Dioses y adivinación

Más allá de Delfos: así eran los muchos y diversos oráculos de la antigua Grecia

En el mundo helénico se alzaban santuarios a los que los griegos acudían para consultar a los dioses todo tipo de cuestiones, tanto de carácter personal como de índole política.

La sacerdotisa de Delfos

La sacerdotisa de Delfos

La sacerdotisa de Delfos. Esta escena muestra a la Pitia sentada en el trípode sagrado y rodeada por los sacerdotes que tenían que interpretar sus palabras, inspiradas por el dios Apolo. Óleo por Camillo Miola. Siglo XIX. Museo Getty, Los Ángeles.

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Bostrica está a punto de llegar a Dodona. Menudo disgusto tiene. Su esposo, Díon, ha vuelto sin blanca de un viaje; asegura que ha extraviado el dinero, pero ella no sabe si es sincero. Únicamente los dioses podrán disipar sus dudas. Bostrica recorre los últimos metros que la separan de su destino: el santuario de Zeus en Dodona. Una vez allí, cruza la entrada de una pequeña muralla y ve cómo al final de una explanada se alza, majestuoso, el roble de Zeus. Junto al árbol está el templo del dios.

Al llegar a este edificio, una sacerdotisa le indica dónde esperar. Cuando llega su turno, realiza el correspondiente pago, efectúa un sacrificio y deposita una ofrenda, tras lo que recibe una fina tablilla de plomo y un punzón para que escriba su pregunta. Despacio, pues su conocimiento de la escritura es un poco limitado, las manos de la peregrina trazan las letras que plasman el motivo de su viaje: «Bostrica, hija de Dorcón, pregunta si Díon ha perdido el dinero al asistir a los actuales Juegos Actios o si en realidad se lo han robado en una apuesta, oh Zeus Naios y Dione». 

La consulta de Bostrica fue real y tuvo lugar hace aproximadamente 2.400 años.

Tras entregar la tablilla, nuestra protagonista observa cómo los sacerdotes se acercan a dos columnas de baja altura que sostienen la estatua en bronce de un joven con un látigo y, al lado, un caldero también metálico colocado sobre un trípode. Entonces mueven el látigo de la estatua, que golpea el caldero y produce un sonido muy fuerte. Bostrica sabe que ese es el mensaje de los dioses, pero debe esperar a que los sacerdotes lo interpreten. Poco después, recibe la respuesta, escrita en una placa similar a la que ella ha utilizado antes. Nerviosa, pues sospecha que Díon ha apostado el dinero y le han estafado, la lee. Levanta entonces la mirada, devuelve la tablilla, y se encamina de regreso a casa.

La consulta que acabamos de leer es real y tuvo lugar hace aproximadamente 2.400 años. El texto original es más enrevesado y no se habla específicamente de una apuesta, pero el contexto es suficiente para deducir que Bostrica sospechaba que su esposo no había dejado olvidada la bolsa con el dinero en ningún sitio. Aunque desconocemos la respuesta, la pregunta en sí misma nos da una pista de la escasa confianza que Bostrica tenía en su esposo. 

El roble de Zeus

El roble de Zeus

El roble de Zeus. En Dodona, el dios Zeus manifestaba su voluntad a través de un roble sagrado que se alzaba en el lugar, como hoy se alza el que vemos en la imagen. El roble original fue talado en el siglo IV d.C.

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Las respuestas de los dioses

Como miles de personas en la Antigüedad, Bostrica decidió presentar una consulta a un oráculo para solucionar un problema personal. En la antigua Grecia se entendía por oráculo el mensaje que los dioses enviaban a los humanos cuando estos les consultaban, pero también designaba el lugar físico en el que se llevaba a cabo este acto. Dicho lugar era, por lo general, alguno de los muchos santuarios repartidos por todo el mundo griego y que cumplían la función de residencias de los dioses en el territorio de los mortales. 

Allí era posible comunicarse con las divinidades, las cuales conocían el pasado de sus consultantes, del mismo modo que podían influir en su futuro. No es casualidad, por tanto, que la palabra usada para referirnos a este fenómeno proceda del latín oraculum, término derivado de orare, «hablar». Por su parte, los antiguos griegos, empleaban el vocablo chresmos, «declaración».

Las comunidades e individuos de la antigua Grecia tenían a su disposición un mínimo de doscientos oráculos repartidos por el territorio.

El oráculo griego más característico es la Pitia del santuario de Delfos. Tal y como lo representó con gran habilidad un grabado de Heinrich Leutemann en el siglo XIX, la Pitia aparece como una profetisa sentada en un caldero colocado sobre un soporte de tres patas, lo que conocemos como un trípode. Allí, embargada por ciertos vapores alucinógenos, se contorsiona y comienza a balbucear cosas ininteligibles. Son las palabras que los dioses transmiten a través de ella. Su interpretación va a cargo de un grupo de sacerdotes especializados en esa tarea, que finalmente presentan la respuesta en verso. 

Delfos no era más que uno de tantos oráculos del mundo griego; sin duda, el más influyente, el que sigue despertando más interés en la actualidad. Pero el abanico de posibilidades que las comunidades e individuos de la antigua Grecia tenían a su disposición en materia de oráculos era enorme. Seguramente existió un mínimo de doscientos oráculos. Además, los métodos por los que estos se manifestaban podían ser muy distintos. De hecho es más que probable que la consulta en Delfos fuera diferente de como creemos. Tal vez no había vapores alucinógenos, ni las respuestas estaban versificadas. 

Lanzando mensajes 

Lanzando mensajes 

Lanzando mensajes. Algunos oráculos se consultaban mediante piezas como este poliedro: incluye diversas letras del alfabeto griego, que daban pie a 20 mensajes oraculares. MET, Nueva York.

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Métodos oraculares

A la hora de vaticinar el pasado, presente o futuro, los oráculos podían optar entre la adivinación inspirada, en la que un ser humano entraba en trance al comunicarse directamente con la divinidad, o la profecía mediante algún elemento natural o mecánico. El repertorio de este último tipo de oráculos es muy variopinto. En muchas ocasiones las respuestas se basaban en el azar y se obtenían mediante diferentes instrumentos.

Uno de los métodos más simples se basaba en el uso de tablillas, que llevarían preparada la respuesta a la consulta, «sí» o «no». Un método parecido es el de la denominada astragalomancia, en el que se utilizaban astrágalos o tabas, unos huesos de pequeño tamaño que se tiraban y en función de en qué posición cayeran transmitían un mensaje u otro. En otros oráculos se empleaban piezas semejantes a los dados. 

Los métodos oraculares eran muy diversos y variaban según el ámbito de la consulta.

La llamada bibliomancia consistía en usar libros como fuente de adivinación, eligiendo al azar pasajes que tuvieran un valor profético. Una variante característica era la homeromancia, en la que mediante unos dados salían elegidos determinados versos de la Ilíada o la Odisea de Homero que contenían el mensaje divino. Por su parte, el oráculo de Deméter en la ciudad portuaria de Patras nos ofrece una interesante combinación de hidromancia –adivinación por medio de agua– y catoptromancia –con espejos–. Normalmente, este lugar era visitado por enfermos, que debían poner un espejo justo debajo de la superficie del agua de una fuente. Si en la imagen reflejada el consultante aparecía sano, significaba que se curaría; en caso contrario, su destino sería fatídico. 

 

Espejo de bronce

Espejo de bronce

Espejo de bronce con una escena que muestra a Afrodita y Pan jugando a las tabas mientras Eros los observa. Siglo IV a.C. 

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Oráculos sanadores

Otros métodos oraculares eran más elaborados. También en el ámbito de la salud, los santuarios de Asclepio, el dios de la medicina –entre los que destacaba el de Epidauro–, funcionaban de una manera muy específica. El consultante, que normalmente padecía alguna enfermedad, debía dormir en un espacio denominado ádyton que había junto al templo, en un proceso conocido como incubatio o, en griego, egkoimesis. En sueños, el dios o alguno de sus ayudantes –humanos o animales, normalmente serpientes– se le aparecía y obraba el milagro de la curación. 

En Epidauro, al consultante se le aparecía en sueños el dios Asclepio, o alguno de sus ayudantes, y obraba el milagro de la curación

Epidauro

Epidauro

El teatro de Epidauro. En la ciudad de Epidauro, en la Argólida, se alzaba el santuario y oráculo de Asclepio, dios de la medicina. En la imagen, el teatro, uno de los mejor conservados de Grecia, del siglo IV a.C. 

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Un oráculo especialmente complejo era el del héroe Trofonio, situado cerca de la ciudad de Lebadea. Conocemos bien el procedimiento que se seguía porque Pausanias, un geógrafo del siglo II d.C., visitó el santuario y explicó su funcionamiento en su libro Descripción de Grecia

En primer lugar, para acudir al oráculo era necesario pasar varios días recluido en un edificio consagrado al Buen Demon y a la Buena Fortuna, además de seguir al pie de la letra diversos rituales. Una vez el consultante lograba superar todos los pasos requeridos, debía ascender una ladera hasta llegar a un agujero abierto en la tierra, en cuyo interior se encontraba el oráculo de Trofonio. Para comunicarse con este, el peregrino debía sostener en la mano dos panes de cebada amasados con miel e ir introduciendo las piernas poco a poco en el agujero. Pausanias explica que a partir de este punto cada consultante experimentaba una revelación, en ocasiones con la vista y en otras con el oído. 

Oráculo de Trofonio

Oráculo de Trofonio

Un hombre llamado Aristomenes desciende a la gruta del oráculo de Trofonio para hacer su consulta. Dibujo de Franz Caucig. 1810.

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No podemos omitir el peculiar caso del oráculo de Dodona, al cual nos hemos referido en el comienzo de este artículo. Aquí el problema que tenemos es la disparidad de métodos de consulta mencionados por los autores antiguos. El elemento principal del santuario de Dodona era un roble asociado a Zeus, aquel que Bostrica vio hace casi dos milenios y medio. Se dice que el dios profetizaba a través de ese árbol, por ejemplo con el movimiento de sus hojas. También hay varias referencias a tres palomas sagradas que vivían en Dodona, cuyo canto o vuelo era interpretado en clave oracular. 

Algunas de las descripciones en las fuentes antiguas confunden los elementos sagrados del santuario con el método de consulta.

El tercer instrumento mencionado son los calderos sobre trípodes. Bostrica vio cómo el látigo de una estatua de bronce golpeaba un caldero; la respuesta de los dioses se encontraba en el sonido que producía. Parece que hubo una fase previa ligeramente diferente en la que no había un único caldero, sino varios, que formaban un círculo alrededor del roble sagrado. En este caso, el sonido se producía al chocar unos calderos contra otros. 

¿Cómo cabe interpretar que hubiese tres métodos de consulta en Dodona? Hay diferentes hipótesis al respecto. Tal vez los métodos se fueron sucediendo uno tras otro, pero no puede descartarse que se empleasen a la vez y se optase por uno u otro en función de distintos factores. Sin embargo, es más probable que algunas de las descripciones en las fuentes antiguas sean incorrectas y confundieran elementos sagrados del santuario con el método específico de consulta del oráculo. Dado que las excavaciones del yacimiento sacaron a la luz multitud de fragmentos de trípodes, es muy probable que este objeto fuera el que se utilizaba para comunicarse con Zeus Naios y Dione. 

Zeus

Zeus

Estatuilla de bronce que representa al dios Zeus lanzando su rayo. Museos Estatales, Berlín. 

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Ante la duda, ir a un oráculo

Había muchos motivos que llevaban a los antiguos griegos a establecer contacto con la esfera divina. Buscar el favor o el consejo de los dioses era algo natural. La religión formaba parte de su día a día y, en este sentido, la adivinación es una buena muestra de ello. Por eso, ante cada indecisión, por la razón que fuera, la solución se podía encontrar en un oráculo. De ello dan cuenta miles de testimonios, registrados en la literatura y en inscripciones. En realidad, esos textos constituyen una pequeña fracción del total de visitas que recibieron los oráculos helénicos a lo largo de más de un milenio de actividad, pero es un volumen de datos suficiente para hacernos una idea de la importancia de este fenómeno. 

Betilo

Betilo

El centro del mundo. Este betilo o piedra sagrada representa el ónfalo (ombligo) o centro del mundo griego. Procede del ádyton, un espacio sagrado del templo de Apolo en Delfos. Museo Arqueológico de Delfos.

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La temática de la consulta cambiaba bastante en función de si se trataba de una iniciativa pública –hecha por una comunidad, como una polis o ciudad estado– o privada –formulada por un particular–. Por regla general, las primeras trataban cuestiones que afectaban al colectivo entero. Un buen ejemplo es la pregunta que los corcireos –los habitantes de Corcira, la actual Corfú– dirigieron a Zeus Naios y Dione, en Dodona, en la que planteaban en honor de qué dios o héroe debían hacer sacrificios y dirigir sus plegarias para que su gobierno fuera estable. 

Otro ejemplo son las consultas que los habitantes de una ciudad hacían antes de fundar una colonia para confirmar si el dios era favorable a la creación de estos nuevos asentamientos. El destinatario de la mayor parte de estas consultas parece haber sido Apolo Pitio, en Delfos. Los milesios, en cambio, optaron siempre por dirigirse al santuario de Dídima, situado cerca de su ciudad, para comprobar si Apolo veía con buenos ojos sus empresas colonizadoras. Otras consultas podían versar, por ejemplo, sobre si una polis o un reino debía ir o no a la guerra o qué hacer para que remitiese la plaga o epidemia que asolaba una zona. 

El oráculo de Apolo en Dídima

El oráculo de Apolo en Dídima

El oráculo de Apolo en Dídima. A este santuario situado en la costa de Asia Menor acudieron los habitantes de la vecina Mileto para consultar la viabilidad de sus empresas colonizadoras por el Mediterráneo. En la imagen, columnas del templo de Apolo en Dídima, reconstruido en el siglo IV a.C.

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El contacto personal con el dios

Conservamos muchas más consultas privadas que públicas, y las primeras tratan temas mucho más diversos. En esencia, cualquier cosa sobre la que uno podía dudar era susceptible de dar lugar a una consulta a los dioses. La materia más frecuente era la búsqueda de pareja y de descendencia. Por ejemplo, Cleunica quiso saber en Dodona si le convenía un marido mejor para tener hijos, lo que nos muestra un probable caso de infertilidad masculina.

Por su parte, un hombre llamado Falaris también anhelaba tener un retoño y, como a los 50 años aún no lo había conseguido, visitó el santuario de Asclepio en Lebena para buscar una solución. El dios le ordenó que su esposa fuera al santuario. Tras ponerle el propio Asclepio una calabaza en su vientre, la mujer quedó embarazada. 

Relieve

Relieve

En este relieve, un hombre ofrece la representación de una pierna como exvoto a Asclepio por su curación. Museo Arqueológico Nacional, Atenas.

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La salud era precisamente la principal competencia de Asclepio. En esta materia encontramos habitualmente dos tipos de consulta. Por un lado, las de quienes buscaban que Asclepio interviniese directamente para curar a la persona en cuestión, como ocurrió con un individuo llamado Hermón, quien vio que su ceguera desaparecía gracias a la intervención divina. Sin embargo, como no realizó las ofrendas pertinentes de agradecimiento en honor de Asclepio, este le devolvió la ceguera. Hermón tuvo que volver a Epidauro para que el dios lo curase otra vez.

Por otro lado, encontramos muchas consultas en las que se pregunta si una persona que padecía algún problema se lograría curar. En Dodona, por ejemplo, un preocupado Leontio quiso saber si su hijo Leonto superaría su enfermedad del pecho. 

La sabiduría de los oráculos lograba resolver dudas sobre el futuro y también sobre el pasado.

Contamos con muchos más temas en los que se esperaba conocer los designios divinos para el futuro de las personas. No pocos esclavos preguntaron en Dodona acerca de su libertad, como hizo un tal Cito; su propio amo, Dionisio, había prometido liberarlo, pero aun así, inquieto, preguntó a los dioses si su deseo se cumpliría. También hubo varios atletas que buscaron saber por adelantado si ganarían en la competición en la que iban a participar. No son pocas las consultas que versaban sobre negocios. Así, un comerciante llamado Timodamo preguntó si ciertos viajes por tierra y mar serían favorables para sus actividades, mientras que un tal Cleotas quiso saber si le sería rentable ampliar el rebaño de ovejas que poseía. 

Además del futuro, la sabiduría y clarividencia de los oráculos también iluminaban el pasado. El episodio de Bostrica es un buen ejemplo (¿qué había hecho su esposo con el dinero?), como también lo es el de una persona, cuyo nombre no se ha conservado, que preguntó si cierto individuo llamado Topio era quien le había robado su dinero. Otro caso de hurto es el de un tal Agis, quien no tenía claro si las sábanas y almohadas que no encontraba las había perdido él mismo o se las había llevado alguien. 

Orestes ante Apolo

Orestes ante Apolo

Orestes ante Apolo. Según el mito, Orestes, al saber que su madre Clitemnestra había asesinado a su padre Agamenón, consultó al oráculo de Delfos si debía castigar el crimen; la respuesta fue que sí. Tras matar a su madre, Orestes retornó a Delfos para pedir protección al dios, como muestra este relieve. Museo Arqueológico, Nápoles.

 

Luisa RIcciarini / Bridgeman / ACI

Consultas muy diversas

Como hemos visto, en los oráculos podemos encontrar desde temas relativamente banales hasta otros más trascendentales para quienes tenían el problema que motivaba la consulta. Este sería el caso de una consulta con tintes detectivescos, en la que se preguntaba si un tal Arcónidas, o bien su hijo u otra persona asociada a él, había esclavizado a la sirvienta de un hombre llamado Aristocleo. También en la línea de posibles delitos nos encontramos con la duda de si cierto Timo suministró o no una droga a una mujer llamada Aristóbula. 

El rey Egeo espera ante la Pitia Temis

El rey Egeo espera ante la Pitia Temis

El rey Egeo espera ante la Pitia Temis, sentada sobre el trípode de Delfos, para conocer el resultado de su consulta. Pintor de Kodros. Siglo V a.C. Museos Estatales, Berlín.

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Podrían citarse muchos otros temas que daban pie a las consultas ante los oráculos: desde alguien que preguntaba si debía establecerse en una colonia recién fundada, hasta quien quería saber si era recomendable enrolarse en el ejército; desde cómo conseguir mantener las propiedades y la riqueza, hasta asuntos religiosos y judiciales. Un sinfín de episodios que nos remiten a situaciones del día a día y que afectaban a todos los grupos sociales. Dos milenios y medio después, en más de una ocasión podríamos estar preguntándonos lo mismo. ¿Qué nos responderían los dioses? 

Este artículo pertenece al número 242 de la revista Historia National Geographic.