La intuición de Rafael para saber lo que debía y podía hacer sigue dejando de piedra a los críticos de arte que, en este año 2020, celebran el quinto centenario de su muerte. El pintor expiró el 6 de abril de 1520, viernes santo, tras varias horas de intensa relación sexual con su amante Margherita Luti, «la Fornarina», es decir, la hija del panadero.
Esto nos adentra en la mente de un joven que, como Mozart, con quien presenta en muchos aspectos una notable semejanza, estaba dotado de una fecundidad inagotable unida a una laboriosidad sin límites. Su vida y su obra responden a continuos cambios de escala a la hora de considerar el tiempo histórico que le tocó entender por medio de su pintura, las dos primeras décadas del siglo XVI. A veces lo vemos en la intimidad de su taller, pensando en Miguel Ángel, o quizás en Leonardo, para tomar distancia de su arte; en otras ocasiones, lo imaginamos en medio de los salones del Vaticano escuchando las noticias sobre los ejércitos que barren Italia, para dejarse cautivar por nombres de lugares de batallas que llaman su atención, Barletta, Ceriñola o Rávena, o de personajes a los que trata de entender, sea el reputado Gonzalo Fernández de Córdoba –el Gran Capitán–, el viperino César Borgia o su fascinante hermana Lucrecia, duquesa de Ferrara.
El toque divino
Ha habido muchos intentos de entender el Renacimiento. El de Rafael es enteramente pictórico. Observando la realidad desde la privacidad o desde la vida pública (llega a ser mayordomo del papa León X), Rafael transforma su pensamiento, su emoción y su pasión en la viviente armonía de una pintura que fascina aún hoy, no por la fuerza que le daba Miguel Ángel ni por el misterio que le confería Leonardo, sino por el encanto irresistible de su dulzura. Obras como Las bodas de Alejandro y Roxana, La tentación de Adán y Eva y La matanza de los Santos Inocentes son el veraz testimonio de una sensibilidad basada en el equilibrio helénico a la hora de entender lo que realmente estaba sucediendo en Roma en las dos primeras décadas del siglo XVI.
Rafael conjuga las dos tradiciones de las que se nutre: la pagana que viene de la Grecia clásica y la cristiana que tiene su sede en Roma
Ni Leonardo ni Miguel Ángel superaron la prueba planteada por el novelista F. Scott Fitzgerald en 1936 de mantener la armonía entre dos formas de ver el mundo que sean opuestas entre sí, en este caso la de los papas Julio II y León X, y a la vez de saber cubrir, en las estancias del Vaticano, los muros y los techos de frescos históricos y simbólicos que abarcan la totalidad del conocimiento humano. Apenas tenía 25 años cuando pintó su obra maestra: La escuela de Atenas (1508), un conciliábulo de sabios antiguos donde antes cualquiera hubiera pintado a los Santos Padres de la Iglesia. Tenemos ahí el toque del genio que se precipita contra la historia de la pintura, al igual que hará Mozart contra la historia de la música, el joven rebelde que domina por completo el arte al que quiere dedicar su vida, su corta vida. Y realiza así una forma ideal del Renacimiento, con el aliento y la liberalidad de juicio de la que es capaz. Su estilo desconcertaba a sus contemporáneos, menos a su talentoso discípulo Giulio Romano, debido a la meticulosidad de su traza y al acabado de sus colores. Conjuga la disonancia de la memoria social europea entre las dos tradiciones de las que se nutre: la pagana que viene de la Grecia clásica y la cristiana que tiene en Roma su sede desde la predicación de san Pedro. Rafael convirtió la vida en un viaje hacia el fondo de la dulzura que se truncó en plena creación, a los treinta y siete años. Pero en sus pinturas vemos hoy, quinientos años después de su muerte, el toque divino del hombre, la eterna primavera.
Este artículo pertenece al número 196 de la revista Historia National Geographic.