Origen de una hermandad universal

El nacimiento de la masonería

En el siglo XVIII, las viejas hermandades medievales de constructores de catedrales, los masones, devinieron sociedades dedicadas al perfeccionamiento moral de sus miembros.

Ceremonia de iniciación

Ceremonia de iniciación

Foto: Giancarlo Costa / Bridgeman / ACI

Una de las principales dificultades de los historiadores a la hora de estudiar la masonería es la existencia de diversas corrientes masónicas, desde las teístas –que aceptan la existencia de la divinidad– a las laicistas. Esto ha dado pie a diferentes teorías acerca de su origen, aunque su punto de partida histórico y documentado son los masones que edificaron las catedrales de la Edad Media.

Cronología

Nace la orden

1717

La fundación de la Gran Logia de Londres marca el nacimiento de la masonería simbólica o especulativa.

1723

Las Constituciones escritas por James Anderson y John Theophilus Desaguliers recogen los principios básicos de la Orden.

1738

Fundación de la Gran Logia de Francia, la primera obediencia francesa. Al acabar el siglo XVIII, Francia contará con casi mil logias.

1751

El papa Benedicto XIV reafirma la condena a la masonería formulada por Clemente XII en su bula In eminenti, de 1738.

1801

Marinos de una escuadra española fondeada en el puerto de Brest fundan la primera logia española: La Reunión Española.

De Egipto a los templarios

Para la corriente más tradicional, la masonería es una orden iniciática (es decir, que exige participar en unos rituales de iniciación para formar parte de ella) entroncada con las tradiciones mistéricas de la Antigüedad. Esto significa que la masonería provendría de sociedades que hacían participar de un misterio a sus iniciados. Según algunos autores, se remontaría a los primeros maestros constructores de Egipto, cuyas habilidades técnicas estaban revestidas de un carácter mágico y divino. La transmisión de los conocimientos de maestro a alumno por una vía iniciática y secreta habría llegado hasta los constructores de catedrales medievales. Pero estos conocimientos no se habrían limitado a la sabiduría ancestral de Egipto, sino que, como constructores sagrados de los templos de todas las religiones, los miembros de esta orden habrían bebido de los cultos mistéricos de Grecia y el Próximo Oriente.

Mandil o delantal masónico del siglo XVIII.

Mandil o delantal masónico del siglo XVIII.

Foto: Giancarlo Costa / Bridgeman / ACI

Entre los lazos míticos a los que se remontan algunos autores también se encuentran los gremios de constructores del Imperio romano, los collegia fabrorum, hermandades de artesanos que aglutinaban los oficios necesarios en todo tipo de construcciones y solían acompañar a las legiones en la colonización de nuevos territorios. La masonería, por tanto, perpetuaría la esencia de todo ese conocimiento creando logias o cofradías de constructores donde únicamente los iniciados podrían acceder a él.

Pero la leyenda que más ha calado en la masonería es la que sitúa los orígenes de la tradición masónica en los tiempos de Salomón, rey de Israel en el siglo X a.C. Hiram Abif, un maestro constructor originario de la ciudad fenicia de Tiro, sería el jefe de obras del Templo que Salomón edificó en Jerusalén. Aunque en la Biblia tan sólo se alude a él como un artesano extranjero, en la leyenda masónica es el máximo responsable de la construcción del Templo. Una noche lo asaltaron tres obreros que querían conocer los secretos de la arquitectura, pero Hiram se negó a revelárselos y lo asesinaron, con lo que se llevó su conocimiento a la tumba. Para los masones, este suceso ejemplifica el hecho de que el camino que debe recorrer quien entra en la Orden –desde la ignorancia del aprendiz hasta la sabiduría del maestro– exige esfuerzo y perseverancia.

Constructores medievales

Constructores medievales

Aunque esta miniatura ilustra la construcción del antiguo Templo de Jerusalén, muestra en realidad la labor de los masones hacia 1470, cuando se pintó en el taller de Jean Fouquet.

Foto: Bridgeman / ACI

Como en el relato bíblico Dios es el Gran Constructor del universo, su Creador, cualquier obra humana ha de contar con cierto grado de conocimiento del supremo arte de la construcción. Algunos estudiosos sustituyen a Hiram Abif por el carpintero sagrado Noé –creador del Arca que desafió el Diluvio– como maestro constructor, e incluso hay quien se remonta al Génesis, con Adán, el primer hombre, como germen de la masonería.

Durante mucho tiempo se sostuvo que los templarios medievales habían aprendido el arte sagrado de la construcción directamente de sabios musulmanes durante su estancia en Tierra Santa en las diferentes cruzadas. Tras la supresión de la orden del Temple por el papa Clemente V en 1312, los templarios se diseminaron por todo el continente, recalando principalmente en Escocia, donde habrían creado la masonería como forma discreta de supervivencia de la orden disuelta.

Insignia masónica

Insignia masónica

El compás (arriba), la plomada (en el centro) y la escuadra (abajo), símbolos masónicos, representados en esta joya que lucían los miembros de la Gran Logia de Londres. 1735.

Foto: Museum of Freemasonry / Bridgeman / ACI

Esta hipótesis se sustentó en el carácter iniciático del Temple –pues sus miembros pasaban por un ritual de iniciación– y del sufismo islámico, cuyas cofradías siguen las enseñanzas místicas de diferentes maestros, y cuyos secretos y ritos pudieron haber pasado a formar parte del ritual masónico a través del Temple.

Los masones medievales

Por muy atrayentes que resulten estas leyendas sobre el origen de la masonería, no existe documentación alguna que acredite un origen anterior a los gremios de constructores medievales, que forman la llamada masonería operativa. Los maestros canteros (maçon en francés, mason en inglés) contaban con logias de oficio, donde sus miembros se agrupaban en aprendices y compañeros. Viajaban juntos levantando edificios y mantenían el secreto de sus técnicas constructivas como garantía de conservación de su arte y sus puestos de trabajo. Era una forma de evitar el intrusismo, pero también de buscar la excelencia en su labor, pues no en vano se conoció la masonería como el Arte Real. A lo largo de los siglos, albañiles y canteros alimentaron sus logias con toda una suerte de historias sobre el origen legendario de su oficio, cuyo carácter sagrado se plasmaba en sus obras cumbre: las magníficas catedrales góticas.

Bóveda de abanico

Bóveda de abanico

Capilla del King’s College de Cambridge, obra del maestro de obras (‘master mason’, en inglés) John Wastell. 1512-1515.

Foto: Shutterstock

Para transmitir sus conocimientos, los masones medievales crearon elaborados rituales de iniciación, que incluían palabras secretas y gestos o toques de reconocimiento mutuo, y en los que se empleaban las herramientas y el vocabulario del oficio de albañil o de cantero como elementos simbólicos y litúrgicos. La organización y el funcionamiento de estas asociaciones estaban estrictamente regulados en las denominadas constituciones o estatutos, como la Antigua Constitución de York del año 926 o los estatutos de los canteros de Bolonia, de 1248.

La nueva masonería

Durante el siglo XVII, muchos intelectuales nobles y burgueses se vieron atraídos por los rituales pintorescos, casi místicos, de las reuniones de las logias de los masones operativos. Algunos fueron invitados a formar parte de las logias como masones aceptados, con lo que, aun sin ser parte del oficio, podían participar en los rituales y reuniones, y ser iniciados en los secretos de la logia de forma simbólica.

Reunión en miniatura

Reunión en miniatura

Tenida (reunión de una logia) representada con figuritas de madera en el interior de una botella. Hacia 1800.

Foto: Bridgeman / ACI

Para algunos historiadores de la masonería, estos masones aceptados, o masones simbólicos, en su mayoría intelectuales y científicos, serían el germen de las futuras logias especulativas o simbólicas. Sea como fuere, a comienzos del siglo XVII comenzaron a proliferar las logias en las que la mayoría de los miembros eran masones aceptados. Su popularidad se vio acompañada por la difusión de las ideas ilustradas. En los albores del Siglo de las Luces no existía mayor garantía para cualquier intelectual de brillar y poder exponer libremente sus ideas que bajo la protección de una logia de masones aceptados. El carácter secreto de la afiliación a la masonería y la mutua protección y tolerancia entre sus miembros garantizaban un espacio seguro de libertad, a salvo de la intolerancia religiosa vigente en muchos países.

1717, el año decisivo

El 24 de junio de 1717, festividad de san Juan Bautista, cuatro logias londinenses de masones aceptados decidieron federarse para crear una obediencia o gran logia que unificara criterios y diera una estructura común a las logias que quisieran adherirse. Hasta entonces sus miembros se reunían en tabernas y las logias recibían el nombre de éstas, de ahí que las cuatro logias reunidas en Londres se denominaran La Corona, El Ganso y la Parrilla, La Copa y Las Uvas, y El Manzano. Aquella noche se creó la Gran Logia de Londres y Westminster.

La ciudad de los masones

La ciudad de los masones

La reconstrucción de Londres tras el Gran Incendio de 1666 atrajo a muchos constructores o masones operativos, lo que contribuyó al florecimiento de la masonería especulativa.

Foto: Doug Pearson / AWL Images

En poco tiempo se vio la necesidad de dotar a la Gran Logia de unas normas de acceso y funcionamiento, y en 1723 se encargó su redacción a los pastores protestantes James Anderson y John Theophilus Desaguliers. Surgieron así las Constituciones de los masones o Constituciones de Anderson, texto que establece unas normas de obligado cumplimiento y una clara diferenciación entre la masonería operativa y la especulativa, cuya finalidad ya no es la construcción de templos sino la edificación del templo interior del ser humano para beneficio de la humanidad. Esta idea de una nueva ética basada en la fraternidad universal era consustancial a la masonería, como consta en el famoso discurso del caballero Ramsay en la Gran Logia de Francia, en 1737: «Deseamos reunir a todos los hombres de mentes ilustradas, modales amables e ingenio agradable, no sólo mediante el amor por las bellas artes, sino además mediante los grandes principios de la virtud, la ciencia y la religión; en ellos los intereses de la fraternidad [la masonería] se convertirán en los de toda la raza humana, y por su medio todas las naciones podrán obtener conocimientos y los súbditos de todos los reinos aprenderán a apreciarse unos a otros sin renunciar a su propio país».

A favor de la libertad de conciencia

A favor de la libertad de conciencia

Las ‘Constituciones de Anderson’ daban libertad a los masones para creer en cualquier confesión cristiana, lo que constituye una muestra de tolerancia insólita en la época.

Foto: Alamy / ACI

Cualquier varón de condición libre podía pertenecer a la Orden, con independencia de su oficio. Uno de los aspectos más importantes era su carácter universal, por lo que, tal como se lee en las Constituciones, no se podía exigir a sus miembros una creencia religiosa concreta: «Hoy se ha creído más oportuno no imponerle otra religión que aquélla en que todos los hombres están de acuerdo». Las distintas concepciones de Dios se condensaron en la figura del Gran Arquitecto del Universo. Las Constituciones de Anderson tuvieron la virtud de llenar de ilustrados las logias masónicas, donde quedaba prohibido hablar de religión, e incluso de política. Ello propiciaba el reconocimiento mutuo y la tolerancia entre diferentes, lo que en términos masónicos se llamó «difundir la luz y reunir lo disperso».

La fulgurante expansión de la masonería

La fulgurante expansión de la masonería

Un grupo de francmasones frente a los símbolos de varias logias inglesas. Grabado del libro ‘Ceremonias y costumbres religiosas de varias naciones del mundo conocido’, traducción inglesa de una obra del francés Bernard Picart. Publicado hacia 1735, los iconos de 129 logias dan cuenta de la rápida difusión de la francmasonería tras la fundación de la Gran Logia de Londres, menos de veinte años atrás.

Foto: Stapleton Collection / Bridgeman / ACI

Sin embargo, esta libertad religiosa tuvo como consecuencia que muchas logias tradicionales que aún conservaban el misticismo religioso, en su mayoría irlandesas, se negaran a formar parte de la nueva Gran Logia. Se autodenominaban los Antiguos, en contraposición a los Modernos de la nueva Gran Logia de Londres. Hubo que esperar a 1813 para que el diálogo entre ambas facciones culminara en su unificación en la actual Gran Logia Unida de Inglaterra.

La masonería llega al Continente

Las primeras logias de la Europa continental nacieron de la mano de muchos masones aceptados, ingleses y escoceses jacobitas (partidarios del depuesto rey Jacobo II de Inglaterra) que habían emigrado a Francia. En muy poco tiempo la masonería se extendió por todo el continente como una sociedad ilustrada, novedosa y atractiva. En 1732 se creó en París la Logia Santo Tomás, con el reconocimiento de Inglaterra. Poco después, en 1738, la Gran Logia de Francia se convirtió en la primera obediencia u asociación de logias francesa, con el duque de Antin como gran maestre. Aquel mismo año, el papa Clemente XII dictó la bula papal In eminenti, que prohibía a los católicos pertenecer a la masonería, a la que se consideraba herética.

Los dos principios

Los dos principios

La luz proviene de la oscuridad, reza este plato decorado con símbolos masónicos. En los rituales masónicos, la oscuridad es símbolo de ignorancia, y la luz, de conocimiento.

Foto: RMN-Grand Palais

A finales del siglo XVIII, Francia contaba con casi un millar de logias. Con la Revolución francesa, muchos masones adoptaron los ideales republicanos e incluso los incluyeron en las logias, pero también sufrieron el embate del Terror jacobino en la fase más radical de la Revolución. Fue Napoleón quien devolvió a la masonería un papel prominente durante el Imperio, integrando a numerosos militares en sus filas. Asimismo, se aseguró de que su hermano José fuese elegido en 1804 gran maestre del Gran Oriente de Francia (heredero de la Gran Logia de Francia).

Las bulas papales contra la masonería tuvieron escaso efecto en muchos países, excepto en España. Durante el siglo XVIII todo pareció conjurarse contra la masonería en territorio peninsular. La Inquisición la persiguió con ahínco y el rey Fernando VI la prohibió en 1751. La única logia existente durante la primera mitad del siglo se estableció en Madrid de la mano del duque de Wharton, en 1728. La Logia Tres Flores de Lys, conocida como La Matritense, estaba integrada por ingleses y bajo los auspicios de la Gran Logia Unida de Inglaterra. La primera logia española nació en 1801, cuando se creó en suelo francés, en Brest, la logia La Reunión Española, formada por marinos de una escuadra española procedente de Cádiz que se unió a la Armada francesa para luchar contra Inglaterra.

Un lugar con tradición

Un lugar con tradición

Freemason’s Hall, en Londres, es el tercer edificio que se levanta en el mismo sitio como sede de la Gran Logia de Londres y de su heredera, la Gran Logia Unida de Inglaterra.

Foto: Jeff Gilbert / Alamy / ACI

En Italia, con un territorio dividido entre repúblicas y reinos independientes, los Estados Pontificios intentaron hacer valer las bulas papales de excomunión. Muchas logias fueron cerradas por orden del Santo Oficio y sus miembros detenidos, como sucedió en 1790 con el arresto de más de un centenar de masones. Pero la masonería se hacía cada vez más popular en los territorios no controlados por el papa: Nápoles, Sicilia, Venecia, Florencia... donde muchos masones iniciados en Inglaterra o en Francia trajeron consigo las diversas corrientes masónicas. Tanto monárquicos como republicanos identificaron la masonería como una herramienta patriótica para lograr la unidad de Italia. Durante el siglo XIX, la masonería italiana unificada por el Gran Oriente de Italia se convirtió en símbolo de libertad, y a la luz de sus logias florecieron héroes nacionales como Giuseppe Garibaldi.

A caballo entre la realidad y la leyenda, la masonería conserva y utiliza gran número de símbolos pertenecientes a cultos y tradiciones iniciáticas del pasado, lo que no supone que sea heredera de ellas. Hoy en día, para unos la antigua fraternidad es una amalgama de ritos trasnochados sin sentido y para otros, una esfera de influencia política y social; y sigue habiendo quienes ven en ella una filosofía de vida y un método de mejoramiento de la imperfecta piedra que es el ser humano.

---

Los símbolos

Este retrato místico de un francmasón formado con las herramientas de su logia muestra los principales elementos de los rituales y la simbología masónicos. Grabado por A. Slade, impreso en 1754.

---

Orígenes de un nombre

Una sátira antimasónica

Una sátira antimasónica

Detalle de un grabado sobre la procesión burlesca de los «miserables masones escaldados» que se celebró en Londres el 27 de abril de 1742, por A. Benoist.

Foto: Look and Learn / Bridgeman / ACI

En la Edad Media, la vida de los trabajadores de la piedra estaba muy reglamentada profesionalmente. Como todos los gremios, tenían tres clases o grados: los aprendices, los compañeros u oficiales y los maestros, cada una con sus propios reglamentos y pruebas de paso (grados que pasaron a la masonería). A su vez, existían dos clases o categorías de obreros de la piedra: el masón superior o cantero, que trabajaba la piedra, y el inferior o albañil, encargado de colocarla. Dentro del masón superior o cantero, a partir del siglo XIV se impuso en Inglaterra la distinción entre el freestone-mason, que trabajaba la piedra libre, blanda o de adorno (para molduras, capiteles o estatuas), y el rough-mason, que trabajaba la piedra más tosca y dura, de sillería. El término freestone-mason se cambió por free-mason, palabra que alude a la calidad de la piedra. En el siglo XVIII, cuando la masonería especulativa o filosófica reemplazó a la masonería operativa (la de los auténticos constructores) y se difundió por Europa, free-mason se tradujo por franc-maçon, freimaurer, vrijmetselar, liberi muratori, francmasón… Expresiones que no existían en la Edad Media.

---

Rituales que llamaban la atención

Ceremonia de recepción del grado de maestro en una logia

Ceremonia de recepción del grado de maestro en una logia

A la izquierda, en el suelo, cubiertos, los candidatos que aguardan su turno. Grabado por J. Ph. le Bras en el ‘Catecismo de los francmasones’, de Léonard Gabanon (pseudónimo de Louis Travenol). Hacia 1740.

Foto: Dagli Orti / Aurimages

De la masonería medieval, los masones especulativos conservaron los ritos de iniciación, entre ellos el juramento de mantener en secreto sus conocimientos. Así, por ejemplo, según un catecismo masónico de Berna, datado en 1740, el neófito juraba no revelar jamás los secretos que se le comunicasen: «Si faltare a mi promesa, consiento en que me sea arrancada la lengua, cortada la garganta, atravesado el corazón de parte a parte, quemado mi cuerpo y mis cenizas arrojadas al viento». Eran fórmulas ritualizadas, cuya teatral puesta en escena tenía el propósito de que la promesa quedara grabada para siempre en la mente de quien la pronunciaba. Pero el juramento y el secreto contribuyeron a la condena de la masonería por la Iglesia: en su bula In eminenti, el papa Clemente XII escribió que «como tal es la naturaleza humana que el crimen se traiciona a sí mismo [...], esta sociedad y sus asambleas han llegado a hacerse tan sospechosas [...] que todo hombre de bien las considera hoy como un signo poco equívoco de perversión para cualquiera que las adopte. Si no hicieran nada malo no sentirían ese odio por la luz».

---

Masonería y ciencia

El arquitecto y masón Christopher Wren

El arquitecto y masón Christopher Wren

Con el compás en la mano. Óleo por Godfrey Kneller. 1711. Galería Nacional de Retratos, Londres.

Foto: Bridgeman / ACI

En 1660, con las primeras luces de la Ilustración, se creó en Inglaterra la Royal Society, probablemente la más antigua sociedad científica existente. Al menos cinco de sus doce fundadores fueron masones y un buen número de sus primeros socios pertenecían a logias de aceptados. Eran masones y miembros de la Sociedad nombres como Robert Moray, el médico y físico Jonathan Goddard o el arquitecto Christoher Wren (que tuvo un papel decisivo en la reconstrucción de Londres después del Gran Incendio y proyectó la catedral de San Pablo); se sospecha de la filiación masónica de otros como Isaac Newton. Muchos masones pertenecieron a instituciones científicas, e incluso parece claro que el éxito de obras como la Enciclopedia de Diderot se debe, en parte, a la difusión en las logias y entre los masones de la que está considerada como la primera enciclopedia moderna.
Si la masonería ilustrada tuvo influencia en las emergentes sociedades científicas de la época o, por el contrario, si el racionalismo de estas sociedades fue el que dio forma al pensamiento masónico, no dogmático, es un debate abierto de difícil resolución.

Este artículo pertenece al número 215 de la revista Historia National Geographic.

Para saber más

Masones, los constructores de catedrales

Masones, los constructores de catedrales

Leer artículo