Literatura

Pérez Galdós, el explorador de Madrid

Desde que llegó a la capital de España a los 19 años, Galdós quedó fascinado por una ciudad moderna y a la vez castiza cuyo pálpito recogió en sus grandes novelas.

Benito Pérez Galdós hacia 1905. Retrato por Grantham Bain. Casa-Museo Pérez Galdós, las Palmas de Gran Canaria.

Foto: Sfgp / Album

Cuando Benito Pérez Galdós llegó a Madrid desde su Gran Canaria natal con el objetivo de estudiar Derecho, se encontró con una ciudad inmersa en plena transformación. Corría el año 1862 y la urbe contaba con nuevos edificios propios de una capital, como el Congreso de los Diputados, la Universidad Central o el Teatro Real; se acababan de remodelar la Puerta del Sol y el paseo de Recoletos, y se había construido un moderno sistema de abastecimiento de agua: el canal de Isabel II. Por doquier se alzaban nuevos y suntuosos palacetes, la morada de las clases ricas.

Pero, más allá de este flamante escaparate del nuevo Estado liberal, comparado con otras capitales europeas Madrid distaba de ser impresionante. Con sus oscuras corralas y vaquerías se parecía más a un pueblo grande que a una metrópolis. Galdós recordaría su sensación al llegar: «No tuvo la villa y corte mis simpatías. Cuando en ella entré pareciome un hormiguero; sus calles estrechas y sucias; su gente bulliciosa, entremetida y charlatana; los señores, ignorantes; el pueblo, desmandado; las casas, feísimas y con olor de pobreza».

Pese a ello, la vieja, sucia, destartalada, juerguista, oscura y burocrática urbe acabó fascinando al joven canario, que la convertiría primero en tema de artículos de periódico y luego en escenario de sus novelas, sobre todo del ciclo que va desde Ladesheredada (1881) a Misericordia (1897), entre las que se encuentra su obra maestra, Fortunata y Jacinta (1887).

Cronología

El autor que descubrió la gran ciudad

1843

Benito Pérez Galdós nace en Las Palmas de Gran Canaria, como décimo hijo de un coronel y de la hija de un funcionario.

1862

Galdós llega a Madrid para estudiar Derecho, aunque pronto abandona la universidad para dedicarse al periodismo.

1887

Publica 'Fortunata y Jacinta', obra central de su ciclo «Novelas contemporáneas», ambientado en Madrid.

1901

La obra de teatro 'Electra' provoca un enorme escándalo por su ataque a la hipocresía religiosa.

1920

Pérez Galdós fallece en Madrid. Miles de madrileños visitan su capilla mortuoria.

Paseos y cafés

Llegado como un inmigrante más, Galdós empezó viviendo en una casa de huéspedes, primero en la calle de Fuentos y luego en la del Olivo, un ambiente que evocaría en la novela El doctor Centeno. Cautivado por el ambiente que lo rodeaba, no dudaba en faltar a clase para recorrer las calles. Él mismo lo cuenta en Memorias de un desmemoriado: «En la Universidad me distinguí por los frecuentes novillos que hacía [...] ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital. Frecuentaba un café de la Puerta del Sol, donde se reunía buen golpe de mis paisanos». Se refiere al Café Universal, centro de reunión de los canarios en Madrid.

Galdós «ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, viendo el bullicio de la capital»

Galdós alude al abigarramiento de una ciudad que había pasado de menos de 60.000 habitantes en 1840 a 540.000 en 1900. Sus calles aparecían llenas de viandantes, de carros, carrozas y tranvías tirados por mulas y de multitud de tiendas que abarrotaban las aceras. En Fortunata y Jacinta, Galdós evoca un paseo de la burguesa Jacinta entre «la bulla de la calle de Toledo», con «los puestos a medio armar en toda la acera, las baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de Alcaraz y los veinte mil cachivaches [...]. El suelo intransitable ponía obstáculos sin fin, pilas de cántaros y vasijas, ante los pies del gentío presuroso, y la vibración de los adoquines al paso de los carros parecía hacer bailar a personas y cacharros».

Dibujos juveniles de Galdós. Biblioteca Nacional, Madrid.

Dibujos juveniles de Galdós. Biblioteca Nacional, Madrid.

Foto: Oronoz / Album

El ruido de las calles

Un ambiente más aireado y espacioso se encontraba en los barrios burgueses resultantes de los sucesivos ensanches de la ciudad y del derribo de la antigua tapia que la cercaba. Galdós evocará este Madrid burgués en novelas como Lo prohibido(1885), centrada en la familia Bueno de Guzmán, que vive en un palacete junto al paseo de Recoletos. Desde un gabinete de la planta baja el protagonista ve y oye el ambiente del paseo: «Me agradaba ver pasar cada cinco minutos el tranvía, siempre de derecha a izquierda, con las plataformas llenas de gente. Me acompañaban los carros que a todas horas pasaban, y el grito de los carreteros. Me entretenían los simones, la gente dominguera que por las tardes invadía la acera de enfrente, pollería de ambos sexos, alquiladores varios de las sillas de hierro», esto es, los jóvenes o «pollos» que allí se sentaban. «Pasaba ratos buenos observando el público especial de los puestos de agua; y las tertulias que se forman en aquellos bancos. Observaba la aguadora y el barrendero de la Villa, el manguero y la beata que sale de la iglesia, el sargento y el ama de cría, la niñera y el mozo de tienda».

El Retiro, convertido en parque público en 1868, también era un foco de la vida social de la burguesía, o de quien aspiraba a serlo. En La desheredada Galdós escribía: «Aquí, en días de fiesta, verás a todas las clases sociales. Vienen a observarse, a medirse... El caso es subir al escalón inmediato. Verás muchas familias elegantes que no tienen qué comer. Verás gente dominguera [...] reventando por parecer otra cosa. Verás a las costureras queriendo pasar por señoritas [...]. Como cada cual tiene ganas rabiosas de alcanzar una posición superior, principia por aparentarla».

El afán por ascender en la escala social y por aparentar más de lo que se es, por «darse pisto», está muy presente en la narrativa galdosiana. En Lo prohibido, por ejemplo, escribe: «¡Qué Madrid éste! Todo es figuración [...]. La mayoría de las casas en que dan fiestas están devoradas por los prestamistas». Signo de esta manía era la forma ostentosa en que la burguesía de la época amueblaba la mejor habitación de la vivienda, el salón de recepción. En Lo prohibido, Galdós cuenta que los salones burgueses contaban con «cuadros de primera, porcelanas, objetos de arte, joyas, encajes ricos [...]». Cuando el dinero no alcanzaba se buscaban sucedáneos: «La sala lucía sillería de damasco amarillo rameado- –escribe en La desheredada–; en imitación de palo santo, dos espejos negros y alfombra de moqueta de la clase más inferior; dos jardineras de bazar y un centro o tarjetero de esas aleaciones que imitan bronce». Tertulias, comidas, bailes y otras reuniones sociales realzaban igualmente el prestigio de la familia.

Salón del Palacio del Marqués de Cerralbo, de finales del siglo XIX, hoy parte del Museo Cerralbo de Madrid.

Salón del Palacio del Marqués de Cerralbo, de finales del siglo XIX, hoy parte del Museo Cerralbo de Madrid.

Foto: Oronoz / Album

Covachas y corralas

Según Galdós, Madrid era una ciudad de «palacios y covachas», en la que las casas de relumbrón se mezclaban con las viviendas más precarias. Para los pobres y la gran mayoría de inmigrantes llegados a la capital, las únicas opciones de alojamiento eran buhardillas, desvanes o sotabancos. La huérfana Fortunata, por ejemplo, vive con su tía en un cuarto de un segundo piso de la Cava de San Miguel, una callejuela junto a la plaza Mayor, y tras todas las peripecias que narra la novela vuelve allí para dar a luz a su segundo hijo y morir poco después.

En la misma novela, Galdós evoca las corralas o casas de corredor, fincas con cuartos de alquiler en torno a un patio central que eran la vivienda popular más típica de Madrid. En una de ellas muere Mauricia la Dura, amiga rebelde de Fortunata.
En La desheredada Galdós describe una corrala de la periferia: «Halláronse en un extraño local de techo tan bajo que sin dificultad cualquier persona de mediana estatura lo tocaba con la mano. Por la izquierda recibía la luz de un patio estrecho, elevadísimo, formado de corredores sobrepuestos, de los cuales descendía un rumor de colmena, indicando la existencia de pequeñas viviendas numeradas, o sea de casa celular para pobres».

En esa periferia surgieron barrios de viviendas humildes e insalubres, como las Peñuelas, que Galdós retrata en La desheredada. Allí, cualquier vía «empieza en calle y acaba en horrible vertedero. Multitud de niños casi desnudos jugaban en el fango, amasándolo para hacer bolas». Era el envés del Madrid oficial: «No era aldea ni tampoco ciudad, sino una piltrafa de capital, cortada y arrojada [...] para que no corrompiera el centro».

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Una curiosidad infinita

A los 23 años, desde lo alto de un campanario, Galdós lanzaba su mirada de novelista en ciernes sobre Madrid: «Qué magnífico sería abarcar en un solo momento toda la perspectiva de las calles de Madrid, ver el que entra, el que sale, el que ronda, el que aguarda, el que acecha, ver el camino de éste, el encuentro, la sorpresa del otro; ver el carruaje del ministro dirigirse a la oficina o a Palacio; ver los mercados abriendo al público sus pestíferos armarios [...]. ¡Qué magnífico punto de vista es una veleta para el que tome la perspectiva de la capital de España!».

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Ilustración de la novela 'Misericordia'. 1897.

Ilustración de la novela 'Misericordia'. 1897.

Foto: Oronoz / Album

Pueblo y política

En 1906, al proclamar su conversión al republicanismo, Galdós invocó el «amor entrañable al pueblo de Madrid» que manifestaban sus novelas y su creencia de que el «estado llano», las «muchedumbres desvalidas y trabajadoras», representaban el auténtico patriotismo español.

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Barrios bajos de Madrid. Óleo por Joaquín Sorolla. 1883.

Barrios bajos de Madrid. Óleo por Joaquín Sorolla. 1883.

Foto: Oronoz / Album

Arrabales de miseria

En su novela Misericordia(1897), Galdós se propuso, como él mismo diría más tarde, «descender a las capas ínfimas de la sociedad matritense, describiendo y presentando los tipos más humildes, la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria, dolorosa casi siempre, en algunos casos picaresca o criminal y merecedora de corrección. Visité las guaridas de gente mísera o maleante que se alberga en los populosos barrios del sur de Madrid, solicitando la amistad de algunos administradores de las casas que aquí llamamos “de corredor”, donde viven hacinadas las familias del proletariado ínfimo».

Este artículo pertenece al número 196 de la revista Historia National Geographic.

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