Richard Burton, un infiltrado en La Meca

En 1853, el británico Richard Burton se disfrazó de derviche afgano para unirse a los peregrinos a La Meca y cumplir su sueño de visitar los lugares santos del islam.

Richard Francis Burton. Fotografía del explorador británico tomada hacia el año 1864.

Richard Francis Burton. Fotografía del explorador británico tomada hacia el año 1864.

Foto: Alamy / ACI

A principios del siglo XIX se despertó en Europa un renovado interés por el mundo árabe, espoleado por la expedición de Napoleón a Egipto en 1798 y los viajes de los exploradores que recorrían aquellas tierras y publicaban luego sus experiencias y descubrimientos. En ese contexto, uno de los retos más seductores para los aventureros era visitar La Meca y Medina, ciudades prohibidas para los no musulmanes.

A mediados de ese siglo sólo una decena de viajeros europeos había conseguido penetrar en los lugares santos del islam, ya que la muerte aguardaba a cualquier intruso que fuera desenmascarado. En 1807 lo había logrado el español Domingo Badía, con el nombre de Alí Bey, y en 1814, el suizo Johann Burckhardt, como Ibrahim ibn Abdallah. Unos decenios más tarde, el inglés Richard Francis Burton quiso emular esas hazañas; como confesó más tarde, quería demostrar que podía hacer algo en apariencia imposible.

Cronología

La pasión de descubrir otros mundos

1821

Richard F. Burton nace en Torquay, Inglaterra. A los 21 años deja la universidad y marcha a la India como soldado.

1853

Burton se embarca rumbo a Alejandría disfrazado de árabe y logra entrar en La Meca con un grupo de peregrinos musulmanes.

1855

Tras su regreso a Inglaterra, Burton publica el libro Mi peregrinación a La Meca y Medina, donde narra sus experiencias.

1890

Richard Burton muere de un infarto en Trieste, donde se había consagrado como escritor y traductor.

Desde muy joven, Burton había destacado por sus dotes intelectuales y por su interés por las lenguas. Cuando se matriculó en la Universidad de Oxford parecía encaminarse a una carrera académica convencional, pero en 1842 un incidente provocó su expulsión. Decidió entonces enrolarse en el ejército y marchó a la India. Durante los ocho años que pasó allí realizó múltiples viajes por el país y aprendió hindi y árabe, dos de las más de veinte lenguas que llegó a hablar.

En 1849 obtuvo un permiso del ejército y volvió a Europa, ya con la idea en mente de hacer un viaje a La Meca. Contactó con la Royal Geographical Society, proponiendo una expedición para explorar los desiertos del este y el centro de Arabia. La idea fue acogida con entusiasmo por los responsables de esa institución, que le facilitaron la obtención de los permisos y financiaron la empresa.

Pasar desapercibido

En abril de 1853, Richard Burton se embarcó en un vapor con rumbo a Alejandría. Para pasar totalmente desapercibido entre los musulmanes había tomado la precaución de circuncidarse, por lo que estuvo convaleciente durante varias semanas. Luego cambió su aspecto, exponiéndose al sol y dejándose crecer el cabello a la manera de los chiíes. Cuando subió al barco vestido con ricos ropajes iraníes, todo el pasaje dedujo que era un príncipe persa que regresaba a Oriente. Durante el viaje, Burton se encerró en su camarote y pasó el tiempo acostumbrándose a hacer mecánicamente los gestos y los hábitos orientales, ya que un pequeño error en la manera de comer, beber, dormir, sentarse o incluso orinar podía revelar su verdadera identidad y dar al traste con sus planes.

Para pasar desapercibido en su viaje, Burton se circuncidó, lo que lo mantuvo convaleciente semanas

Cuando Burton llegó a Egipto consideró que necesitaba un disfraz que llamara menos la atención. Una vez en Alejandría, se vistió como un derviche afgano, un disfraz que ya había usado en diversas ocasiones durante sus viajes por la India. Su objetivo era mezclarse con la población local a fin de mejorar su árabe y a la vez justificar su extraño acento. Sus curiosos vecinos, al ver que llevaba una maleta con frascos de pastillas y otras medicinas, dieron por hecho que se trataba de una especie de curandero. Esto permitió a Burton acabar de pulir su personaje: viajaría a La Meca con el nombre de Abdullah hijo de Yusuf, natural de Kabul.

Ya en El Cairo, Burton adquirió provisiones para la peregrinación a La Meca, pues cada viajero debía arreglárselas por sí mismo en lugares muy alejados de la civilización. Además de las ropas rituales se hizo con algunas armas. Para tomar notas de todo lo que se iba encontrando, Burton modificó las tapas de un ejemplar del Corán que siempre llevaba consigo, creando compartimentos secretos para ocultar un reloj, una brújula, algunas plumas y pequeños trozos de papel. Sin revelar cuál iba a ser su ruta, compró dos camellos y se unió a una partida de beduinos que se dirigía a Suez para embarcarse rumbo a Arabia.

Pistola que perteneció al explorador británico Richard Burton. Siglo XIX.

Foto: Bridgeman / ACI

El paso del mar Rojo fue muy accidentado. Algunos viajeros encontraron un sextante en su equipaje y comenzaron a sospechar de su identidad. Burton tuvo que actuar deprisa: lanzó el objeto por la borda y distrajo su atención con bromas y regalos para que olvidaran el incidente. En el pequeño falucho se amontonaban cien pasajeros, que acabaron enzarzándose en una pelea con puñales a causa de la falta de espacio. Para colmo de desgracias, antes de desembarcar en el puerto arábigo de Yanbu, Burton pisó un erizo de mar venenoso. La herida le produjo una dolorosa infección que le impidió poder plantar el pie durante varias semanas.

Libros y esclavos en Medina

En aquella ciudad costera, Burton se unió a una nutrida caravana que se dirigía a Medina, escoltada por un pelotón de caballería otomana para protegerla de los bandidos. Durante toda esa semana, y a pesar de las molestias de su herida en el pie, el peregrino inglés no dejó de tomar en secreto notas de todo lo que encontraba o escuchaba. Casi a las puertas de la ciudad, los peregrinos fueron atacados por los beduinos y una docena de ellos murieron.

Ya en Medina, Burton se dedicó a describir con detalle la gran mezquita en la que están enterrados Mahoma, su hija Fátima y los primeros califas del islam. Durante todo el mes que estuvo en la ciudad, mientras esperaba la llegada de una gran caravana de peregrinos procedente de Damasco, visitó bibliotecas en busca de libros raros, observó las costumbres de sus habitantes, frecuentó mercados de esclavos y se relacionó con la heterogénea población de la comarca. También en Medina se enteró de que había estallado una guerra entre las tribus del desierto, lo que frustraba sus planes de explorar el centro y el este de Arabia.

En Medina, Burton visitó bibliotecas, observó las costumbres y frecuentó mercados de esclavos

Al final llegó la caravana procedente de Damasco, un acontecimiento que revolucionó la ciudad, pues más de 7.000 peregrinos procedentes de todas las tierras del islam se reunieron ese año en Medina con la esperanza de cumplir su peregrinación a La Meca. Burton se unió a ellos en un viaje agotador que, a marchas forzadas y por parajes desolados, intentaba cubrir el trayecto en doce días. Muchos hombres y bestias, agotados por el esfuerzo, quedaban tendidos a lo largo del camino sin que nadie les ayudase, mientras que otros morían por los ataques beduinos.

Lapidación del diablo. Richard Burton presenció este ritual realizado por los peregrinos en Mina, poco antes de llegar a La Meca, en el que se arrojan piedras contra tres pilares que simbolizan la tentación de desobedecer a Dios. El grabado sobre estas líneas se incluyó en la primera edición del libro de Burton sobre su viaje a La Meca.

Foto: Granger

Sin blanca en La Meca

Por fin, ya cerca de La Meca, los peregrinos se raparon el pelo, se asearon y se vistieron con las ropas blancas para cumplir con el ritual del hajj o peregrinación. En La Meca, el inglés visitó todos los lugares relacionados con la historia de Mahoma e incluso penetró en la Kaaba, el edificio más sagrado del islam, que describió con detalle en sus memorias.

Pero las vicisitudes y los gastos del viaje habían dejado a Burton sin blanca. Tenía que pagar el hospedaje, agradecer favores y ajustar cuentas con los que le habían servido durante todo ese tiempo. Al final se las arregló para trasladarse a Yedda con el propósito de entrevistarse con el cónsul británico de ese lugar. En la entrada al edificio diplomático le cerraron el paso, pero consiguió pasar un papel con un mensaje en el que afirmaba ser un oficial británico del ejército de la India. Así pudo volver a Egipto y luego embarcarse hacia Gran Bretaña, ahora mostrándose abiertamente como inglés.

Una mujer totalmente cubierta y un hombre peregrinan a La Meca. 1855.

Foto: Granger / ACI

El éxito de su peregrinación marcó el comienzo de la fama de Burton, y sirvió para propagar la idea del valor y la osadía británicas en una época brillante por sus exploradores. Durante el resto de su vida, Richard Burton usaría el título de hajji que reciben todos los musulmanes que cumplen con el deber de la peregrinación. En el cementerio de la parroquia católica de Saint Magdalen de Londres puede visitarse el panteón donde yacen él y su esposa, en forma de tienda de beduino. Y sobre su ataúd de madera aún pueden verse, a través de un cristal, los cascabeles de la camella que le sirvió de montura durante ese viaje.

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Un sabio forzudo y aventurero

Famoso como explorador, tanto por su viaje a La Meca como por su participación en la expedición en busca de las fuentes del Nilo (1857), en realidad Richard Burton fue mucho más: traductor, orientalista, espía, militar, cartógrafo, antropólogo y diplomático. Poseedor de una gran fortaleza física, se le consideraba uno de los mejores espadachines del Imperio británico. Burton publicó más de cuarenta libros sobre sus expediciones y viajes. Además, tradujo las Mil y una noches, el Kamasutra, Los Lusiadas de Camoes, poesía latina y varias compilaciones de folclore africano e hindú.

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Europeos “non gratos”

En la crónica de su viaje a La Meca, Burton advierte de los riesgos que corren los occidentales: «Un extranjero no puede arriesgarse por La Meca sin exponerse a grandes peligros. El primer beduino que viera el sombrero de un europeo tendría una malísima opinión de sí mismo si no disparara contra la cabeza del que lo lleva. Es verdad que durante la peregrinación no le resultará difícil disfrazarse, pero no es menos cierto que no podrá escapar de la muerte si se le identifica como un infiel». Opina incluso que el viaje no compensa los riesgos: «Si me preguntan si los resultados compensan los peligros que hay que arrostrar, deberé contestar con una negativa».

Richard Burton disfrazado como abdullah para su viaje a La Meca. Ilustración de Mi peregrinación a La Meca y Medina. 1855.

Foto: Alamy / ACI

Este artículo pertenece al número 221 de la revista Historia National Geographic.

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