Arte egipcio

Tesoros de Egipto: del busto de Nefertiti a la tumba de Tutankamón

Las arenas del desierto han ocultado durante siglos los vestigios de la antigua civilización faraónica. Poco a poco han ido saliendo a la luz piezas que se han convertido en verdaderos iconos del arte egipcio.

Un mundo enterrado

Un mundo enterrado

Un mundo enterrado. Esta evocadora imagen es un resumen gráfico de la enorme riqueza arqueológica de Egipto, que parece no tener fin. Un obrero transporta cuidadosamente la estatua –muy bien conservada– de un escriba del Reino Antiguo hallada en Gizeh. Al fondo, la impresionante mole de la pirámide de Kefrén.

Kenneth Garrett

En 1955, Howard Hawkes dirigió un film titulado Tierra de faraones. En la cinta, miles de esclavos, bajo un sol de justicia y sufriendo el azote del látigo de los capataces, construyen una colosal pirámide para el tiránico Keops. Hoy sabemos que la Gran Pirámide, construida realmente para Keops (el segundo faraón de la dinastía IV), fue levantada por trabajadores libres y no por esclavos. Y si bien es cierto que Egipto puede ser calificado, tal como reza el título de aquella épica película, como una «tierra de faraones», sobre todo debe ser considerado una «tierra de tesoros». 

Porque desde que a partir del siglo XIX se produjo el gran auge de las excavaciones arqueológicas en el país del Nilo, con el estudioso francés Auguste Mariette (el primer director del recién creado Departamento de Antigüedades de Egipto) a la cabeza, han sido innumerables los objetos maravillosos que han salido a la luz –un testimonio extraordinario de la antigua civilización que los produjo–. De hecho, son miles los vestigios del Egipto faraónico recuperados bajo las arenas del desierto. Muchos se conservan en su país de origen, en el Museo Egipcio de El Cairo, aunque se exhiben magníficos ejemplos de arte faraónico en museos de todo el mundo, algunos de los cuales poseen colecciones egipcias de un valor incalculable. 

Muchas de estas piezas, algunas de las cuales veremos a continuación, se han convertido en auténticos iconos del arte egipcio, como el busto de la reina Nefertiti en el Museo Egipcio de Berlín, el escriba sentado del Museo del Louvre, las tríadas de Micerino repartidas entre El Cairo y Boston, las «cosas maravillosas» de la tumba de Tutankhamón, los tesoros de los faraones de Tanis, expuestos asimismo en El Cairo, o los realistas retratos funerarios de época romana descubiertos sobre los rostros de los difuntos en el oasis de El Fayum.

 

Esfinge de Amenemhat III

Esfinge de Amenemhat III

Esfinge de Amenemhat III

Este rey de la dinastía XII se hizo representar en forma de esfinge, con una larga melena de león y las orejas de este felino, que simboliza la fuerza y el poder del faraón. Museo Egipcio, El Cairo.

Sandro Vannini / Bridgeman / ACI

 

El cofre del tesoro

Como hemos apuntado, son miles los objetos de arte faraónico que han llegado hasta nosotros (y seguro que son legión los que aún siguen ocultos). Los que aquí se muestran son algunos de los más emblemáticos, y también de los más bellos. Nos permiten seguir la evolución de las representaciones artísticas en el antiguo Egipto, desde el Reino Antiguo hasta la época romana. Es un viaje apasionante que nos abre una angosta ventana desde la que poder observar un mundo desaparecido hace mucho tiempo. 

Cronología

Hitos del arte egipcio

1871

Albert Daninos, ayudante de Auguste Mariette, halla en una mastaba de Medium las coloridas estatuas de Rahotep y Nofret.

1888

William Flinders Petrie descubre en Hawara, El Fayum, los primeros retratos pintados en madera y colocados sobre momias de época romana.

1912

El alemán Ludwig Borchardt descubre en el taller del escultor real Tutmés el famoso busto de la reina Nefertiti, esposa del faraón Akhenatón.

1922

El 4 de noviembre, el británico Howard Carter localiza la tumba prácticamente intacta del faraón Tutankhamón en el Valle de los Reyes.

1939

En Tanis, en el Delta, Pierre Montet descubre las tumbas de los faraones de las dinastías XXI y XXII.

 

Portadora de ofrendas

Portadora de ofrendas

Portadora de ofrendas. Estatuilla en madera policromada de una joven llevando un cesto y un ánade. Dinastía XI. Museo Egipcio, El Cairo.

AKG / Album

 

Pero los hallazgos continúan. Las excavaciones que se llevan a cabo en todo el país siguen proporcionando increíbles hallazgos, algunos de los cuales quizás acaben convirtiéndose a su vez en emblemas del Egipto faraónico. Mientras, y a la espera de la apertura del Nuevo Museo Egipcio (GEM) junto a las pirámides de Gizeh, el visitante aún puede disfrutar del viejo museo de la plaza Tahrir, que reúne la colección faraónica más importante del mundo, con piezas que son auténticos tesoros –algo literal en el caso de la máscara funeraria de Tutankhamón y su ataúd de oro, por ejemplo–. Y es que como proclama con orgullo el egiptólogo Zahi Hawass, el museo «huele a un pasado glorioso; una luz antigua brilla en los ojos de sus estatuas. Para el visitante es fácil sentirse abrumado por las impresionanes obras de arte que llenan cada rincón. El museo es, verdaderamente, un cofre del tesoro». 

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Reino Antiguo 2686-2125 a.C. 

Estatuaria civil 

escribas y funcionarios

 

Escriba de El Cairo

Escriba de El Cairo

Escriba de El Cairo. Representa a un hombre más joven que el escriba sentado del Louvre, tocado con una peluca corta. Dinastía V. Museo Egipcio, El Cairo.

AKG / Album

 

Según un antiguo texto sapiencial egipcio, conocido como la Sátira de los oficios, la profesión de escriba«es la mejor de las profesiones». No sabemos si esto era así, pero la gran cantidad de estatuas de escribas que se han conservado parece avalar esta creencia. A través de ellas podemos atisbar una sociedad que supo vertebrar una eficaz burocracia en la que estos funcionarios jugaron un papel fundamental. Aunque las representaciones de escribas que conocemos son muchas, destacamos dos, hechas en piedra caliza: una que se conserva en el Museo Egipcio de El Cairo, y otra, en el Museo del Louvre, en París. Ambos personajes están sentados, vestidos con un faldellín y sostienen un rollo de papiro en el regazo. Las dos esculturas conservan su policromía original. También es importante otra obra maestra de la escultura egipcia, esta en madera: la de un alto funcionario llamado Kaaper, representado como un hombre de mediana edad, que porta un báculo y se muestra en actitud de caminar. En un alarde de humor, los obreros que lo descubrieron, en 1860, lo bautizaron como Sheik el-Beled, que significa «alcalde del pueblo». El obeso personaje les recordaba vivamente al alcalde de su localidad.

 

Kaaper

Kaaper

Kaaper. Estatua en madera de un alto funcionario de la dinastía V procedente de Saqqara. Los pies y parte de las piernas se reconstruyeron, y la peana y el báculo son modernos. Mide 1,12 m. Museo Egipcio, El Cairo.

AKG / Album

¿Quién es el escriba sentado del Louvre?

Esta famosa estatua de un escriba anónimo muestra a un hombre de mediana edad con evidente sobrepeso, lo que es un más que posible signo de estatus social (comer en abundancia no estaba al alcance de todo el mundo). Pero ¿de quién se trata? Se ha sugerido que es la representación de un tal Kay, por la semejanza de su rostro con el de la estatua de un personaje así llamado, o de Pehernefer, un alto funcionario.

 

Escriba sentado

Escriba sentado

Escriba sentado. En su rostro destacan la barbilla y los pómulos muy marcados, y los labios finos que esbozan una media sonrisa. Dinastías IV-V.  53 cm de alto. Museo del Louvre, París.

Franck Raux / RMN-Grand Palais

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Reino antiguo 2686-2125 a.C.

Esculturas muy realistas 

nobles y reyes

Tríada de Micerino

Tríada de Micerino

Una de las tríadas de Micerino, hechas en grauvaca (un tipo de piedra arenisca). Estos grupos escultóricos muestran a Micerino tocado con la corona blanca del Alto
 Egipto y flanqueado por la diosa Hathor, con su característico tocado con dos cuernos y el disco solar, y la personificación de un nomo o provincia de Egipto. En este caso, se trata del nomo de Dióspolis Parva. Museo Egipcio, El Cairo.

S. Vannini / Bridgeman / ACI

La mayoría de esculturas del antiguo Egipto no estaban hechas para ser vistas. Proceden de tumbas y tenían un propósito funerario: ser el soporte en el que el ka (doble o fuerza vital) del difunto pudiera encarnarse. Por eso sorprende tanto el realismo de algunas de ellas, como la pareja formada por Rahotep, medio hermano de Keops, y su esposa Nofret. Se hallaron en su tumba en Meidum, donde se extiende una vasta necrópolis de mastabas del Reino Antiguo. Son, sin duda, uno de los mejores ejemplos de estatuaria del período, y se han convertido en grandes hitos de la historia del arte. Conservan en excelente estado su policromía original, y sus ojos, de cuarzo blanco y cristal de roca, miran fijamente al espectador. El color de su piel refleja las convenciones artísticas del período: Rahotep, en un tono más oscuro, y Nofret, más pálido. Algunas esculturas vinculadas a la realeza también nos impresionan por su perfección formal. En la imagen vemos una de las famosas tríadas halladas en 1908 por George Reisner en el templo del valle del complejo funerario de Micerino, en Gizeh. ¿Cuál era su propósito? Posiblemente tenían tanto un sentido religioso como político. Un modo de señalar que, en este caso, Micerino era un dios viviente y el señor de todo el país.  

Estatuas de Rahotep y Nofret

Estatuas de Rahotep y Nofret

Las estatuas de Rahotep y Nofret son individuales.  Están hechas de piedra caliza estucada y pintada. Como curiosidad, la de Nofret es un poco más grande, mide 122 cm, y Rahotep, 121. Ambos están en posición sedente, en una especie de tronos donde se inscribieron sus títulos y nombres. Dinastía IV. Museo Egipcio, El Cairo.

Bridgeman / ACI

Un susto de muerte

En 1871, el ayudante de Auguste Mariette, Albert Daninos, encargó a uno de sus trabajadores que se introdujese en el interior de una tumba que acababan de descubir en Meidum. El hombre, no sin cierta aprensión, armado con una vela, se adentró en la galería... de donde al poco tiempo salió despavorido. «Se encontró con la presencia de dos seres humanos cuyos ojos le devolvían la mirada», escribiría Daninos en su diario de excavación.

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Reino Nuevo 1550-1069 a.C. 

Dos ejemplos emblemáticos 

el arte rompedor de amarna

 

Tutankhamón

Tutankhamón

Esta cabeza de Tutankhamón, de 30 cm de altura, está hecha de madera, luego enyesada y pintada con vibrantes colores. Museo Egipcio, El Cairo.

L. Ricciarini / Bridgeman / ACI

Una de las piezas más impresionantes del arte egipcio es el célebre busto policromado de la reina Nefertiti, la Gran Esposa Real de Akhenatón, el «faraón hereje», que se expone en Berlín. La pieza no está exenta de polémica. Por una parte hay quien defiende que se trata de una falsificación moderna; por otra, las autoridades egipcias afirman que su salida de Egipto fue irregular, así que siguen reclamando su regreso a Egipto. Sea como fuere, con sus altos pómulos, sus párpados ligeramente caídos y sus labios que esbozan una enigmática sonrisa, el busto de Nefertiti sigue admirando, por su calidad y belleza, a todo aquel que lo contempla. El singular arte de Amarna, que rompió con la tradición anterior, seguirá presente en Egipto incluso tras el regreso a la ortodoxia religiosa en tiempos de Tutankhamón, el hijo de Akhenatón. Entre los increíbles tesoros descubiertos en su tumba del Valle de los Reyes destaca esta delicada cabeza que lo representa como el dios loto Nefertum, encarnación del Sol al amanecer. A esta pieza también la persigue una cierta polémica: se ha acusado a Howard Carter de querer apropiársela. De hecho, el arqueólogo no la mencionó en sus notas de excavación. ¿Por qué? Posiblemente nunca lo sabremos.

Guardada en una caja de vinos

Carter halló esta pequeña cabeza en el corredor de entrada de la tumba de Tutankhamón, pero no avisó de inmediato a las autoridades. El 30 de marzo de 1924, Pierre Lacau y Rex Engelbach, representantes del Servicio de Antigüedades egipcio, la localizaron dentro de una caja de botellas de vino de Fortnum and Mason, en la tumba de Ramsés IX, usada como almacén por Carter.

 

La belleza ha llegado

La belleza ha llegado

La belleza del busto de Nefertiti es un fiel reflejo del nombre de la reina, «la bella ha llegado». Hecho de piedra caliza y yeso, mide 50 cm. Museo Egipcio, Berlín.

BPK / Scala, Firenze

La estrella del taller de Tutmés

La excavación del taller del escultor real Tutmés en Amarna proporcionó un gran número de bustos y esculturas de la familia de Akhenatón. De Nefertiti se hallaron tres esculturas excepcionales, aunque el famoso busto impactó de un modo muy especial a su descubridor, el alemán Ludwig Borchardt, quien dejó apuntado en su diario que se acostó muy tarde «después de un día de vértigo».

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Reino Nuevo 1550-1069 a.C. 

Pinturas en las tumbas 

celebrar la vida en el más allÁ

Caza entre papiros

Caza entre papiros

Caza entre papiros. En la escena, el ojo del gato está hecho con pan de oro; es el único caso que conocemos del uso de este material en las pinturas murales de las tumbas tebanas. Museo Británico. 

British Museum / Scala, Firenze

En la sala 61 del Museo Británico de Londres se exponen once paneles que contienen algunas de las pinturas más bellas del arte egipcio: las que en su día decoraron la tumba de un alto dignatario de la dinastía XVIII llamado Nebamón, que fue «escriba y contable en el granero de cereales del divino Amón». Su tumba fue descubierta en 1820 por Giovanni d’Athanasi, que arrancó las pinturas de los muros de la capilla funeraria para llevarlas a Inglaterra a instancias del cónsul Henry Salt. Pero no dejó constancia de la ubicación de la tumba, por lo que esta sigue ilocalizada en la actualidad. Las pinturas representan diversas escenas de la vida de Nebamón, quien las hizo plasmar en su tumba para que su vida en el más allá fuera igual de placentera que su existencia terrenal. La que se muestra en estas páginas, abigarrada y con enorme movimiento, muestra a nuestro protagonista cazando una gran variedad de aves en las marismas, una diversión reservada a las élites en el antiguo Egipto. Nebamón, armado con un bastón corto, y acompañado de su esposa e hija, se deja ayudar por su gato, que agarra una de las aves con sus fauces. Pájaros, peces bajo la barca, papiros y lotos completan esta escena naturalista, de gran realismo y vivacidad, pintada por un artista desconocido. 

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Reino Nuevo 1550-1069 a.C.

Maestros de la orfebrería 

joyas: lujo y simbolismo

A pesar de los innumerables saqueos de tumbas, muchas joyas han sobrevivido a los milenios y nos permiten conocer mejor la vida de las élites egipcias. Algunas de ellas son famosas, como el anillo de oro de época de Ramsés II decorado con dos caballos, o el collar de moscas que perteneció a la reina Ahhotep, madre de Amosis, el faraón que expulsó a los hicsos de Egipto y fundó la dinastía XVIII. Ahhotep, viuda de Seqenenre Tao, un rey tebano que murió en combate, recibió esta hermosa pieza de oro (una recompensa militar) no como una simple joya, sino como reconocimiento a su valiente contribución a la lucha contra los extranjeros que gobernaron Egipto durante cien años. La belleza del collar de moscas fascinó a la emperatriz Eugenia de Montijo, que pidió (sin éxito) al jedive de Egipto que le regalara esta y otras joyas de la antigua soberana. Por otra parte, la tumba de Tutankhamón ha proporcionado un magnífico compendio de joyas del Reino Nuevo (posiblemente el mejor y más completo), todas ellas restauradas con gran maestría por el equipo de Howard Carter. Pectorales, colgantes, anillos o brazaletes hechos de oro, piedras preciosas y semipreciosas acompañaron al rey al inframundo. Todos estaban decorados con símbolos cuya misión era garantizar la inmortalidad a su poseedor, el faraón-niño.   

 

Collar de Tutankhamón

Collar de Tutankhamón

Este collar adornaba el cuello de la momia de Tutankhamón. De oro, calcita y lapislázuli, representa el udyat, el ojo de Horus. Está flanqueado por la diosa buitre Nekhbet, protectora del Alto Egipto, tocada con la corona blanca, y la diosa cobra Uadjet, señora del Bajo Egipto, que lleva la corona roja. Nekhbet sostiene el shen, símbolo de inmortalidad, entre sus garras. El cierre se compone de dos pilares djed, símbolo de estabilidad, que flanquean un nudo tyet. Museo Egipcio, El Cairo. 

AKG / Album

Miles de cuentas que engarzar

Muchas joyas que se hallaron en la tumba de Tutankhamón estaban compuestas por infinidad de cuentas que tuvieron que ser reensambladas, con la enorme dificultad que entrañaba ese proceso. En algunos casos, Carter y su equipo pudieron pasar un hilo nuevo in situ, aunque en otros, como relata en su diario, «hay que tomar notas con mucho cuidado, haciéndose luego el pasado no ya en
el orden exacto, cuenta por cuenta, sino de acuerdo con el diseño y trazado originales». Los resultados hablan por sí solos.

Collar con moscas

Collar con moscas

Este collar con moscas de oro proviene de la tumba de la reina Ahhotep en Dra Abu el-Naga, que Mariette excavó en 1859. La cadena mide 59 cm, y cada mosca, 9 cm. Museo Egipcio, El Cairo.  

Album

 

Anillo con caballos

Anillo con caballos

Este anillo, que data de la época de Ramsés II, fue regalado en 1827 por Mehmet Alí al rey Carlos X de Francia. Su procedencia es desconocida. Museo del Louvre, París. 

Erich Lessing / Album

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Tercer período intermedio 1069-664 a.C.

Joyas para la eternidad

Tesoros de oro y plata de Tanis

 

Sarcófago de plata de Psusenes I

Sarcófago de plata de Psusenes I

Sarcófago de plata de Psusenes I. La parte superior del nemes o tocado ceremonial y el ureo (cobra) que ciñe su frente son de oro. El rey cruza los brazos sobre su pecho mientras sostiene el cayado y el flagelo, símbolos del poder real. Mide 185 cm. Museo Egipcio, El Cairo.  

Album

En la Sala 2 de la primera planta del Museo Egipcio de El Cairo se expone un fantástico tesoro que no tiene nada que envidiar al de Tutankhamón. El ajuar funerario de este faraón fue el primero que se descubrió prácticamente intacto, en su tumba del Valle de los Reyes, pero no es el único gran hallazgo de valiosas joyas que ha proporcionado una tumba real egipcia. Existe otro. Nos referimos al tesoro de Tanis, compuesto por los ajuares funerarios de reyes y príncipes de las dinastías XXI y XXII, que en 1939, en vísperas de la segunda guerra mundial, descubrió el egiptólogo francés Pierre Montet en el yacimiento de Tanis (capital de Egipto en ese período), en el delta del Nilo. De entre todas esas maravillosas piezas destacan las procedentes de la tumba de Psusenes I, un faraón al que Montet buscó con ahínco hasta que finalmente logró dar con él. Del ajuar funerario de Psusenes cabe destacar su magnífico ataúd de plata, que en Egipto era un material mucho más valioso que el oro debido a su escasez. Pero cuando Montet abrió el sarcófago se encontró cara a cara con la máscara de oro que cubría el rostro y los hombros de la momia de Psusenes. Seguro que no pudo evitar pensar en Howard Carter cuando tuvo ante sus ojos la icónica máscara de oro y lapislázuli de Tutankhamón...   

 

Pectoral en forma de buitre

Pectoral en forma de buitre

Este pectoral en forma de buitre se halló sobre la momia de Sheshonq II, en Tanis. Representa a la diosa Nekhbet, protectora del Alto Egipto, y porta símbolos shen entre sus garras. Museo Egipcio, El Cairo.

Scala, Firenze

  

Tobillera de Psusenes I

Tobillera de Psusenes I

Esta tobillera de oro, lapislázuli y cornalina perteneció a Psusenes I. Mide 5,5 cm de diámetro y está decorada con una representación del escarabajo Khepri, el Sol del amanecer. Museo Egipcio, El Cairo.

AKG / Album

 

Pectoral de Amenemope

Pectoral de Amenemope

En la cámara funeraria contigua a la de Psusenes I, Montet descubrió la tumba de Amenemope, su sucesor. Allí encontró este pectoral. Muestra al Sol del amanecer, en forma de escarabajo, flanqueado por las diosas Isis (derecha) y Neftis (izquierda). Museo Egipcio, El Cairo.  

AKG / Album

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Baja época 664-332 a.C. 

La importancia del clero

las «cabezas verdes» de sacerdotes

 

Cabeza verde de Boston

Cabeza verde de Boston

Cabeza verde de Boston. Hecha en grauvaca, conserva parte del pilar al que iba adosada. Procede del Serapeo de Saqqara y data del siglo IV a.C. Museo de Bellas Artes, Boston.

Fine Arts, Boston / Scala, Firenze

En julio del año 343 a.C. tuvo lugar la batalla de Pelusio, un enfrentamiento entre tropas egipcias lideradas por Nectanebo II y el ejército persa comandado por Artajerjes Oco III. Los egipcios fueron derrotados. El caos y la destrucción se apoderaron del país, y de ello no se libraron ni siquiera los templos. Uno de ellos, en Menfis, donde un sacerdote había colocado, hacia 360 a.C., una estatua de sí mismo, fue saqueado y arrasado. Finalmente, tras la expulsión de los persas, en 332 a.C., los egipcios intentaron arreglar el desaguisado y recogieron fragmentos de las estatuas destruidas. Una de ellas era la de este sacerdote de alto rango, que, junto con otras muchas, fue enterrada en los cimientos de otro templo en Saqqara. Fue un acto de piedad. Allí descansó hasta 1850, cuando fue descubierta y enviada a Francia como regalo diplomático. Tras numerosas peripecias, en 1904 fue adquirida por el Museo de Bellas Artes de Boston, del que hoy en día es una de sus piezas estrella. Es muy parecida a otra cabeza de sacerdote de gran belleza que se expone en el Museo Egipcio de Berlín desde 1894. Ambas representan a hombres de cierta edad, con arrugas marcadas y semblante grave, y reciben el nombre de «cabeza verde» por el color de la grauvaca, la piedra en la que se tallaron.

Cabeza verde de Berlín

Cabeza verde de Berlín

Cabeza verde de Berlín, realizada en grauvaca. Su datación es controvertida, ya que algunos investigadores la sitúan en el siglo I a.C., en época romana. Pero el Museo Egipcio de Berlín la data en el siglo IV a.C. 

BPK / Scala, Firenze

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Época romana siglo I a.C.-siglo IV d.C.

La mirada de los difuntos

retratos funerarios de el fayum

Eutiques

Eutiques

Este niño, llamado Eutiques, va vestido con una túnica en la que destaca una franja púrpura en su lado derecho y lleva un manto sobre el hombro izquierdo. Años 100-150 d.C. 

Metropolitan Museum, New York

 

Joven desconocida

Joven desconocida

Una joven desconocida vestida de rojo esboza una media sonrisa. Porta una magnífica corona, pendientes y un collar, todo elaborado con pan de oro. Años 90-120 d.C. 

Metropolitan Museum, New York

 

Hombre anónimo

Hombre anónimo

Retrato de un hombre anónimo, con el pelo ensortijado, representado con una espesa barba y las mejillas hundidas. Años 160-180 d.C. 

Metropolitan Museum, New York

Hermíone, una profesora de gramática griega, nos observa con tristeza, al igual que Isadora, una mujer de alta cuna que se nos muestra vestida con una elegante túnica, tocada con un velo y adornada con las joyas más caras. Del mismo modo, un hombre llamado Artemidoro se despide de nosotros con un «hasta siempre». Conocemos los nombres de muchas personas que vivieron en el Egipto romano, cuyas efigies han llegado hasta nosotros. Son los llamados retratos de El Fayum, ya que la mayoría se localizaron en esta zona del norte de Egipto. Se trata de pinturas elaboradas con la técnica de la encáustica, que emplea pigmentos diluidos en cera, una moda que se extendió por todo el Imperio romano hasta alcanzar Egipto. Estos retratos, que nos miran fijamente desde la eternidad con sus grandes ojos abiertos, se pintaron sobre tablas de madera, telas y sudarios, y se colocaron sobre los rostros de las momias, uniendo las tradiciones del mundo clásico con las del Egipto faraónico. Veraces o idealizados, hoy en día los retratos de El Fayum se han convertido en iconos del arte egipcio, y muchos museos del mundo poseen varios entre sus colecciones, como los que aquí se muestran que se exponen en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

 

Joven con corona laureada

Joven con corona laureada

Joven tocado con una corona de laurel dorada. La momia con su retrato se halló en Hawara (El Fayum). Años 80-100 d.C. 

Metropolitan Museum, New York

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Tres grandes ejemplos adicionales de arte faraónico

Período Dinástico Temprano, dinastía I, 3000-2890 a.C.

PALETA DE NARMER

James Edward Quibell se encontraba excavando en el yacimiento de Hieracómpolis (actual Kom el-Ahmar), en el Alto Egipto, entre 1897 y 1899. Hieracómpolis, cuyo nombre en griego significa «ciudad del dios halcón», era la antigua Nekhen, un importante asentamiento del período predinástico. Aquí, Quibell descubrió los restos de un templo, cuyas piedras habían sido empleadas como cantera en la década de 1860 para la construcción de una fábrica en la cercana ciudad de Esna. En el llamado «Depósito principal», un escondrijo de objetos y materiales, muchos de ellos en estado fragmentario, al parecer Quibell encontró un elemento que se ha convertido en el ejemplo más reconocible del arte de ese período inicial de la historia del Egipto faraónico. Se trata de la conocida como Paleta de Narmer. El objeto es una versión de gran tamaño de las paletas para cosméticos que se usaban en la vida diaria. Pero lo realmente importante de esta pieza es su iconografía, que ensalza las victorias de un antiguo gobernante llamado Narmer, identificado por la mayoría de egiptólogos como el soberano que unificó Egipto hacia 3000 a.C. En el anverso de la paleta, Narmer, tocado con la corona blanca del Alto Egipto, golpea con su maza a un enemigo postrado a sus pies. Es la primera vez que aparece la tradicional imagen del faraón venciendo a sus enemigos, tantas veces representada en el arte egipcio. Y el reverso parece mostrar un país ya unificado: el rey, con la doble corona, blanca y roja, marcha en procesión precedido de un portasandalias. En la parte inferior, un toro, representación del faraón, embiste hasta echar abajo las murallas de una ciudad. Este magnífico objeto fijará la iconografía faraónica posterior y refleja la preeminencia que para los antiguos egipcios tuvo el sur, lugar de origen de Narmer, como cuna de la civilización egipcia.

 

Paleta de Narmer

Paleta de Narmer

Paleta de Narmer, hecha en esquisto. Mide 64 cm de alto, 42 cm de largo y 2,5 cm de ancho. Período Protodinástico. Museo Egipcio, El Cairo.

Shutterstock

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Reino Antiguo, dinastía IV, 2613-2494 a.C.

ESTATUA SEDENTE DE KEFRÉN

Posiblemente esta maravillosa estatua, tallada en un bloque entero de diorita, sea una de las piezas más bellas y emblemáticas de la cultura faraónica. Representa a Kefrén, el artífice de la segunda pirámide más grande de Gizeh. Fue descubierta en 1860 por Auguste Mariette, que estaba excavando en el templo del valle de este faraón, el edificio donde tuvieron lugar las ceremonias de purificación de la momia de Kefrén antes de que esta fuera enterrada en su pirámide, a 500 metros del templo. La estatua fue descubierta en el interior de un pozo cubierto con losas de piedra, donde fue depositada junto a otras seis. Mariette dejó escrito en su diario que «una de ellas presenta un estado de conservación tal que podría pensarse que salió ayer mismo de manos del escultor». Y es que la estatua sedente de Kefrén sigue impresionando, aún en la actualidad, a quien la contempla. Realizada para ser vista frontalmente, la estatua representa al faraón en la plenitud de sus fuerzas, como un joven atlético, vestido con un faldellín, tocado con un pañuelo nemes ceremonial y con la barba postiza típica de su posición (que está rota). En su nuca, el dios halcón Horus, divinidad con la cual se identificaba el faraón en vida, extiende sus alas en actitud protectora. Pero tal vez lo más impresionante de esta pieza realizada hace unos 4.500 años sea su tenue sonrisa y su mirada, que se pierde en el infinito, como atisbando a través de los milenios. Como curiosidad podemos decir que la estatua de Kefrén estuvo a punto de salir de Egipto rumbo a París. Pero la falta de fondos que afectó a las excavaciones de Mariette provocó que Francia no pudiera hacerse con la pieza. «Unos cientos de francos más y la estatua estaría hoy en el Louvre», escribió un decepcionado Mariette. En 2017, la pieza, que se exponía en el Museo Egipcio de la plaza Tahrir, en El Cairo, fue trasladada al Gran Museo Egipcio (GEM) que se alza junto a las pirámides. Allí continuará siendo, con total seguridad, una de las piezas estrella.

 

Estatua de Kefrén

Estatua de Kefrén

Estatua de Kefrén, en diorita. Mide 1,68 cm de alto, 57 cm de ancho y 96 cm de largo. Dinastía IV. Museo Egipcio, El Cairo.

Cordon Press

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Reino Nuevo, dinastía XVIII, 1550-1295 a.C.

MÁSCARA DE ORO Y LAPISLÁZULI DE TUTANKHAMÓN 

Cuando Howard Carter abrió el último ataúd que protegía la momia de Tutankhamón quedó anonadado. Más tarde, escribiría en su diario: «Había una máscara de oro bruñido resplandeciente, magnífica, hecha a semejanza del rey, recubriendo su cabeza y hombros […]. La máscara de oro batido, un ejemplar bello y único del retrato antiguo, tiene una expresión triste pero serena, que sugiere la juventud truncada prematuramente por la muerte». Y es que la máscara funeraria, hecha de oro macizo con incrustaciones de lapislázuli, cuarzo, obsidiana, cornalina y cristal coloreado, que cubría el rostro de Tutankhamón es uno de los objetos más fascinantes del arte egipcio de todos los tiempos y uno de los que más ha llegado a calar en el imaginario colectivo. Este espectacular objeto, que pesa unos once kilos y se compone de diversas piezas ensambladas, representa al faraón con un rostro idealizado, tocado con el nemes ceremonial y con su frente ceñida con el ureo (formado por las diosas cobra Uadyet y buitre Nekhbet), símbolo de la realeza. Además de la barba ceremonial, el faraón luce alrededor del cuello un amplio collar usej que se sujeta a los hombros con dos cabezas de halcón. Pero la máscara del faraón niño ha estado rodeada de algunas polémicas en los últimos años. Por ejemplo, hay investigadores que piensan que la pieza no estaba destinada a Tutankhamón, sino a otra persona, ya que el nombre del rey está inscrito sobre lo que parece un nombre anterior. El egiptólogo Nicholas Reeves afirma que se trataría de Nefertiti, y el investigador Marc Gabolde cree que la máscara fue hecha para Meritamón, hija de Akhenatón y Nefertiti. Otra polémica que también ha rodeado últimamente a la máscara ha sido ¡su barba! En 2014, durante unas labores de limpieza, esta se desprendió accidentalmente y la restauración resultó ser, según la mayoría de expertos, una chapuza. En 2018 fue adecuadamente restaurada por un equipo alemán en colaboración con expertos egipcios y, ¡oh sorpresa!, durante el proceso se descubrió que en su interior había un tubo de oro que se usó para acoplar la pieza, aunque lo más sorprendente de todo tal vez sea que el material que los antiguos egipcios usaron para su fijación fue la cera de abejas. La pieza ha sido llevada al Gran Museo Egipcio (GEM), donde muy pronto volverá a ser una de las grandes protagonistas de la colección.

Máscara funeraria de Tutankhamón

Máscara funeraria de Tutankhamón

Máscara funeraria de Tutankhamón. Oro y piedras semipreciosas. Mide 54 cm de alto. Dinastía XVIII. Museo Egipcio, El Cairo.

Cordon Press

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Este artículo pertenece al número 240 de la revista Historia National Geographic.