Las raíces fenicias de una cultura hispánica

Tarteso

A partir del siglo IX a.C., el contacto de las poblaciones autóctonas con los colonos fenicios en tierras de Cádiz, Sevilla y Huelva dio lugar a una sociedad rica y sofisticada que pronto quedó envuelta en la leyenda: Tarteso.

Estela número IV de Cabeza del Buey (Badajoz).

Estela número IV de Cabeza del Buey (Badajoz).

Foto: Sebastián Celestino

A mediados del siglo VII a.C. un comerciante griego llamado Coleo partió de su isla natal, Samos, frente a la costa de la actual Turquía, en dirección a Egipto. Durante el viaje, su barco se vio sorprendido por unos fuertes vientos de Levante que lo impulsaron hasta el otro extremo del Mediterráneo, más allá de las Columnas de Hércules –esto es, del estrecho de Gibraltar–. Fue así como Coleo y sus compañeros llegaron a Tarteso, un «emporio comercial» al que nunca antes habían llegado los comerciantes helenos. Coleo se puso a comerciar con los tartesios y obtuvo enormes beneficios, gracias sobre todo a la plata que obtuvo allí, unos 1.600 kilos.

Cronología

El origen del mundo tartésico

Siglo X a.C.

En Huelva, primeros contactos documentados de los pobladores locales con comerciantes fenicios que llegan a sus costas.

Siglo IX a.C.

A principios de este período se levanta en Gadir (Cádiz) el templo de Melkart, y junto a Spal (Sevilla) se construye el templo de El Carambolo.

Siglo VIII a.C.

Entre finales del siglo IX y principios del siglo VIII a.C. se instalan las primeras colonias fenicias en el sur peninsular.

Siglos VIII-VII a.C.

En esta época tiene lugar el pleno desarrollo de Tarteso y su cultura. Es especialmente notable el crecimiento económico. Comienza la colonización tartésica de la zona del Guadiana.

Siglo VI a.C.

Tras un período de plenitud durante el siglo VII a.C., se produce la «crisis de Tarteso». Su cultura se desdibuja en el Guadalquivir y se da el auge de la cultura tartésica en el Guadiana.

Siglo V a.C.

Heródoto menciona al rey Argantonio y a Coleo de Samos. A finales del siglo desaparece la cultura tartésica.

Esta historia, recogida por Heródoto en el siglo V a.C., tiene mucho de leyenda, pero cabe recordar que el historiador griego residió un tiempo en Samos, donde pudo haber oído narrar la aventura de Coleo. En todo caso, es una de las muchas referencias que hacen los autores clásicos a la existencia de un pueblo llamado Tarteso en las tierras en torno al golfo de Cádiz. A partir de estas menciones, historiadores y arqueólogos han tratado de perfilar el contorno de aquella civilización enigmática, envuelta en la leyenda.

Uno de los temas más discutidos ha sido el origen de ese pueblo. Hasta finales del siglo XX, los especialistas se inclinaban por considerar que Tarteso fue una cultura de gran antigüedad formada a partir de la Edad del Bronce, que se había extendido por una gran área en el suroeste de la península ibérica, en el triángulo formado por Huelva, Sevilla y Cádiz, el denominado «núcleo tartésico». Tarteso, pues, sería una cultura anterior no sólo a la llegada de comerciantes griegos a la zona, sino también al establecimiento de las primeras colonias fenicias en los siglos X-IX a.C.

La expansión de Tarteso

La expansión de Tarteso

Irradiación de la cultura tartésica en el sur de la península ibérica.

Cartografía: eosgis.com. Información: Sebastián Celestino

Sin embargo, el avance de la investigación hace cada día más difícil sostener esta hipótesis. Aunque algunos autores hablan de un período llamado «Bronce final tartésico», en realidad apenas tenemos datos sobre el poblamiento del Bronce Final (siglos XII- IX a.C.) en el suroeste peninsular. Esto no significa que no hubiera una incipiente organización social en la zona, basada en la agricultura y la minería dirigida al comercio de exportación. Por el momento sólo conocemos el caso de Huelva, donde, desde hacía ya un tiempo, existía una comunidad experta en transacciones comerciales con el mundo atlántico (se han hallado objetos hechos de cobre onubense en Francia y las islas Británicas), lo que le dio una posición de privilegio para controlar la explotación de las minas de plata de la zona, como las de la zona de Aznalcóllar.

Los fenicios en Iberia

Aquellas comunidades experimentaron una profunda transformación con la llegada de los fenicios. Fue en el siglo IX a.C. cuando comerciantes procedentes de las florecientes ciudades del este del Mediterráneo se establecieron de forma permanente en el suroeste de la Península.

Lo primero que hicieron fue levantar santuarios de carácter comercial junto a la costa, que desempeñarían el papel de centros neutrales donde se podían intercambiar productos; ésta era la función del templo de Melkart o Hércules, erigido en algún punto del entorno de Cádiz. Muy pronto los fenicios construyeron establecimientos permanentes, denominados factorías, y más tarde las primeras colonias, que ya eran auténticas ciudades. Una de estas colonias, Cádiz, se convertiría en el centro económico, político y religioso más importante de la región, y en el puerto principal desde el que se exportaban los productos mineros y agropecuarios (plata, estaño, salazones) procedentes tanto de Huelva como del interior de la Península.

Collar de oro

Collar de oro

Perteneciente al tesoro tartésico de Aliseda. Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

Foto: Pedro Carrión / Album

A lo largo de los siglos IX y VIII a.C., los fenicios introdujeron en el suroeste peninsular (al igual que en los otros lugares de Iberia donde se establecieron) un gran número de novedades que transformaron profundamente la economía y el modo de vida de los pueblos circundantes. Entre ellas cabe citar la introducción del hierro, de animales híbridos como el mulo, de nuevas especies vegetales como la vid y el olivo, del torno de alfarero y de nuevos hornos cerámicos. Igualmente, los fenicios propagaron una arquitectura ortogonal (de ángulos rectos) que generó un trazado urbanístico mucho más complejo, e introdujeron el alfabeto, un elemento imprescindible para el comercio.

Contactos estrechos

Durante este período inicial de la colonización fenicia, las comunidades autóctonas se fueron adaptando para responder de forma paulatina a las innovaciones y las demandas de los colonos orientales. Aunque aún no disponemos de una respuesta clara sobre cómo se desarrolló este proceso, se ha señalado la posibilidad de que desde el interior peninsular llegara la numerosa mano de obra necesaria para la economía minera, agrícola y artesanal, así como para la construcción de nuevos poblados, santuarios y vías de comunicación. Cabe pensar que en zonas como los valles del Guadiana y del Tajo, la élite guerrera dominante estaría en posición de suministrar mano de obra a cambio de acceder a las innovaciones introducidas por los fenicios (el hierro, la orfebrería, el torno de alfarero). En estas zonas interiores también habría intermediarios comerciales capaces de proporcionar oro, estaño y productos agropecuarios a los fenicios.

Bronce carriazo

Bronce carriazo

Parte de un bocado de caballo con la imagen de la diosa Astarté. Museo Arqueológico, Sevilla.

Foto: Oronoz / Album

La influencia fenicia fue desigual. En las áreas poco pobladas, como el valle del Guadalquivir y la bahía de Cádiz, la colonización fenicia tuvo mayor éxito, dado que, al haber menos población, los fenicios pudieron fundar sus propias ciudades e incorporar luego a la población indígena. En cambio, fue menos intrusiva en Huelva, donde ya existía una economía más asentada y una estructura social más sólida; de ahí que en esta región la influencia fenicia fuese más débil. En el siglo VIII a.C., la interacción entre los fenicios, las comunidades autóctonas y las poblaciones del interior habría dado lugar a la aparición en el suroeste de la Península de la cultura que denominamos Tarteso. No parece casual que el término «Tarteso» aparezca en las fuentes griegas únicamente a partir del siglo siguiente, cuando esa nueva cultura ya se habría materializado.

Jarro tartésico

Jarro tartésico

Este jarro de bronce, coronado por una cabeza de ciervo y con un asa en forma de cabeza de caballo, pertenece al tesoro tartésico de la necrópolis de La Joya (Huelva).

Foto: SFGP / Album

Aunque tenía rasgos culturales comunes, Tarteso no fue una sociedad homogénea y no se debe considerar como un reino unitario, y aún menos como un imperio. Cuando Heródoto alude a un reino gobernado por Argantonio, se está refiriendo a un jefe local dentro de lo que los griegos llamaban la Tartéside, donde habría otros reyes o caudillos. Cada gobernante mantendría su independencia política aunque estuviera conectado con otros por un interés económico; es lo que se conoce como sistema heterárquico, o de múltiples jefaturas.

Bahía de Cádiz

Bahía de Cádiz

Una de las colonias fundadas por los fenicios, Cádiz, se convertiría en el puerto comercial más importante de la región y en lugar de encuentro entre los fenicios y la población del entorno.

Foto: Cavan Images / Age Fotostock

El contacto con los colonos fenicios procuró a la sociedad indígena un notable desarrollo económico, con la introducción de nuevos oficios y actividades, desde alfareros, orfebres y herreros hasta constructores, estibadores y marineros. Una de las actividades más importantes era el comercio marítimo, que requería una mano de obra muy centrada en la tala de árboles, la construcción de barcos y su carga, al tiempo que se necesitaban grandes cantidades de ánforas y otros contenedores para trasladar las mercancías.

Estos cambios debieron de provocar tensiones entre las comunidades tartésicas y las del interior peninsular por el control de los nuevos recursos económicos, sobre todo los mineros. Además, fomentaron la aparición de nuevos grupos sociales y una organización social mucho más compleja. Aun así, ni en los yacimientos tartésicos ni en las tumbas aparece una especial abundancia de armamento, por lo que resulta difícil saber qué medio de coerción utilizaron las élites de Tarteso para que una sociedad de esa naturaleza mantuviera su dinamismo durante cuatro siglos.

Orfebrería tartésica

Orfebrería tartésica

Este magnífico collar de oro, compuesto por siete sellos colgantes, pertenece al tesoro tartésico de El Carambolo, hallado en la localidad de Camas (Sevilla), en 1958. Museo Arqueológico, Sevilla.

Foto: Oronoz / Album

Los matrimonios mixtos fueron uno de los instrumentos utilizados por indígenas y fenicios para consolidar la integración entre ambas comunidades. Esta práctica explicaría los descubrimientos realizados en zonas muy alejadas del núcleo tartésico, como los espléndidos tesoros de Aliseda y Talaverilla (ambos en Cáceres) y de la tumba de la Casa del Carpio (Toledo). Buena parte de los ricos ajuares hallados en estos yacimientos surgió de talleres locales: fue obra de artesanos que dominaban a la perfección las técnicas fenicias de orfebrería y que incluyeron muchos motivos de la religión fenicia, con representaciones de dioses como El, Baal o Astarté.

Un patio ceremonial

Un patio ceremonial

El patio del edificio de El Turuñuelo (en una reconstrucción) era un amplio espacio de casi 125 metros cuadrados. En el centro, un pasillo de lajas de pizarra conducía hasta una puerta monumental.

Ilustración: J. R. Casals. © Proyecto Construyendo Tarteso

La presencia de estas piezas en territorios del interior sugiere que los acuerdos matrimoniales consolidaron intercambios comerciales y el acceso de los tartesios a materias primas del interior peninsular; fruto de esta política sería la llegada de mujeres tartesias a Extremadura y el valle del Tajo, como prueban los ajuares mixtos con elementos indígenas y fenicios hallados en necrópolis del núcleo tartésico como la de Las Cumbres, en El Puerto de Santa María (Cádiz). De estos enlaces surgiría un mestizaje que, con el tiempo, se generalizaría en Tarteso, al menos entre los grupos dominantes en cada comunidad.

El final de Tarteso

Tras un período de plenitud durante el siglo VII a.C., Tarteso entró en crisis durante el siglo siguiente. Hasta no hace mucho se consideraba que esto supuso el final de Tarteso, pero los últimos hallazgos en el valle del Guadiana muestran que la cultura tartésica, tras la crisis de su núcleo primigenio, se expandió por algunos territorios del interior.

Pies sobre un pedestal, parte de una estatua de mármol hallada en el Turuñuelo (Badajoz).

Pies sobre un pedestal, parte de una estatua de mármol hallada en el Turuñuelo (Badajoz).

Foto: Construyendo Tarteso

Entre los hallazgos que se han llevado a cabo en la zona destacan los edificios bajo túmulo, grandes construcciones de adobe levantadas junto al Guadiana que nos han legado una gran cantidad de materiales que conservan una profunda influencia de la cultura tartésica, al igual que su arquitectura, mientras que se mantienen los rituales y dioses introducidos por los fenicios cuatro siglos antes. Quizás el ejemplo más significativo es el reciente hallazgo del edificio de Casas del Turuñuelo, en Guareña (Badajoz), que refrenda la enorme importancia de estas manifestaciones. Así pues, la cultura tartésica, surgida en el siglo VIII a.C. del encuentro entre los colonizadores fenicios y las comunidades autóctonas del sureste, dejó una huella mucho más profunda y extensa de lo que se creía.

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El santuario de El Carambolo

Excavaciones recientes en el lugar donde en 1958 se halló el tesoro de El Carambolo han sacado a la luz los restos de un santuario erigido por los fenicios a finales del siglo IX a.C. Esta reconstrucción muestra el aspecto del edificio en su fase III, a comienzos del siglo VII a.C. El recinto ocupaba una superficie de 4.500 m2. Los muros eran de adobe enlucido, y los suelos, de arcilla roja. Se cree que una de las salas estaba dedicada al culto de Astarté (1) y otra a Baal (2). En esta última se documentó un altar en forma de piel de toro extendida, común a todos los santuarios tartésicos. En torno a estos templos se edificaron nuevas estancias de función no determinada. Un muro delimitaba todo el santuario.

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El Turuñuelo

Hecatombe final

Hecatombe final

Los caballos sacrificados que aparecieron en El Turuñuelo estaban agrupados por parejas. Es posible que los sacrificaran en otro lugar y luego los trasladaran aquí.

Foto: Construyendo Tarteso

En 2014, una excavación arqueológica en Casas del Turuñuelo (Guareña, Badajoz) sacó a la luz una amplia estancia en la que aparecieron los restos de un altar en forma de piel de toro, característico de los santuarios tartésicos, así como un sarcófago o bañera esculpido y gran cantidad de objetos. Más sorprendente todavía fue el hallazgo de una escalinata de once peldaños que conducía a un patio de 125 metros cuadrados en el que se hallaron esparcidos los esqueletos de más de medio centenar de animales sacrificados (caballos, mulas y burros). Los objetos hallados en el yacimiento –vidrios procedentes de Macedonia y Cartago, pesas de bronce, parte de una estatua hecha con mármol del monte Pentélico, en Grecia– muestran hasta qué punto esta zona del interior de la Península mantenía fluidos intercambios con el resto del mundo mediterráneo. En cuanto a los animales sacrificados, se cree que fue una hecatombe ofrecida a la divinidad, tal vez un ritual de despedida de la comunidad antes de abandonar el lugar en busca de mejores condiciones de vida.

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El tesoro de Aliseda

En 1920 se descubrió en la localidad cacereña de Aliseda un conjunto de 285 objetos de oro, hoy expuestos en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. El tesoro, elaborado por un taller local a finales del siglo VII a.C., muestra la asimilación por los artesanos tartésicos de las técnicas de orfebrería fenicias, como la filigrana y el granulado. La iconografía de las piezas remite tanto al ancestral mundo atlántico como a la mitología y la religión del Mediterráneo oriental.

Divinidades fenicias

Colgante giratorio

Colgante giratorio

Con la imagen de dos divinidades entronizadas y enfrentadas, tal vez El en sus dos aspectos. En el centro, el árbol de la vida custodiado por dos grifos y, encima, el disco solar alado.

Foto: Ariadna González / MAN

Anillo de oro giratorio

Anillo de oro giratorio

La piedra central está decorada con la imagen de un dios con dos cabezas y cuatro alas, tocado con una doble corona; tal vez se trata del dios El.

Foto: Arantxa Boyero / MAN

Cinturón

Cinturón

Formado por placas de oro y con representaciones de un dios o un héroe luchando.

Foto: Oronoz / Album

Motivos orientales

Brazalete de oro

Brazalete de oro

Compuesto por dos series de espirales entrelazadas. Los remates tienen forma de palmeta y aparecen decorados con flores de loto y gránulos.

Foto: Oronoz / Album

Diadema de oro

Diadema de oro

Formada por plaquitas cuadradas decoradas con rosetas y festones, y con esferas colgantes. Los extremos triangulares articulados están decorados con flores de loto y rosetas.

Foto: Prisma / Album

Pendiente de oro

Pendiente de oro

Presenta una abigarrada decoración de flores de loto, palmetas y halcones.

Foto: Oronoz / Album

Temas egipcios

Sortija de oro

Sortija de oro

En la parte superior está grabada una escena de inspiración nilótica: una barca con un remero y, sentado, un cinocéfalo, personaje con cabeza de cánido. Junto a la embarcación se ve un ibis, y debajo, peces.

Foto: Arantxa Boyero / MAN

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Un gran lago interior

Marismas de Doñana

Marismas de Doñana

En la actualidad forman parte de un parque nacional.

Foto: Irene Lorenz / Age Fotostock

Hace tres mil años, la geografía del Bajo Guadalquivir –el espacio donde florecería la cultura tartésica– era completamente distinta a la actual. La desembocadura del río estaba situada mucho más hacia el interior y aquel vertía sus aguas en un gigantesco estuario llamado sinus tartesii, «golfo tartésico». Las marismas de Doñana son un recuerdo de aquella antigua geografía.

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La escritura tartésica

Estela de Fonte Velha

Estela de Fonte Velha

Museo Municipal Santos Rocha, Figueira da Foz.

Foto: Rodrigo Pinto, MMSR

A partir del siglo VI a.C., las comunidades del suroeste peninsular empezaron a utilizar una escritura propia. Aunque aún no se ha descifrado, sabemos que se escribía de derecha a izquierda y constaba de 51 signos. Los textos conservados son en su mayoría inscripciones sobre estelas, halladas en el Algarve portugués, Andalucía occidental y Extremadura.

Este artículo pertenece al número 219 de la revista Historia National Geographic.

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