El padre de la Historia

El país del Nilo visto por un griego: Heródoto en Egipto

El gran historiador de Halicarnaso hizo un viaje por Egipto en el que descubrió monumentos, costumbres y ritos sin parangón en su propio mundo.

Templo de Isis en File

Foto: Giuseppe Masci / Alamy / ACI

Cronología

EL PADRE DE LA HISTORIA

484 a.C.

Nace Heródoto en Halicarnaso, una de las numerosas colonias jonias establecidas en la costa suroeste de la actual Turquía.

490-479 a.C.

Grecia sufre dos grandes invasiones persas,momentos culminantes de las guerras médicas que Heródoto relatará en su Historia.

454 a.C.

Heródoto inicia sus viajes por Egipto, Tiro (Fenicia), Babilonia, Atenas y Turios, una colonia ateniense en la península itálica.

430 a.C.

De esta fecha data el último acontecimiento citado en la Historia, que Heródoto debió de terminar por entonces.

425 a.C.

Heródoto muere en algún lugar indeterminado, tal vez en Turios, donde se había establecido hacia el año 444 a.C.

Siglo I a.C.

El escritor y político romano Cicerón, en su obra Las leyes, bautiza al historiador griego como el «padre de la historia».

Como sucede con muchos autores de la Antigüedad, poco se conoce sobre la vida y circunstancias de Heródoto.en tierras de lo que hoy es Turquía.

Sabemos, eso sí, que su padre se llamaba Lixes y su madre Drío (o Rhoio), y que vino al mundo en torno al año 484 a.C. en una ciudad-estado de la antigua Caria: Halicarnaso (la actual Bodrum),

La primera mitad de su vida transcurrió en plenas guerras médicas, que enfrentaron a griegos y persas.

Heródoto

Busto del historiador griego. Museo Metropolitano, Nueva York.

Foto: Metropolitan Museum / ALBUM

Quizás el origen de la vocación literaria de Heródoto se encuentre en su tío (o quizá su primo) Paniasis. De él se dice que escribió una obra en verso en catorce libros sobre los orígenes de la presencia griega en Jonia (la costa occidental de Turquía, colonizada por emigrantes llegados de Grecia). Merece la pena subrayar que, como todas las obras relevantes de la época, era un largo poema, un modo de redactar que Heródoto no utiliza, pues escribe en prosa, género para el cual entonces ni siquiera existía una palabra. El autor de Halicarnaso no fue el primero en utilizar la «palabra desnuda» (psilos logos), pero sí quien terminó por convertirla en la herramienta adecuada para la transmisión y el debate de ideas.

De resultas de las turbulencias políticas provocadas por las guerras médicas, que llevaron a la ejecución de Paniasis, Heródoto hubo de abandonar Halicarnaso en una fecha que desconocemos. Comenzó entonces a deambular por distintos puntos del Mediterráneo y a recopilar información sobre sus pueblos, la cual veremos sistematizada después en los nueve libros de su Historia.

Aunque no todos los especialistas creen que Heródoto viajase a todos los lugares que menciona, lo cierto es que la información contenida en su texto casi siempre se ha confirmado, lo que indica que sí estuvo donde dice o, cuanto menos, que utilizó fuentes de información fiables. Un perfecto ejemplo de ello puede ser su recorrido por tierras del Nilo, que posiblemente fue una de las primeras regiones que visitó tras abandonar su ciudad natal y que describe extensamente en el segundo libro de su Historia.

Mapa de la Ecumene

Este mapa recrea el mundo conocido o ecumene descrito por Heródoto en sus obras: desde Sudán hasta Europa Central y desde la India hasta Iberia.

Foto: Tony Querrec / RMN-Grand Palais.

Geografía y pirámides

Heródoto empieza ofreciendo al lector una descripción pormenorizada de la geografía de Egipto, incluida la causa de la crecida del Nilo y la situación de las fuentes del río. Dado el limitado conocimiento geográfico de la época, sus suposiciones no pasan de ser elucubraciones sin mucho sentido. También describe los beneficios que esa crecida aporta a los egipcios y lo fácil que vuelve para ellos las tareas agrícolas.

La geografía de Egipto

«Desde la costa y hasta Heliópolis, tierra adentro, Egipto es ancho, totalmente llano y rico en agua y limo [...]. Curso arriba de Heliópolis, sin embargo, Egipto es estrecho», dice Heródoto. Vista aérea del Nilo y su valle, rodeado por el desierto.

Foto: Tony Querrec / RMN-Grand Palais.

Aquí nos topamos con un dato que nos permite atisbar las muchas briznas de información real contenidas en el texto. Menciona Heródoto que los egipcios utilizaban piaras de cerdos para introducir la simiente en el terreno reblandecido por las aguas: el campesino deja caer las semillas en el suelo «y suelta a los cerdos; pisoteando, las bestias hunden en la tierra el grano y el hombre sólo tiene que esperar a la cosecha». Aunque autores posteriores, como Plinio el Viejo, negaron este dato, milenios después quedaría demostrado por los estudiosos que examinaron los relieves de las tumbas.

Heródoto dedica un espacio significativo a uno de los monumentos emblemáticos de Egipto, las pirámides de Gizeh. A pesar de que enumera correctamente a sus constructores –Keops, Kefrén y Micerino– y explica que se trata de sus tumbas, no se puede decir que después se muestre como el más exacto de los historiadores. No sólo describe cámaras inexistentes en la Gran Pirámide, sino que confunde la calzada de acceso a la misma con la rampa utilizada para arrastrar piedras. Igualmente, menciona un sistema de elevación de sillares que ha alimentado la imaginación de todo tipo de investigadores. Heródoto remata su descripción con una fantasiosa historia pensada para resaltar la maldad del hombre que ordenó edificar tamaña monstruosidad de piedra. En efecto, cuenta el autor de Halicarnaso que cuando Keops, al que presenta como un tirano pérfido que había cerrado todos los templos del país y esclavizado a su pueblo para que edificara su tumba, agotó el tesoro real recurrió a un sistema perverso para continuar la construcción: prostituir a su propia hija. Con lo que le pagaron por gozar de los encantos de la princesa, el rey consiguió suficiente efectivo para terminar su pirámide. Heródoto añade que la princesa, a su vez, pedía a cada uno de sus clientes un bloque de piedra con los que después habría erigido su propia pirámide, una de las pequeñas construcciones que se alzan al este de la de Keops.

Pirámides de Gizeh

«En la construcción de la pirámide de Keops se emplearon veinte años. Cada uno de sus lados tiene una longitud uniforme de ocho pletros [236,8 m] y otro tanto de altura» . En la imagen, las tres pirámides de Gizeh. Al fondo, la Gran Pirámide erigida por Keops.

Foto: Daily Travel / Alamy / ACI

El misterio de las momias

A diferencia de lo que sucede con Keops, los datos que sobre la momificación proporcionaron a Heródoto sus informantes egipcios se han confirmado como correctos. Cuenta el historiador que existían tres categorías de embalsamamiento. La de mejor calidad implicaba la extracción del cerebro con un gancho a través de la nariz, y la de los órganos internos mediante una incisión en un costado (órganos que después se embalsamaban de modo individual). Después, el abdomen era rellenado con sustancias aromáticas y cosido, tras lo cual el cuerpo era desecado cubriéndolo con natrón, una sal natural. Tras 70 días, el cadáver se extraía del natrón, se limpiaba y se vendaba antes de entregarlo a los familiares para el enterramiento.

Keops, faraón tirano

Heródoto cuenta que Keops, sucesor de un tal Rampsinito, un rey ficticio, «sumió a los habitantes de Egipto en una completa miseria». Figurita de marfil de Keops. Museo Egipcio, El Cairo.

Foto: Sandro Vannini / Bridgeman / ACI

El segundo sistema de momificación consistía en introducir en el cuerpo una lavativa de sustancias disolventes, que se mantenían dentro mientras aquél se desecaba bajo el natrón. Transcurridos los días prescritos, del cuerpo del difunto no quedaban más que la piel y los huesos, que eran entregados tal cual a sus deudos. El tercer sistema era parecido, excepto que no se disolvía el interior del cuerpo, el cual se limitaba a ser purgado y sumergido en natrón.

Años de investigación paleopatológica han demostrado que las momias de los faraones del Reino Nuevo están embalsamadas con el primer sistema descrito por Heródoto, el de mejor calidad, y que a partir del Tercer Período Intermedio también utilizaron las personas con más recursos económicos. De hecho, en sus momias incluso se hacían pequeñas incisiones para introducir barro en lugares concretos del cuerpo y dar de este modo un volumen y aspecto más natural al cadáver desecado. Respecto al sistema de la lavativa, se sabe que se usó en el Reino Medio, cuando se probó para momificar a algunas reinas y princesas, aunque terminó desechado en favor del método más tradicional de la extracción de las vísceras. Asimismo, los textos han demostrado que la momificación solía demorarse 70 días, de los cuales 40 eran para el secado del cadáver y 30 para vendarlo y enterrarlo.

Heródoto lee ante Atenas

Heródoto lee su historia ante el público de Atenas. Johann Ludwig Gottfried. Crónica histórica, Fráncfort, 1630.

Foto: AKG / ALBUM.

Una cuestión sobre la cual Heródoto nos proporciona información valiosa son los animales sagrados y su culto durante la Baja Época, incluido el del toro Apis. Adorado en Menfis, este bóvido era considerado una manifestación terrenal del dios Ptah, el patrón de aquella ciudad. Sólo existía un Apis sobre la tierra, que se reconocía por unas marcas muy concretas que Heródoto nos describe: era completamente negro, con una marca blanca sobre la frente, la imagen de unas alas de halcón sobre el lomo, los pelos del extremo de la cola dobles y una mancha con forma de escarabajo bajo la lengua. Cuando el animal moría, comenzaba una búsqueda que no terminaba hasta haber localizado un nuevo Apis, identificado por sus específicas características físicas.

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Sacerdotes y culto

En cuanto a los sacerdotes, Heródoto describe con atención sus características, que encuentra perfectamente comprensibles: «Se afeitan todo el cuerpo cada dos días, para que ningún piojo u otro bicho repugnante cualquiera se halle en sus cuerpos mientras sirven a los dioses [...]. Sólo llevan un vestido de lino y sandalias de papiro, pues no les está permitido ponerse otro tipo de vestido o de calzado. Se lavan con agua fría dos veces al día y otras dos cada noche...».

Sacerdotes egipcios

Esta cabeza de un sacerdote de la Baja Época, esculpida en grauvaca, muestra una de las costumbres mencionadas por Heródoto: la de raparse la cabeza. Museos Estatales, Berlín.

Foto: BKP / SCALA, FIRENZE.

Algunas costumbres de los egipcios le resultan chocantes: los hombres, asegura, se dejan crecer el cabello y la barba cuando están de duelo, las mujeres orinan de pie y los hombres sentados, comen en la calle y hacen sus necesidades en casa... Aun así, interpreta estas rarezas como una muestra más de la gran antigüedad de los egipcios, de los cuales los griegos habrían heredado no pocas cosas, al decir de Heródoto, entre ellas las ceremonias de culto al dios Dioniso y los nombres de casi todos sus dioses.

Heródoto también nos proporciona información fiable cuando se refiere a los componentes de la dinastía XXVI. Conocida como dinastía saíta por tener su capital en la ciudad de Sais, en el Delta, Heródoto identificó correctamente a sus reyes (Psamético I, Necao II, Psamético II, Apries, Amasis y Psamético III). Los doscientos años transcurridos entre estos soberanos y la visita de Heródoto explican, quizá, que nos dé cuenta de sus reinados mezclando datos históricos con leyendas, según su habitual estilo. Heródoto termina el libro II con el reinado de Amasis, que le sirve de nexo de unión para enlazar con el inicio del libro III, dedicado a Cambises, el rey persa que conquistó Egipto.

Así lo vio Heródoto

Este óleo de Edwin Long, de 1877, plasma un pasaje de Heródoto: «En los festines, cuando terminan de comer, un hombre hace circular por la estancia, en un féretro, un cadáver de madera, pintado y tallado [...]. Dice a los comensales: “Míralo y luego bebe y diviértete, pues cuando mueras serás como él”».

Foto: Bridgeman / ACI

El toro Apis y el rey Cambises

Todo esto sirve al padre de la historia como introducción para contar que, tras conquistar Egipto, el rey persa Cambises fue a visitar el santuario del Apis y acabó infligiéndole una herida en el lomo de resultas de la cual el toro falleció unos días después. Sin embargo, las excavaciones en las catacumbas donde eran enterrados los Apis, el Serapeo de Saqqara, demuestran que en las fechas del supuesto ataque no se produjo la muerte de ningún toro. De modo que la historia de Cambises es probablemente una excusa para destacar el carácter soberbio e impío del monarca persa. Algo que queda demostrado cuando mucho después, según cuenta Heródoto, Cambises muere a causa de una herida en la pierna, justo en el mismo sitio donde habría golpeado al toro sagrado.

Estela con toro Apis

Esta estela, datada en la dinastía XXI, fue descubierta en el Serapeo de Saqqara. Muestra a uno de estos animales sagrados siendo adorado por un fiel. Museo del Louvre, París.

Foto: Scala, Firenze.

En general, Heródoto proporciona una interesante cantidad de información correcta. Todo ello, claro está, entremezclado con historias dudosas y leyendas increíbles que conviene expurgar para encontrar la información real que contienen.

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Una historia para leer en público

En la antigua grecia, la tarea de dar a conocer al público una obra escrita era muy laboriosa. Los autores aprovechaban alguna de las muchas fiestas religiosas que se celebraban por toda la Hélade para presentarse a los concursos literarios que se organizaban en ellas o hacer una lectura pública de toda la obra o parte de ella. Según Luciano de Samosata, Heródoto no se anduvo con menudencias y leyó todo su texto de una sentada durante la celebración de los juegos olímpicos de la LXXXI Olimpiada, que tuvieron lugar en 456 a.C. La leyenda cuenta que entre el público se contaba un joven Tucídides, que lloró de emoción al término de la lectura. Ésta sin duda gustó y eso permitió que la Historia fuera publicada en rollos de papiro. Los fragmentos más antiguos conservados son del siglo II d.C.

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La fascinación griega por Egipto

Los griegos consideraban Egipto como una de las naciones más antiguas y poseedora de una gran sabiduría. Según las fuentes, no fueron pocos los helenos que acudieron a orillas del Nilo a aprender con sus sacerdotes en las escuelas de los templos. Uno de ellos fue Tales de Mileto, que según Proclo se habría formado como matemático en el país del Nilo, donde también habría inventado la geometría. Otro griego destacado que habría estudiado en Egipto sería Platón, quien habría compartido casa allí con el matemático Eudoxo, según dice Estrabón en su Geografía. No son los únicos, pues se comenta que el poeta Alceo, el escultor Telecles, el político Solón o el matemático Pitágoras también visitaron Egipto en busca de conocimientos. Es lógico, pues, que éste fuera el primer país visitado por Heródoto.

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Este artículo pertenece al número 196 de la revista Historia National Geographic.

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