El arte oculto de los Balcanes

Tesoros tracios

Los pueblos que vivieron en tierras de Bulgaria, Rumanía, Grecia y Turquía enterraron valiosísimos conjuntos de obras de oro y plata que los arqueólogos han sacado a la luz, sobre todo desde mediados del siglo XX.

Fíala para libaciones

Fíala para libaciones

Foto: DEA / Getty Images

El territorio de la antigua Tracia corresponde a ciertas regiones de la actual Turquía europea, Grecia oriental y, sobre todo, Bulgaria. Sus habitantes, denominados tracios por los helenos, fueron en realidad un conglomerado de tribus muy diversas de origen indoeuropeo que ocuparon el noreste de los Balcanes a comienzos del IV milenio a.C., y que acabaron disolviéndose mezclados con los migrantes eslavos que llegaron a esa región al comienzo de la Edad Media.

Cronología

Los pueblos tracios

1500-1275 a.C.

En la región de Tracia se comienzan a erigir algunas tumbas para la élite que ya muestran claras influencias del mundo micénico dominante.

700 a.C.

Empiezan a establecerse las primeras colonias griegas en la costa del mar Negro, entre ellas la de Apolonia Póntica (la actual Sozopol, en Bulgaria).

513 a.C.

El reino tracio de los edones es conquistado por los persas, dirigidos por el rey aqueménida Darío I, y pasa a formar parte de la satrapía o provincia persa de Skudra.

490 a.C.

Los persas se retiran de territorio tracio, y el rey odrisio Teres I unifica a las tribus tracias entre el Danubio y los montes Ródope (entre Bulgaria y Grecia).

341 a.C.

Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno, conquista Tracia, donde funda varias ciudades. Los macedonios explotan las minas del Pangeo.

320 a.C.

Seutes III, rey de los odrisios, traslada la capital a una nueva ciudad construida al efecto, Seutópolis. Es la única capital tracia de la que tenemos noticia.

45-44 d.C.

Después de la conquista de Tracia por el emperador romano Claudio, en el año 46 d.C., todo el territorio tracio se convierte en una nueva provincia romana.

Mencionados en varias ocasiones en la Ilíada de Homero, no fue hasta bien entrado el siglo V a.C. cuando escritores griegos como Heródoto, Tucídides o Jenofonte comenzaron a desgranar algunos aspectos de la historia, las creencias y la vida cotidiana de aquellos temibles guerreros «bárbaros». También recibieron la atención de los artistas atenienses, quienes los representaron en cerámicas de figuras rojas en las que los tracios suelen aparecer ataviados como guerreros. Los griegos, además, situaban en el mundo tracio a uno de los personajes más populares de su mitología, Orfeo, encarnado como un músico de exóticas vestiduras tañendo un instrumento.

Hasta épocas recientes, nuestro conocimiento de los tracios se limitaba a los escasos testimonios escritos de la Antigüedad. El panorama sólo cambió a mediados del siglo XX. Aunque anteriormente hubo algún hallazgo arqueológico, fue entonces cuando empezaron a exhumarse importantes vestigios que mostraron que aquellas gentes, aparentemente belicosas y montaraces, eran en realidad un pueblo dotado de un exquisito refinamiento artístico tras el que se adivina una compleja organización social y política y todo un trasfondo de mitos y creencias.

El país de los tracios

El país de los tracios

Las tribus tracias se establecieron en un amplio territorio que se extendía por las orillas del mar Negro, el mar de Mármara y el mar Egeo. En los siglos V y IV a.C. los odrisios establecieron un extenso reino que acabó bajo el dominio de Alejandro Magno, mientras que en el litoral prosperaron numerosas colonias griegas.

Cartografía: eosgis.com
Jinete tracio armado con una lanza

Jinete tracio armado con una lanza

Tesoro de Letnitsa. Museo de Historia, Lovech.

Foto: Erich Lessing / Album

Tesoros por doquier

Entre los diferentes hallazgos relacionados con los tracios –como la ciudad monumental de Seutópolis y diversas necrópolis en las que han aparecido tumbas de guerreros con notables ajuares– destacan los numerosos «tesoros tracios» que se han localizado desde mediados del siglo XX. Se trata de espectaculares conjuntos de objetos de plata y oro descubiertos en circunstancias azarosas. Existe una cincuentena, por lo general designados mediante el nombre de la localidad donde aparecieron. Aparte del valor monetario de los objetos, la verdadera importancia de estos conjuntos se debe al gran caudal de información que aportan, tanto para reconstruir los usos y las costumbres de las sociedades a las que pertenecieron como para ilustrar las relaciones de los tracios con otros pueblos de la Antigüedad. Los tesoros se remontan principalmente a la época clásica (siglos V-IV a.C.) y al comienzo de la helenística (III a.C.), aunque también los hay de fechas previas y posteriores.

La primera revelación

En 1949, durante unas obras públicas en las proximidades de la ciudad de Panagyu-rishte, se extrajeron de la tierra nueve recipientes de oro macizo y seis kilos de peso en perfecto estado de conservación, llamados a convertirse en el tesoro más famoso de cuantos existen en Bulgaria. El conjunto se compone de un ánfora, cuatro ritones (vasos semejantes al cuerno de un bóvido), tres olpes (pequeñas jarras para vino con boca en forma de disco) y una fíala, un cuenco poco profundo que se solía emplear para realizar libaciones u ofrendas líquidas a las divinidades, aunque puede que también se usara para beber. Todas estas piezas están decoradas con distintos motivos zoomorfos o mitológicos propios del repertorio figurativo griego, y se cree que formaban el servicio de mesa de algún tipo de banquete ceremonial.

Las tumbas de Starosel

Las tumbas de Starosel

En esta localidad búlgara se alzan varios montículos funerarios. La imagen muestra la tumba de Chetinyova, datada en el siglo IV a.C., en la que se enterró el noble Sitalkes.

Foto: Pavel Dudek / Alamy / ACI
Orfeo y los tracios

Orfeo y los tracios

Crátera ática de figuras rojas. Siglo V a.C.

Foto: Alamy / ACI

Fechado a finales del siglo IV o principios del III a.C., algunos expertos relacionan el tesoro con el rey de la tribu tracia de los odrisios, Seutes III, que vivió en esa época, aunque no hay ninguna certidumbre al respecto. Las únicas inscripciones que figuran en las piezas aluden a la polis griega de Lámpsaco, en la costa sur del Helesponto, lo que sugiere que las obras se fundieron en los talleres de esa ciudad. Sin embargo, parece probable que el oro proviniese de los grandes yacimientos auríferos del monte Pangeo, situado en el sur del territorio tracio, cerca de la costa del Egeo.

A finales de 1974, mientras araban la tierra cerca de la población de Borovo, unos campesinos hallaron otro tesoro tracio que causó sensación. Lo constituían cinco recipientes de plata y con detalles aplicados en oro –tres ritones, una olpe ovoide y un caldero–. Fue preciso un gran trabajo de restauración para dar al tesoro de Borovo el deslumbrante aspecto que luce en la actualidad. También aquí una parte de la iconografía de carácter mitológico que sirve de decoración proviene del imaginario griego. Pero algunos rasgos
delatan también la influencia de la Persia aqueménida, el gran imperio oriental con el que Tracia guardaba estrecha relación tras la conquista de este territorio por Darío I en el siglo VI a.C. Una inscripción menciona al rey odrisio Kotys I, que vivió en la primera mitad del siglo IV a.C., aunque no es seguro que el tesoro le perteneciese; pudo ser un regalo diplomático realizado a otro jefe tribal.

Piezas del tesoro de Borovo

El tesoro de Rogozen

En el invierno de 1985, un lugareño de la aldea búlgara de Rogozen que trabajaba en su huerto se topó con las primeras piezas del tesoro tracio más rico de cuantos han llegado hasta nosotros. El tesoro de Rogozen no tiene parangón en el arte tracio y es uno de los mayores de toda la Antigüedad europea. Lo forman 108 fíalas, 54 olpes y tres copas con decoración figurativa repujada, en su mayor parte de plata con algunos añadidos en oro, que en total suman 20 kilos de metal noble.

Plato de Rogozen

Plato de Rogozen

 La sacerdotisa Auge y Heracles protagonizan la escena de la mitología griega que decora esta magnífica fíala de oro y plata.

Foto: Interfoto / Age Fotostock

Llama la atención que el peso de algunas piezas se corresponda exactamente a unidades de medida tanto macedonias como persas, lo que hace pensar que fueron producidas a propósito para realizar pagos en metal. También destaca la variedad de estilos de las piezas, en las que incluso se aprecia una evolución formal. Se ha comprobado que en los recipientes están grabados nombres de reyes tracios que vivieron en épocas diferentes, lo que hace pensar que el tesoro se fue engrosando durante los siglos V y IV a.C. Todo ello sugiere que estamos ante el ajuar dinástico de una rica familia, acumulado por varias generaciones a lo largo de unos 150 años, hasta que, por una causa desconocida, el conjunto fue sepultado por sus poseedores y nunca se recuperó hasta su inesperado descubrimiento a finales del siglo pasado.

Los tres tesoros mencionados, al igual que la mayoría de los demás hallados en Bulgaria, han sido extraídos en terrenos que, en apariencia, están desvinculados de un yacimiento arqueológico conocido. Los especialistas los consideran ocultamientos, lo que significa que fueron escondidos deliberadamente por los mismos tracios en lugares alejados de sus poblaciones.

Un león que caza

Un león que caza

Fíbula de plata (broche para sujetar una capa) que muestra a un león cazando una gacela. Tesoro de Lukovit. Museo de Historia, Lovech.

Foto: Gregory Wrona / Alamy / ACI

Sin embargo, no existe consenso sobre las razones de esta acción. Algunos autores creen que se trata de exvotos ofrendados a dioses o espíritus asociados a la Tierra o el inframundo, efectuados tras un ritual –tal vez un banquete–, siguiendo una práctica de la que existen varios ejemplos en la Antigüedad. Otros estudiosos plantean que lo que quisieron hacer los tracios fue poner a salvo las piezas de una amenaza que desconocemos, y que después no pudieron rescatarlas. De esta última posibilidad también se conocen numerosos paralelos en otras culturas, y es quizá la más verosímil dado el gran valor económico de las piezas.

¿Indígenas o importados?

En todo caso, hay que recordar que en algunas necrópolis tracias de la misma época también se han encontrado objetos de gran valor, aunque la mayoría de ellas fueron expoliadas en el pasado. Es el caso, por ejemplo, del túmulo de Svetitsata, cuya excavación en 2004 proporcionó una máscara funeraria de oro macizo de casi 700 gramos de peso, además de otros enseres como una armadura de bronce, armas, vajilla de plata o cerámicas griegas del siglo V a.C.

El rostro de un monarca

El rostro de un monarca

Máscara de oro posiblemente del rey tracio Teres I, hallada en su tumba de Svetitsata en 2004. Museo Nacional de Historia, Sofía.

Foto: Alamy / ACI

La iconografía de los tesoros tracios se parece mucho a la del arte griego de época clásica. Es probable que los creadores de estas piezas se inspiraran en modelos helenos de arcilla cocida. También constatamos otras influencias: la de los escitas –nómadas de las estepas– en cuanto al repertorio animal; la de los frigios –un pueblo del oeste de Anatolia– por ciertos motivos orientalizantes, o la ya referida de los persas.

Esto plantea otra polémica respecto a los tesoros: ¿Quiénes los produjeron? Tenemos constancia de tradiciones metalúrgicas locales en tierras tracias desde la Edad del Cobre, pero distan bastante del estilo que exhiben los tesoros. Algunos expertos creen que los tesoros serían importaciones de Grecia o de Persia, mientras que otros consideran que son producciones indígenas a partir de modelos foráneos, destinadas a proveer a los reyes tracios de bienes de prestigio a la moda de la época. En cualquier caso, su valor como fuente de conocimiento es incalculable y su investigación ilumina las distintas culturas de la antigua Tracia mucho más allá de lo escrito por los siempre subjetivos autores grecolatinos.

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El fabuloso tesoro de Panagyurishte

Constituido por nueve recipientes de oro macizo, que en conjunto superan los seis kilos de peso, el tesoro de Panagyurishte constituye el principal atractivo del Museo Arqueológico Regional de Plovdiv, aunque, dado su valor, por motivos de seguridad se exhibe al público en ocasiones muy excepcionales.

Ritón con cabeza de ciervo

Ritón con cabeza de ciervo

La decoración que exhibe el cuello de este sofisticado vaso destinado al consumo de vino, de 13,5 cm de alto y 689 g de peso, remite directamente al mundo heroico griego y su iconografía. Por un lado, Heracles es representado capturando a la cierva de Cerinia en el curso de su tercer trabajo, mientras que en el lado opuesto –el que vemos aquí– el héroe Teseo se enfrenta al toro de Maratón.

Foto: DEA / Getty Images

Ánfora con guerreros

Ánfora con guerreros

Con 29 cm de alto y 1.695 g de peso, es el vaso más sofisticado del tesoro de Panagyurishte. Si su forma remite claramente a modelos orientales, su decoración, partiendo de las asas en forma de centauros, pertenece al repertorio griego. La decoración del cuerpo proviene de la obra de Esquilo ‘Los siete contra Tebas’, un tema poco frecuente y anterior en un siglo y medio a la datación del vaso.

Foto: DEA / Getty Images

Olpe con cabeza de Atenea

Olpe con cabeza de Atenea

Esta jarrita, de 20,5 cm de alto y 387 g de peso, destinada a servir o libar vino, adopta la forma de la cabeza de la Atenea de marfil y oro que Fidias realizó para el interior del Partenón, en la Acrópolis de Atenas. Tocada con un yelmo ornamentado con dos grifos y un penacho en forma de esfinge rampante, concuerda con la descripción que el viajero Pausanias hizo de la obra de Fidias en el siglo II d.C.

Foto: DEA / Getty Images

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La moda del banquete a la griega

Reunión masculina

Reunión masculina

Un grupo de jóvenes bebe vino en distintos recipientes durante un simposio. Kylix de figuras rojas. 490-480 a.C. Louvre, París.

Foto: Alamy / ACI

La costumbre del banquete o simposio se difundió por todas las zonas en las que se asentaron los griegos. Los pueblos en contacto con sus colonias, como etruscos, iberos, romanos o tracios, adoptaron el servicio de mesa usado en los banquetes, compuesto de cráteras o grandes recipientes para mezclar el vino con agua, jarras para servirlo y vasos para beber. Muchas veces adaptaron esta vajilla a sus particularidades. La crátera, por ejemplo, se usó en algunas culturas como urna para depositar las cenizas de los difuntos, algo impensable para los helenos.

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Divinidades de ida y vuelta

Orfebrería tracia

Orfebrería tracia

Pieza de oro decorada con una cabeza humana tocada con una piel de león, tal vez Heracles. Kralevo. Museo Nacional de Historia, Sofía.

Foto: DEA / Scala, Firenze

Los tracios apenas han dejado textos escritos; tan sólo algunas inscripciones que no se han podido descifrar porque desconocemos la lengua tracia. El único testimonio directo legado por los tracios son las imágenes que decoran sus tesoros ocultos y sus ajuares funerarios. Estas imágenes indican que, al menos a partir de época clásica, se produjo un proceso de sincretismo o asimilación entre algunos dioses y héroes tracios y las divinidades equivalentes de los helenos, como Dioniso y Heracles, cuya fisonomía adoptaron aquéllos. Ahora bien, los tracios no fueron receptores pasivos de la cultura helénica, sino que también exportaron sus divinidades, como Bendis, diosa de la caza a la que se rendía culto en el Ática (la región de Atenas) y que fue asimilada a Artemisa.

Este artículo pertenece al número 215 de la revista Historia National Geographic.

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