La ciudad arrasada por el Vesubio

Pompeya

En el año 79, una erupción del Vesubio desencadenó una serie de avalanchas de material volcánico que sepultaron Pompeya y mataron a muchos de sus habitantes.

La ciudad arrasada

La ciudad arrasada

Foto: Massimo Ripani / Fototeca 9x12

Cuando los pompeyanos se levantaron en la mañana del 24 de agosto de 79 d.C., no podían siquiera imaginar los extraordinarios acontecimientos que iba a depararles la jornada. Es probable que los habitantes de Pompeya –entre 10.000 y 20.000, según las estimaciones– no supieran que el Vesubio era un volcán, puesto que habían pasado 700 años desde su última erupción, y ahora sus faldas estaban cubiertas de viñedos y cultivos que se beneficiaban de la gran fertilidad del suelo volcánico. En cambio, en los días previos sí habían sentido temblores de tierra y ruidos, que venían bien de las profundidades, parecidos a truenos, bien de la superficie, similares a bramidos de bueyes, según recogería el historiador Dion Casio, que escribió más de cien años después de los hechos.

Foto: Heritage / Album

Cronología

Una jornada fatídica

13 h

El Vesubio entra en erupción el 24 de agosto del año 79. Una nube de gases y ceniza oscurece el cielo sobre Pompeya.

1 h

En la madrugada del día 25 se produce la primera oleada piroclástica desde el Vesubio, que arrasa Herculano.

6.30 h

Una tercera oleada piroclástica llega hasta las afueras de Pompeya, sepultando las villas situadas extramuros.

7.30 h

Dos nuevas oleadas piroclásticas alcanzan de lleno Pompeya, matando a las personas que permanecían en ella.

8 h

La última oleada piroclástica se extiende radialmente desde el cráter por un área mucho mayor que las anteriores.

La mayoría no debió de hacerles demasiado caso por ser algo habitual en la zona del golfo de Nápoles, pese a que en el año 62 un terrible terremoto había causado daños de gran envergadura que afectaron a su vida cotidiana. Los pompeyanos todavía se estaban recuperando de aquel seísmo, por lo que gran parte de Pompeya se hallaba en proceso de reconstrucción, incluido el foro. Pero la vida debía continuar y en la mañana de la fatal jornada la ciudad bullía de actividad.

Un monte idílico

Un monte idílico

El fresco de la Casa del Centenario de Pompeya muestra el Vesubio cubierto de viñedos.

Foto: DEA / Album
El terremoto precursor

El terremoto precursor

El relieve que decoraba la casa de Lucio Cecilio Jucundo, representa el foro tras el seísmo del año 62.

Foto: L. Pedicini / DEA / Age Fotostock

Una columna de humo

Todo cambió hacia la una de la tarde. La erupción del volcán generó una impresionante columna de gases y material volcánico que se elevó hasta 27 kilómetros de altura. No contamos con ningún testimonio directo de los habitantes de Pompeya sobre el episodio, pero sí ha llegado hasta nosotros la descripción de un testigo ocular, Plinio el Joven, por entonces un muchacho de 17 años que acompañaba a su tío Plinio el Viejo, comandante de la flota imperial con base en la localidad de Miseno, en el extremo occidental de la bahía de Nápoles. Años más tarde, Plinio el Joven dirigió dos cartas al historiador romano Tácito en las que relataba sus impresiones de la tragedia. Sobre la erupción inicial escribía: «La nube surgía mostrando un aspecto y una forma que recordaba más a un pino que a ningún otro árbol. Pues, tras alzarse a gran altura como si fuese el tronco de un árbol larguísimo, se abría como en ramas».

Cráter

Cráter

El actual cráter del Vesubio, de unos 300 m de profundidad y 400 de ancho, se formó durante la erupción del volcán en 1944. Aunque esta erupción fue mucho menos intensa que la del año 79, provocó 26 víctimas mortales, la mayoría por caída de material volcánico.

Foto: Robert Clark / NG Image Collection
Fuego y destrucción

Fuego y destrucción

Este óleo de John Martin, de 1822, representa la erupción del Vesubio en la madrugada del día 25, vista desde la playa de Estabia, donde varios grupos de personas –entre ellas, Plinio el Viejo– tratan de huir.

Foto: David Clarke / RMN-Gran Palais

El viento condujo la parte superior de la columna de humo hacia el sureste, donde se encontraba Pompeya, que quedó sumida en la oscuridad. El imaginativo Dion Casio refiere que se oyó un gran estruendo y que el día se convirtió en noche y la luz en oscuridad; parecía, comentaba, que el universo entero fuera a quedar consumido por el caos y el fuego. Algunos aseguraban haber visto entre el humo a los gigantes entablando una feroz lucha con los dioses del Olimpo, en una reedición de la Gigantomaquia, el conocido episodio de la mitología griega.

Lluvia de ceniza

Con todo, el riesgo más inmediato para los habitantes de Pompeya era la lluvia de piedra pómez y cenizas que caía desde la enorme nube volcánica que los cubría. En medio de la confusión, unos creían que era más seguro refugiarse en sus casas, en los establecimientos públicos o bajo los pórticos, pero allí corrían el riesgo de verse atrapados por el derrumbe de los tejados, debido a la progresiva deposición de materiales volcánicos. Otros preferían salir a la calle cubriéndose la cabeza de algún modo, ya que también caían rocas de cierto grosor a una velocidad de más de 50 metros por segundo, lo que podía resultar letal. La consigna, en todo caso, era huir como fuera. Algunos corrieron hacia el puerto, mientras que otros lo abandonaban para refugiarse en tierra firme. Las puertas de la ciudad pronto se llenaron de gente que trataba de escapar.

Cerradura de Pompeya

Cerradura de Pompeya

Muchos habitantes se llevaron las llaves de casa para volver cuando pasara el peligro.

Foto: RMN-Grand Palais

A las cinco de la tarde la incesante lluvia de materiales volcánicos alcanzó una altura de 50 centímetros, nivel que a medianoche había aumentado en Pompeya hasta casi 1,5 metros. Los derrumbes habían causado ya un cierto número de víctimas mortales, pero fue en las horas siguientes cuando se desencadenó la gran tragedia. En torno a la una de la madrugada desde el cráter del volcán se precipitó la primera de las seis oleadas piroclásticas que en las siguientes siete horas causarían estragos en las poblaciones cercanas al Vesubio. Estas nubes ardientes son un fenómeno volcánico bien conocido: consisten en una mezcla de gases tóxicos, cenizas y fragmentos de rocas a altísimas temperaturas, que se precipitan por las laderas del volcán a gran velocidad destruyendo todo lo que hallan a su paso y causando la muerte instantánea de cualquier ser vivo, por shock térmico.

Un horno gigantesco

La primera de estas oleadas se dirigió a Herculano, al noroeste de Pompeya. Allí algunos de sus habitantes se habían refugiado en unos locales abovedados situados junto a la playa, usados para guardar barcas o enseres. Se resguardaron en vano, pues fueron alcanzados de lleno por la nube ardiente, que los mató al instante. Entre 1980 y 1992 los arqueólogos hallaron en el lugar cerca de trescientos esqueletos, que durante siglos habían permanecido sepultados bajo 25 metros de depósitos volcánicos.

Herculano

Herculano

Sepultados bajo una capa de material volcánico de entre 16 y 30 m de altura, los edificios de esta ciudad han conservado en buena medida su estructura. En la Casa de Neptuno y Anfítrite se ven, en el piso superior, los aposentos privados del dueño, con pinturas murales en el cuarto estilo, una cama de bronce y una mesa de mármol.

Foto: Michele Falzone / AWL Images

Gracias a los objetos hallados junto a las víctimas, algunas han recibido incluso un nombre, como «el soldado», por el cinturón con puñal y espada que llevaba, o «la dama de los anillos», una mujer perteneciente a la nobleza, que llevaba consigo sus joyas más valiosas. Resulta conmovedor el esqueleto de una joven esclava que protegía a un bebé en su regazo, quizás el hijo de su ama. Igualmente impactantes son los restos de un niño con una llave de hierro a su lado, probablemente la de su casa, que se llevó con la vana esperanza de poder regresar a ella.

Señora de los anillos

Señora de los anillos

Esqueleto hallado en 1982 de una mujer fallecida frente a la playa de Herculano.

Foto: Jonathan Blair / NG Image Collection

En agosto de 1982 se encontró, en lo que había sido la playa de Herculano, una barca en excepcional estado de conservación. De más de 9 metros largo, 2,20 de ancho y un metro de alto, pudo haber sido tripulada por seis remeros, tres a cada lado, y un timonel. Se ha planteado la hipótesis de que fuera una embarcación de rescate que intentaba recoger a los refugiados en los locales abovedados y que incluso «el soldado» estuviera al mando de la operación que finalmente acabó en tragedia.

Villa de los Misterios

Villa de los Misterios

Fragmento de una escena de los ritos de iniciación en el culto de Dioniso en la Villa de los Misterios.

Foto: Werner Forman / ACI

Durante la noche, en Pompeya, el depósito de roca volcánica continuó acumulándose hasta alcanzar una altura de casi tres metros. Al amanecer, el volcán pareció dar una pequeña tregua, que permitió la huida de los que quisieron abandonar sus casas y sus refugios temporales. Otros, animados por lo que parecía el final de la catástrofe, regresaron a sus hogares en ruinas para salvar lo que pudieran.

Amanecer mortal

Pero tanto los que huían como los que volvían se vieron sorprendidos por las nuevas y violentas oleadas piroclásticas, que alcanzaron de lleno Pompeya y su entorno. A las 6.30, la tercera oleada golpeó la muralla norte de la ciudad y sepultó las villas que estaban fuera de la puerta de Herculano, como la famosa Villa de los Misterios. Quienes habían optado por huir en aquella dirección murieron al instante. Una hora después, otras dos oleadas sobrepasaron las murallas, entraron en la ciudad y acabaron con todo signo de vida en su interior. A las ocho, la sexta y última avalancha cubrió el espacio de Pompeya casi por completo.

Muertos en el acto

Muertos en el acto

En 2020, al excavar un pasadizo subterráneo de la villa de Civita Giuliana, en las afueras de Pompeya, los arqueólogos hicieron los moldes de dos víctimas de la erupción. Corresponden a un joven de unos 20 años, quizás un esclavo, y a un hombre de unos 35 años, vestido más lujosamente. Ambos se vieron sorprendidos por una oleada piroclástica al amanecer del día 25.

Foto: Getty Images

En la llamada Casa de Julio Polibio, situada en la animada Vía de la Abundancia, se hallaron en 1975 restos de esqueletos que ayudan a comprender mejor los últimos momentos de una familia pompeyana de renombre. Polibio y los suyos habían decidido quedarse en casa, y el desarrollo de la erupción los había obligado a refugiarse en los comedores del fondo de su peristilo–el patio ajardinado con columnas alrededor del cual se desarrollaba la vida más íntima–. Las últimas oleadas entraron por el jardín del peristilo y derribaron las puertas de las estancias. Los refugiados, miembros de la familia y del servicio, perecieron al instante y quedaron sepultados tras el desplome de los techos.

La misión suicida de Plinio

Todo indica que el grueso de las víctimas de la erupción del Vesubio en Pompeya fue provocado por estas últimas oleadas piroclásticas. Es revelador que la gran mayoría de cuerpos se haya localizado por encima de la capa de materiales volcánicos de casi 2,5 metros de espesor producto de la erupción. Esas víctimas habían sobrevivido a la lluvia de piedra pómez, los derrumbes y la alteración del aire; lo que los mató fueron las nubes ardientes que se abatieron sobre Pompeya desde el amanecer. En total se han encontrado unos 1.150 cadáveres en el interior de la ciudad y 258 en los alrededores.

La casa de Julio Polibio

La casa de Julio Polibio

En las primeras horas de la erupción, doce personas, entre ellas una chica en avanzado estado de gestación, se refugiaron en la parte posterior de la casa de Julio Polibio, una de las más ricas de Pompeya. Al amanecer del día siguiente todos ellos sucumbieron a una oleada piroclástica del Vesubio. La posición de algunos esqueletos indica que yacían sobre su cama en el momento de la muerte.

Foto: Vittorio Sciosia / Fototeca 9x12

Una de las víctimas de la fase final de la erupción fue Plinio el Viejo. En el inicio del episodio se hallaba en Miseno con su sobrino, cuando recibió la petición de auxilio de una noble dama amiga suya llamada Rectina, cuya villa estaba situada a los pies del volcán, entre Herculano y Pompeya. El comandante de la flota imperial organizó una operación de rescate con algunas cuadrirremes bajo su mando, pero, ya en el mar, el temporal le impidió acercarse a la villa de su amiga. El piloto de su nave le aconsejó regresar, pero el valeroso Plinio le instó a dirigirse a Estabia, donde su amigo Pomponiano tenía una casa y la situación era mejor. «La Fortuna ayuda a los valientes», exclamó. Allí pudo descansar, e incluso dormir, aparentando calma y tranquilizando a sus compañeros. En algún momento de las primeras horas del día, los amigos de Plinio el Viejo lo despertaron y decidieron salir al exterior, cubriéndose la cabeza con almohadas sujetas con cintas para protegerse de la lluvia de cenizas. Bajaron a la playa para ver si era posible la huida por mar. Allí le sobrevino la muerte a Plinio, probablemente por efecto de la última oleada piroclástica, aunque también se apunta como causa una dolencia cardíaca que padecía.

Plinio el Viejo

Plinio el Viejo

El comandante de la flota imperial yace en la playa, víctima de la erupción. Grabado del siglo XIX coloreado.

Foto: Sheila Terry / SPL / Age Fotostock

Plinio el Joven, que prefirió no acompañar a su tío en la infortunada expedición, cerró su relato del episodio con unas emotivas palabras que resumen el alivio tras la catástrofe: «Finalmente, aquella oscuridad se desvaneció y se dispersó a la manera de humo o de una nube; después se vio la luz del día, un día verdadero; el sol también brilló, amarillento, sin embargo, como suele brillar en los eclipses. Recorríamos con ojos todavía aterrorizados todos los objetos cambiados y sepultados en una profunda capa de ceniza como si se tratase de nieve».

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La erupción pliniana del año 79

Recreación de la erupción del Vesubio

Recreación de la erupción del Vesubio

Ilustración: Claus Lunau / SPL / Age Fotostock

Columna pliniana

Columna pliniana

Tras una fase –no registrada por Plinio– de pequeñas explosiones antes del amanecer, hacia la una de la tarde comienza la fase pliniana de la erupción. Se forma una enorme columna de gases y material volcánico de 27 km de altura en forma de pino.

Secuencia: Sol 90 / Album
Nube volcánica

Nube volcánica

Fuertes vientos a nivel estratosférico impulsan la nube volcánica hacia el área de Pompeya. Sobre la ciudad cae una lluvia de piedra pómez y ceniza que hacia la medianoche forma una capa de casi 1,5 m de espesor. La columna volcánica alcanza los 33 km de altura.

Secuencia: Sol 90 / Album
 Oleadas piroclásticas

Oleadas piroclásticas

Hacia la una de la madrugada se produce el colapso de la columna eruptiva: los gases y los fragmentos de roca, en lugar de ascender verticalmente, se precipitan por las laderas del volcán en forma de oleadas piroclásticas de más de 400˚C a una velocidad de unos 80 km/h. Hasta las 8 de la mañana se registran seis oleadas.

Secuencia: Sol 90 / Album

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Víctimas de la erupción

Algo que impacta al visitante de Pompeya es la visión de los moldes de yeso de las víctimas de la erupción, que parecen como congeladas en el tiempo con sus últimos gestos. Giuseppe Fiorelli desarrolló a partir de 1863 la técnica que permitía recuperar la forma de los cuerpos, vertiendo yeso líquido en la cavidad que éstos habían dejado tras su descomposición. Muchas veces estos moldes incluyen restos no descompuestos, como huesos o dientes. Recientemente se ha procedido a una restauración de los más antiguos, al tiempo que se experimenta con nuevos materiales para realizar los moldes sustituyendo el yeso por un tipo de resina. Algunas escenas son realmente emotivas y se quedan en la retina de quienes las contemplan, ofreciendo un dramático testimonio de los últimos momentos de Pompeya: el hombre que intenta en vano levantarse del suelo mientras contempla a varias personas, adultos y niños, que yacen inermes a su lado; el perro que pugna desesperadamente por soltarse de su cadena o el grupo familiar que perdió la vida en la Casa del Brazalete de Oro.

Ésta fue una de las primeras víctimas halladas en Pompeya, en 1873, en el exterior de una curtiduría cerca de la Puerta de Estabia.

Ésta fue una de las primeras víctimas halladas en Pompeya, en 1873, en el exterior de una curtiduría cerca de la Puerta de Estabia.

Foto: M. Ripani / Fototeca 9x12
Un hombre del grupo de 13 personas, adultos y niños, encontrado en 1961 en el huerto de los fugitivos, un viñedo en la puerta de Nocera.

Un hombre del grupo de 13 personas, adultos y niños, encontrado en 1961 en el huerto de los fugitivos, un viñedo en la puerta de Nocera.

Foto: P. Sorrentino / SPL / Age Fotostock
Un niño hallado en la Casa del Brazalete de Oro en 1974 junto a otro menor y dos adultos, que se supone eran de la misma familia.

Un niño hallado en la Casa del Brazalete de Oro en 1974 junto a otro menor y dos adultos, que se supone eran de la misma familia.

Foto: SPL / Age Fotostock
Un niño de unos cinco años con una mujer. Ésta portaba el valioso brazalete que dio nombre a la casa en la que fueron hallados.

Un niño de unos cinco años con una mujer. Ésta portaba el valioso brazalete que dio nombre a la casa en la que fueron hallados.

Foto: Getty Images
Un varón que formaba parte de un grupo de 15 personas, hallado entre 1976 y 1979 en la necrópolis en el exterior de la puerta de Nola.

Un varón que formaba parte de un grupo de 15 personas, hallado entre 1976 y 1979 en la necrópolis en el exterior de la puerta de Nola.

Foto: A. Giannotti / Age Fotostock
Este perro encontrado en 1874 murió atado en el umbral de la puerta de la Casa de Vesonio Primo, en la que hacía guardia.

Este perro encontrado en 1874 murió atado en el umbral de la puerta de la Casa de Vesonio Primo, en la que hacía guardia.

Foto: SPL / Age Fotostock

Este artículo pertenece al número 216 de la revista Historia National Geographic.

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