Antigua Grecia

Sócrates, juicio a la filosofía

A pesar de los servicios que prestó a Atenas como soldado y de no haber transigido nunca con la injusticia, Sócrates fue condenado a muerte en el año 399 a.C.

Busto de Sócrates. El filósofo ateniense ha pasado a la historia como el ejemplo de perseverancia en las convicciones propias hasta el fin. El retrato se conserva en la Biblioteca Antigua del Trinity College, en Dublín.

Foto: Cosmo Condina / Alamy / ACI

Se podría decir que el juicio de Sócrates es el único caso en el que podemos estar seguros de que un ateniense fue procesado no por un acto que, como la traición, la corrupción o la calumnia, perjudicase directamente al interés general o a una persona en particular, sino por presuntos perjuicios causados de forma indirecta por la expresión y la enseñanza de ideas.

Cronología

Crítico con todos

469 a.C.

Sócrates nace en Atenas en torno a este año, hijo de un escultor y una comadrona.

423 a.C.

En su comedia 'Las nubes,' Aristófanes hace una burla malévola de Sócrates.

399 a.C.

Acusado de impiedad de y corromper a la juventud, Sócrates debe suicidarse.

380 a.C.

En torno a esta fecha Platón escribe diálogos como el 'Fedón', protagonizados por Sócrates.

Sorprendentemente, se procesaba a un hombre que había combatido con enorme valor por su ciudad en las duras campañas que Atenas libró contra Esparta durante la guerra del Peloponeso. Entre 432 y 429 a.C. participó en el asedio de Potidea, que terminó con la toma ateniense de la ciudad; allí salvó la vida a su discípulo Alcibíades, que estaba herido. En 424 a.C. lo volvemos a encontrar en la batalla de Delio, en la que los tebanos aplastaron a los atenienses; en la retirada, Sócrates mostró su coraje una vez más. Finalmente, en 422 a.C. intervino en la batalla de Anfípolis, que se resolvió con una nueva victoria espartana.

Un filósofo en la batalla. Sócrates participó en la batalla de Anfípolis (422 a.C.) contra los espartanos. Óleo por J. B. Guignet.

Un filósofo en la batalla. Sócrates participó en la batalla de Anfípolis (422 a.C.) contra los espartanos. Óleo por J. B. Guignet.

Foto: RMN-Grand Palais

Por entonces, Sócrates estaba cerca de cumplir 50 años. Hacía ya tres décadas que Atenas, bajo el impulso de Pericles, había tomado un camino singular: el de una democracia militante, en la que todos los ciudadanos varones participaban en los asuntos públicos con voz y voto en la Asamblea o ekklesía, del mismo modo que podían ser miembros de la boulé o consejo de la ciudad, y convertirse en uno de los 50 pritanos que lo encabezaban. Para que los ciudadanos pobres pudieran dedicarse a los asuntos públicos, Pericles estableció que se les pagara una cantidad por servir al Estado.

El filósofo y el dinero. En la comedia 'Las nubes', Aristófanes presenta a Sócrates como un sofista que ofrece sus enseñanzas a cambio de dinero. Sobre estas líneas, moneda ateniense acuñada hacia 440 a.C.

El filósofo y el dinero. En la comedia 'Las nubes', Aristófanes presenta a Sócrates como un sofista que ofrece sus enseñanzas a cambio de dinero. Sobre estas líneas, moneda ateniense acuñada hacia 440 a.C.

Foto: Bridgeman / ACI

Pero no todo el mundo estaba de acuerdo con esta forma de gobierno que concedía a un curtidor el mismo estatus político que a un noble de rancio abolengo. Mientras Atenas retrocedía en el terreno militar, los grupos aristocráticos dieron un golpe de Estado en 411 a.C. e instauraron un régimen oligárquico llamado de los Cuatrocientos por el número de miembros del consejo que se formó para dirigir la ciudad. Al año siguiente cayó su régimen, pero la derrota final de Atenas ante Esparta en 404 a.C. propició la formación de un nuevo gobierno oligárquico apoyado por los espartanos: el sangriento régimen de los Treinta Tiranos, que tardó ocho meses en caer por el asedio de los demócratas, pero provocó la muerte de más atenienses de los que habían caído en la guerra del Peloponeso.

¿Y Sócrates? ¿Cuál era su posición en esta pugna entre demócratas y oligarcas?

Partenón de Atenas. El gran templo en la cima de la Acrópolis se empezó a construir en 447 a.C., cuando Sócrates tenía poco más de 20 años. Se cree que en su juventud el filósofo trabajó como escultor, igual que su padre.

Partenón de Atenas. El gran templo en la cima de la Acrópolis se empezó a construir en 447 a.C., cuando Sócrates tenía poco más de 20 años. Se cree que en su juventud el filósofo trabajó como escultor, igual que su padre.

Foto: Shutterstock

La voz crítica

El filósofo ateniense dio en aquellos vaivenes políticos las mismas muestras de valor que en la guerra. Primero, ante los demócratas. En 406 a.C., al sonado triunfo ateniense en la batalla de naval de las Arginusas le siguió una dramática crisis política: un temporal que hundió parte de la flota impidió a sus comandantes o estrategos recoger a los náufragos y los difuntos que flotaban entre las olas, algo a lo que la ley ateniense obligaba bajo pena de muerte. En Atenas, una Asamblea presa de la excitación decidió someter a los estrategos a un juicio sumarísimo colectivo, sin respetar el derecho al juicio individual que establecía la ley, y se decidió votar de manera inmediata la condena a muerte. Pero ese día le correspondió a Sócrates estar al frente de los 50 pritanos –cada día le correspondía a uno de ellos ser jefe de Estado de Atenas– y se opuso a que la ley fuese violada, lo que sucedió de todas maneras cuando al cabo de unas horas abandonó ese cargo. En todo caso, quedaba claro que para Sócrates existía una autoridad superior a la del pueblo reunido democráticamente en la ekklesía: la de las leyes que ese mismo pueblo había aprobado para regirse a sí mismo con justicia.

Sócrates. Detalle de el 'Triunfo de la verdad', de Luigi Mussini.

Sócrates. Detalle de el 'Triunfo de la verdad', de Luigi Mussini.

Foto: AKG / Album

Dos años más tarde, los Treinta le ordenaron detener a un hombre llamado León de Salamina, al que iban a ejecutar; con actos de este tipo los tiranos implicaban a tantos ciudadanos como fuera posible en su régimen. Pero Sócrates se negó a hacer lo que le mandaron. Sin duda, semejante acto lo habría llevado al patíbulo si el régimen tiránico hubiera durado algo más, pero, como manifestaría tiempo después ante el tribunal que lo condenó, actuó así porque «la muerte me importa un bledo [....] [y] en cambio, me importa absolutamente no realizar nada injusto e impío».

El ateniense incómodo

La caída de los Treinta fue seguida de una amnistía por parte de los demócratas, que apuntaba a la voluntad de cerrar heridas y terminar con la discordia civil. Pero por debajo de la aparente reconciliación anidaban la sospecha y el rencor, y Sócrates tenía todas las papeletas para convertirse en la diana de quienes temían por la democracia recuperada.

Objeto de burla. Sobre estas líneas, un busto de Aristófanes, quien en su comedia 'Las nubes' satirizó a Sócrates.

Objeto de burla. Sobre estas líneas, un busto de Aristófanes, quien en su comedia 'Las nubes' satirizó a Sócrates.

Foto: Bridgeman / ACI

Por una parte, entre sus discípulos y amigos figuraban Alcibíades (aquel joven aristócrata al que había salvado), que traicionó a Atenas marchándose a Esparta y colaboró en el golpe que llevó al régimen de los Cuatrocientos; y también se contaban Critias y Cármides, destacados miembros de los Treinta Tiranos. Por otra parte, se sabía que Sócrates no era un demócrata (aunque no era de ascendencia noble, sino que provenía de lo que hoy llamaríamos clase media, con un padre escultor y una madre comadrona). Aunque el filósofo nunca dejó por escrito sus pensamientos, sus ideas nos han llegado a través de los Diálogos, textos en que su discípulo Platón recogió las conversaciones de su maestro. Así, en uno de ellos, Protágoras, Sócrates observa que cuando se tiene que tratar un asunto técnico, como la construcción de barcos, se acude a un especialista, «pero cuando se trata de algo que atañe al gobierno de la ciudad y es preciso tomar una decisión, sobre estas cosas aconseja, tomando la palabra, lo mismo un carpintero que un herrero, un curtidor, un mercader, un navegante, un rico o un pobre, el noble o el de oscuro origen, y a éstos nadie les echa en cara, como a los de antes, que sin aprender en parte alguna y sin haber tenido ningún maestro, intenten luego dar su consejo. Evidentemente, es porque creen que no se trata de algo que puede aprenderse». ¿Estaba capacitado cualquiera para ocuparse del gobierno de la ciudad? Sócrates incluso considera que Pericles se equivocó al impulsar el sistema democrático como lo hizo: «Pericles ha hecho a los atenienses perezosos, cobardes, charlatanes y avariciosos al haber establecido por vez primera una paga para los servicios públicos», leemos en Gorgias.

Sócrates y Alcibíades. En el Banquete y dos diálogos breves, Platón evoca al joven Alcibíades como amigo íntimo de Sócrates. Aquí, el filósofo reprende a a su discípulo en casa de una cortesana. Óleo por Germán Hernández Amores. 1857. Museo del Prado, Madrid.

Sócrates y Alcibíades. En el Banquete y dos diálogos breves, Platón evoca al joven Alcibíades como amigo íntimo de Sócrates. Aquí, el filósofo reprende a a su discípulo en casa de una cortesana. Óleo por Germán Hernández Amores. 1857. Museo del Prado, Madrid.

Foto: Album

Pero había algo más, algo que iba más allá de las afinidades políticas de Sócrates. El filósofo representaba una amenaza más insidiosa y grave para la democracia ateniense, como demuestran las acusaciones que, en la primavera del año 399 a.C., formuló contra él un poeta trágico, Meleto, que actuaba en nombre de dos destacados políticos demócratas, Ánito (que combatió a los Treinta) y Licón (que quizás había perdido un hijo a manos de los tiranos). Lo culpaba de no reconocer a los dioses en que creía la ciudad, de introducir nuevas divinidades y de corromper a los jóvenes.

La filosofía como problema

El proceso de Sócrates fue político porque era religioso. El culto a los propios dioses y los rituales cívico-religiosos estaban en los fundamentos de la polis, la ciudad-estado griega. Formaban el sustraro de su identidad y garantizaban su cohesión, y apartarse de ellos podía tener funestas consecuencias. Durante la guerra del Peloponeso, la Asamblea había aprobado un decreto que permitía acusar de impiedad (asébeia) a quienes no creyeran en las cosas divinas. Como esta acusación no había quedado comprendida en la amnistía que siguió a la caída de los Treinta, podía emplearse para perseguir a rivales políticos.

Pero la auténtica carga de profundidad era la que se ocultaba en la acusación de corromper a los jóvenes. Hacía años que se veía en Sócrates a un sofista más, uno de los especialistas en la palabra que, previo pago, enseñaban a argumentar una cosa y la contraria. Aristófanes, en su comedia Las nubes, representada dos décadas atrás, ya se burlaba de Sócrates acusándolo, además de negar la existencia del dios Zeus, de estar interesado únicamente en cobrar a sus alumnos, como uno de aquellos filósofos a sueldo, y lo presentaba como corruptor de un joven capaz de justificar con sus enseñanzas cualquier cosa, incluso la paliza que propina a su padre.

Maestro del diálogo. Este detalle de 'La escuela de Atenas' de Rafael muestra al barbudo Sócrates hablando con uno de sus discípulos.

Maestro del diálogo. Este detalle de 'La escuela de Atenas' de Rafael muestra al barbudo Sócrates hablando con uno de sus discípulos.

Foto: Scala / Firenze

En realidad, y como ha señalado el filósofo Gregorio Luri, lo disolvente de la enseñanza de Sócrates era que, mediante el diálogo, llevaba a su interlocutor a descubrir algo nuevo a lo que llamó «alma», una dimensión humana que no coincidía con la ciudadana, lo que invitaba a considerarse portador de una dignidad mayor que la que podía reconocer la polis a la que se pertenecía. Sócrates fomentaba el individualismo al animar a los jóvenes a centrarse en el cuidado de sí mismos en lugar de favorecer su participación en la comunidad. La ciudad y sus dioses ya no eran los únicos puntos de referencia, la única guía para comprender el mundo y actuar en él. Ésa era la gran amenaza para la democrática polis ateniense.

Juicio y muerte

Sabemos cómo se defendió Sócrates ante el tribunal popular que lo juzgó, compuesto por 500 o 501 miembros, porque sus discípulos Platón y Jenofonte recogieron su discurso. Rechazó que fuera un sofista: no daba clases y tampoco cobraba, y sólo lo guiaba la voluntad de mejorar a sus conciudadanos persuadiéndolos a indagar en la naturaleza de la virtud, la justicia, la piedad… Adujo que su modo de proceder era una misión que le había encomendado el mismísimo dios Apolo; de hecho, incluso se atrevió a decir que era el único que sabía algo sobre la educación de la virtud, lo que soliviantó a quienes lo escuchaban.

Los jueces lo consideraron culpable por una exigua minoría: 281 frente a 219. Así comenzó la segunda parte del juicio, en la que Sócrates podía proponer una pena alternativa a la que solicitaba la acusación, que era la de muerte. Fue entonces cuando el filósofo se enajenó a los jueces. No se retractó de nada de lo que había dicho y señaló que «he sido condenado por falta no ciertamente de palabras, sino de osadía y desvergüenza, y por no querer deciros lo que os habría sido más agradable oír: lamentarme, llorar o hacer y decir otras muchas cosas [...]. Pero ni antes creí que era necesario hacer nada innoble por causa del peligro, ni ahora me arrepiento de haberme defendido así, sino que prefiero, con mucho, morir habiéndome defendido de este modo a vivir habiéndolo hecho de ese otro modo».

El templo de Hefesto. El Hefestión se encuentra en el lado oeste del ágora de Atenas, cerca de la Estoa de Zeus, un lugar de encuentro para Sócrates y sus discípulos.

El templo de Hefesto. El Hefestión se encuentra en el lado oeste del ágora de Atenas, cerca de la Estoa de Zeus, un lugar de encuentro para Sócrates y sus discípulos.

Foto: T. Slack / Shutterstock

Esta vez fue condenado a muerte por una amplia mayoría: 360 votos frente a 140, lo que significaba que decenas de jueces que antes lo habían considerado inocente ahora estaban a favor de su ejecución. No es extraño, ya que Sócrates había propuesto como pena que lo alimentaran en el pritaneo, como se hacía con los benefactores de Atenas, que eran mantenidos por la polis; unas palabras que sus oyentes debieron de considerar profundamente ofensivas tanto para ellos como para su ciudad.

La pena la ejecutó el mismo Sócrates unos días más tarde: en presencia de sus amigos bebió la copa de cicuta que se le entregó (tal vez, se ha dicho, mezclada con adormidera, para evitar cualquier dolor), y el filósofo que había puesto a prueba los límites de la democracia ateniense expiró. Pero la libertad de conciencia que vindicó ¿acaso no la perciben muchos, también hoy, como el peor corrosivo de los valores de la propia nación?

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Teatro de Dioniso, al pie de la Acrópolis de Atenas.

Teatro de Dioniso, al pie de la Acrópolis de Atenas.

Foto: Desislava Haytova / Alamy / ACI

El tábano de la ciudad

Platón, en su Apología, que recoge la defensa de Sócrates ante el tribunal, refiere que su maestro se dirigió a los jueces diciéndoles que el dios lo había puesto en Atenas para que actuara de manera semejante al tábano que aguijonea a un caballo grande y lento: «Como tal, despertándoos, persuadiéndoos y reprochándoos uno a uno, no cesaré durante todo el día de posarme en todas partes».

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La Academia de Platón. Mosaico. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

La Academia de Platón. Mosaico. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Foto: Scala / Firenze

El mal de la democracia

La crítica de Sócrates a la democracia ateniense radicaba en que las decisiones las tomaba una mayoría que ignoraba los temas acerca de los que debía resolver. Su discípulo Platón, en La República, planteará un régimen ideal en el que cada uno haga aquello para lo que está formado: el trabajo manual, la guerra y la dirección del Estado, en manos de dirigentes formados en filosofía.

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Busto de Pericles. Copia romana del siglo II a.C. de un original griego.

Busto de Pericles. Copia romana del siglo II a.C. de un original griego.

Foto: Scala / Firenze

Implicación discreta

Sócrates no se significó en la democracia que Pericles, fallecido en 429 a.C., llevó a su apogeo. ¿La razón? «Si yo hubiera intentado realizar actos políticos, habría muerto hace tiempo y no os habría sido útil a vosotros ni a mí mismo [...]. No hay hombre que pueda conservar la vida si se opone noblemente a vosotros para impedir que sucedan en la ciudad cosas injustas e ilegales» (Apología).

Este artículo pertenece al número 205 de la revista Historia National Geographic.

Para saber más

Sócrates, el maestro de Grecia

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