Motín rojo

Revolución en alta mar: el acorazado Potemkin

En 1905, la marinería del buque insignia de la flota rusa en el mar Negro se rebeló contra el gobierno zarista y se dirigió a Odesa, donde el movimiento fue aplastado.

El acorazado Potemkin. En la fotografía aparece en el puerto de Sebastopol, en 1911.

Foto: AKG / Album

En 1905, la Rusia absolutista de los zares se vio inmersa en una profunda crisis revolucionaria. Las huelgas y protestas generalizadas de obreros y campesinos, que exigían acabar con el hambre y la miseria, así como el reconocimiento de derechos políticos, eran reprimidas a sangre y fuego. Al mismo tiempo, la guerra con Japón iniciada un año antes por el control de enclaves en Extremo Oriente se convirtió en un rosario de dolorosas derrotas. La última fue el desastre de la batalla naval de Tsushima, a finales de mayo de 1905, que supuso la destrucción de lo mejor de la armada rusa y cuyos ecos aún enervaron más el descontento popular.

El malestar fue encauzado por el Partido Socialdemócrata, en el que Lenin era ya una figura dominante. En Sebastopol, el puerto de Crimea que servía de base a la flota zarista, el comité del partido preparaba una insurrección que debía ser secundada por la marinería de los barcos, pero los acontecimientos se precipitaron.

El 27 de junio (según el calendario occidental) el acorazado Potemkin, el buque más emblemático de la flota rusa del mar Negro, estaba de maniobras no lejos de la costa de Odesa, acompañado de un torpedero. Poco antes del rancho corrió el rumor de que la carne del borscht (la sopa de remolacha) estaba putrefacta y plagada de gusanos, sin que el médico lo hubiese impedido, por lo que la tripulación se negó a comerla. El comandante, el capitán de navío Yevgueni Gólikov, trató de mediar, pero el oficial de guardia, el teniente de navío Ippolit Guiliarovsky, decidió actuar por su cuenta. Ordenó que se alineasen a estribor quienes estaban dispuestos a tomar el rancho y a babor los que no. Cuando mandó traer una lona para extenderla sobre la cubierta, todos entendieron que su intención era fusilar a los reacios a obedecer sin manchar de sangre el navío.

Guiliarovsky ordenó a los infantes de marina apuntar a los amotinados. Pero en ese momento los líderes revolucionarios de los marinos, encabezados por el contramaestre torpedista Afanasi Matushenko, arengaron a los soldados que, desconcertados, bajaron los fusiles, lo que aprovecharon los amotinados para dispersarse y coger armas. Guiliarovsky volvió a repetir la orden de disparar y, ante la negativa de la tropa a obedecerle, él mismo disparó matando al marino Grigory Vakulinchuk, lo que, a su vez, llevó a que Matushenko matase al oficial de otro disparo.

Escalinata Potemkin en Odesa (Ucrania), de 142 escalones, inaugurada en 1841.

Escalinata Potemkin en Odesa (Ucrania), de 142 escalones, inaugurada en 1841.

Foto: Serhii Liakhevych / Alamy / Cordon Press

Rumbo a Odesa

Los amotinados se hicieron de inmediato con el control del barco. El capitán y varios oficiales fueron detenidos y algunos de ellos asesinados mientras trataban de huir a nado al torpedero, que también quedó bajo el control de los sublevados. Siete u ocho oficiales fueron muertos durante el botín, entre ellos el capitán Gólikov, y el resto, cerca de veinte, acabaron encerrados en sus camarotes. Inmediatamente, un comité revolucionario formado por los marinos más politizados se hizo cargo del buque, con Matushenko al frente.

Al poco rato, el comité emitió un comunicado por radio que decía así: «Ha empezado un esfuerzo decisivo contra el gobierno ruso. Por la presente informamos de ello a las potencias extranjeras. Consideramos nuestro deber declarar que damos completas garantías de inviolabilidad a los buques extranjeros que navegan por el mar Negro». Al mismo tiempo, el Potemkin y el torpedero se dirigieron a Odesa enarbolando la bandera roja. Llegaron a las diez de la noche y desembarcaron el cuerpo de Vakulinchuk, el marinero muerto, que quedó expuesto en el muelle.

Odesa, una ciudad de 600.000 habitantes duramente golpeada por la crisis y la represión del régimen zarista, estaba en huelga general y el motín del Potemkin podía ser la chispa para un estallido general. Marineros y obreros confraternizaban velando el cadáver de Vakulinchuk, mientras la policía y la guarnición de la ciudad permanecían a la espera. Sin embargo, los marineros amotinados ignoraron las órdenes del comité revolucionario y no quisieron desembarcar para ayudar a los huelguistas a controlar la ciudad, pues preferían esperar la llegada del resto de la flota, presumiendo que toda la marinería se les iba a unir.

Afanasi Matushenko (en el centro) en Constanza, en 1905. Tras regresar a Rusia en 1907 fue descubierto y ejecutado en la horca.

Afanasi Matushenko (en el centro) en Constanza, en 1905. Tras regresar a Rusia en 1907 fue descubierto y ejecutado en la horca.

Foto: Bridgeman / ACI

Una noche de violencia

A lo largo del día 28, la tensión entre los trabajadores de Odesa y las fuerzas del orden, en particular los cosacos, fue en aumento. Por la tarde, los acontecimientos se precipitaron. Mientras la dotación del buque hospital Vekha también se unía a los amotinados, la ciudad entró en una espiral de violencia, destrucción y pillaje sin control. El corresponsal del periódico británico Times escribió: «Las calles están sembradas de muertos y heridos, los muelles son cegadores muros de fuego y no hay ningún barrio de la ciudad que haya escapado al derramamiento de sangre y a la destrucción».

Al día siguiente, el entierro del marino muerto se convirtió en una gran manifestación contra el zar. Mientras se desarrollaba la ceremonia, desde el Potemkin se dispararon dos proyectiles contra el edificio donde estaban reunidos los oficiales zaristas de la ciudad, aunque no dieron en el blanco.

En la mañana del 30 de junio llegaron a la bocana del puerto dos escuadrones navales formados por cinco acorazados, un crucero y cuatro torpederos, que conminaron a los sublevados a rendirse. Pero el Potemkin y el torpedero, desafiantes, zarparon hacia mar abierto. El almirante de la escuadra zarista, que dudaba (con razón) de la lealtad de sus tripulaciones, no dio orden de disparar, por lo que el Potemkin cruzó las líneas entre los vítores de los marineros de los acorazados Georgi Pobedonosets y Sinop. Una parte de la tripulación del primero arrestó a sus oficiales y se unió a los amotinados, lo que llevó a la escuadra zarista a abandonar el teatro de operaciones, pues las posteriores órdenes de disparar contra los insurrectos fueron desobedecidas.

Por un momento, los amotinados del Potemkin creyeron que la revolución había prendido en toda la flota del mar Negro. Matushenko declararía más tarde que aquel día sintió que era «el momento que habíamos estado esperando. Era el comienzo de la revolución». Sin embargo, no tardó en desengañarse. La marinería del Georgi estaba dividida y no compartía el entusiasmo revolucionario de sus colegas del Potemkin. Para convencerlos, Matushenko envió a unos hombres al mando del teniente médico Golenko, quien nada más subir a bordo del Georgi Pobedonosets cambió de bando e hizo detener a los revolucionarios, por lo que el acorazado volvió a la causa zarista.

Huida y rendición

Instintivamente, los marineros del Potemkin decidieron huir al verse abandonados. Tras ser rechazados en el puerto rumano de Constanza, se dirigieron a Feodosia, en Crimea, donde tampoco pudieron desembarcar, por lo que marcharon de nuevo a Constanza. Por la mañana del 8 de julio, tras deponer las armas, se entregaron a las autoridades rumanas. Matushenko y sus camaradas trataron de hundir el Potemkin en el puerto abriendo las válvulas de inundación, pero el barco no tardó en ser reflotado. Al día siguiente, el contraalmirante ruso Sergei Pisarevsky izaba de nuevo la bandera imperial en él, y días después lo llevó escoltado por otros acorazados de nuevo a la base de Sebastopol. El motín y la aventura habían acabado.

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El pintor soviético Pyotr Timofey recreó el comienzo de la sublevación.

El pintor soviético Pyotr Timofey recreó el comienzo de la sublevación.

Foto: Heritage / Scala, Firenze

Estalla el motín

El oficial Kovalenko relató así el comienzo de la sublevación (que el pintor soviético Pyotr Timofeyevich recreó como vemos aquí): «Un griterío terrible y furioso de los marineros estremeció el barco. [...]. Gritos salvajes, el retumbar de centenares de pies, el ruido de cosas que se rompían y disparos esporádicos conformaban una mezcla extraña de sonidos que paralizaban la voluntad».

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La carga de los cosacos

Cuando estallaron los disturbios en el puerto de Odesa, el gobernador militar de la ciudad, Kakhanov, ordenó cerrar el acceso por la escalinata Richelieu. Ante el agravamiento de la situación, a medianoche Kakhanov ordenó a sus cosacos que atacaran descendiendo la escalinata a caballo y a pie. La carnicería fue terrible. Los jinetes rajaban con sus sables a hombres, mujeres, jóvenes y ancianos. Cada tres escalones las tropas desmontadas descargaban sus fusiles contra la multitud. A muchos que huían los ensartaron con sus bayonetas. Einsenstein hizo de este episodio la escena culminante de su película.

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Cartel del film 'El acorazado Potemkin'.

Cartel del film 'El acorazado Potemkin'.

Foto: Fine Art / Album

Mito de cine

Tras la Revolución de 1917, los bolcheviques convirtieron el motín en un mito. En 1925, Serguéi Eisenstein rodó El acorazado Potemkin, una reconstrucción muy libre de los hechos al servicio de la propaganda comunista.

Este artículo pertenece al número 212 de la revista Historia National Geographic.

Para saber más

La revolución rusa de 1917

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