Mitos fundacionales

Rómulo y Remo: el legendario origen de la ciudad de Roma

Mary Beard, sobresaliente investigadora y divulgadora de la historia de la antigua Roma, llega a Historia National Geographic y en esta primera entrega reflexiona sobre la violencia que late en los mitos fundacionales de los romanos.

El Foro de Roma

El Foro de Roma

El Foro de Roma. En el centro de la imagen, las columnas del Templo de Saturno y, a la izquierda el Arco de Septimio Severo.

Alamy / ACI

Mary Beard, sobresaliente (y apasionada) investigadora y divulgadora de la historia de la antigua Roma, reflexiona en este artículo sobre la violencia que late en los mitos fundacionales de los romanos. Y es que la historia de Rómulo (el primer rey de la ciudad) y su gemelo Remo incluye hechos como la violación, el fratricidio o el secuestro. El punto de partida de la autora es la reunión del Senado que el cónsul Marco Tulio Cicerón –famoso orador, político, filósofo y escritor– convocó en el templo de Júpiter para denunciar la conjura tramada por Lucio Sergio Catilina –un aristócrata descontento y arruinado– a fin de hacerse con el poder. Catilina asistió a esa reunión, y Cicerón lanzó contra él una requisitoria cuyo comienzo ha pasado a la historia: «¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?». Josep Maria Casals. Director de Historia National Geographic

Según una tradición romana, Rómulo, el fundador de Roma, fue quien había erigido siete siglos antes el templo de Júpiter donde Cicerón arengó a Catilina el 8 de noviembre del año 63 a.C. Rómulo y los nuevos ciudadanos de su diminuta comunidad luchaban contra sus vecinos, un pueblo conocido como los sabinos, en el emplazamiento que más tarde se convertiría en el Foro, el centro político de la Roma de Cicerón. Las cosas iban mal para los romanos, que se vieron obligados a retirarse. En un último intento por alcanzar la victoria, Rómulo rezó al dios Júpiter; de hecho, no solo a Júpiter, sino a Júpiter Stator, «Júpiter que mantiene firmes a los hombres». Rómulo le prometió al dios que si los romanos resistían la tentación de huir para salvar la vida y defendían su posición contra el enemigo, como agradecimiento le construiría un templo. Así ocurrió, y el templo de Júpiter Stator fue erigido en aquel mismo lugar, el primero de una larga serie de santuarios y templos de la ciudad construidos para conmemorar la ayuda divina que garantizó la victoria militar de Roma.

 

En el corazón de Roma

En el corazón de Roma

En el corazón de Roma. El arquitecto y arqueólogo francés Jean-Claude Golvin recreó en esta imagen la colina del Capitolio en el siglo IV d.C. con los templos que se levantaban en su cima, presididos por el dedicado a Júpiter Óptimo Máximo. 

Jean-Claude Golvin. Musée Départemental Arles Antique. ©Jean-Claude Golvin/Éditions Errance

 

Cronología

Ciudad, reino, imperio 

753 a.C.

Fecha tradicional de la fundación de Roma por Rómulo.

753-509 a.C.

Monarquía en Roma. Se suceden siete soberanos.

509 a.C.

Fecha tradicional de la fundación de la República romana.

63 a.C.

Cicerón denuncia la conjuración de Catilina.

44 a.C.

Asesinato de Julio César en los idus de marzo.

27 a.C.

Octaviano, hijo adoptivo de César, toma el título de Augusto.

 

El nuevo Rómulo

Esta es la historia que cuentan Livio y otros escritores romanos. Los arqueólogos no han conseguido identificar de forma fehaciente ningún resto de este templo, que en cualquier caso, en tiempos de Cicerón, debió de estar muy reconstruido, sobre todo si sus orígenes se remontaban a los comienzos de Roma. Pero no cabe la menor duda de que cuando decidió convocar al Senado en aquel lugar, Cicerón sabía exactamente lo que hacía. Tenía en mente el precedente de Rómulo y utilizaba aquella ubicación como alusión. Quería que los romanos permanecieran inquebrantables («se mantuvieran firmes») frente a su nuevo enemigo, Catilina. De hecho, dijo casi exactamente estas mismas palabras al final de su discurso, cuando –sin duda señalando la estatua del dios– apeló a Júpiter Stator y recordó a su audiencia la fundación del templo:

 

Y tú, Júpiter, que fuiste consagrado por Rómulo el mismo año que esta ciudad, el dios de quien, con razón, decimos que mantiene firme la ciudad y el imperio; tú mantendrás a este hombre y a sus secuaces lejos de tu templo y de los templos de los otros dioses, de las casas de los hombres de esta ciudad y de sus murallas, de las vidas y del destino de todos los ciudadanos de Roma

 

 

Padre de la Patria

Padre de la Patria

Padre de la Patria. La derrota de Catilina supondría una notable victoria
para Cicerón, que recibió el título de pater patriae o «padre de la patria», uno de los más satisfactorios que se podían ostentar en una sociedad tan patriarcal como la romana. Busto de Cicerón. Escultura de época Flavia, copia de un original del siglo I a.C. Galería de los Uffizi, Florencia.

RMN-Grand Palais

 

El papel que Cicerón se adjudicaba como nuevo Rómulo no cayó en saco roto entre los romanos de su tiempo, y la conexión podía rebotar: algunos la usaron como una excusa para burlarse de sus orígenes en una pequeña población llamándolo «el Rómulo de Arpino».

Era un clásico llamamiento romano a los padres fundadores, a los emotivos relatos de la Roma arcaica y al momento en que nació la ciudad. Incluso ahora, la imagen de una loba amamantando a Rómulo y a su hermano gemelo Remo señala los orígenes de Roma. La famosa estatua de bronce de esta escena es una de las obras de arte romano más copiada y reconocible al instante, decora miles de postales de recuerdo, mantelitos, ceniceros e imanes para la nevera, y aparece por toda la ciudad moderna como emblema del club de fútbol de Roma.

 

La loba capitolina

La loba capitolina

La loba capitolina. Fuera cual fuere la fecha exacta de realización de la loba, los gemelos son posteriores: se añadieron  en el siglo XV para plasmar de forma explícita el mito fundacional. La loba capitolina se convirtió así en símbolo de la Romanidad, y en el siglo XX Mussolini se encargó de copiar y distribuir el grupo a lo largo y ancho de Italia. El conjunto se conserva en los Museos Capitolinos, en Roma.

Brian Jannsen / Alamy / ACI

 

Debido a la familiaridad de esta imagen es fácil dar a la historia de Rómulo y Remo –o Remo y Rómulo, para darles el orden romano habitual– demasiada credibilidad y olvidar que es una de las «leyendas históricas» más antiguas de la fundación de una ciudad en cualquier período y de cualquier lugar del mundo. E indudablemente se trata de un mito o leyenda, aunque los romanos la asumieran, a grandes rasgos, como historia. La loba alimentando a los gemelos es un episodio sumamente extraño en un relato tan peculiar; incluso los autores antiguos mostraban a veces un sano escepticismo ante la oportuna aparición de un animal lactante para amamantar a la pareja de bebés abandonada. El resto del relato es una extraordinaria mezcla de detalles desconcertantes: no solo la insólita idea de tener dos fundadores (Rómulo y Remo), sino también de elementos decididamente poco heroicos, desde el asesinato, pasando por la violación y el rapto, hasta el hecho de que el grueso de los primeros ciudadanos de Roma fueran criminales y fugitivos.

 

Un relato con múltiples versiones

Estos desagradables aspectos han sorprendido tanto a algunos historiadores modernos que han sugerido que toda esta historia debió de ser urdida en forma de antipropaganda por los enemigos y las víctimas de Roma, amenazados por su agresiva expansión. No obstante, esta explicación no deja de ser un intento harto ingenioso, por no decir desesperado, de explicar las rarezas del relato, pero elude el aspecto más importante. Dondequiera y cuandoquiera que se originase, los escritores romanos nunca dejaron de contar una y otra vez la historia de Rómulo y Remo ni de debatirla. Había mucho más en juego que la simple cuestión de cómo se formó la ciudad. Mientras se agolpaban en el viejo templo de Rómulo para escuchar al nuevo «Rómulo de Arpino», los senadores sin duda eran conscientes de que la historia de la fundación suscitaba preguntas todavía más acuciantes: qué significaba ser romano, qué características especiales definían al pueblo romano y, no menos apremiante, qué defectos y fallos habían heredado de sus antepasados.

 

 

El mito del origen de Roma

El mito del origen de Roma

El mito del origen de Roma. El pastor Fáustulo descubre a Rómulo y Remo amamantados por una loba. Contemplan la escena Rea Silvia, madre de los niños, y el dios del Tíber. Óleo por Rubens. 1612. Museos Capitolinos, Roma.

Tony Querrec / RMN-Grand Palais

 

Para entender a los antiguos romanos es necesario comprender de dónde creían ellos que venían y analizar detalladamente la importancia de la historia de Rómulo y Remo y de los principales temas, sutilezas y ambigüedades en otros relatos fundacionales. Los gemelos no fueron los únicos candidatos para ser los primeros romanos. A lo largo de gran parte de la historia de Roma, la figura del héroe troyano Eneas, que huyó a Italia para fundar Roma y hacer de ella la nueva Troya, ocupó también un lugar prominente.

 

El otro origen de Roma

El otro origen de Roma

El otro origen de Roma. El príncipe Eneas abandona Troya en llamas, con su su padre Anquises y su hijo Iulo, el ancestro mítico de los Julios. Escultura por R.-G. Dardel. 1786. Louvre, París.

H. Lewandowski / RMN-Grand Palais

 

Y no es baladí tratar de ver qué subyace detrás de estas historias. «¿Dónde empezó Roma?» es una pregunta que se ha revelado casi tan seductora y sugerente para los estudiosos modernos como para sus antiguos predecesores. La arqueología ofrece un esbozo de la antigua Roma muy diferente de la que presentan los mitos romanos. Una Roma sorprendente y a menudo enigmática y polémica. Incluso la famosa loba de bronce es sometida a intenso debate. ¿Es, como se suele creer, una de las primeras obras de arte romano que se ha conservado? ¿O es en realidad, como sugiere un reciente análisis científico, una obra de arte medieval? En cualquier caso, las excavaciones realizadas bajo el suelo de la ciudad moderna a lo largo de los últimos cien años más o menos han desenterrado unos pocos restos, que se remontan aproximadamente a 1000 a.C., de la diminuta aldea junto al río Tíber que finalmente se convertiría en la Roma de Cicerón.

No hay una única historia de Rómulo. Hay docenas de versiones diferentes del relato, a veces incompatibles. Una década después del enfrentamiento con Catilina, Cicerón escribió una versión en su tratado Sobre el Estado. Como muchos políticos después de él, se refugió en la teoría política (pontificando pomposamente) cuando su propio poder empezó a declinar. Aquí, en el contexto de un debate filosófico mucho más extenso acerca de la naturaleza del buen  gobierno, abordó el tema de la historia de la «constitución» romana desde sus comienzos. Pero tras una sucinta introducción al relato –en el que evitó el embarazoso asunto de si Rómulo era realmente hijo del dios Marte mientras sembraba dudas sobre otros elementos fabulosos de la historia–, se enfrascó en una discusión acerca de las ventajas geográficas del emplazamiento elegido por Rómulo para su nuevo asentamiento.

 

El monte Palatino

El monte Palatino

El monte Palatino. La ilustración muestra su posible aspecto antes de la fundación de Roma propiamente dicha. Vemos la parte meridional de la colina, llamada también monte Germalo, de laderas escarpadas. Al pie de una escalinata que llevaba a la cima estaba la cueva de Fáustulo, donde, según la tradición, el pastor de este nombre halló a Rómulo y Remo amamantados por la loba.

Ricostruzione illustrativa Inklink Musei - Direzione scientifica A.Carandini e P.Brocato

 

«¿Cómo pudo Rómulo –escribe Cicerón– haber explotado más espléndidamente las ventajas de estar cerca del mar, evitando al mismo tiempo sus desventajas, que ubicando la ciudad en las márgenes de un río inagotable que fluye incesantemente hacia el mar por su ancho cauce?». El Tíber, explica, facilitaba la importación de provisiones desde el exterior y la exportación de los excedentes locales; y las colinas sobre las que se construyó la ciudad no solo proporcionaban una defensa ideal contra ataques enemigos, sino también un entorno sano en el que vivir en medio de una «región pestilente». Era como si Rómulo hubiera sabido que un día su fundación llegaría a ser el centro de un gran imperio. 

Cicerón hace gala aquí de un buen sentido geográfico, y muchos otros han señalado después la posición estratégica del emplazamiento, que ofrecía una ventaja sobre los rivales locales. No obstante, corre patrióticamente un tupido velo sobre el hecho de que, a lo largo de la Antigüedad, el «río inagotable» también convirtió a Roma en víctima propiciatoria de sus devastadoras inundaciones y que, a pesar de las colinas, «la peste» (o malaria) fue una de las plagas más mortíferas para los habitantes de la antigua ciudad (y siguió siéndolo hasta finales del siglo XIX).

La de Cicerón no es la versión más conocida de la historia de la fundación. La que sustenta la mayoría de relatos modernos se remonta en lo esencial a Livio. Es sorprendente, para un escritor cuya obra sigue siendo tan importante para nuestra comprensión de la Roma arcaica, lo poco que se sabe de «Livio el hombre»: era originario de Patavium (Padua), en el norte de Italia, empezó a escribir su compendio de la historia de Roma en la década de los años 20 a.C. y tenía relaciones lo bastante estrechas con la familia imperial como para animar al futuro emperador Claudio a dedicarse a escribir historia. Es inevitable que la historia de Rómulo y Remo ocupe un lugar prominente en su primer libro, con más bien poca geografía y una narración bastante más colorida que la que nos ofrece Cicerón. Livio empieza con los gemelos, después prosigue rápidamente con el relato hasta los posteriores éxitos de Rómulo en solitario, como fundador y primer rey de Roma.

 

La epopeya de Roma

La epopeya de Roma

La epopeya de Roma. El historiador Tito Livio refiere la historia de Rómulo y Remo en su obra Ab urbe condita (Historia de Roma desde su fundación). Arriba, Livio en un grabado del siglo XIX, por Hinchliff.

Scala, Firenze

 

Asesinato

Los niños, explica Livio, habían nacido de una sacerdotisa virgen de nombre Rea Silvia en la ciudad italiana de Alba Longa, en las colinas Albanas, justo al sur del posterior emplazamiento de Roma. La sacerdotisa no había accedido al cargo virginal libremente, sino que había sido obligada a ello tras una lucha intestina por el poder que convirtió a su tío Amulio en rey de Alba Longa después de expulsar a su hermano, Numitor, padre de Rea Silvia. Amulio utilizó entonces la tapadera del sacerdocio, un aparente honor, para evitar la incómoda aparición de cualquier heredero y rival descendiente del linaje de su hermano. No obstante, esta precaución falló, porque Rea Silvia no tardó en quedar embarazada. Según Livio, ella aseguraba que el dios Marte la había violado. Livio se muestra al respecto tan escéptico como Cicerón; Marte, sugiere, pudo haber sido un cómodo pretexto para ocultar una aventura enteramente humana. Otros, sin embargo, escribieron con total seguridad acerca de un falo incorpóreo que surgió de las llamas del fuego sagrado que Rea Silvia tenía la misión de cuidar.

Rómulo y Remo, explica Livio, habían nacido de una sacerdotisa virgen de nombre Rea Silvia, en la ciudad italiana de Alba Longa

Tan pronto como dio a luz a los dos gemelos, Amulio ordenó a sus sirvientes que arrojasen a los bebés al cercano río Tíber para que se ahogasen. Pero sobrevivieron. Porque, como a menudo ocurre en historias como esta en muchas culturas, los hombres a quienes se había encargado esta desagradable tarea no siguieron las instrucciones al pie de la letra (o no se sintieron capaces de ejecutarla). En lugar de ello, dejaron a los gemelos en un cesto no directamente en el río, que se había desbordado, sino cerca del agua que había invadido las márgenes. Antes de que los gemelos fueran arrastrados a una muerte segura, la famosa loba lactante acudió en su rescate. Livio era uno de los escépticos que trataron de racionalizar este aspecto del relato especialmente inverosímil. La palabra latina para «loba» (lupa) se utilizaba también coloquialmente como término para «prostituta» (lupanare era el término habitual para «burdel»). ¿Es posible que fuera una puta local en vez de una bestia salvaje local la que encontrase y cuidase de los gemelos?

 

La historia de Rómulo y Remo

La historia de Rómulo y Remo

La historia de Rómulo y Remo. Se representa en el Ara Casali, un altar de inicios del siglo III d.C. En la escena superior, Marte seduce a la vestal Rea Silvia, que aparece debajo con los hijos de ambos, Rómulo y Remo; en la tercera escena, los niños son abandonados en el río, y en la última, los amamanta la loba. Museos Vaticanos, Roma.

Scala, FIrenze

 

Fuera cual fuese la identidad de la lupa, un bondadoso vaquero o pastor no tardó en hallar a los niños y los acogió. ¿Era su esposa una prostituta?, se preguntaba Livio. Rómulo y Remo vivieron como miembros de su familia campesina pasando desapercibidos hasta años más tarde, cuando, siendo ya unos jóvenes muchachos, se reunieron accidentalmente con su abuelo, el depuesto rey Numitor. Tras haberlo restaurado en el trono como rey de Alba Longa, partieron para fundar su propia ciudad. Sin embargo, enseguida se pelearon con desastrosas consecuencias. Livio sugiere que las mismas rivalidad y ambición que habían deteriorado las relaciones entre Numitor y Amulio se habían transmitido de generación en generación hasta Rómulo y Remo.

Los gemelos discrepaban en cuanto al lugar exacto en el que ubicar su nueva fundación, en particular cuál de las distintas colinas que después formarían la ciudad (de hecho, hay más que las famosas siete) había de constituir el centro del primer asentamiento. Rómulo eligió la colina conocida como Palatino, donde más tarde se erigiría la lujosa residencia de los emperadores y que nos ha dado la palabra «palacio». En la disputa que siguió a las desavenencias, Remo, que había optado por el Aventino, saltó de forma ofensiva por encima de las defensas que Rómulo construía en torno a su ubicación preferida. Había varias versiones de lo que sucedió después, pero la más común (según Livio) decía que Rómulo respondió matando a su hermano y convirtiéndose en gobernante único del lugar que adoptó su nombre. Mientras descargaba el terrible golpe fratricida, gritó (en palabras de Livio): «Así perezca todo el que salte estos muros», un adecuado eslogan para una ciudad que se describía a sí misma como un Estado beligerante, pero cuyas guerras siempre respondían a la agresión de otros, puesto que siempre eran «justas».

 

La muerte de Remo

La muerte de Remo

La muerte de Remo. Rómulo mata a su hermano gemelo Remo. Detalle de un grabado de Matthäus Merian el Viejo que ilustraba la Crónica histórica de Johann Ludwig Gottfried, publicada en 1631.

Album

 

Violación

Remo estaba muerto, y la ciudad que había ayudado a fundar estaba formada solo por un puñado de amigos y compañeros de Rómulo. Necesitaba más ciudadanos. Por lo tanto, Rómulo declaró Roma una ciudad «asilo» y animó a la chusma y a los desposeídos del resto de Italia a unirse a ellos: esclavos fugitivos, criminales convictos, exiliados y refugiados. Esto atrajo a un buen número de hombres. Pero para conseguir mujeres, así prosigue la historia de Livio, Rómulo tuvo que recurrir a una treta, y a la violación. Invitó a los pueblos vecinos, a los sabinos y a los latinos, de la zona que rodea Roma, conocida como el Lacio, a acudir a una fiesta religiosa y a disfrutar de las diversiones con sus familias. En plenos actos, dio una señal para que sus hombres raptasen a las mujeres jóvenes que había entre los visitantes y se las llevasen para convertirlas en sus esposas.

 

El rapto de las sabinas

El rapto de las sabinas

El rapto de las sabinas. Esta moneda romana de plata, de 89 a.C., muestra a dos de los primeros ciudadanos de Roma llevando a la fuerza a dos mujeres sabinas. El nombre del responsable de su acuñación era Lucio Titurio, apodado «el sabino». Quizá por eso eligió dos cuños que recordaban su origen: la escena del rapto y la efigie del rey sabino Tito Tacio, cuya hija Hersilia fue la sabina elegida por Rómulo.

Scala, Firenze

 

Nicolas Poussin, famoso por sus recreaciones de la antigua Roma, plasmó la escena en el siglo XVII: Rómulo aparece de pie en un estrado controlando tranquilamente la violencia desatada a sus pies, sobre un fondo de arquitectura monumental todavía en construcción. Es una imagen de la ciudad primitiva que los romanos del siglo I a.C. habrían reconocido. Aunque ellos a veces representaban la Roma de Rómulo como un cenagal de cabañas de barro y ovejas, a menudo solían engrandecer el lugar convirtiéndolo en una espléndida ciudad clásica. Se trata de una escena que ha sido representada e imaginada de maneras muy diversas, y en distintos medios, a lo largo de la historia. El musical de 1954 Siete novias para siete hermanos es una parodia del rapto. En 1962, como respuesta directa al terror de la crisis de los misiles cubanos, Pablo Picasso recreó la versión de Poussin en una serie de pinturas sobre el tema con sesgo todavía más violento y crudo.

 

Frialdad y violencia

Frialdad y violencia

Frialdad y violencia. En el óleo de Nicolas Poussin El rapto de las sabinas, Rómulo, a la izquierda, dirige la escena con frialdad desde un punto elevado. Pero Poussin deja claro que las mujeres, que se resisten aterrorizadas, son arrastradas en lo que dista poco de ser una violenta batalla. 1637-1638. Louvre, París.

Tony Querrec / RMN-Grand Palais

 

Los autores romanos siempre han debatido esta parte de la historia. Un dramaturgo escribió una tragedia entera sobre el tema, de la que por desgracia tan solo se conserva una única cita. Estaban desconcertados con los detalles, y se preguntaban, por ejemplo, cuántas mujeres jóvenes fueron raptadas. Livio no se compromete, pero los cálculos oscilaban desde tan solo unas treinta hasta la espuriamente precisa e inverosímilmente abultada cifra de 683, al parecer de acuerdo con el criterio del príncipe africano Juba, a quien Julio César trajo a Roma. Allí se pasó muchos años estudiando toda clase de materias eruditas, desde historia romana hasta gramática latina. Más que otra cosa, lo que realmente les preocupaba era la evidente criminalidad y violencia del incidente. Después de todo, aquel suceso fue el primer matrimonio romano, y era ahí donde miraban los eruditos cuando querían explicar las desconcertantes peculiaridades y enigmáticas frases de las tradicionales ceremonias matrimoniales: se decía que el grito de celebración «O Talassio», por ejemplo, provenía del nombre de uno de los jóvenes romanos presentes en el acontecimiento. ¿Era inevitable la conclusión de que su institución matrimonial derivase de una violación? ¿Dónde se encontraba la línea divisoria entre rapto y violación? ¿Qué proclamaba el acontecimiento, a nivel más general, sobre la beligerancia de Roma?

Desconcertados con los detalles del rapto de las sabinas, los romanos se preguntaban, por ejemplo, cuántas jóvenes fueron raptadas

La intervención de las sabinas

La intervención de las sabinas

La intervención de las sabinas. Jacques-Louis David concluyó en 1799 su óleo Las sabinas, en el que estas, con sus hijos, se interponen entre sabinos y romanos. En el centro de la composición, la sabina Hersilia se sitúa entre su padre, el rey Tito Tacio, y su esposo, Rómulo (a la derecha). Louvre, París.

Michel Urtado / RMN-Grand Palais

 

Guerra justa, secuestro, cortejo...

Livio defiende a los primeros romanos. Insiste en que solo se apoderaron de mujeres solteras: aquel fue el origen del matrimonio, no del adulterio. Y ahondando en la idea de que los romanos no «eligieron» a las mujeres, sino que las cogieron al azar, argumenta que se sirvieron de un recurso necesario para el futuro de su comunidad, que fue seguido de charla amorosa y promesas de afecto de los hombres hacia sus nuevas novias. Presenta también la acción de los romanos como una respuesta a un comportamiento inadmisible por parte de los vecinos de la ciudad. Los romanos, explica, hicieron lo correcto al pedir a los pueblos circundantes un tratado que les diese derecho a casarse los unos con las hijas de los otros. Livio hace referencia explícita, y harto anacrónica, al derecho legal de conubium, o «matrimonio mixto», que mucho después fue un componente habitual de las alianzas de Roma con otros Estados. Los romanos
solo utilizaron la violencia cuando la petición les fue denegada sin razón. Es decir, otro caso de «guerra justa».

Otros lo presentaban de forma diferente. Algunos detectaron ya en el origen de la ciudad todos los indicios reveladores de la posterior beligerancia de los romanos. El conflicto, argumentaban, no fue provocado, y el hecho de que los romanos solo se llevasen a treinta mujeres (si es que fueron treinta) demuestra que lo que tenían en mente era sobre todo la guerra, no el matrimonio. Salustio alude también a esta idea. En un momento dado de su Historia de Roma (un enfoque más general que su Guerra de Catilina, que se ha conservado solamente en citas dispersas de otros autores), imagina una carta –y es solo imaginada– escrita supuestamente por uno de los más feroces enemigos de Roma. En ella se lamenta del comportamiento depredador de los romanos a lo largo de toda su historia: «Desde el principio mismo, no han poseído nada excepto lo que han robado: su hogar, sus esposas, sus tierras, su imperio». Quizá la única salida era culpar de todo a los dioses. ¿Qué otra cosa cabía esperar, sugería otro escritor romano, si el padre de Rómulo era Marte, el dios de la guerra?

 

Hijos de Marte

Hijos de Marte

Hijos de Marte. Estatuilla de Marte, el dios de la guerra a quien, según el relato de Livio, Rea Silvia atribuyó la paternidad de Rómulo y Remo. Siglo II d.C. Museo del Louvre, París.

H. Lewandowski / RMN-Grand Palais

 

El poeta «Ovidio» –Publio Ovidio Naso, para dar su nombre romano– adoptó una línea diferente. Más o menos contemporáneo de Livio, era tan subversivo como convencional era Livio, y acabó por ser desterrado en el año 8 d.C., en parte por la ofensa provocada por su ingenioso poema El arte de amar, sobre cómo conseguir pareja. En él le da la vuelta por completo a la historia de Livio del rapto de las sabinas y presenta el incidente como un modelo primitivo de cortejo: erótico, no expeditivo. Los romanos de Ovidio empiezan tratando de «localizar cada uno a la muchacha que más le gusta» y van a por ella con «manos lujuriosas» una vez dada la señal. No tardan en susurrar palabras dulces en los oídos de sus presas, cuyo evidente terror no hace sino aumentar su atracción sexual. Desde los primeros días de Roma, las fiestas y la diversión, como reflexiona el poeta con malicia, han sido siempre buenos lugares para encontrar chica. O dicho de otro modo, qué buena idea tuvo Rómulo para recompensar a sus leales soldados. «Yo me alistaré –bromea Ovidio–, si me das esta clase de paga».

Los padres de las muchachas, según cuenta la historia tradicional, no encontraron que el secuestro fuera ni divertido ni un cortejo. Entraron en guerra contra los romanos para que les devolviesen a sus hijas. Los romanos derrotaron fácilmente a los latinos, pero no a los sabinos, y el conflicto se alargó. Fue entonces cuando los hombres de Rómulo sufrieron un violento ataque en su nueva ciudad y él se vio forzado a apelar a Júpiter Stator para evitar que los romanos huyeran para salvar sus vidas, tal como Cicerón recordó a su audiencia, pero sin mencionar que aquella guerra era por unas mujeres robadas. Al final, las hostilidades cesaron gracias a las propias mujeres, que ahora se conformaban con su suerte como esposas y madres romanas. Entraron con arrojo en el campo de batalla y rogaron a sus esposos, de una parte, y a sus padres, de la otra, que dejaran de luchar. «Preferimos morir –explicaron– que vivir sin uno de vosotros, como viudas o como huérfanas.»

 

Hermano versus hermano

La intervención de las mujeres funcionó. No solo aportó la paz, sino que Roma se convirtió en una ciudad conjunta sabino-romana, en una comunidad bajo el gobierno compartido de Rómulo y del rey sabino Tito Tacio. Es decir, compartida hasta unos pocos años después, cuando, con la clase de muerte violenta que se convirtió en uno de los distintivos del poder político romano, Tacio fue asesinado en una ciudad cercana durante una revuelta que en parte fue obra suya. Rómulo quedó como líder único, el primer rey de Roma, con un reinado de más de treinta años.

No muy lejos de la superficie de estas historias se encuentran algunos de los temas más importantes de la posterior historia de Roma, así como algunas de sus ansiedades culturales más profundas. No dicen mucho acerca de los valores y las preocupaciones romanos o, por lo menos, sobre las preocupaciones de aquellos romanos que tenían tiempo, dinero y libertad de sobra; las ansiedades culturales son a menudo un privilegio de los ricos. Uno de los temas, como acabamos de ver, era la naturaleza del matrimonio romano. ¿De lo brutal que tenía que ser, dados sus orígenes? Otro, percibido ya en las palabras de las mujeres sabinas que trataban de reconciliar a sus padres y maridos combatientes, era la guerra civil.

 

El monte sagrado de Roma

El monte sagrado de Roma

El monte sagrado de Roma. Vista del Foro romano y, al fondo, la mole del Tabularium (el archivo de Roma), edificado sobre una pendiente del Capitolio. Esta colina, situada entre el valle del Foro y el río Tíber, era el punto más alto de Roma. Aquí, según una antigua tradición, Rómulo edificó el gran templo de Júpiter.

Massimo Ripani / Fototeca 9x12

 

Uno de los grandes enigmas acerca de esta leyenda de fundación es la afirmación de que hubo dos fundadores implicados, Rómulo y Remo. Los historiadores modernos han propuesto todo tipo de soluciones para explicar el gemelo a todas luces superfluo. Quizás apunte a alguna dualidad básica de la cultura romana, entre diferentes clases de ciudadanos o diferentes grupos étnicos. O puede que refleje el hecho de que después siempre hubo dos cónsules en Roma. O quizás haya estructuras míticas más profundas implicadas, y Rómulo y Remo sean una versión de los gemelos divinos que aparecen en los distintos rincones de la mitología universal, desde Alemania hasta la India védica, incluyendo la historia bíblica de Caín y Abel. Pero elijamos la solución que elijamos (y la especulación moderna no es demasiado convincente), un enigma todavía mayor es el hecho de que uno de los gemelos fundadores estaba realmente de más, puesto que Remo murió a manos de Rómulo o, en otras versiones, a manos de sus secuaces, justo el primer día de existencia de la ciudad.

Uno de los grandes enigmas sobre la leyenda de la fundación de Roma es la afirmación de que hubo dos fundadores, Rómulo y Remo

Para muchos romanos, que no saneaban la historia bajo la etiqueta de «mito» o «leyenda», este era el aspecto de la fundación más difícil de digerir. Parece que incomodaba tanto a Cicerón que, en su propio relato acerca del origen de Roma en Sobre el Estado, no lo menciona: Remo aparece al inicio, para ser expuesto con Rómulo, pero luego simplemente desaparece de la historia. Otro escritor, el historiador Dionisio de Halicarnaso, un habitante de Roma del siglo I a.C., pero normalmente designado por el nombre de su ciudad de origen en la costa de la moderna Turquía, decidió describir a Rómulo desconsolado por la muerte de Remo («perdió las ganas de vivir»). Sin embargo, otro autor, conocido solo como Egnacio, sorteó el problema de manera más audaz. Lo único que nos consta de este tal Egnacio es que le dio la vuelta por completo a la historia del asesinato y afirmaba que Remo había sobrevivido hasta llegar a una edad avanzada, viviendo más que su gemelo.

Una sociedad violenta

Una sociedad violenta

Una sociedad violenta. En una moneda de plata acuñada por los asesinos de Julio César aparecen las dagas usadas en la acción y la fecha de esta:
EID MAR, los idus de marzo (el 15 de marzo).

AKG / Album

Era un intento desesperado, y sin duda poco convincente, de escapar al sombrío mensaje de la historia: que el fratricidio estaba incrustado en la política romana y que los temibles períodos de conflicto civil que repetidamente mancharon la historia de Roma a partir del siglo VI a.C. en adelante (el asesinato de Julio César en el año 44 a.C. no es más que un ejemplo) estaban en cierto modo predestinados. Porque ¿qué ciudad, fundada con el asesinato de un hermano a manos de su hermano, podría escapar al asesinato de un ciudadano a manos de otro ciudadano? El poeta Quinto Horacio Flaco («Horacio») fue tan solo uno de los muchos escritores que respondieron a esta pregunta de la forma más evidente. Escribió en torno al año 30 a.C., después de la década de luchas que siguió a la muerte de César, lamentándose: «Un amargo destino persigue a los romanos, y el crimen de dar muerte a un hermano, desde que la sangre del inocente Remo fue derramada en la tierra, una maldición que recayó sobre sus descendientes». Podríamos decir que la guerra civil estaba en los genes de los romanos. 

Este artículo pertenece al número 240 de la revista Historia National Geographic.