Yihad en tiempo de cruzadas

La secta de los asesinos

Enviados por el Viejo de la Montaña, sicarios 'hashashin' mataron a muchos de sus enemigos, tanto musulmanes como cristianos.

Esta miniatura muestra el ataque mortal contra Nizam al-Mulk, visir del sultán selyúcida. Palacio Topkapi, Estambul.

Esta miniatura muestra el ataque mortal contra Nizam al-Mulk, visir del sultán selyúcida. Palacio Topkapi, Estambul.

Foto: AKG / Album

El 28 de abril de 1192, días después de haber sido elegido rey de Jerusalén y en plena tercera cruzada (1189-1192), Conrado de Montferrato atravesaba las calles de Tiro de vuelta a su morada tras haber comido con el obispo de Beauvais. En el trayecto, tanto él como sus guardaespaldas fueron asaltados por dos individuos vestidos de monjes, quienes con sus dagas asestaron al rey electo sendas puñaladas mortales. Los dos agresores no eran freires pertenecientes a una orden militar, sino miembros de una misteriosa secta musulmana: los nizaríes, comúnmente conocidos como hashishiyin o «asesinos».

Cronología

Asesinos en Tierra Santa

1092

Nizam al-Mulk, visir del sultán selyúcida, es asesinado en Persia por un comando de seguidores de Hasan-i al-Sabbah.

1162

Llega a Siria Rashid al-Din Sinan, el Viejo de la Montaña. Como líder de los nizaríes ordena dos ataques contra el sultán Saladino, quien logra escapar con vida.

1192

Dos nizaríes disfrazados de monjes matan a puñaladas a Conrado de Montferrato mientras recorre las calles de Tiro. Algunos apuntan como instigador del acto a Ricardo Corazón de León.

1193

Tras la muerte del Viejo de la Montaña, los nizaríes sirios vuelven a quedar bajo la dirección de sus correligionarios persas, hasta la conquista mongol de Alamut en 1256.

Fanáticos, terroristas suicidas, poseedores de un conocimiento secreto, místicos, adictos al cannabis o ciegos seguidores de su maestro... Muchas han sido las representaciones que se han construido de los «asesinos», una imagen mitificada que deriva en gran medida del recuerdo que sus espectaculares acciones dejaron entre los cruzados europeos en Tierra Santa a lo largo de los siglos XII y XIII.

La boda que valió un trono. Conrado, marqués de Montferrato, se casó con Isabel, hija del rey de Jerusalén, en 1190. Arriba, el enlace recreado en una miniatura de la Historia de la guerra santa, de Guillermo de Tiro.

Foto: Historical Views / AGE Fotostock

Los nizaríes fueron un producto de las continuas escisiones que sufrió el Islam en sus primeros siglos de historia. Pertenecientes al campo del Islam chií, que se declaraba continuador de Mahoma a través de la hija de éste, Fátima, estaban visceralmente enfrentados a los poderes basados en el Islam suní, el mayoritario en el mundo musulmán. Los nizaríes procedían de una rama particular del chiísmo, los ismailíes o septimanos, que a principios del siglo X establecieron el califato fatimí en la zona del actual Túnez, en desafío al califato suní de los abbasíes de Bagdad. Unas décadas más tarde, los fatimíes trasladaron su califato a Egipto, con la fundación de la ciudad de El Cairo en 973.

Alí, yerno de Mahoma. Mausoleo de Fátima al-Masuma, Qom.

Foto: Oronoz / Album

Pero cuando los cruzados llegaron a Oriente a finales del siglo XI, el poder fatimí estaba en retroceso, sobre todo a raíz del establecimiento en la región de los turcos selyúcidas, fervientes suníes y que por entonces eran los dueños de hecho del territorio del califato de Bagdad. En 1094 estalló una crisis en la cúspide del poder fatimí. A la muerte del califa al-Mustansir, el visir al-Afdal promovió como sucesor al hijo menor del califa, al-Musali, en perjuicio de su hermano mayor, Nizar, quien parecía más difícil de controlar. Éste se rebeló y fue asesinado en Alejandría en el año 1095, lo que provocó un cisma en los ismailíes y la aparición de una nueva facción, los nizaríes o «asesinos».

Vocación de conquista. Los fatimíes trataron de imponer su califato a todo el mundo musulmán. A la derecha, dos jinetes luchando en una ilustración de época fatimí.

Foto: Science Source / Album

En realidad, el núcleo de esta secta había surgido unos años antes, en torno a un religioso persa llamado Hasan-i al-Sabbah. En su juventud, tras conocer a un misionero fatimí, Hasan se convirtió al ismailismo y luego marchó a Egipto a completar su formación. De vuelta a Persia, difundió la fe ismailí y creó un grupo de seguidores para luchar contra el dominio de los selyúcidas. En 1090, Hasan ocupó el castillo de Alamut, situado en las impenetrables montañas de Elburz, al sur del mar Caspio, que se convirtió en la base territorial de su secta. Desde allí se hizo con el control de una red de fortalezas inexpugnables por toda la geografía persa e iraquí con la que puso en jaque al poder selyúcida. Cuando Nizar fue asesinado, Hasan rompió todos los lazos con los califas fatimíes y proclamó la autonomía del movimiento nizarí.

La capital de los fatimíes. Fundada por los fatimíes, El Cairo alcanzó su máximo esplendor bajo los mamelucos. Al fondo de la imagen, complejo del sultán Qalawun. Siglo XIII.

Foto: Mosamem / AGE Fotostock

El rasgo más conocido de los nizaríes fue la práctica del asesinato de sus rivales mediante acciones de comando cuidadosamente preparadas. Estos ataques tenían para ellos un claro valor religioso, incluso sacramental. Es significativo que los «asesinos» siempre usaran en sus atentados una daga en lugar de cualquier otro tipo de proyectil o veneno. Las fuentes suníes, muchas veces exageradas y con una intencionalidad peyorativa, hablan incluso de que el líder consagraba las armas de sus seguidores, los llamados fidais, literalmente «aquellos que se sacrifican por una causa».

El Próximo Oriente hacia el año 1100.

Cartografía: Eosgis.com

De Alamut a Masyaf

Desde los baluartes de Hasan en las montañas de Elburz, las ideas nizaríes se expandieron por el Próximo Oriente y pronto alcanzaron Siria. Debido a la fragmentación política de los turcos y a la llegada de los cruzados, este territorio se revelaría como un terreno particularmente favorable para la predicación de los nizaríes.

El poder de los nizaríes. Los nizaríes establecieron un verdadero Estado en el Próximo Oriente. Bajo estas líneas, moneda de oro nizarí del siglo XII acuñada en tierras de Siria.

Foto: Bridgeman / ACI

Así, ya a principios del siglo XII encontramos en Alepo a un misionero nizarí conocido como al-Hakim al-Munajjim, «el médico-astrólogo», apodo muy ilustrativo del misterio que rodeaba a estas figuras. Alepo era una ciudad con una importante comunidad chií, y su gobernante, Ridwan, necesitado de apoyo contra sus rivales, no dudó en acoger amablemente a los nizaríes. Este apoyo no tardaría en materializarse: el 1 de mayo de 1103, el dirigente de Homs y enemigo de Ridwan, Janah al-Dawla, moría en la mezquita aljama de la ciudad, acuchillado por un grupo de nizaríes que habían acudido disfrazados de miembros de una orden mística sufí.

Alepo, fortaleza en disputa. Entrada a la ciudadela de Alepo, en Siria, que las tropas de Saladino conquistaron en 1183. Los nizaríes fracasaron en su intento de acabar con la vida de Saladino mientras el sultán asediaba este enclave.

Foto: Tunart / Getty Images

En los años siguientes, tras la muerte de Ridwan y Tughtekin de Damasco, sus primeros protectores en Siria, los nizaríes se vieron obligados a cambiar de estrategia. Decidieron abandonar los núcleos urbanos para instalarse en las montañas, emulando así la táctica llevada a cabo en Persia por Hasan-i al-Sabbah. En 1132 se hicieron con su primera fortaleza, Qadmus, en las montañas de Jabal al-Ansariyya, al noreste de Tartús. Poco después, en torno a 1140, conquistaron Masyaf, el castillo más famoso de los asesinos en Siria, así como numerosas fortificaciones más en la misma región. La posesión de estos bastiones les permitió hacerse con el control de esa zona montañosa y establecer, por primera vez, un territorio autónomo de fácil defensa.

La fortaleza de Alamut estaba situada en este valle de las montañas de Elburz, a más de 2.000 metros de altitud.

Foto: Amirreza Kamkar / SPL / AGE Fotostock

El Viejo de la Montaña

Durante sus primeros decenios de actividad en Siria, los nizaríes atacaron sobre todo a otros musulmanes de confesión suní. En cambio, los choques con cruzados cristianos fueron esporádicos. El primero se produjo en 1106, cuando un grupo de nizaríes tomó el control de la fortaleza de Afamiya, junto a las ruinas de la antigua Apamea, asesinando por sorpresa a su gobernador Khalaf ibn Mulaib. Tancredo de Antioquía, que se encontraba en las proximidades, decidió poner sitio al castillo y logró recuperarlo. Las relaciones con los cristianos también podían ser de colaboración. Así, parece que en 1149 un hashashin kurdo llamado Ali ibn Wafa luchó junto a Raimundo de Antioquía en la batalla de Inab contra Nur al-Din, líder turco que se caracterizó por su lucha tanto contra los cruzados como contra los chiíes. En 1152, Raimundo II de Trípoli se convirtió en el primer gobernante cruzado en morir a causa de las dagas de los nizaríes, presumiblemente debido a su apoyo al establecimiento en la región de los caballeros hospitalarios, fieros enemigos de los «asesinos».

Selyúcidas, el gran poder suní. Los selyúcidas, de obediencia suní, se hicieron con el control de los territorios abbasíes en el Próximo Oriente. Abajo, página de un Corán selyúcida del siglo XI. Museo del Louvre, París.

Foto: Harry Bréjat / RMN-Grand Palais

En 1162, la actividad de los nizaríes en Siria recibió un nuevo impulso con la llegada de Rashid al-Din Sinan, más conocido como «el Viejo de la Montaña». Sinan se convertiría en el más poderoso e influyente líder de los hashishiyin. En sus primeros años como guía de los nizaríes sirios se mantuvo en estrecho contacto con el cuartel general nizarí en Alamut, pero a medida que pasaba el tiempo y su propio poder aumentaba comenzó a reafirmar su independencia.

El Viejo de la Montaña en su Jardín. Según el relato de Marco Polo, entre las delicias del legendario jardín del castillo de Alamut había ríos de leche y miel, jóvenes doncellas y vino. Arriba, miniatura del Libro de las maravillas. Siglo XV. Biblioteca Nacional, París.

Foto: AKG / Album

Con el propósito de asentar su señorío sobre la región, Sinan hizo un esfuerzo por establecer relaciones pacíficas con los cruzados. Alrededor de 1173 envió una embajada al rey Amalarico I de Jerusalén, buscando la suspensión de las hostilidades, aunque la prematura muerte del monarca desbarató el acuerdo. En cuanto a las acciones concretas que llevaron a cabo los nizaríes durante los años siguientes bajo la autoridad del Viejo de la Montaña, conocemos principalmente dos: los atentados contra la vida de Saladino, y el ya mencionado asesinato de Conrado de Montferrato.

Muerte a Saladino

Campeón del yihad y de la ortodoxia suní, Saladino, sultán ayyubí de Egipto y Siria, se erigió como un feroz enemigo y perseguidor de los «herejes» nizaríes. La respuesta de éstos no se hizo esperar: a finales de 1174 o principios de 1175, mientras asediaba Alepo, Saladino sufrió un ataque a manos de los hashishiyin, probablemente en connivencia con Gumushtigin, gobernador de la ciudad sitiada. Los asesinos penetraron en el campamento ayyubí en un frío día de invierno, pero fueron reconocidos y se inició una refriega en la que perdieron la vida varios emires de Saladino y los asaltantes; el sultán, en cambio, salió ileso.

Saladino, el gran sultán de Egipto y Siria. Saladino devino un firme defensor de la ortodoxia suní, luchando contra los cruzados y también contra los nizaríes. Bajo estas líneas, retrato del sultán. Siglo XVI. Galería de los Uffizi, Florencia.

Foto: Dagli Orti / Aurimages

Al año siguiente, Sinan ordenó un nuevo ataque, y, el 22 de mayo de 1176, varios nizaríes disfrazados de soldados atacaron a Saladino con sus dagas mientras asediaba Azaz, localidad al norte de Alepo. Gracias a su armadura, el ayyubí sólo recibió heridas superficiales. Tal fue el impacto que estos sucesos tuvieron sobre el gobernante suní que, durante sus campañas, Saladino comenzó a dormir en una torre de madera especialmente construida para ello.

En busca de venganza, en agosto de 1176 el sultán puso sitio a Masyaf, el gran baluarte nizarí en Siria, pero pronto ordenó la retirada de sus tropas. Lo más probable es que lo hiciera urgido por un ataque cruzado en la llanura del Becá, al este del Líbano, pero las fuentes ismailíes afirman que Saladino abortó la operación debido al terror que los asesinos le inspiraban. Sostienen también que desde entonces el sultán ayyubí se mantuvo en buenos términos con Sinan, hasta el punto de que éste habría mandado un contingente de fidais a combatir junto al sultán en la famosa batalla de Hattin (1187), donde fueron aniquiladas las fuerzas cristianas al mando del rey Guido de Jerusalén.

Masyaf, la gran fortaleza nizarí. A mediados del siglo XII, los nizaríes conquistaron diversos castillos en Siria, entre los que el más emblemático fue el de Masyaf. Edificado sobre un promontorio, funcionó como centro de poder nizarí hasta finales del siglo XIII. La imagen muestra el acceso a la fortaleza.

Foto: J. D. Dallet / AGE Fotostock

Es posible que se produjera algún acuerdo entre el líder nizarí y el suní, pues tras estos sucesos no se conocen más agresiones por parte de los hashishiyin a Saladino. Pero también es evidente que con este discurso los autores ismailíes reivindicaban el papel de su comunidad en el yihad contra los cruzados.

En este sentido, el asesinato de Conrado de Montferrato en 1192 supuso un hito. Ibn Shaddad, autor contemporáneo a los hechos, menciona que, una vez capturados, los asesinos confesaron haber sido instigados por Ricardo Corazón de León, quien en aquellos momentos apuraba su participación en la tercera cruzada. Sin duda, el rey de Inglaterra tenía interés en acabar con el poder de Conrado; no en vano fue un protegido suyo, Enrique de Champaña, quien accedió al trono de Jerusalén en sustitución del asesinado. Otras fuentes, sin embargo, apuntan como responsable a Saladino, quien habría intentado así desestabilizar al bando cruzado. Los propios ismailíes recogerán esta segunda versión, ávidos como estaban de participar en la memoria de la contracruzada.

Ricardo Corazón de Léon. El rey de Inglaterra tuvo una destacada participación en la tercera cruzada. En la imagen (a la izquierda) Ricardo Corazón de León representado en una baldosa del siglo XIII. Museo Británico, Londres.

Foto: Bridgeman / ACI

La última etapa

El asesinato de Conrado fue el último logro de Sinan. El Viejo de la Montaña falleció en torno a 1193, siendo sucedido por un persa llamado Nasr. Bajo el nuevo líder, la autoridad de Alamut se restauró en Siria y permaneció inquebrantable hasta la invasión de los mongoles, acaecida sesenta años más tarde.

Tras la muerte de Sinan, los nizaríes sirios mantuvieron una relación cordial con los ayyubíes sucesores de Saladino, lo que contribuyó a su estabilidad como poder regional y su seguridad. En cambio, se vieron involucrados en alguna que otra turbulenta acción contra los cruzados, en especial contra los templarios y hospitalarios.

Los cruzados se rinden a Saladino tras la batalla de los Cuernos de Hattin. Museo Nacional, Damasco.

Foto: Bridgeman / ACI

Bohemundo IV de Antioquía, en particular, se había vuelto una amenaza para sus posesiones, por lo que en 1213 su hijo Raimundo fue asesinado en la catedral de Tortosa (la actual Tartús, en Siria), lo que llevó a Bohemundo a lanzar un asalto contra la fortaleza nizarí de Khawabi. Parece que los nizaríes incluso llegaron a entablar conversaciones con Luis IX de Francia durante su estancia a mediados del siglo XIII en Tierra Santa para anular un tributo que debían pagar a las órdenes militares. Todo ello muestra hasta qué punto los hashishiyin se habían convertido en una parte reconocida e incluso aceptada en la escena política sirio-palestina.

El fin del poder de los asesinos llegó con la consolidación de dos grandes poderes en auge: los mongoles al este y los mamelucos al oeste. En Persia, el general mongol Hulagu capturó los castillos nizaríes uno tras otro, sorprendentemente con cierta facilidad; en 1256 caía el emblemático Alamut. En Siria, el sultán mameluco Baybars no mostró al principio demasiada animadversión hacia los fidais, e incluso se sirvió de ellos en su lucha tanto contra los mongoles como contra los cruzados. Pero una vez vencidos ambos enemigos decidió no seguir tolerando la presencia de una autoridad independiente en el corazón de su territorio. En 1273, todos los castillos ismailíes en Siria, incluyendo Masyaf, habían capitulado. Desde entonces, la comunidad nizarí se mantuvo como una secta menor en el Próximo Oriente, con escasa influencia política.

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Suníes y chiíes. Los cismas del Islam

Las continuas escisiones y disputas internas en los primeros siglos del Islam tuvieron mucho que ver con la cuestión del liderazgo de la comunidad musulmana, es decir, el califato. Para los suníes, podía ser califa cualquier miembro competente de la tribu de los Quraysh, de La Meca, a la que pertenecía Mahoma, lo que justificó la elección de Abu Bakr como primer sucesor de aquel. Los chiíes, en cambio, consideraban como únicos sucesores legítimos de Mahoma a los descendientes de su hija Fátima y de Alí, primo y yerno del Profeta. Estos sucesores eran los imanes, jefes espirituales dotados de un conocimiento religioso superior (ilm). A mediados del siglo VIII, frente a la corriente mayoritaria del chiísmo –los imamíes o duodecimanos–, se produjeron dos escisiones: los zaydíes, que acabaron radicándose en Yemen, y los ismailíes, de los que a su vez emanarían diversos grupos, entre ellos los nizaríes.

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Origen de un insulto. El mito del hachis

La leyenda de que los fidais nizaríes eran drogados con hachís antes de ser enviados a una misión de la que muy probablemente no regresasen con vida es tan absurda como popular. Aunque el hachís era de uso común en el Próximo Oriente –prueba de ello son los múltiples tratados que existen tanto aprobando como desaconsejando su consumo–, no hay ninguna evidencia en las fuentes islámicas de la época de que fuera utilizado por los ismailíes. Hashishin era un término despectivo aplicado a los nizaríes por los otros musulmanes; significaba «chusma de baja estofa» o «inmoral», sin ninguna referencia al consumo de drogas.

El Viejo de la Montaña con sus discípulos en la fortaleza de Alamut. Ilustración de Las Supersticiones de la Humanidad.

Foto: Mary Evans / Scala, Firenze

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Temibles sicarios. Guerreros en el paraíso

El asesinato de Conrado de Montferrato por los nizaríes en 1192 contribuyó a que se difundiera por Europa la leyenda de este grupo musulmán. Algunos reyes europeos fueron acusados de conspirar con el Viejo de la Montaña para atacar a sus rivales. Así, se alegó que el emperador Federico II había utilizado fidais para asesinar al duque Luis de Baviera en 1231. La inquebrantable lealtad que los ismailíes mostraban a su líder también dio lugar a leyendas muy difundidas en Occidente. El cronista Arnold de Lübeck relata que, para intimidar a sus visitantes, Sinan ordenó a varios de sus devotos que saltaran de las altas almenas de Masyaf. Y Marco Polo afirmó que Hasan-i al-Sabbah daba un bebedizo a los jóvenes que adiestraba en el uso de las armas para adormecerles y que despertaran en un lugar maravilloso. Así les hacía creer que él era un profeta que tenía las llaves del paraíso y obtenía poder absoluto sobre su voluntad.

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Sacrificarse por la fe. Atentados suicidas

Dada su inferioridad numérica frente a los suníes, los chiíes recurrieron muy pronto a los «asesinatos selectivos» como medio de supervivencia; los nizaríes, por su parte, no hicieron más que continuar esa práctica. No obstante, esas acciones tenían también una justificación religiosa basada en el principio del yihad, el esfuerzo que el musulmán realiza en el camino a Dios, en el que se incluye la guerra contra el infiel. Se creía que matar a un enemigo de Dios conducía a la salvación, especialmente si el combatiente moría en el fragor de la batalla, ya que era considerado un mártir y accedía al paraíso. Se contaba que la madre de un fidai, cuando le anunciaron que su hijo había sufrido el martirio en el transcurso de su misión, se puso a celebrarlo, y que al enterarse de que en realidad había sobrevivido comenzó el luto.

Este artículo pertenece al número 218 de la revista Historia National Geographic.

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