Ladrones de cementerio

Resurreccionistas, el negocio de robar cadáveres

A principios del siglo XIX, en Inglaterra hubo bandas que se dedicaban a desenterrar cuerpos de personas recién fallecidas que luego vendían a cirujanos para hacer disecciones.

Un grupo de ladrones de tumbas roban un cuerpo para venderlo a algún anatomista. Grabado.

Un grupo de ladrones de tumbas roban un cuerpo para venderlo a algún anatomista. Grabado.

Foto: Chris Hellier / AGE Fotostock

A mediados del siglo XVIII, la disección de cuerpos humanos se había convertido en una práctica habitual en medicina, tras vencer no pocos escrúpulos y prohibiciones religiosas. Se la consideraba casi imprescindible para que los futuros médicos entendieran el funcionamiento de las estructuras internas humanas, así como para que los cirujanos practicaran sobre cadáveres las operaciones que más adelante realizarían sobre sus pacientes vivos. Así fue como, a principios del siglo XIX, el cadáver humano se convirtió en uno de los productos más valiosos para los cirujanos y sus aprendices.

Sin embargo, el acceso a este «producto» no resultaba fácil, particularmente en Gran Bretaña. En este país, sólo los ejecutados en el patíbulo podían ser diseccionados públicamente en los teatros anatómicos, una especie de última humillación que se infligía al criminal. Aunque las ejecuciones eran habituales, el número de cadáveres disponible distaba mucho de satisfacer la demanda de los cirujanos, lo que llevó a muchos de éstos a intentar aprovisionarse de cuerpos por otras vías. Fue así como nació la figura del resurreccionista.

Lección de anatomía del cirujano inglés William Cheselden, en Londres, en la primera mitad del siglo XVIII. Óleo anónimo.

Foto: Steve Vidler / AGE Fotostock

Ladrones de cadáveres

Tradicionalmente, eran los mismos aprendices de cirujanos los que iban a los cementerios a procurarse cadáveres. Sin embargo, si eran descubiertos se exponían a las represalias de los familiares y a perder su reputación ante los vecinos. La solución fue buscar a un intermediario que suministrara el número requerido de cadáveres de una manera más discreta. Los sepultureros relacionados con camposantos o los porteros de los establecimientos médicos –especialmente aquéllos que pasaban por una mala racha económica– eran los más propensos a convertirse en estos intermediarios.

Trabajando solos o en bandas criminales, los ladrones de cuerpos o resurreccionistas, como se los llamaba comúnmente, pronto se hicieron con el control del mercado de cadáveres, ya que la demanda de cuerpos por parte de los cirujanos y sus aprendices no hizo más que incrementarse en las primeras décadas del siglo XIX.

El modus operandi de los resurreccionistas se fijó pronto. La temporada para el robo de cadáveres se desarrollaba de octubre a mayo, lo que correspondía al período en que se enseñaba anatomía tanto en las escuelas privadas como en los hospitales universitarios. Además, así se evitaba el verano, época en que el calor aceleraba el proceso de descomposición de los cuerpos.

Cementerio de Greyfriars, en Edimburgo, ciudad donde actuaron los asesinos Burke y Hare.

Foto: Alamy / ACI

El precio de un cuerpo

Al empezar cada temporada, los resurreccionistas iban a las salas de disección de la ciudad para tomar los pedidos y negociar los precios, que dependían del tamaño y peso del cuerpo. En 1827, el cuerpo de un adulto (hombre o mujer) podía alcanzar una media de cuatro libras y cuatro chelines (en esas fechas, el salario mensual de un obrero textil no llegaba a las tres libras).

Después de acordar el precio, un miembro de la banda se hacía pasar por un viudo o una viuda que visitaba la tumba de un ser querido y marcaba la ubicación de las tumbas más recientes. Después, los resurreccionistas se deslizaban en los cementerios por la noche, desenterraban a los muertos y los desnudaban antes de meterlos en una cesta o cofre que posteriormente colocaban en un carro tirado por caballos. Ya en un lugar seguro, se les sacaban los dientes para luego venderlos por separado. Las ganancias para cada resurreccionista eran considerables, incluso después de que el dinero se hubiera repartido entre los miembros de la banda y se hubieran pagado los gastos de la operación (como los sobornos al personal de los cementerios y el cuidado de los caballos que usaban para transportar los cuerpos). Sin duda, podían ganar mucho más con la venta de uno o dos cuerpos de lo que una persona común podría esperar ganar en un mes.

Los ladrones iban a los cementerios de noche, despojaban a los muertos de sus ropas y luego vendían incluso los dientes

Además, corrían un riesgo relativamente pequeño. Robar un cuerpo se consideraba un delito menor que se castigaba tan sólo con una multa y algunos meses de cárcel. Los resurreccionistas eran tan necesarios para los médicos que, si eran descubiertos y condenados, muchos cirujanos y anatomistas tomaban a su cargo a sus familias durante el tiempo que tuvieran que estar entre rejas. Pese al rechazo moral que suscitaban, los resurreccionistas no fueron vistos por la justicia como una amenaza grave hasta que en 1827 estalló un escándalo que obligó al Parlamento británico a tomar cartas en el asunto.

Instrumental quirúrgico de principios del siglo XIX.

Foto: Charmet / Bridgeman / ACI

Dos asesinos en serie

William Burke y William Hare eran dos irlandeses que vivían con sus respectivas parejas en Edimburgo, donde subsistían con humildes empleos. Hare había alquilado una habitación de su casa a un soldado de nombre Donald que murió sin pagar su renta. Sin familia que reclamara al difunto, los irlandeses decidieron vender el cuerpo a Robert Knox, un anatomista que se había hecho cargo de una de las escuelas privadas de anatomía de Edimburgo, en la que prometía enseñar la disciplina «al estilo parisino», es decir, garantizando un cadáver por discípulo, lo que enseguida le dio gran celebridad. Knox les pagó por el cuerpo siete libras y diez chelines. Atraídos por las grandes sumas de dinero que podían ganar con la venta de cuerpos, Burke y Hare decidieron convertirse en proveedores de cadáveres. Sin embargo, en vez de desenterrar cadáveres como hacían los resurreccionistas, pensaron en un método más expeditivo: asesinar a forasteros, vagabundos y personas marginales, a los que nadie echaría de menos. Burke y Hare identificaban a sus víctimas, las llevaban a la casa de uno de ellos y las asfixiaban para luego vender el cadáver.

Robert Knox, reputado anatomista de Edimburgo.

Foto: Album

El Parlamento interviene

Durante diez meses, los dos criminales mataron a dieciséis personas, hasta que una inquilina de Burke descubrió el cuerpo de la última víctima y avisó a la policía. Hare confesó a cambio de inmunidad, y Burke fue el único ejecutado por la justicia. Muchos señalaron a Knox, pero la policía sostuvo que no había hecho nada ilegal. El anatomista, en todo caso, se vio obligado a abandonar la ciudad.

El caso provocó una enorme conmoción, pero también generó imitadores en otros lugares. En 1831, inspirados por las hazañas de Burke y Hare, los resurreccionistas de una banda de Bethnal Green, en Londres, que llevaba actuando doce años, empezaron a asesinar a gente para vender sus cuerpos a los anatomistas. Era evidente que los asesinatos para proveer de cuerpos a estas instituciones continuarían mientras no se cubriera la demanda de cuerpos por parte de escuelas de anatomía y hospitales universitarios.

Para remediarlo, el Parlamento británico aprobó la llamada ley de Anatomía en 1832. Esta ley permitía que las escuelas de medicina obtuvieran los cadáveres de las morgues de las workhouses (las instituciones que en Inglaterra ofrecían trabajo y vivienda a los más necesitados) o de los hospitales benéficos, siempre y cuando los difuntos no hubieran registrado formalmente su disconformidad para ser diseccionados y sus cuerpos no hubieran sido reclamados para su entierro por familiares o amigos dentro de las 48 horas siguientes a su muerte. De esta forma, los resurreccionistas perdieron su razón de ser, y el arte de la disección ya no justificaba la profanación de tumbas y el asesinato de personas desvalidas.

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Rejas en las tumbas

En algunos cementerios británicos se introdujo a principios del siglo XIX el llamado mortsafe, una reja o una jaula de hierro que se colocaba sobre las tumbas con la finalidad de proteger los cadáveres de los robos de los resurreccionistas. La creencia en la resurrección de la carne es parte del dogma cristiano; de ahí la importancia de preservar intactos los cuerpos de los difuntos. Con el mismo objeto, en algunos camposantos también se construyeron torres de vigilancia.

Tumba con reja en el cementerio Greyfriars Kirkyard, en Edimburgo.

Foto: Kumar Sriskandan / Alamy / ACI

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El último asesinato

La última víctima de Burke y Hare fue Margaret Docherty, una irlandesa de mediana edad a la que encontraron pidiendo limosna. El 31 de octubre de 1828 la llevaron a casa de Burke, la emborracharon y luego la asfixiaron tapándole la nariz y la boca. Una de las nuevas inquilinas de Burke, Ann Grey, quien había hablado con la víctima el día anterior, encontró su cuerpo bajo una pila de paja y fue a buscar a la policía. Mientras tanto, Burke se llevó el cuerpo de Margaret y lo vendió a Knox. A la mañana siguiente, la policía encontró el cuerpo de la víctima en el depósito del doctor. Burke, Hare y sus esposas fueron arrestados.

Hare y Burke asfixian a Margaret Docherty. Ilustración de la época.

Foto: Alamy / ACI

Este artículo pertenece al número 217 de la revista Historia National Geographic.

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