La joya de Tenochtitlán

El Templo Mayor

En el corazón de la capital de los aztecas o mexicas se alzaba una imponente pirámide dedicada a sus dos grandes dioses, Tlaloc y Huitzilopochtli, a quienes se ofrendaba la sangre de miles de víctimas sacrificadas.

El Templo desenterrado

El Templo desenterrado

Foto: Peter Essick / National Geographic Image Collection

El 8 de noviembre de 1519, Hernán Cortés y sus hombres pisaron Tenochtitlán por primera vez. Admirados por la grandeza y la buena disposición de la ciudad, no escatimaron elogios a la hora de describirla. Pero hubo un edificio que llamó su atención más que ningún otro: el imponente Templo Mayor. El propio Hernán Cortés, en su segunda Carta de Relación, señalaba que, a pesar del gran número de templos que había en la ciudad, «hay uno que es el principal, que no hay lengua humana que sepa explicar la grandeza y particularidades de él». Unas décadas más tarde, el cronista Diego Durán recordaría cómo el Templo Mayor tenía un patio propio, con una cerca de serpientes labradas en piedra, en la cumbre dos adoratorios encalados y decorados con frisos negros y rojos que desde abajo lucían extrañamente y, rematando éstos, «unas almenas muy galanas labradas a manera de caracoles [...], que era cosa deleitosa verlos y hermoseaba la ciudad».

Cronología

El ombligo del Estado azteca

1325

Los mexicas fundan su ciudad y construyen un sencillo templo en honor de su dios patrono, Huitzilopochtli, en el corazón de Tenochtitlán.

1440-1469

Bajo el reinado de Moctezuma I se llevan a cabo varias ampliaciones y el embellecimiento del Templo Mayor.

1486-1502

Ahuízotl hace una gran remodelación de las cuatro caras del templo. Se inaugura en 1487 con numerosos sacrificios.

1521

Tras la caída de Tenochtitlán, se usan las piedras de las construcciones del centro ceremonial para erigir los edificios de la Nueva España.

1978

El hallazgo del monolito de la diosa Coyolxauhqui impulsa la excavación del antiguo recinto del Templo Mayor.

Foto: NGM Maps
La caída de Tenochtitlán

La caída de Tenochtitlán

Este óleo anónimo del siglo XVII recrea el asalto de la capital azteca por las tropas de Hernán Cortés, que se dirigen hacia el gran templo que se levanta al fondo de la imagen. Colección privada.

Foto: Bridgeman / ACI

Durante el asedio de Tenochtitlán por parte de los españoles, el Templo Mayor resultó malherido por los cañones que Cortés empleó para rendir la ciudad. Tras la caída de la capital azteca, el edificio no fue derruido inmediatamente, pues las fuentes confirman que en 1524 todavía estaba en pie.

Sin embargo, la construcción de la nueva ciudad de México se hizo con materiales de edificios preexistentes, de modo que, poco a poco, los templos y otras dependencias del antiguo centro ceremonial azteca, entre ellos el Templo Mayor, cedieron sus piedras a las 68 iglesias que se construyeron en los antiguos términos de Tenochtitlán y Tlatelolco, así como a las innumerables casas e inmuebles levantados en el centro de la ciudad.

El rastro del templo

Se sabe también que Cortés dividió y repartió entre sus hombres los solares del centro de Tenochtitlán. Según Diego Durán, sobre los cimientos del Templo Mayor un conquistador llamado Alonso de Ávila construyó sus casas, las cuales en poco tiempo quedaron «hechas muladar», posiblemente tras el ahorcamiento de Ávila en 1542 por su implicación en una conjura contra Cortés.

El Templo Mayor en el 'Códice Ixtlilxochitl'. Siglo XVII. Biblioteca Nacional de Francia, París.

El Templo Mayor en el 'Códice Ixtlilxochitl'. Siglo XVII. Biblioteca Nacional de Francia, París.

Foto: BNF / RMN-Grand Palais
La de la falda de serpientes

La de la falda de serpientes

Esta estatua de Coatlicue, diosa de la tierra y madre de los dioses y los mortales, se halló en el Templo Mayor en 1790.

Foto: Dagli Orti / Aurimages

En cualquier caso, con el paso del tiempo desapareció todo rastro del antiguo santuario azteca. Se creía que podía hallarse debajo de la catedral de México, pero sin que existiera seguridad al respecto. De vez en cuando, al hacer obras en el subsuelo de la ciudad, aparecían algunos objetos relacionados con el Templo Mayor.

En 1790 se encontró una gran estatua de la diosa Coatlicue y un enorme monolito, la Piedra del Sol o Calendario Azteca. En 1914, un arqueólogo halló vestigios que relacionó con el Templo Mayor, pero no pudo continuar la excavación. La oportunidad llegaría en 1978, cuando, en el transcurso de unas obras de cableado subterráneo, los trabajadores de la compañía de la luz descubrieron por casualidad un nuevo monolito de grandes dimensiones en el que estaba representada la diosa de la Luna, Coyolxauhqui. En la mitología azteca, ésta es la hermana de Huitzilopochtli, el Sol, a quien estaba dedicado el Templo Mayor.

Monolito de Coyolxauhqui en el lugar donde fue encontrado, en el recinto del Templo Mayor, en 1978.

Monolito de Coyolxauhqui en el lugar donde fue encontrado, en el recinto del Templo Mayor, en 1978.

Foto: Andrew Rakoczy / Science Source / Album

De inmediato se puso en marcha un proyecto de investigación arqueológica que en los últimos cuarenta años ha sacado a la luz las estructuras del Templo Mayor, enterradas desde el siglo XVI. Además, se encontró un nuevo monolito, el de la diosa de la tierra Tlaltecuhtli, así como altares, ofrendas y enterramientos.

Una pirámide gigantesca

El Templo Mayor (huey teocalli en náhuatl, la lengua de los mexicas) se alzaba en la parte este del centro ceremonial de Tenochtitlán, un espacio que incluía 78 edificios entre templos, residencias sacerdotales, altares, juego de pelota y tzompantlis, altares donde se exponían cráneos humanos. El Templo Mayor era una pirámide truncada de 45 metros de altura, dividida en cuatro tramos, que descansaba sobre una plataforma.

El Templo Mayor, en la parte este del centro ceremonial de Tenochtitlán.

El Templo Mayor, en la parte este del centro ceremonial de Tenochtitlán.

Ilustración: Hernán Cañellas / NG Image Collection

Guerrero Águila

Guerrero Águila

Figura de terracota que representa a un miembro de esta orden militar de élite, descubierta en el recinto de los Caballeros Águila. Museo del Templo Mayor, México.

Foto: Dagli Orti / Aurimages

Desde esta plataforma partían unas escaleras, rematadas con ranas, que permitían llegar hasta los pies de la pirámide. En ese punto arrancaba una doble escalinata con muretes laterales decorados con gigantescas serpientes de piedra; a ambos lados de la misma también había serpientes ondulantes y dos dependencias para uso sacerdotal.

En la cima de la pirámide se alzaban dos templos dedicados a los principales dioses de la ciudad: Tlaloc, divinidad acuática que representaba la vida y el sustento, y Huitzilopochtli, dios de la guerra y la muerte. Frente al templo de Tlaloc había un hermoso Chac-mool policromado, una figura reclinada esculpida en piedra sobre la que se colocaban los corazones de las personas sacrificadas, después de que éstas fueran ejecutadas sobre una piedra dispuesta frente al templo de Huitzilopochtli. Ambos adoratorios estaban decorados con pinturas murales en su interior y coronados con almenas.

Chac-mool

Chac-mool

En la cúspide del Templo Mayor, frente al santuario de Tlaloc, había esta figura de Chac-mool que aún conserva su policromía original. En el recipiente que sostiene se depositaban los corazones de las víctimas.

Foto: Kenneth Garrett
La fundación mítica de Tenochtitlán

La fundación mítica de Tenochtitlán

Los mexicas observan a un águila con una serpiente en el pico posada sobre un nopal. En ese lugar fundaron Tenochtitlán. Biblioteca Nacional, Madrid.

Foto: DEA / Album

La construcción de este fastuoso templo requirió el trabajo de miles de obreros. Entre ellos figuraban no sólo habitantes de la ciudad, sino también gentes de otras poblaciones dominadas por los aztecas, quienes les exigían trabajar en las obras del Estado como parte del tributo que debían pagar al Imperio. Además, los aztecas también les exigían que proporcionasen materiales de construcción. Una negativa a «colaborar» podía desencadenar una guerra, con la consiguiente toma de prisioneros y su sacrificio. El Templo Mayor de Tenochtitlán se convirtió así en una demostración del poder de los soberanos aztecas sobre los pueblos circundantes.

Los gobernantes aztecas ordenaban agrandar el Templo Mayor para conmemorar sus victorias militares; las excavaciones han permitido confirmar al menos siete de estas ampliaciones. Podría sorprender que prefirieran ampliar el viejo templo en lugar de erigir uno nuevo, pero hay una razón que tiene que ver con el significado particular del punto en que se alzaba el Templo Mayor.

El poderoso Xipe Totec

El poderoso Xipe Totec

El dios del oro y los artesanos viste un atuendo hecho con la piel de los sacrificados en una ilustración del Códice Borbónico. Siglo XVI. Biblioteca de la Asamblea Nacional, París.

Foto: Granger / Album

Según el mito, el dios Huitzilopochtli condujo a los mexicas en su marcha desde Aztlán, su patria mítica, hasta el lago Texcoco, y allí mostró a los sacerdotes un islote donde un águila estaba posada sobre un nopal, una especie de cactus llamado tenochtli en náhuatl. Así nacería Tenochtitlán, y en aquel lugar se construyó el embrión del Templo Mayor, un sencillo santuario cubierto de paja que con el tiempo se convertiría en una imponente pirámide.

Un monte sagrado

Simbólicamente, el Templo Mayor representaba Coatepec, el monte sagrado donde nació Huitzilopochtli, que para los mexicas era el centro del mundo, del que partían los cuatro ejes que marcaban los rumbos del universo. El Templo Mayor era así el punto de intersección por el que transcurría la energía cósmica para que los dioses y los hombres pudieran comunicarse. Su estructura piramidal representaba los tres niveles de la cosmovisión mexica. Así, la plataforma cuadrada sobre la que se levantaba el templo era el plano horizontal donde existían todos los seres vivos, mientras que la pirámide representaba el nivel celeste y por debajo de la misma se situaba el inframundo.

Tlaloc

Tlaloc

Dios de la lluvia, en un recipiente de cerámica hallado en el Templo Mayor. Museo Nacional de Antropología, México.

Foto: DEA / Album

Así pues, el Templo Mayor era la imagen material de la vida y de la muerte, del origen y del final, y por esta razón los templos que lo coronaban estaban dedicados a Tlaloc y a Huitzilopochtli. El primero, como divinidad acuática, representaba la vida y el sustento para un pueblo agrícola como el mexica, mientras que el segundo era el dios de la guerra y la muerte, del ocaso y del nacimiento del Sol. El templo conmemoraba asimismo la victoria de Huitzilopochtli sobre sus innumerables hermanos, que, según el mito, habían conspirado contra él y lo pagaron con su vida. Su hermana Coyolxauhqui también se rebeló, y Huitzilopochtli la mató arrojándola desde la cumbre del monte Coatepec. Por ello, a los pies de la escalinata que conducía al Templo Mayor se colocó un monolito que representaba la muerte de la diosa.

En el Templo Mayor se celebraban las principales ceremonias de la sociedad aztecagrandes sacrificios humanos

, desde las coronaciones de los nuevos monarcas hasta todo tipo de rituales relacionados con la agricultura, la lluvia y el buen funcionamiento de los astros. Las ceremonias estaban distribuidas en el calendario ritual en función de la importancia de la divinidad en el panteón azteca. A Huitzilopochtli, por ser el dios más importante, se le reservaban las ceremonias más solemnes, acompañadas de

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El monte de las serpientes

El monte de las serpientes

Un grupo de arqueólogos excava en el Templo Mayor. Junto a ellos se aprecian representaciones de colosales serpientes reptantes, las guardianas del lugar, que aún conservan su policromía original.

Foto: Kenneth Garrett
Altar donde los sacerdotes llevaban a cabo los sacrificios humanos en el Templo Mayor.

Altar donde los sacerdotes llevaban a cabo los sacrificios humanos en el Templo Mayor.

Foto: Kenneth Garrett

Con estos sacrificios, los mexicas repetían la muerte de los dioses que se sacrificaron en el fogón sagrado de Teotihuacán para que los hombres pudieran vivir, alimentando el movimiento del Sol con su sangre. Por lo tanto, se trataba de una muerte sagrada que aseguraba la continuidad de la vida en la tierra, y a la vez recordaba a quienes se oponían a los aztecas que su destino estaba en el ara ensangrentada del Templo Mayor.

La carrera mortal

Una de las fiestas más esperadas por los aztecas era la de Panquetzaliztli, que se celebraba en diciembre, cerca del solsticio de invierno. Al despuntar el día, un corredor descendía a toda prisa desde lo alto del templo con una imagen de Huitzilopochtli, con la que huía perseguido por la multitud. Lo primero que hacía era llevar al dios a la cancha del juego de pelota, donde se le sacrificaban cuatro víctimas cuyos corazones recibía en ofrenda. Luego, el corredor continuaba su frenético camino por algunas ciudades ribereñas, seguido por los fieles que se esforzaban en alcanzarlo. El hecho de correr tenía que ver con que Huitzilopochtli nunca fue derrotado. Todo el recorrido estaba engalanado con grandes arcos triunfales de rosas, plumería y banderas. En cada arco, los músicos tocaban los tambores y las caracolas que anunciaban el paso de la comitiva.

Xiuhtecuhtli, el dios del fuego

Xiuhtecuhtli, el dios del fuego

La estatuilla que representa a esta divinidad está en cuclillas y con los brazos cruzados. Museo Nacional de Antropología.

Foto: Scala, Firenze

Cuando el ídolo regresaba a Tenochtitlán por la calzada de Iztapalapa, todas las dignidades de los templos salían a recibirlo con música y bailes para acompañarlo de vuelta al templo. Antes de subir las escalinatas, la imagen era mostrada a quienes, junto a la «estacada de las calaveras», esperaban su turno para ser sacrificados. Al pie de las gradas del templo, la imagen del ídolo se colocaba en unas andas y se izaba hasta la cumbre con unas sogas gruesas, con «mucho tiento y reverencia. Lo subían de esta manera –escribía Diego Durán– porque las gradas del templo eran muy empinadas y angostas y no podían subir con ellas en los hombros sin caer».

Muerte en el Templo

Muerte en el Templo

Un sacerdote azteca extrae el corazón aún palpitante de una víctima para ofrendarlo al dios Huitzilopochtli, antes de lanzar su cuerpo sin vida escaleras abajo desde lo alto del Templo Mayor.

Foto: UIG / Album

En la cima de la pirámide, frente al templo de Huitzilopochtli, seis sacerdotes esperaban a las víctimas junto a la piedra de sacrificio. Cuatro sujetaban los pies y las manos de quienes iban a morir; otro, la garganta, y el sexto le abría el pecho y extraía el corazón. Los sacerdotes llevaban el cuerpo pintado de negro y el pelo enredado y revuelto, con bandas de cuero ceñidas a la cabeza y unas pequeñas rodelas de papel en la frente. «Traían éstos la misma figura del demonio, que verlos salir con tan mala catadura ponía pavor y miedo grandísimo a todo el pueblo», escribía Durán. Tras la ceremonia, la imagen del dios era bendecida y se repartía entre los asistentes para que la comieran, pues estaba hecha de masa.

Honrar a la madre de los dioses

Otra importante festividad de los aztecas era la dedicada a la diosa Toci, madre de los dioses y corazón de la tierra, que se celebraba en el Templo Mayor el 16 de septiembre. En esta ceremonia se ofrendaba a la diosa una mujer de 40 o 45 años a la que purificaban, lavaban y ponían el nombre de la divinidad. El mismo día de la fiesta, antes de que amaneciese, sacaban a la mujer santificada y un hombre la tomaba a cuestas, boca arriba, y la subía a lo alto del templo, donde un sacerdote la cogía del cabello y la degollaba, bañando en sangre a quien la sujetaba. Nada más morir la desollaban, desde los muslos hasta los codos, y con la piel vestían al hombre que la había subido, quien representaba nuevamente a la diosa. Éste observaba la representación de una batalla entre diferentes jóvenes vestidos para la guerra, en la que muchos resultaban malheridos.

Instrumento para el sacrificio

Instrumento para el sacrificio

Este cuchillo sacrificial o técpatl fue hallado en el Templo Mayor. El mango, de madera recubierta de turquesa, representa a un guerrero águila, y la hoja está hecha de calcedonia. Museo Británico, Londres.

Foto: British Museum / Scala, Firenze

Una vez acabado el combate, continuaban los sacrificios en honor de la diosa. Con este fin se levantaban en la cúspide del templo unas gradas de madera a las que se subían los ejecutores, dos sacerdotes. Luego hacían ascender al hombre cubierto con la piel de la primera víctima, sujetado por si acaso mostraba resistencia, y a continuación los sacerdotes lo empujaban para que cayera escaleras abajo. Según Diego Durán, «se daba tan gran porrazo que se hacía pedazos. Luego en cayendo llegaban otros y le degollaban y cogían la sangre en un lebrillo [cuenco] y de este mismo modo sacrificaban a todas las víctimas destinadas a esta diosa. Acabado el sacrificio, sacaban en un lebrillo la sangre de los sacrificados, el cual lebrillejo venía todo emplumado de plumas coloradas, y poníanselo delante a la madre de los dioses».

Tzompantli

Tzompantli

Los aztecas clavaban los cráneos de las víctimas sacrificiales en una especie de bastidor, amontonando unos sobre otros. En la imagen, tzompantli de piedra en el Templo Mayor, descubierto en 2007.

Foto: Kenneth Garrett

El Templo Mayor de Tenochtitlán era un espejo de la sociedad mexica, que integraba los dos aspectos fundamentales de su éxito: el imperialismo militar, encarnado por Huitzilopochtli, y su capacidad de producción agrícola, bajo los auspicios de Tlaloc. El gran santuario de Tenochtitlán era una Montaña Sagrada ubicada en el corazón de la ciudad. En ella, pétreas serpientes observaban impasibles el crecimiento de la pirámide al son de cada victoria y festejaban con impávido regocijo fiestas, ritos y sacrificios que calmaban con su líquido precioso la sed de los dioses.

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El sacrificio de Coyolxauhqui, la diosa Luna de los aztecas

Al pie de la escalinata del Templo Mayor había un gran monolito en el que se representó la muerte de la diosa Coyolxauhqui. Según el mito, tras su nacimiento el gran dios azteca Huitzilopochtli fue atacado en su monte natal, el Coatepec, por sus hermanos mayores, a los que batió con su serpiente de fuego o xiuhcóatl. Entre los atacantes estaba su hermana Coyolxauhqui, a la que desmembró con su espada de fuego y la tiró cerro abajo. Este episodio mítico se repetía cada vez que en la cima del Templo Mayor los sacerdotes sacrificaban a un cautivo y, tras extraerle el corazón, lo arrojaban escaleras abajo. El cuerpo desmembrado de Coyolxauhqui también remitía a las fases lunares y a los ciclos de renovación de la naturaleza.

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Las capas del Templo Mayor

Ilustración: Ned M. Seidler / National Geographic Image Collection

Las excavaciones en el Templo Mayor han revelado que éste fue ampliado varias veces desde su fundación. Los reyes conmemoraban así sus victorias, pero las obras también estuvieron motivadas por las inundaciones y por la inestabilidad del terreno sobre el que se levantó el edificio.

Las siete fases constructivas

Los especialistas han identificado un total de siete etapas en la construcción del Templo Mayor. Sólo de la primera no ha quedado ningún rastro. La etapa II corresponde a los tres primeros gobernantes de Tenochtitlán (1376-1427); de ella han aparecido los dos adoraratorios que coronaban la primera pirámide. La etapa III, bajo el gobierno de ltzcóatl (1427-1440), supuso un considerable crecimiento del edificio, al igual que la etapa IVa, durante el reinado de Moctezuma I (1440-1469). En la etapa IVb, bajo Axayácatl (1469-1481), se amplió la fachada principal. En la etapa V, bajo el efímero gobierno de Tízoc (1481-1486), se construyó en el lado norte del templo la Casa de las Águilas, y en la etapa VI, bajo Ahuízotl (1486-1502), se llevó a cabo una gran ampliación en las cuatro fachadas. Paradójicamente, es de la etapa VII, bajo Moctezuma II (1502-1520), de la que se conservan menos restos, puesto que sus piedras se utilizaron para construir otros edificios de la ciudad refundada por los conquistadores españoles.

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Ofrendas para los dioses

En 2006 se descubrió frente al Templo Mayor un enorme monolito, de 12 toneladas de peso, dedicado a Tlaltecuhtli, la diosa de la tierra. Debajo había un profundo pozo en el que a lo largo del tiempo se depositaron gran número de ofrendas funerarias.

La ofrenda 125 consiste en una caja de mampostería en cuyo interior se colocaron diversos objetos distribuidos en niveles. En el primero (1) había la piel de un mono araña, ornamentos de oro y jade, ocho cuchillos que simbolizaban divinidades lunares y dos águilas reales adornadas con objetos de cobre. En el siguiente nivel (2) aparecieron restos de 62 especies marinas, entre ellas cangrejos, caracoles y corales. Y el tercer y último nivel (3) contenía los restos de una perra o loba vieja, adornada con un collar y orejeras de jade, y un cinturón de conchas. Todos estos elementos tenían un sentido funerario. En el primer nivel, las águilas orientadas al Sol poniente simbolizarían la noche de la muerte; en el segundo, las conchas evocarían las aguas que el muerto debe atravesar, y en el tercer nivel tal vez se colocó una mascota que guiaría al difunto en su viaje al más allá.

Este artículo pertenece al número 217 de la revista Historia National Geographic.

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