concepción Arenal (1820-1893).  La gran reformadora gallega fue a la universidad vestida de hombre.

JBP/Photoaisa

Rosa Bonheur (1822-1899).  Esta pintora logró permiso para vestirse de hombre a los 30 años.

Foto: Bridgeman / ACI

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Isabelle Eberhardt

Isabelle Eberhardt usó diversas identidades, ataviada como un hombre, con la cabeza rapada, para moverse con libertad por Argelia y conocer de cerca la cultura musulmana. Su matrimonio con un espahí (jinete de élite otomano) y su aspecto le permitieron adentrarse en el sufismo.

Eberhardt vestida como hombre con ropa árabe en 1899.

Foto: Rue des Archives / Album

Este artículo pertenece al número 218 de la revista Historia National Geographic.

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