El fin del dictador

La muerte de Julio César, el complot de los idus de marzo

A los 56 años, César se había convertido en el rey sin corona de Roma. Su victoria en una cruenta guerra civil había puesto en sus manos todo el poder de la República, y eso era algo que la élite romana no iba a tolerar.

Mirada decidida

Foto: Bridgeman / ACI

Hacia el mediodía del 15 de marzo de 44 a.C., un pequeño grupo de senadores apuñaló a Julio César ante los ojos atónitos del resto de sus pares. El dictador fue acuchillado por enemigos a los que había perdonado y amigos a los que había encumbrado.

Simbolo de liberacion

Simbolo de liberacion

Esta moneda acuñada por Marco Bruto en 43-42 a.C. conmemora el magnicidio: contiene la inscripción «idus de marzo», dos puñales y el gorro de un liberto (un esclavo liberado).

 

Foto: British Museum / Scala, Firenze

Cronología

Fulgor y muerte

49 a.C.

Empieza la guerra civil. En 48 a.C., César vence en Farsalia (Grecia) a Pompeyo, que muere asesinado en Egipto.

46 a.C.

En Tapso (Túnez), César derrota a los pompeyanos. El Senado lo elige dictador por diez años y le da el control de las elecciones a magistrado.

45 a.C.

En Munda (Hispania) César aplasta a los hijos de Pompeyo. El Senado le concede el título de Padre de la Patria.

Enero 44 a.C.

Alguien corona la estatua de Cesár en los Rostra. El dictador también es aclamado como rey a su entrada en Roma.

Febrero 44 a.C.

Durante la fiesta de las Lupercales, ya dictador perpertuo, ​César rechaza La Corona que le ofrece Marco Antonio.

Marzo 44 a.C.

El 15 de marzo, César muere asesinado por algunos de sus partidarios y por pompeyanos a los que había perdonado.

Aquella peculiar coalición de asesinos nació de la política adoptada por César tras su victoria en la sangrienta guerra civil que lo había enfrentado con su rival Pompeyo y con la mayor parte del Senado. Esta institución era el reducto de los optimates, «los mejores»: la nobleza senatorial, una minúscula élite que hasta entonces había controlado la República y constituía el núcleo de los enemigos del dictador. Pero tras sus aplastantes victorias en Farsalia, Tapso y Munda, entre 48 y 45 a.C., César mostró una actitud inédita entre los triunfadores de las guerras civiles: no ejecutó a los vencidos.

El foro de cesar

El foro de cesar

Cuando murió, construía dos grandes edificios: la basílica Julia y el templo de Venus Genetrix, «Engendradora» (imagen en 3D).

 

Foto: Ilustración 3D: Valor-Llimós Arquitectura

No los mató porque esperaba que comprendieran que era preferible admitir su supremacía al frente de la República antes que seguir despedazándose mutuamente. Para ello no sólo perdonó las vidas de sus enemigos, sino que los quiso sumar a su régimen. Así lo hizo con Marco Junio Bruto y su cuñado Cayo Casio Longino –los futuros jefes de la conjura contra él–, a quienes nombró pretores para aquel 44 a.C. Pero esta benevolencia repelía a muchos, para quienes el perdón del dictador no sólo era humillante, sino arbitrario y por ello propio de un tirano. Aún peor.

Tras su victoria, César dominaba todos los resortes de la política romana. Controlaba tanto las elecciones a las magistraturas que gobernaban la ciudad y el Imperio (cuestores, pretores, cónsules) como el acceso a un Senado que, complaciente y atemorizado, lo había nombrado dictador perpetuo, una magistratura que le confería los máximos poderes civiles y militares de por vida. En sus manos, pues, estaba la carrera política de todo romano. Y esto era una afrenta imborrable no sólo para los optimates vencidos, perdonados y resentidos: también repugnaba a muchos cesarianos, republicanos convencidos, que además tuvieron que contemplar cómo se honraba a los pompeyanos derrotados. Por si faltaba algo, en los dos meses que precedieron a su muerte, César fue acusado de aspirar a la monarquía, lo que rechazó enérgicamente.

El general victorioso

El general victorioso

César celebra uno de sus triunfos, tocado con su corona de laurel. Óleo por Mantegna. 1485-1505. Hampton Court.

 

Foto: Bridgeman / ACI

El alma de la conjura

En el complot contra el dictador estuvieron involucradas como mínimo 60 personas, e incluso puede que fueran más de 80. El cerebro de la conjura fue Casio, el pompeyano reinsertado, de quien se rumoreaba que ya había intentado matar a César a orillas del río Cidno cuando éste lo perdonó tras la batalla de Farsalia. Tal vez Casio se acogió a su perdón para aguardar otra oportunidad de liquidarlo. En todo caso, comprendió que necesitaban la participación de alguien que diera al atentado las dimensiones de un acto político, no de una mezquina venganza personal.

Emblemas

Emblemas

Acuñada poco antes de los idus, esta moneda muestra dos manos unidas, señal de confianza entre César y su ejército, y un globo, símbolo de la pretensión romana de dominar el mundo.

 

Foto: British Museum / Scala, Firenze
Bruto

Bruto

Marco Junio Bruto. Busto por Miguel Ángel. Museo del Bargello, Florencia.

Foto: Erich Lessing / Album

Ese alguien estaba muy cerca: era su cuñado Marco Bruto, un respetado optimate cuya familia decía descender, por línea paterna, de otro Bruto: el que había acabado con la monarquía y fundado la República casi quinientos años antes. Por si fuera poco, un ancestro de la madre de Bruto, Servilio Ahala, había apuñalado en el Foro a un hombre de quien se sospechaba que aspiraba a la tiranía.

En el complot, dirigido por Casio y Bruto, participó más de medio centenar de personas

Con Casio en la sombra y Bruto como bandera se forjó la alianza de optimates ofendidos y cesarianos disgustados. Entre estos últimos destacaban dos hombres que habían luchado junto a César en las Galias y la guerra civil: Cayo Trebonio y Décimo Junio Bruto Albino. Este último era primo lejano de Marco Bruto y amigo íntimo de César. Lo más extraordinario es que, un año atrás, después de la victoria cesariana en Munda, Trebonio hab��a sondeado a Marco Antonio, el (supuestamente) fiel lugarteniente de César, sobre la posibilidad de sumarse a una conjura –de la que no sabemos nada más– para asesinar a su jefe, pero Antonio rechazó comprometerse, aunque, de forma sorprendente, no contó nada a César.

Cuando Trebonio mencionó que Antonio no había querido matar al dictador, los conjurados decidieron terminar con él, pero Bruto se opuso: creía que acabar con César era un acto de justicia, pero liquidar a Antonio se vería como un acto de partido. De modo que decidieron que lo entretendrían a las puertas del Senado, para evitar que entrase (pues también era senador) y pudiera ayudar a César cuando lo atacaran.

Lictor con su haz de varas

Lictor con su haz de varas

Esta estatuilla del siglo I d.C. representa a un lictor; 24 de estos funcionarios  acompañaron a Julio César la mañana de los idus.

 

Foto: Alamy / ACI

La fecha y el lugar

La noticia de aquella conjura posterior a Munda sugiere que las tramas anticesarianas ya anidaban en el entorno inmediato del dictador un año antes de su asesinato. Ahora, la labor de los conjurados se vio facilitada por la decisión de César de prescindir de su escolta de guerreros hispanos, después de que los senadores juraran protegerlo con sus vidas. No sólo eso: César decidió no prestar oídos a las noticias que le llegaban sobre conspiraciones, con menciones expresas a Bruto.

Pero el dictador no se entregaba sin más a sus enemigos. Creía que éstos eran conscientes de que su muerte desataría una nueva y devastadora guerra civil, por lo que se abstendrían de actuar contra él; en tal sentido, podríamos decir que murió porque atribuyó a sus enemigos una inteligencia política igual a la suya. Una de las dos personas de las que sabemos que rechazaron unirse al complot, Marco Favonio, se lo dijo así a Bruto: una guerra civil era peor que una monarquía ilegal.

Marco Antonio

Marco Antonio

Marco Antonio en un busto de época Flavia. Museos Vaticanos, Roma.

Foto: Oronoz / Album

Por otra parte, César no se desplazaba solo. Lo precedían 24 lictores (los funcionarios encargados de proteger a los magistrados) y marchaba acompañado por sus amigos y algunos fornidos seguidores, en lo que era una especie de escolta oficiosa. Además, siempre se arremolinaba en torno suyo una gran multitud, ya fuera para verlo o para pedirle algún favor. Esto significaba que los conjurados lo tenían que sorprender cuando nadie pudiera acudir en su ayuda, y tras considerar varias opciones decidieron atacarlo durante una sesión del Senado, pues allí estaría solo, sin su séquito (quienes no eran senadores no podían asistir a las sesiones) e indefenso, porque en el Senado no se podían portar armas, que los conjurados llevarían escondidas. La oportunidad se presentó de la mano del propio César, que convocó al Senado para los idus de marzo, es decir, para el día 15, pues con la pala­bra idus se designaba el día central de cada mes.

Los conjurados decidieron atacar a César en el Senado, donde estaría desarmado y aislado

Aquella sería la última reunión del Senado antes de que César partiera, dos días después, a una larga campaña contra los partos, y, según Suetonio, se rumoreaba que ese día se propondría que César fuese proclamado rey de las provincias no italianas, de modo que los conjurados aceleraron sus planes para no verse obligados a aprobar esa propuesta y porque cuando César dejase Roma con sus legiones estaría fuera de su alcance. Sin embargo, Cicerón (que entonces era senador y estaba muy bien informado) cuenta que la reunión se había convocado para terminar de decidir quién reemplazaría a César como cónsul cuando abandonase Roma, pues ese año lo eran el propio dictador y Antonio; en ausencia de César, aquel y el nuevo cónsul constituirían la máxima autoridad en Roma.

El amanecer de los idus

La noche del 14 al 15 de marzo, Calpurnia tuvo pesadillas en las que vio a su esposo ensangrentado, y le suplicó que no acudiera al Senado. Después de 15 años de matrimonio, la esposa de César conocía perfectamente la delicada situación política de la ciudad, y, como su marido, debía de estar al tanto de los rumores sobre conspiraciones. También César tuvo una pesadilla: soñó que se elevaba sobre las nubes, dejando Roma a sus pies, y se estremeció cuando el dios Júpiter estrechó su mano.

La vía Sacra

La vía Sacra

La vía Sacra, que atravesaba el Foro romano, era la principal arteria de la ciudad. Junto a ella estaba la residencia de Julio César, que la tomó para dirigirse al Pórtico de Pompeyo en los idus.

 

Foto: Francesco Iacobelli / AWL Images

El dictador no era supersticioso, pero le inquietó lo alarmada que estaba su esposa, Además, los sacrificios matutinos no fueron favorables. Tal vez entonces César recordó lo que, el mes anterior, durante las Lupercales, le había dicho Espurina –uno de los arúspices, los adivinos que leían el futuro en las entrañas de los animales sacrificados–. Según Suetonio, le aconsejó que se guardara «de un peligro que no se aplazaría más allá de los idus de marzo». Lo que pudo ser un vaticinio o bien un intento de poner en guardia a César por parte de Espurina, tal vez conocedor de la conspiración. Quizá las atroces pesadillas de Calpurnia obedecían a la angustia por la predicción, que vencía aquel día.

Puede que nada de todo esto hubiese hecho mella en el dictador si se hubiera encontrado bien. Pero algo le sucedía. Según Nicolás de Damasco, los médicos intentaron impedir que fuera al Senado porque le vino de golpe «una extraña enfermedad que padecía con cierta frecuencia»; tal vez era epilepsia, como siempre se ha dicho, o accidentes isquémicos transitorios, pequeños ictus, como se ha sugerido hace poco. En todo caso, César había tenido pesadillas, estaba mareado, tal vez le dolía la cabeza, quizás estaba confundido... Al final, cuenta Suetonio que decidió quedarse en casa y enviar a Antonio al Senado para disolver la sesión.

Adiós para siempre

En aquel momento crítico apareció Décimo, que convenció a su amigo César de ir al Senado. Entre otras cosas, le dijo que sería la comidilla de Roma si hacía caso de las pesadillas de su esposa y que, en todo caso, si tan mal se encontraba, no tenía por qué ofender a los senadores: podía ir él mismo al Senado para aplazar la sesión. Plutarco cuenta que, mientras hablaba a César, Décimo lo cogió de la mano y se lo llevó. ¿Seguía el dictador ofuscado por las secuelas del ataque y por ello resultó tan fácil convencerle de cambiar sus planes? Lo cierto es que traspasó el umbral de su casa hacia las once de la mañana. Partió a bordo de una litera llevada por cuatro esclavos y precedida por sus 24 lictores.

La multitud rodeaba su vehículo y lo abrumaba con peticiones y saludos, lo que hizo que no leyera un aviso que alguien le dio denunciando la conjura (tal vez Artemidoro de Damasco, un profesor de griego del círculo de Bruto), y que, según Nicolás de Damasco, apareció más tarde entre los documentos cerca del cadáver. La meta del dictador era el Pórtico de Pompeyo, un enorme complejo construido por el enemigo de César a las afueras de Roma, con una curia donde ese día se reuniría el Senado.

César

César

Décimo se lleva a César ante la desesperación de Calpurnia. Óleo por Abel de Pujol. Siglo XIX.

 

Foto: Bridgeman / ACI

En la mañana de los idus, César estaba enfermo y los médicos intentaron evitar que fuera al Senado

Casio y Bruto llegaron al Pórtico temprano. Dado que en el Senado estaba prohibido portar armas, Bruto llevaba su puñal en el cinto, oculto bajo la toga. Quienes no lo llevasen encima lo sacarían de las cajas para documentos que los capsarios (los esclavos cuya labor era portar esas cajas) habían introducido en el recinto. Por fin, al cabo de una tensa espera, llegó César, que decidió entrar en la curia a pesar de que se hicieron nuevos sacrificios que también resultaron desfavorables.

Cuando cruzó la puerta, los senadores se levantaron en señal de deferencia. Como mínimo debían ser 200, el quórum que quizá se requería entonces, y difícilmente serían más de 300, ya que eso excedería la capacidad de la cámara que, con unos 18 metros de longitud por 17 de anchura, ocupaba unos 300 metros cuadrados (el equivalente a las tres cuartas partes de nuestras canchas de baloncesto).

Sacrificios y adivinación

Sacrificios y adivinación

El día de los idus, el examen de las entrañas de todos los animales sacrificados fue desfavorable. Hígado de oveja etrusco, en bronce, usado por los arúspices. Hacia 100 a.C.

 

Foto: DEA / Album

El ataque

Como no todos los conspiradores eran miembros del Senado, no sabemos cuántos de los senadores puestos de pie deseaban ver muerto al hombre al que habían recibido tan respetuosamente. ¿Una veintena, tal vez más? Frente a sus escaños se levantaba la plataforma desde la que César presidiría la sesión en su silla dorada, y los conjurados se apresuraron a colocarse en torno al asiento, como si fueran a tratar algo con el dictador.

Tan pronto César se acomodó, y mientras el resto de senadores posiblemente seguía en pie como muestra de respeto, los asesinos, dice Plutarco en su Bruto, «lo rodearon en enjambre enviando por delante de ellos a Tilio Cimbro», quien le rogó que permitiera volver a un hermano suyo que estaba desterrado. «Todos suplican con él, agarrándose de sus manos y besándole el pecho y la cabeza».

El dictador, acorralado

El dictador, acorralado

El pintor alemán Von Piloty recreó en este óleo el momento en que Servilio Casca se disponía a apuñalar a César mientras Tilio Cimbro sujetaba su toga. 1865. Museo Estatal de la Baja Sajonia, Hannover.

 

Foto: AKG / Album

Al principio, César rechazaba las peticiones, pero, como no lo soltaban, intentó levantarse por la fuerza; quizá la verdad se había revelado a los ojos del dictador, y por eso intentó deshacerse de abrazos y besos que ya intuía mortales y escapar. Fue entonces cuando Tilio, quizás arrodillado ante él, le cogió la toga con gesto de súplica; en realidad, con ello le impidió levantarse y dejó su cuello expuesto al hierro.

Tal vez entonces gritó César: «¡Esto es una verdadera violencia!», como dice Suetonio. Y puede que Tilio, exasperado, exclamase: «¿A qué esperáis, amigos?», como dice Apiano. Luego todo sucedió muy deprisa, y los diferentes autores aportan detalles distintos sobre lo que ocurrió. Según Nicolás de Damasco, los conjurados «descubrieron sus armas y se arrojaron velozmente contra él. Publio Servilio Casca lo apuñaló en primer lugar en el hombro izquierdo con una espada recta, ligeramente por encima de la clavícula, adonde apuntaba, pero no acertó porque estaba nervioso». Casca estaba colocado sobre la cabeza de Cé­sar, y, según Suetonio, lo había herido mientras el dictador estaba gritando, pero la herida no era ni mortal ni profunda, porque Casca estaba nervioso y su presa se estaba moviendo.

Puñales asesinos

Puñales asesinos

El puñal era un arma corta, de 12 a 16 cm de largo, ideal para encuentros cuerpo a cuerpo. Éste se halló en Pompeya, en el cuartel de los gladiadores.

Foto: Scala / Firenze

La primera persona que apuñaló a César fue Publio Servilio Casca, que estaba en pie detrás del asiento del dictador, pero éste se resolvió y Servilio pidió ayuda a su hermano

Porque el soldado que era César había reaccionado con presteza. Según Apiano, arrancó su toga de las manos de Cimbro y, asiendo de la mano a Casca, bajó de su asiento, giró sobre sí mismo y lo arrojó con fuerza. Las fuentes difieren en lo que sucedió después. Quizá le cogió el brazo –Suetonio dice que se lo atravesó con el estilo, el punzón empleado para escribir sobre las tablillas enceradas– y, según escribe Plutarco en su César, «casi al mismo tiempo gritaron ambos personajes, el agredido en latín: “Maldito Casca, ¿qué es lo que haces?”, y el agresor en griego, a su hermano: “¡Ayuda, hermano!”». No es extraño que Servilio Casca pidiese ayuda: debía de estar histérico al ver que su presa se revolvía contra él e incluso le hería.

En definitiva, puede que César, quizás enfermo, pero valiente hasta el final, se enfrentase a aquel muro de puñales y semblantes hoscos. Dos autores nos proporcionan los nombres de quienes apuñalaron entonces al dictador. Uno, Apiano, afirma que, mientras César sujetaba el brazo armado de Servilio Casca, recibió una segunda cuchillada de un conspirador cuyo nombre no da, que, «de­bido a la posición forzada de César, le atravesó el costa­do con una daga», y cuenta que «Casio le hirió en el rostro, Bruto le golpeó en el muslo y Bucoliano en la espalda».

El otro autor es Nicolás de Damasco, quien refiere que, después de que Servilio Casca pidiera ayuda, fue su hermano Cayo quien clavó su puñal en el costado del dictador. Casio le cruzó la cara de un tajo y Décimo lo apuñaló en el costado. Casio le asestó otro golpe, pero falló y cortó la mano de Marco Bruto; Minucio también falló, e hirió a Rubrio en el muslo. Puede que fuesen sólo estos, y no más (o no muchos más), quienes atacaron a César: los hermanos Casca, Casio, Marco Bruto, Bucoliano, Décimo, Minucio Básilo y Rubrio.

Plutarco

Plutarco

Plutarco relató el magnicidio en sus biografías de César y Marco Bruto. Grabado de los siglos XVI-XVII

 

Foto: Gibon Art / Alamy / ACI

Cuando un forense de los carabinieri, Luciano Garofano, reconstruyó el crimen en 2003, consideró que quienes habían herido a César fueron entre cinco y diez personas; un grupo mayor no podría atacar simultáneamente a una sola persona. Incluso con tan pocos atacantes el resultado fue la confusión, como lo confirma Plutarco en Bruto: «Los conjurados, golpeando ya sin contenerse, como empleaban muchas espadas contra un único cuerpo, se hirieron entre ellos, de manera que también a Bruto le alcanzó un golpe en la mano, al querer tener parte en el asesinato, y todos se llenaron de sangre». Los otros conjurados debieron de estar preparados para intervenir, quizá puñal en ristre.

Durante el ataque, algunos conjurados se hirieron entre sí con sus puñales

¿Y qué hicieron los otros senadores? Plutarco lo cuenta en su César. Cuando Casca asestó la primera puñalada y pidió ayuda a su hermano, «un escalofrío de terror se apoderó de quienes nada sabían de la conspiración, a la vista de lo que sucedía, y no se atrevieron ni a huir ni a defender a César, ni siquiera a proferir una sola palabra». Sólo dos intentaron ayudarlo: Cayo Sabinio Calvisio (legado de César en la guerra civil y gobernador de África) y Lucio Marcio Censorino, pero se apartaron al ver que los conspiradores eran demasiados. ¿Y qué hizo César, acorralado por sus asesinos?

¿César luchó?

Después de los dos primeros golpes, uno en la nuca o en la espalda y otro el costado, dejó de luchar, cubriéndose la cabeza con la toga con su mano derecha y dejando caer con la mano izquierda los pliegues hasta los pies, para morir decorosamente, con las piernas cubiertas. Así lo declara Suetonio, quien afirma que César murió «sin haber pronunciado ni una sola palabra, sino únicamente un gemido al primer golpe».

Igualmente, Dión Casio piensa que el dictador no llegó a defenderse, porque el ataque fue tan inesperado y rápido que apenas pudo cubrirse antes de expirar: «Cayeron sobre él por todas partes al mismo tiempo y lo hirieron de muerte, de modo que a causa de la cantidad de sus atacantes, César no pudo hacer ni decir nada, sino que, cubriendo su rostro, fue asesinado con muchas heridas. Esto es lo más verosímil».

Sin embargo, Apiano relata que el dictador «daba vueltas para enfrentarse a cada uno de ellos», los conspiradores, «con ira y con gritos, como un animal salvaje». Plutarco también evoca la imagen de una presa rodeada por los cazadores: dondequiera que mirase, César se encontraba «con el hierro hiriéndole en el rostro y en los ojos», y se veía «envuelto y zarandeado como una fiera salvaje».

Las numerosas heridas que presentaba el cadáver de César se explicarían porque hubo conjurados que apuñalaron al dictador cuando ya había muerto

Epílogo sangriento

Aparentemente, los conjurados no fueron muy diestros con sus armas porque tuvieron que herir numerosas veces al dictador para matarlo. Según Nicolás de Damasco, recibió 35 heridas, mientras que Apiano, Plutarco en su César y Suetonio dan la cifra de 23. Este último autor cuenta que el médico Antistio, que examinó el cuerpo (en la que debe de ser la primera autopsia que registra la historia), sólo halló una herida mortal: la que César «había recibido en segundo lugar en el pecho». Si, como afirma Nicolás de Damasco, esta herida se la infligió Cayo Casca, él fue el asesino.

En realidad, no es extraño que muchas heridas no fuesen mortales, dado que los conjurados no eran asesinos profesionales, que César debió de moverse intentando luchar o escapar y que, como Roma aún estaba dejando atrás el invierno, debía de vestir una toga de lana cuyo grosor y pliegues, sumados a la túnica que llevaba debajo (quizá también de lana), pudo desviar los puñales o impedir que se hundieran más en su carne.

Esa toga debió de ser la que el Senado le concedió el privilegio de usar, la que vestían los generales victoriosos durante la celebración de un triunfo, identificada con la toga picta, teñida de púrpura y bordada en oro. Si no era blanca es difícil que quedase escandalosamente manchada de sangre; tan sólo se apreciaría un tono más oscuro en la tela rojiza allí donde César fue herido. Por otra parte, la toga debió de actuar como una esponja y absorbió la sangre que manaba del cuerpo del dictador, de manera que es improbable que en las togas de Bruto, Casio y los suyos hubiese grandes manchas encarnadas, o que el líquido vital de César formase un cinematográfico charco sobre el pavimento de mármol.

El júbilo de los conspiradores

El júbilo de los conspiradores

Los conjurados abandonan la curia mientras el cuerpo de César queda abandonado. Óleo por Jean-Léon Gérôme. 1867. Museo de Arte Walters, Baltimore.

 

Foto: Bridgeman / ACI

Hay dos explicaciones al hecho de que César presentara 23 o 35 heridas siendo tan pocos los atacantes. O bien éstos le clavaron varias veces sus puñales, poseídos del frenesí homicida que los llevó a herirse unos a otros (pero Nicolás de Damasco es el único que habla de un conspirador, Casio, que ataca a César dos veces), o bien quienes no habían participado directamente en el ataque clavaron después sus armas en el cadáver para participar simbólicamente de aquella muerte. Nicolás de Damasco cuenta que, «a causa de las numerosas heridas», César cayó delante de la estatua de Pompeyo, y concluye: «Ahora no hay ninguno que no golpee el cuerpo caído, para jactarse de haber participado en la empresa», y Plutarco, en César, dirá que «todos tenían que gus­tar del crimen».

Muerto César, Bruto caminó hasta el centro de la curia para hablar, pero nadie se quedó a escucharle. Los senadores huyeron aterrorizados atropellándose en la puerta, sin que nadie los persiguiera; escapaban porque no sabían cuántos eran los conjurados ni si querían acabar con otros partidarios del dictador. Cuando los conspiradores marcharon para anunciar a voz en grito que Roma ya estaba libre del tirano, en la curia, repentinamente silenciosa, sólo quedó un cadáver.

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El último desprecio del dictador

La tribuna de los Rostra

La tribuna de los Rostra

En el Foro romano, ante el arco de Septimio Severo, se aprecian los restos de la antigua tribuna de oradores, los Rostra, foco de la vida política romana.

Foto: Gunter Kirsch / Alamy / ACI

Para desprestigiar a césar, los conjurados magnificaron su arrogancia, como sucedió con su desplante a los senadores. Antes de los idus, un día que estaba sentado en el Foro y se presentaron ante él para concederle nuevos honores, no les hizo caso y ni siquiera se levantó (se dijo que temía sufrir un ataque de epilepsia o padecía un ataque de diarrea y no se podía mover), lo que los senadores consideraron como una gravísima afrenta. Según Plutarco, la lluvia de honores que caía sobre el dictador también era una maniobra de sus enemigos para hacerlo odioso a los ojos de los romanos. Lucio Anneo Floro escribió que los honores «se acumulaban sobre él como ínfulas sobre una víctima destinada al sacrificio», es decir, como las cintas sobre los animales que se inmolaban a un dios.

Protegidos por los gladiadores

Casio y bruto, que llegaron a la curia antes que César, cumplieron con una de sus obligaciones como pretores: la de administrar justicia. Lo hicieron con notable presencia de ánimo, a la que seguramente contribuyó el saber que los conspiradores no estaban solos. En efecto, en la columnata del Pórtico de Pompeyo se encontraba un buen número de gladiadores propiedad de otro conjurado, Décimo. Los dirigentes políticos de finales de la República habían usado con frecuencia a estos hombres como fuerza de choque en las frecuentes batallas callejeras. En este caso, su presencia estaba justificada porque aquel 15 de marzo se celebraban juegos gladiatorios en el teatro de Pompeyo. Ellos protegerían a los asesinos si eran descubiertos o si la plebe los agredía una vez consumada su obra.

Un sacrificio en honor a Pompeyo

Largo di Torre Argentina

Largo di Torre Argentina

En la plaza romana de Largo di Torre Argentina, detrás de los templos cuyas ruinas vemos aquí, se encontraba la curia donde murió César; una investigación reciente ha señalado el posible lugar del asesinato.

 

Foot: Manuel Cohen / Aurimages

En algunas fuentes antiguas, la muerte de César aparece como el eco de un sacrificio. Los desmesurados honores que le tributaron en vida fueron, según decía Floro, las ínfulas o cintas que se ponían sobre los animales destinados a ese fin. César se dirigió hacia su destino como aquéllos, casi con mansedumbre, ya que le hizo caso a Décimo. Según Nicolás de Damasco y Plutarco, la divinidad actuó para que César llegara a los pies de Pompeyo, erguido sobre su pedestal como se erguiría la estatua de un dios, ante la que se dice que murió el dictador. Casio invocó a Pompeyo casi como si fuera un dios antes de atacar, y los conjurados actuaron como si fueran los victimarios, los encargados de dar muerte al animal durante el ritual del sacrificio, palabra que usa Plutarco para referirse al asesinato.

Para saber más

Julio César y la primera guerra relámpago

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Este artículo pertenece al número 195 de la revista Historia National Geographic.