Roma Antigua

Moverse en carro en la antigua Roma

Los romanos usaron diversos tipos de carruajes para transportar mercancías y realizar todo tipo de viajes.

Julio César atraviesa a toda velocidad una calzada romana en un carro de dos ruedas conducido por un cochero etíope y tirado por cuatro caballos. Óleo por Ettore Forti.

Julio César atraviesa a toda velocidad una calzada romana en un carro de dos ruedas conducido por un cochero etíope y tirado por cuatro caballos. Óleo por Ettore Forti.

Foto: Alamy / ACI

En la antigua Roma había un carruaje para cada ocasión. Desde el ciudadano de a pie hasta el emperador, pasando por transportistas, gente de buena familia, funcionarios públicos, generales triunfantes e incluso los mismos dioses, todos iban a necesitar utilizar un carruaje en su vida.

Había carros específicamente destinados a funciones ceremoniales. Así, la tensa era un carro de dos ruedas tirado por cuatro caballos y decorado con relieves que adornaban su caja rectangular. Servía para el transporte de objetos sagrados y de las estatuas de las divinidades que desfilaban en las procesiones inaugurales de los juegos circenses. Estos carros tenían sus propias cocheras en un templo situado a los pies del Capitolio.

En los desfiles triunfales que recorrían las calles, los generales utilizaban un carro especial. De caja semicircular ricamente decorada con relieves alusivos a la victoria, tenía un realce en su interior para dar altura al ocupante, de modo que pudiera ser contemplado con mayor facilidad por el pueblo. Para que el mal de ojo no empañara la gloria del general triunfante se colgaban amuletos protectores en el eje del carro. Solía ir tirado por cuatro caballos blancos, aunque también hay testimonios del uso de seis caballos e incluso de elefantes.

Carro triunfal.

Carro triunfal.

Foto: Scala, Firenze.

Vamos de paseo

En los desplazamientos personales, los romanos usaban otro tipo de carruajes. Para los viajes rápidos fuera de la ciudad había diversos carros de dos ruedas. El cisium era un carro ligero tirado por uno o dos caballos y con sitio para dos personas, el conductor y su acompañante, más algo de equipaje. Este carro también podía alquilarse con cochero en lugares de estacionamiento cerca de las puertas de las ciudades. El covinnus era otro carro ligero que fue alabado por el poeta hispano Marcial como preferible a otros carruajes por ser pequeño y agradable para dar un paseo y charlar con un amigo sin la presencia de un molesto conductor.

El essedum era parecido al cisium, pero más grande y sólido, con dos plazas más un puesto para el cochero en la parte delantera y en posición más baja. Lo utilizaban los emperadores romanos: Augusto comía en él pan y dátiles y Claudio había instalado en uno un tablero para jugar a los dados, su pasión favorita.

Si el viaje era más largo se utilizaba un carro de dos ruedas tirado por dos mulas llamado carpentum, provisto de una cubierta de piel para proteger a los pasajeros de la intemperie y de la vista del público. Muy utilizado por las matronas romanas, su uso se extendió a los dignatarios de la corte imperial, incluidos los soberanos.

Plaustrum

Plaustrum

Plaustrum o carro de vendimia

Foto: Scala, Firenze.

Existía también un equivalente de la diligencia, empleado para viajes en grupo: la raeda. Era un carro de cuatro ruedas, tirado por dos o cuatro caballos y con filas de bancos para pasajeros, mientras que el cochero iba sentado en un asiento inferior. Su tamaño, según exageraba el poeta Juvenal, era tal que todo lo que había en una casa se podía acomodar en una sola raeda.

Parecida a la raeda era la carruca, también de cuatro ruedas, que podía ser de varios tipos. Uno era el que usaban los funcionarios públicos, cuya caja estaba decorada en los laterales con relieves de materiales preciosos. El cochero iba en una posición baja, y los magistrados, en un banco sobreelevado que les permitía ser vistos por todos con facilidad y sentirse superiores a la plebe.

De la ciudad al campo

Por su parte, la carruca destinada a largos viajes era más práctica y contaba con un cómodo asiento para dos personas provisto de mullidos cojines. Existía, además, la carruca dormitoria, para desplazamientos en los que era necesario pasar la noche viajando. Para ello, el carromato era cerrado, con una resistente cubierta de piel con ventanas que protegía de la lluvia y el frío y permitía dormir cómodamente en su interior.

Para el transporte de mercancías o productos agrícolas, los romanos contaban con carros de diversos tipos. El plaustrum era un carro fuerte, de dos ruedas de madera maciza o de radios, tirado por bueyes. Similar a este era el sarracum, que tenía las ruedas macizas y más pequeñas que el anterior, por lo que resultaba ideal para el transporte de troncos y materiales de construcción. El carrus, por su parte, era un vehículo de cuatro ruedas que servía igualmente para el transporte de mercancías y era muy utilizado en el ejército para llevar enseres e incluso máquinas de guerra, tal como se representa en la columna de Trajano. En los vehículos de transporte de mercancías podía asegurarse la carga con redes o cuerdas, o bien cubrirlas con telones. En el caso de líquidos, como vino o agua, existía la posibilidad de acomodar grandes cubas sobre el carro o incluso odres de piel de gran tamaño.

Carruca dormitoria.

Carruca dormitoria.

Foto: Scala, Firenze.

En el Bajo Imperio se desarrolló una amplia legislación, recogida en el Códice teodosiano, que regulaba la carga máxima de los diversos
carruajes y el número de pasajeros que éstos podían llevar. Por ejemplo, la raeda y el carpentum estaban autorizados a transportar 330 kilos, y se establecía que en este último sólo podrían viajar dos o tres personas. Se disponía igualmente que la raeda fuera tirada por ocho mulas en verano y diez en invierno. Es muy posible que algunas de estas normas se incumplieran y que se rebasaran los límites legislados.

Todos estos sistemas de transporte públicos y privados causaban problemas de congestión del tráfico en las grandes ciudades. Para paliarlos se promulgó en Roma, en 45 a.C., la Lex Iulia municipalis, atribuida por algunos a Julio César, que prohibía la circulación de carruajes desde la salida del sol hasta la hora décima (el anochecer). Estaban exentos de esta ley en todo momento los carros que transportaran materiales necesarios para la erección de templos o la construcción y el desescombro de obras públicas. De modo general, podían circular los carros que, habiendo entrado de noche, estuvieran vacíos y los que se empleaban para recoger la basura. En ciertos días podían moverse los carros usados por las vírgenes vestales y los sacerdotes, como el rex sacrorum y los flámines, en el contexto de ceremonias de culto público. También se permitía, en los días oportunos, el uso de carros en los desfiles triunfales y los celebrados con motivo de juegos públicos, así como en la procesión
inaugural de los juegos del circo.

El descanso de los vecinos

El espíritu de la ley fue mantenido por los primeros emperadores. Claudio lo extendió a las ciudades de Italia, obligando a ir por la ciudad a pie, en silla de mano o en litera. Adriano vetó la circulación de vehículos pesados en Roma y el desplazamiento a caballo dentro de las ciudades. No sabemos hasta qué punto estas leyes eran respetadas, puesto que la repetición de las mismas puede significar que no se les hacía mucho caso.

De todos estos vehículos, sólo los carros de transporte de materiales de construcción podían suponer un peligro para los viandantes durante el día. El poeta satírico Juvenal nos habla de los peligros de los carros que transportan abetos y pinos en medio del gentío o de los que llevan piedras, ya que, si se diera el caso de que se partiera el eje del carro, aplastarían a los peatones y entonces «¿qué quedará de los cuerpos? ¿quién encontrará los miembros, quién los huesos?». Además, por la noche, el ruido que producían los carruajes al pasar por las estrechas calles y los gritos de los cocheros, discutiendo entre sí o azuzando a las bestias, hacían muy difícil conciliar el sueño a los habitantes de las casas de pisos de Roma.

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Carruajes para llegar a tiempo a una cita

En pompeya se ha estudiado la erosión causada por los carros en las calles, aceras y esquinas de las vías de la ciudad para determinar la organización del tráfico interno. La conclusión es que había vías de un solo sentido y otras de doble. Al parecer no había señales de tráfico, sino que los profesionales conocían de sobra el reglamento. Si venía algún forastero es posible que sufriera los improperios de sus colegas. Los cocheros debían estar listos para viajes urgentes como el que evoca un poema anónimo esgrafiado en una pared: «Si sintieras los fuegos del Amor, mulero, te darías más prisa para ver a Venus. Amo a un joven hermoso. Te lo ruego, aguija, vayamos. Ya has bebido, vayamos, coge las riendas y arrea las mulas. Llévame a Pompeya donde está mi dulce amor».

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Raedas y carrucas: un modelo de carruaje para cada ocasión

Los romanos usaban distintos tipos de vehículos según quisieran exhibirse, hacer un viaje en grupo o aprovechar el trayecto para dormir.

Raeda. Carro para viajes colectivos. Contaba con cuatro ruedas de diez radios y estaba tirado por hasta cuatro caballos. La caja de este vehículo tenía bancos para que se sentaran los pasajeros.

Raeda.

Raeda.

Foto: Scala, Firenze.

Carruca para funcionarios. Vehículo de cuatro ruedas decorado con relieves y con un podio elevado rectangular. El funcionario se sentaba en un banco sobre el podio para que todo el mundo lo viera.

Carruca para funcionarios.

Carruca para funcionarios.

Foto: Scala, Firenze.

Carruca dormitoria. Este carro largo de cuatro ruedas estaba provisto de una cubierta de piel en la que se abrían ventanas. Servía para largos desplazamientos y permitía dormir en su interior.

Carruca dormitoria.

Carruca dormitoria.

Foto: Scala, Firenze.

Este artículo pertenece al número 205 de la revista Historia National Geographic.

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