Personajes legendarios

Samuráis, héroes del antiguo Japón

Los samuráis fueron una élite militar que dominó Japón durante siglos. De su seno surgieron guerreros extraordinarios, cuyas hazañas se recuerdan todavía hoy.

Duelo de samuráis

Foto: DEA / Album

En un inicio, los samuráis japoneses eran sencillamente guerreros parecidos a los que podríamos encontrar en cualquier otro lugar del mundo, pero con el paso del tiempo fueron adoptando unas características que los harían únicos. En parte mito y en parte realidad, se trata de personajes muy atrayentes, por lo que gozan de una gran fama tanto en Japón como en el resto del mundo, aunque lo cierto es que suele conocerse mucho más la parte de mito que la real. Los samuráis existieron durante unos mil años, y en este tiempo gobernaron el país a lo largo de siete siglos, de forma que marcaron el pasado e incluso el presente de Japón.

Adorno de kimono

Adorno de kimono

Este nestsuke, o adorno para kimono masculino, representa una escena de la historia del famoso samurái Minamoto Yoshitsune. Pieza de marfil. Museo Ashmolean, Oxford.

 

Foto: Dagli Orti / Aurimages

Cronología

Los amos de Japón

1185

Con el final de la guerra Genpei, Minamoto Yoritomo funda el primer shogunato, el de Kamakura. Se inician casi 700 años de gobierno samurái.

1336

Tras la caída del shogunato Kamakura y un breve interludio imperial de tres años, comienza el segundo shogunato, establecido por Ashikaga Takauji.

1588-1592

El gobierno de Toyotomi Hideyoshi establece una serie de políticas que regulan quién y cómo puede ser considerado samurái

1603

Tokugawa Ieyasu funda el tercer y último shogunato de la historia de Japón (shogunato Tokugawa), que durará unos 250 años.

1868

Con la Restauración Meiji cae el shogunato Tokugawa, y con él desaparecen la clase social de los samuráis y todos sus privilegios.

Aun después de su desaparición como grupo social a finales del siglo XIX, los samuráis han conservado una gran popularidad en la sociedad japonesa. La literatura, el cine, las series de televisión y los cómics, pero también la escuela, han hecho familiares entre los japoneses a numerosos samuráis del pasado, como Takeda Shingen y Uesugi Kenshin (grandes señores del período de guerras civiles en el siglo XVI); Oda Nobunaga y Tokugawa Ieyasu, unificadores del país –junto a Toyotomi Hideyoshi– entre los siglos XVI y XVII; el célebre espadachín y duelista del siglo XVII Miyamoto Musashi, o Sakamoto Ryoma y Saigo Takamori, dos figuras trágicas de los años de la transición a la modernización de Japón.

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Foto: AKG / Album

Uno de los personajes históricos más conocidos y estimados por los japoneses aún en la actualidad es Minamoto Yoshitsune (1159-1189). Su padre murió derrotado durante la llamada rebelión Heiji, en 1160, y su familia fue ejecutada, como era habitual en la época. Sin embargo, a dos de sus hermanos y a él mismo, que sólo tenía un año de edad, les fue perdonada la vida, pero fueron separados y desterrados. No sabemos casi nada acerca de su infancia y juventud, aparte de leyendas como la de que fue entrenado por los tengu –una especie de duendes del bosque, mitad cuervos, expertos luchadores– y que por eso fue tan hábil en el combate o diseñando estrategias de batalla.

Un héroe del siglo XII

En 1180 estalló la guerra Genpei, en la que se enfrentaron el clan Minamoto, liderado por su hermano mayor, y el de los Taira, el mismo que había acabado con su padre. Durante los cinco años que duró el conflicto, y mientras su hermano Yoritomo permanecía en su cuartel de Kamakura, Yoshitsune dirigió los ejércitos del clan en el campo de batalla y se reveló como un magnífico estratega, obteniendo victorias decisivas como sucedió en la batalla de Awazu (1184), en el sorprendente ataque a la fortaleza de Ichi no Tani (1184), en el asalto a la ciudad de Yashima (1185) o en la gran batalla con la que se puso fin a la guerra, la de Dan no Ura (1185).

Yoshitsune había ganado la guerra Genpei para su hermano Yoritomo, pero cuando éste se convirtió en shogun –gobernante militar–, una de sus primeras medidas fue purgar a todo aquel que pudiera hacerle sombra dentro de su clan, empezando por su propio hermano Yoshitsune, que gozaba de gran popularidad y reputación debido a su brillante papel en la guerra. Tras evitar un primer ataque de las tropas enviadas por Yoritomo para matarlo, Yoshitsune buscó refugio en el norte del país. En 1189, viéndose arrinconado por un gran ejército, acabó con su vida antes de ser atrapado.

Templo de Kannon

Templo de Kannon

El templo de Kannon se encuentra cerca de Tokio, en la ciudad de Kamakura, el lugar donde Minamoto Yoshitsune tuvo su cuartel general. 

 

Foto: Alamy / ACI

En torno a este trágico final surgió una leyenda, carente de toda veracidad, según la cual Yoshitsune no murió como hemos explicado aquí, sino que logró escapar de los ejércitos enviados para acabar con él, se marchó hacia el norte y navegó al continente asiático, donde tomó un nuevo nombre por el que acabaría siendo mundialmente conocido: Gengis Kan.

La mujer samurái

A lo largo de los mil años de historia de los samuráis vemos muy pocos nombres propios femeninos, que suelen corresponder a la mujer, la madre o la hija de algún samurái importante. Hubo, sin embargo, mujeres que participaron en batallas –tal y como recientes trabajos arqueológicos japoneses están revelando–, sobre todo en los períodos más antiguos, antes de que la llegada del confucianismo chino relegase a la mujer al entorno doméstico.

Sin duda alguna, la más famosa de todas estas mujeres guerreras, las llamadas onna bugeisha, fue Tomoe Gozen (h. 1157-h. 1247). Era hermana de un samurái conocido, Imai Kanehira, y esposa o concubina –las fuentes no se ponen de acuerdo– del aún más conocido Minamoto Yoshinaka. Pero Tomoe ha pasado a la historia por sus propios méritos en el campo de batalla. Una de las más famosas crónicas de guerra japonesas, el Heike Monogatari, dice de ella: «Tanto en combates de caballería como de infantería destacaba como un guerrero igual a mil. Con una espada en la mano podía enfrentarse a cualquiera de los demonios y dioses […]. Fueron muchas las batallas en las que esta amazona se cubrió de gloria».

Castillo de Himeji

Castillo de Himeji

En el castillo de Himeji, situada en la costa al oeste de Kioto, vivió Toyotomi Hideyoshi, uno de los samuráis más famosos de la historia; un hombre de clase baja que gracias a sus méritos llegó a la cumbre del escalafón social. 

 

Foto: Ian Trower / AWL Images

Tomoe combatió en la guerra Genpei. Participó en la decisiva batalla de Kurikara (1184), con la que los Minamoto se hicieron con la capital del país, Kioto, y empezaron a desequilibrar la balanza de la guerra a su favor. También combatió en la batalla de Awazu (1184), donde su facción cayó derrotada ante las tropas de Yoshitsune. Sabemos que allí Tomoe acabó con la vida de algunos samuráis de renombre, pero no tenemos certeza de lo que sucedió después. Algunas fuentes afirman que, al igual que su hermano y su marido, Tomoe murió en esa batalla, pero la mayoría coincide en que escapó con vida y decidió convertirse en monja, llevando una existencia tranquila hasta el final de sus días.

De rebelde a héroe nacional

Hacia principios del siglo XIV, el shogunato que habían fundado los Minamoto estaba en decadencia, y en 1331 el emperador Go-Daigo organizó un complot para acabar con él, aliándose con algunos señores samuráis descontentos con el gobierno. Uno de ellos fue Kusunoki Masashige (1294-1336), quien, junto a Nitta Yoshisada y Ashikaga Takauji, hizo caer al gobierno Kamakura en 1333. El emperador Go-Daigo formó entonces el suyo propio, en lo que se conoce como la Restauración Kenmu. Sin embargo, apenas tres años después Ashikaga Takauji, sintiéndose relegado, se alzó contra el emperador junto con otros clanes samuráis igualmente descontentos con el nuevo gobierno imperial.

Templo Korin-In

Templo Korin-In

El santuario budista de Korin-In, perteneciente al complejo de templos de Daitoku-ji (templo de la Gran Virtud), se encuentra en la ciudad de Kioto.

 

Foto: Alamy / ACI

Pero no todos los samuráis dieron la espalda a Go-Daigo. Kusunoki se mantuvo fiel al emperador y se convirtió en uno de sus hombres de confianza. Cuando los ejércitos de Ashikaga se acercaban a la capital, diseñó una estrategia –algo en lo que era especialmente brillante– que consistía en replegarse temporalmente en la zona del monte Hiei, pero Go-Daigo no estuvo de acuerdo y le ordenó salir al encuentro del enemigo en un ataque frontal y directo. Kusunoki, pese a estar convencido de que esto supondría una derrota segura y de que jamás volvería del campo de batalla, reunió a sus tropas y se dispuso a obedecer las órdenes del emperador. Tras sólo cinco horas de combate la derrota era patente y los pocos supervivientes, entre ellos el propio Kusunoki, optaron por suicidarse antes de caer en manos del enemigo.

Casco

Casco

Casco samurái perteneciente a la familia Honda. Museo Stibbert, Florencia.

Foto: DEA / Album

Ashikaga Takauji tomó Kioto y formó su propio gobierno, el segundo de los shogunatos de la historia de Japón, y, obviamente, la figura de Kusunoki Masashige fue considerada la de un rebelde y un traidor. Sin embargo, más de cinco siglos después, ya en el moderno período Meiji (1868-1912), con la –supuesta– restauración del emperador como máximo mandatario del país, Kusunoki fue rescatado del olvido y rehabilitado como un perfecto ejemplo de lealtad incondicional al gobierno imperial. Más aún, unas décadas después, con el auge del militarismo japonés en la década de 1930 y, sobre todo, con la entrada de Japón en la Segunda Guerra Mundial, esta exaltación de la figura de Kusunoki fue llevada aún más allá y se convirtió en una fuente de inspiración para los jóvenes soldados japoneses y, en especial, para los pilotos kamikaze que, como Kusunoki, se lanzaban a una muerte segura por lealtad al emperador.

El Napoleón japonés

Tras el largo período del shogunato Ashikaga (1333-1576), caracterizado por la debilidad del poder central, un señor regional, Oda Nobunaga, inició la reunificación del país antes de su muerte en 1582. Lo sucedió uno de sus generales, que pasaría a la historia como Toyotomi Hideyoshi (1537-1598) pese a que había nacido sin apellido por ser hijo de un campesino. La suya fue una vida increíble, única en una historia japonesa dominada siempre por las aristocracias guerreras o cortesanas –actualmente políticas– asociadas a un puñado de apellidos ilustres. Hideyoshi no sólo pudo acceder a esas dos aristocracias, sino que se sentó cómodamente en su cúspide. Aunque de niño trabajó para el clan Oda realizando tareas domésticas, ello no impidió que llegara a ser uno de los generales de confianza de Nobunaga y se convirtiera en señor de varias de las provincias que conquistó para él.

Tras la muerte de Oda Nobunaga, sorprendido por un enemigo en un templo de Kioto, Hideyoshi fue capaz de vengarlo en dos semanas, controlar el clan y conquistar en menos de diez años –y casi siempre por la vía diplomática– los dos tercios restantes de Japón. Con el país bajo su control, Hideyoshi se lanzó a la conquista de China, haciéndose con Corea por el camino, en un proyecto que no salió bien, pero que no fue una locura tan impensable como nos pueda parecer mirando un mapa.

Espadas

Espadas

Sobre estas líneas, espadas samuráis de diferentes tipos: una han-dachi, del siglo XIV; una wakizashi, del período Edo, entre los siglos XVII y XIX, y una aikuchi, del siglo XVI. 

 

Foto: Scala / Firenze

En cierto sentido, Toyotomi Hideyoshi fue el hombre más poderoso de su época –la misma en la que vivió Felipe II– y quien, como heredero de Oda Nobunaga, sentó las bases del Japón que vendría después, el del shogunato Tokugawa (1603-1868). De hecho, si la historia no fuese una disciplina tan eurocéntrica, todo esto que hemos explicado ya lo sabría el lector, porque Toyotomi Hideyoshi sería tan conocido por el público general como Napoleón.

El samurái intelectual

No todos los samuráis se labraron un nombre por sus logros en el campo de batalla. Desde 1615 y hasta 1868, Japón vivió una paz casi absoluta, sin guerras ni conflictos más allá de las esporádicas rebeliones campesinas. Esta situación contrastaba con la existencia de una clase social hereditaria de guerreros, que además cobraban un sueldo público independientemente de sus quehaceres.

Gracias a su posición social, su tiempo libre y su nivel de educación, durante estos pacíficos siglos muchos samuráis se convirtieron en los intelectuales de su tiempo. No es de extrañar, por tanto, que cuando, tras la Restauración Meiji de 1868, la clase samurái dejó de existir y el país se adentró vertiginosamente en la modernidad, la intelectualidad estuviese también formada por esa última generación de samuráis, nacidos y criados bajo aquellas privilegiadas condiciones.

De todos ellos hay que destacar a Fukuzawa Yukichi (1850-1901), un influyente escritor, periodista y, sobre todo, filósofo político. Nacido en una familia samurái, aunque de bajo rango, Fukuzawa fue enviado de muy joven a estudiar a la ciudad de Nagasaki, donde los holandeses tenían una base comercial que constituyó el único punto de contacto entre Europa y Japón durante más de dos siglos.

Batalla campal

Batalla campal

Esta litografía en color muestra un grupo de samuráis lanzándose al combate durante la batalla del paso de Shizugatake, en 1583, entre partidarios de Toyotomi Hideyoshi y Oda Nobunaga.

 

Foto: Bridgeman / ACI

Allí se dedicó a lo que se conocía como «estudios holandeses», que en realidad eran estudios occidentales. Con la apertura forzosa de Japón al resto del mundo a mediados del siglo XIX, Fukuzawa descubrió que el idioma global era el inglés, y no el holandés, por lo que empezó a estudiarlo inmediatamente. En 1860 fue enviado por el shogunato Tokugawa en viaje de estudios por Estados Unidos y Europa, y al regresar plasmó lo aprendido en varios libros que se convirtieron en auténticos best sellers, con lo que Fukuzawa fue considerado por los japoneses el gran experto en cultura occidental del país.

Fukuzawa defendía la necesidad de un nuevo tipo de educación, que debía alejarse del confucianismo chino y ser mucho más pragmática si Japón deseaba equipararse a las potencias occidentales. Por ello fundó una escuela que acabaría convirtiéndose en la Universidad Keio, la más importante universidad privada del país aún en la actualidad. También puso en marcha su propio periódico, en el que publicó la mayoría de sus textos sobre todo tipo de temas: desde política nacional e internacional, educación o economía hasta derechos de la mujer, siempre con gran impacto en el Japón de su época.

Tsuba

Tsuba

Tsuba o guarda de espada en forma de serpiente. Período Edo. Siglo XVIII. Museo de Arte Oriental, Génova.

Foto: Album
La puerta de los Truenos

La puerta de los Truenos

En Asakusa, un distrito de Tokio, capital de Japón desde 1868, se alza la monumental Puerta de los Truenos, original del siglo X, llamada Kaminarimon o «la puerta de los truenos».

 

Foto: Jui-Chi Chan / Alamy / ACI

La figura de Fukuzawa contrasta vivamente con la de Saigo Takamori, adalid de los valores tradicionales de los samuráis, que en 1877 encabezó una desesperada revuelta contra el nuevo Estado Meiji y su política de occidentalización. En cambio, Fukuzawa fue un decidido partidario de ponerse a la altura de las potencias occidentales como única forma de sobrevivir a su voraz colonialismo, hasta el punto de que a menudo se le ha acusado de propiciar el propio colonialismo japonés posterior, aunque él mismo desterraba esas ideas en sus textos. Quizá la mejor muestra de su éxito la constituye el billete de diez mil yenes, el de mayor valor, cuyo anverso estuvo adornado, entre 1984 y 2007, por un retrato suyo.

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Dispuesta a morir

Tomoe Gozen

Tomoe Gozen

Grabado que recrea, armada y montada en su caballo, a Tomoe Gozen que luchó con el clan Minamoto. Siglo XVIII.

Foto: Bridgeman / ACI

En El cantar de Heike (Heike Monogatari) se explica cómo entre los guerreros que acompañaban al general Minamoto Yoshinaka en la batalla de Awazu (1184) había una mujer, Tomoe Gozen. Al quedarse prácticamente sin soldados, Kiso instó a Tomoe a que se salvara: «Eres una mujer. Debes aprovechar este momento y huir ahora mismo». Tomoe accedió, pero al alejarse decía: «¡Ay, cómo me gustaría enfrentarme a un enemigo honroso! Así le mostraría a mi señor cómo lucho en mi último combate». Justo entonces apareció un samurái «famoso por su fuerza» acompañado por 30 hombres. «Tomoe se lanzó contra él, lo agarró [...] y, sin darle tiempo a reaccionar, sacó su espada y le cortó la cabeza. Después huyó a galope hacia las provincias del este».

Servir siete vidas

El famoso

El famoso

El famoso samurái Kusunoki Masashige se despide de su hijo Masatsura. Grabado en madera. 1775-1794.

Foto: Alamy / ACI

Tras despedirse de su hijo, en una escena que inspiraría un himno patriótico cantado en los colegios japoneses hasta 1945 («Tú, hijo mío...»), Kusunoki Masashige se dirigió a una batalla decisiva contra el bando de los Ashikaga, en el río Minato (1336). Sus fuerzas eran muy inferiores en número y fueron aplastadas. Cubierto de heridas, Masashige huyó con su hermano; ambos se refugiaron en una granja y decidieron suicidarse. Antes, Masashige preguntó a Masasue cuál era su último deseo. «Renacer siete veces en este mundo de hombres para destruir a los enemigos de la corte», respondió éste. La frase «servir al emperador durante siete vidas», atribuida a Masashige, se convirtió en un célebre eslogan patriótico en el siglo XX.

Superar el pasado

Fukuzawa Yukichi

Fukuzawa Yukichi

Fukuzawa Yukichi. Fotografía del famoso samurái vestido con un kimono tradicional y llevando una espada wakizashi. 1862.

Foto: Bridgeman / ACI

Al igual que Fukuzawa, en el siglo XIX muchos samuráis adoptaron los métodos de Occidente. Un ejemplo ilustrativo es el de Togo Heihachiro. Hijo de un samurái al servicio de un daymio o señor regional, en 1863 Togo participó en la resistencia japonesa frente a un bombardeo de la Armada británica contra Kagoshima, pero eso no impidió que luego fuera a Inglaterra a estudiar ciencia naval. A su vuelta se convirtió en el almirante más prestigioso de Japón y el héroe de la victoria nipona frente a Rusia en Port Arthur en 1905. Togo daba órdenes a sus comandantes con una espada samurái encima de la mesa, dando a entender que si eran derrotados deberían hacerse el seppuku o hara kiri.

Para saber más

El seppuku, la despedida del samurái

El seppuku, la sangrienta despedida del samurái

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Este artículo pertenece al número 195 de la revista Historia National Geographic.