Un héroe nacional

Skanderbeg, el Alejandro Magno de los albaneses

En la segunda mitad del siglo XV, un noble albanés que tomó el nombre del legendario caudillo macedonio detuvo durante casi 25 años el avance de los turcos en Europa.

Jorge Castriota, Skanderbeg, representado hacia 1620 en un grabado de autor desconocido.

Jorge Castriota, Skanderbeg, representado hacia 1620 en un grabado de autor desconocido.

Foto: Alamy / ACI

Durante siglos la figura de Alejandro Magno, el gran conquistador macedonio del siglo IV a.C., fue un modelo para los caudillos militares de todo el continente euroasiático. Así ocurrió en el siglo XV con un líder llamado Gjergj Kastrioti, castellanizado como Jorge Castriota, que nació y alcanzó fama en Albania, no muy lejos de la Macedonia natal de Alejandro. Como éste, conocido por los persas con el nombre de Iskánder, el albanés adoptaría el nombre de Iskander o Scander, que se convertiría en Skanderbeg cuando obtuvo de los otomanos el título de bey o beg (señor o gobernador). Lo cierto es que en la memoria histórica albanesa Skanderbeg es una figura tan central y mitificada como la de su homónimo griego.

Cronología

De renegado a campeón de la fe

1405

El 6 de mayo nace Gjergj Kastrioti, hijo del noble albanés Gjon Kastrioti y la serbia Voisava Tribalda.

1415

Gjergj es enviado como rehén a la corte otomana. Allí se convertirá al islam y pondrá su espada al servicio de los turcos.

1443

Tras la batalla de Nis deja el bando otomano y se une a los rebeldes albaneses, que en 1444 lo reconocen como su jefe.

1450

Su exitosa resistencia a los ejércitos de Murad II convierte a Skanderbeg en el héroe de la Cristiandad.

1468

Fallece el 17 de enero en Lezhë, víctima de unas fiebres.

En manos otomanas

Tras haber formado parte durante siglos del Imperio bizantino, a partir de 1385 Albania quedó bajo la férula de los turcos otomanos, que completaron la dominación del país en 1430. En 1415, el ejército del sultán Mehmed I hizo una incursión en la región y a su término obligó a algunos nobles albaneses a enviar a sus hijos a territorio turco como muestra de lealtad. Uno de los enviados fue el pequeño Jorge Castriota, que pasaría cinco años en Adrianópolis, entonces la capital otomana. Aunque volvió a casa, fue enviado de nuevo como rehén tres años después.

Durante su estancia en la capital otomana, Castriota fue educado en la escuela del palacio y en las artes militares turcas, conocimientos que le serían muy útiles en el futuro. También fue allí donde se convirtió al islam y participó en algunas campañas con el ejército otomano, lo que le valdría el título de beg.

Entretanto, en Albania crecía el sentimiento de oposición al ocupante turco y a sus métodos de gobierno, en particular el aborrecido sistema timar de feudos y vasallaje basado en el otorgamiento de tierras a un sipahi o representante militar del sultán que se encargaba de recaudar impuestos y formar un cuerpo de caballería disponible para cualquier campaña que se emprendiera, y el llamado devshirme, la captación obligatoria de jóvenes para surtir a las fuerzas de infantería de élite turcas, los jenízaros.

Casco de Skanderbeg. Museo de Historia del Arte, Viena.

Foto: Alamy / ACI

Desde 1428 se produjeron conatos de rebelión en los que participó el padre de Skanderbeg, pero pocos años más tarde el movimiento había sido aplastado. Algo después, el nuevo sultán Murad II concedió a Skanderbeg, en recompensa por sus servicios, unas tierras en el antiguo territorio paterno, maniobra que buscaba apaciguar el avispero albanés. Pero Skanderbeg, que estaba al cargo de algunas fortalezas turcas, empezó a conversar en secreto con venecianos, napolitanos y húngaros para que apoyaran una nueva rebelión albanesa.

La oportunidad se presentó en noviembre de 1443, gracias a la victoria del húngaro Juan Hunyadi ante los turcos en Nis. Aprovechando la desbandada otomana tras el choque, Skanderbeg desertó con 300 leales albaneses y se apoderó de la estratégica fortaleza de Krujë o Croya. Abjuró de la religión musulmana ante sus hombres y proclamó que iba a recuperar todo el país de manos enemigas en nombre de Dios. Sin perder tiempo, ese mismo invierno tomó otras posiciones claves en su tierra natal. En una asamblea celebrada en el puerto de Alessio, en marzo de 1444, se le nombró comandante en jefe de todos los rebeldes. La elección fue aprobada por los principales aliados de los albaneses, los venecianos, interesados en defender frente a los turcos sus bases portuarias diseminadas por todo el Adriático.

Abjuró de la religión musulmana ante sus hombres y proclamó que iba a recuperar todo el país en nombre de Dios

Las montañas albanesas proporcionaron el escondite perfecto para Skanderbeg y sus hombres, pues los pasos para internarse en el país eran muy escasos y fácilmente defendibles con guarniciones escogidas. La Liga de Lezhë (la coalición de señores albaneses rebeldes), que contaba como fuerza principal con infantería reclutada entre los campesinos, se enfrentó el 29 de junio de 1444 a un ejército otomano que sumaba más de 25.000 efectivos en la batalla de Torvioll. Skanderbeg, conocedor del terreno, los atrajo a un estrecho valle donde formó a sus tropas en un terreno elevado y en contingentes algo separados para dividir el empuje turco, reservándose 3.000 hombres escogidos que se ocultaron tras una arboleda. En el momento justo, esta fuerza efectuó una carga por la retaguardia que desarboló a los otomanos.

Desde ese momento, Skanderbeg mantuvo una incesante actividad militar contra los otomanos, a los que logró derrotar una vez tras otra gracias a sus métodos de guerra de guerrillas. Se contaba que sólo sufrió dos derrotas, y ambas fueron por traición. Así, tras el fracasado asedio de Berat (1455) fue su principal lugarteniente, Moisi Golemi, quien dejó sin protección, a propósito, los pasos orientales hacia el interior de Albania. Al año siguiente, Skanderbeg venció a Golemi y luego lo convenció para que se reincorporase a su causa. Que Golemi permaneciera fiel a Skanderbeg hasta su muerte (los otomanos lo ejecutaron en Constantinopla, por rebelde) dice mucho de la carismática personalidad del caudillo albanés.

La inexpugnable Krujë

No hay escolar en Albania que no conozca el poema de Naim Frashëri en el que relata cómo Skanderbeg llegó a Krujë, «la fortaleza bendita», «como una paloma dorada para liberar a la madre patria». El castillo de Krujë fue el escenario de tres asedios otomanos que acabaron en sangrantes derrotas para los sitiadores. En 1450, el sultán Murad II tuvo que renunciar a conquistar la fortaleza por el continuo hostigamiento de sus líneas de aprovisionamiento.

En 1466, Mehmed II, hijo del anterior y conquistador de Constantinopla, dirigió 30.000 hombres contra este enclave, pero tras meses de asedio también tuvo que levantar el cerco ante la oportuna aparición de Skanderbeg con refuerzos enviados por el rey Ferrante I de Nápoles. Mehmed fracasó de nuevo al año siguiente, y únicamente logró su objetivo en 1478, tras rendir el castillo por hambre después de sitiarlo durante un año, victoria que se debió en buena medida al hecho de que hacía ya diez años que Skanderbeg había muerto, y no en batalla, sino en su cama.

No es extraño que cuando Mehmed se enteró de su defunción declarase: «¡Por fin Europa y Asia son mías! ¡Ay de la Cristiandad! ¡Ha perdido su espada y su escudo!». Efectivamente, Skanderbeg fue un héroe para el mundo cristiano de la época: si el papa Calixto III lo llamó Athleta Christi et defensor fidei («Atleta de Cristo y defensor de la fe»), el papa Pío II lo calificó de «nuevo Alejandro», en alusión a Alejandro Magno.

Castillo de Krujë, desde donde Skanderbeg dirigió la resistencia frente a los otomanos, que lo sitiaron infructuosamente tres veces.

Foto: Alamy / ACI

Bajo el signo de la cruz

Con sus sobresalientes acciones, Skanderbeg mantuvo la lucha contra el poderoso Imperio otomano durante casi 25 años a partir de recursos económicos y humanos limitados. Esa cruzada particular, encarnada en su estandarte del águila negra bicéfala, fue crucial para prevenir un ataque otomano de envergadura contra la península italiana y proporcionó a los estados cristianos de Europa central un tiempo precioso para conseguir más recursos con los que protegerse de una acometida turca inevitable.

La figura de Skanderbeg abunda en mitificaciones, como la supuesta marca de nacimiento en forma de espada que tenía en su brazo derecho, signo de su especial conexión con Dios. Convertido en un mito viviente, el caudillo albanés sería recordado más allá de su muerte: «Tierra de Albania, donde floreció Iskander, ejemplo de jóvenes y lumbrera de sabios», escribía Lord Byron en su Childe Harold, en 1812, antes de marchar a Grecia para colaborar en la guerra de independencia contra los otomanos.

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Fuerte, austero y políglota

Según sus contemporáneos, Skanderbeg era un hombre de gran nobleza, además de juicioso, prudente y, por supuesto, diestro con las armas y entendido en asuntos militares. De gran estatura, espalda ancha y con un cuello robusto, podía hablar en turco, árabe, griego e italiano. En sus prolongadas campañas, casi siempre a la defensiva, solía vestir sin excesivos adornos y comía como un soldado más, actitud que le ganó el respeto de sus hombres. Le gustaba cuidar todos los detalles que tenían que ver con las operaciones bélicas y él mismo solía inspeccionar sus guarniciones.

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Guerra en Italia

Tras muchas victorias frente a los turcos, en agosto de 1461 Skanderbeg comenzó una exitosa campaña en suelo italiano para apoyar al rey Ferrante de Nápoles, su aliado, contra sus enemigos de la casa de Anjou, a los que derrotó en Barletta y en Trani. En febrero de 1462 regresó a Albania.

Skanderbeg, en un mural del siglo XX.

Foto: Alamy / ACI

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Héroe nacional

La figura de Skanderbeg fue recuperada en el siglo XIX por el incipiente nacionalismo albanés, el llamado rilindja o «renacimiento», que en la década de 1830 desembocó en revueltas contra la administración otomana. En 1912, el político liberal y nacionalista Ismail Qemali declaró la independencia de Albania en la ciudad costera de Vlorë, enarbolando la bandera con el águila bicéfala de Skanderbeg, convertida en bandera de una Albania que se sacudía cinco siglos de dominio otomano. Skanderbeg sigue siendo venerado, y el museo dedicado a su figura en su antiguo bastión de Krujë es uno de los más visitados y conocidos del país.

El caudillo albanés representado en el museo dedicado a él en Krujë.

Foto: Alamy / ACI

Este artículo pertenece al número 220 de la revista Historia National Geographic.

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