Conjuros y maleficios

La magia en Roma

A la vez que empleaban amuletos para defenderse de las desgracias y del mal de ojo, los romanos creían que se podía invocar a los dioses infernales contra sus enemigos y rivales mediante hechizos y fórmulas mágicas.

Cónclave de hechiceras. Este mosaico de la casa de Cicerón, en Pompeya, muestra una escena teatral en la que dos mujeres jóvenes consultan a una hechicera. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Foto: Scala, Firenze

La magia estuvo presente en la antigua Roma desde los inicios de su historia. En las Doce Tablas, el primer ordenamiento jurídico romano, elaborado a mediados del siglo V a.C., se incluían ya estipulaciones contra determinadas prácticas mágicas, concretamente contra «quien hubiere causado el mal mediante fórmulas mágicas», «quien mediante conjuros hiciera desaparecer los bienes ajenos», «quien haya arrebatado las cosechas de un vecino mediante sortilegios»... Las autoridades pretendían reprimir así un tipo de actos que amenazaban el orden social, pero lo cierto es que nunca lograron su propósito. En el mundo romano existía la creencia generalizada en fuerzas ocultas de la naturaleza y en la posibilidad de invocarlas o conjurarlas mediante todo tipo de sortilegios. Así lo demuestran tanto los testimonios literarios como un gran número de hallazgos arqueológicos.

Cronología

Magia, conjuros y venenos

451 a.C.

Las Doce Tablas incorporan alusiones a encantamientos que causen perjuicios intencionados en la cosecha de un vecino.

81 a.C.

Sila promulga una ley contra apuñaladores y envenenadores, en referencia a los que manipulan venena, pócimas y filtros.

158-159 d.C.

El escritor Apuleyo se defiende en un discurso de las declaraciones de su familia política, que lo acusa de haber seducido a su esposa con artes mágicas.

321 d.C.

El emperador Constantino persigue a quienes, mediante magia, atenten contra la salud de alguien o intenten inclinarlo a cometer actos indecentes.

356-358 d.C.

Constancio II prohíbe consultar a arúspices, augures, adivinos, astrólogos y magos; todos ellos quedan proscritos por igual.

En la Antigüedad grecolatina, la magia apelaba a poderes sobrenaturales, a potencias invisibles que anidaban en el alma o bien fluían en el universo, fuera de la persona. La magia era el medio por el que el ingenio humano trataba de imponer o propiciar que se hiciera su propia voluntad sobre la naturaleza o las personas. La religión perseguía, en parte, los mismos fines, pero, a diferencia de los ritos mágicos, que se celebraban de forma secreta e individual, el culto a los dioses del Olimpo estaba regulado e instituido públicamente.

Causar daño a los demás

Las prácticas religiosas más antiguas contenían un componente mágico. Se invocaba a algunas deidades menores con fórmulas repetitivas ligadas a gestos rituales, con los que se pensaba que se podía manipular el orden natural de las cosas. Cuenta Varrón, en su tratado sobre la agricultura, que para curarse los pies había que invocar en ayunas a Tarquena y repetir nueve veces la siguiente fórmula ritual: «Pienso en ti: sana mis pies. Deja el mal en tierra y mantén la salud en mis pies». Al mismo tiempo había que tocar la tierra y escupir sobre ella.

Escarabeo con una escena grabada que muestra a Prometeo creando al hombre. Museo Británico, Londres.

Foto: British Museum / Scala, Firenze

Pero sobre todo se recurría a la magia para causar un daño a otros. El punto de partida era la creencia de que ciertas personas podían perjudicar a las demás a través de la simple mirada: el mal de ojo o, en latín, la invidia. Plinio el Viejo hablaba de individuos que, ejerciendo «fascinación» o mal de ojo, podían causar no sólo enfermedades sino incluso la muerte a aquellos a quienes traspasaban con su mirada airada. Este poder maléfico se asociaba a menudo con personas deformes o con extranjeros, pero se atribuía más comúnmente a vecinos con los que existían disputas o rencillas.

Un temor habitual entre los romanos era que alguien entrara en su casa e introdujera el mal de ojo en su familia. Por ello era habitual que en la entrada de las viviendas se incluyeran advertencias contra quienes venían con malas intenciones. A veces se representaba en un mosaico o un relieve un ojo atacado por dioses o animales. Esta misma creencia llevaba a pintar ojos en la proa de los barcos, a fin de preservarse de las desgracias que podían acontecer durante las travesías.

Mosaico para repeler el mal de ojo, hallado en Antakya.

Foto: Album

Frente al riesgo de caer víctimas de un aojamiento, los romanos trataban de protegerse usando amuletos a los que atribuían propiedades profilácticas. Los había de muchos tipos, pero los más frecuentes eran los que tenían forma de falo, que era considerado un símbolo de fertilidad en el mundo antiguo y, en consecuencia, estaba asociado a la buena suerte. Usadas como amuleto, a las figuras fálicas se les atribuía la capacidad de combatir el mal de ojo. Era habitual llevarlas al cuello como colgantes, pero también se pintaban en fachadas y en los pavimentos de mosaico del vestíbulo de la casa. En las viviendas también eran corrientes los tintinabula, «campanillas» de cerámica o bronce cuyo badajo podía tener forma fálica.

Niños y mujeres

Los niños, como víctimas potenciales e indefensas de la magia, eran especialmente protegidos con amuletos de diverso tipo. A los nueve días de nacer se les colocaba en torno al cuello la bulla, una bola de oro que supuestamente repelía el mal de ojo. A los dieciséis años, cuando el joven alcanzaba la mayoría de edad, se quitaba la bulla y se la ofrecía a los dioses Lares o a Hércules en el altarcillo doméstico. Según Ovidio, además de proteger contra maldiciones, la bulla prevenía de muertes prematuras y de las apariciones de las Larvas, los espectros de los muertos. Las niñas y las mujeres, por su parte, llevaban un amuleto similar en forma de luna creciente, la lúnula.

'Bulla' infantil de oro. Museo Aashmolean, Oxford.

Foto: Album

Gestos peligrosos

La invidia no se ejercía únicamente con la mirada, sino también mediante determinados gestos de la mano. Plinio el Viejo escribió que «estar sentado, con los dedos entrelazados los unos con los otros, junto a una mujer embarazada o una persona a la que se administra un medicamento es un maleficio». Y añadía: «Pero es todavía peor si los dedos abrazan una rodilla o las dos. Hay además un maleficio en poner los muslos sobre una u otra rodilla». Del mismo modo, el mal de ojo podía conjurarse mediante gestos como el de la higa, apresando el pulgar entre los dedos medio e índice, lo que evocaba el acto sexual. Era habitual llevar colgantes con figurillas de manos en esta posición, a modo de amuleto.

Las brujas. Este óleo de José de Ribera representa una procesión de adoradores de Hécate, la diosa de la magia. Siglo XVII.

Foto: Heritage / Aurimages

La magia negra

Un paso más allá de las distintas formas de invidia o mal de ojo se encuentran las prácticas de hechicería o brujería, lo que se podría denominar magia negra. En ellas se recurría a maleficios, exorcismos o encantamientos con propósitos diversos, ya fuese perjudicar a un adversario en un proceso judicial, provocar la derrota de un auriga en una carrera de carros o, el caso quizá más frecuente, por una motivación amorosa o sexual.

Otra motivación posible era la eliminación de un adversario político. Los historiadores antiguos evocan a este respecto diversos episodios de hechicería que causaron sensación. Uno bien conocido es el de la muerte de Julio César Germánico –hijo adoptivo del emperador Tiberio– en Antioquía, en el año 19 d.C. Según Tácito, en la casa donde murió se hallaron huesos humanos calcinados, láminas de plomo grabadas con encantamientos y cenizas cubiertas de sangre. Germánico, que antes de morir acusó a Pisón, gobernador de Siria, y a su esposa Plancina de haberlo hechizado, podría haber sido víctima de magia negra.

Superstición en las ciudades. En Pompeya y Herculano (una de cuyas calles aparece en la imagen) se han descubierto amuletos, mosaicos y pinturas de tema mistérico y apotropaico (protector).

Foto: Michele Falzone / AWL Images

Sin embargo, la mejor prueba de la realidad de las prácticas de hechicería son las llamadas tablillas de defixión, en latín defixionum tabellae. Halladas en todas las provincias del Imperio romano, estas tablillas eran pequeñas láminas de forma rectangular, de no más de veinte centímetros en su lado mayor, con un texto inscrito en latín o, más frecuentemente, en griego, que contenía conjuros mágicos dirigidos contra personas a las que se quería causar un daño. Una vez grabadas se doblaban y se ataban o, más comúnmente, se atravesaban con un clavo, acción de la que toman el nombre (en latín defixere significa clavar) y que era una manera figurada de consumar el hechizo. Luego se enterraban o se depositaban en un lugar donde no pudieran ser encontradas y, por tanto, no se pudiera deshacer el encantamiento: un pozo, un curso fluvial, el mar, una canalización… aunque el mejor sitio era una tumba, especialmente si el difunto había fallecido prematuramente o de forma violenta, como un ejecutado por la justicia, alguien que se hubiera suicidado o un gladiador muerto en la lucha, lo que explica que se hayan encontrado decenas de estas tablillas en anfiteatros.

Sacrificios propiciatorios

A veces, antes de clavar y enterrar la tablilla se realizaban determinados ritos, como depositar una ofrenda o sacrificar animales. Así, en una tablilla localizada en Olbia, cerca de Marsella, se lee: «Del mismo modo que este gatito no ha hecho daño a nadie, que de la misma manera no puedan ganar el proceso. Del mismo modo que la madre de este gatito no ha podido defenderlo, que así sus abogados no puedan defenderlos».

Tintinábulo de bronce. Este amuleto, con la forma de falo alado, lleva colgando unas campanillas para alejar a los malos espíritus. Nápoles.

Foto: Alamy / ACI

En las tablillas mágicas descubiertas aparecen algunos temas recurrentes. La que acabamos de citar, por ejemplo, pertenece a un amplio elenco de tablillas de carácter judicial con las que se trataba de obtener un resultado favorable en un proceso. Llama la atención que los textos no se refieran nunca al juez, sino que buscan perjudicar a los acusadores, los testigos y los abogados. La explicación es que los hechizos se realizaban durante el proceso, antes de que se anunciara la sentencia. Una tablilla descubierta en Bath, en la costa de Inglaterra, parece contener la maldición de varios miembros de una familia –«Uríalo; Docilosa, su mujer; Dócilo, su hijo, y Docilina; Decentino, su hermano, y Alogiosa»– contra alguien que ha prestado falso testimonio: «Al que ha perjurado, es preciso que le hagas pagar por ello a la diosa Sulis con su propia sangre».

Había tablillas en las que se reclamaba venganza contra un ladrón y abundaban las de naturaleza amorosa o derivadas de los celos. Una procedente de la tunecina Hadrumeto, fechada en el siglo III, contiene un conjuro para que «Sextilio, hijo de Dionisia, no duerma más, que arda y delire, que no duerma ni repose, que no hable, sino que sueñe conmigo, Séptima, hija de Amena; que arde y delire de amor y de deseo por mí».

El viajero y el mago. Fresco de la casa de los Dióscuros de Pompeya que representa a un viajero consultando a un mago. Se halla en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

Foto: DEA / Album

Las competiciones deportivas, como las carreras de carros, también eran temas habituales en las tablillas de defixión. En una hallada en Hadrumeto (Túnez) se lee: «Te conjuro, demonio, quienquiera que seas, y te pido que, desde esta hora, desde este día, desde este momento, tortures y mates a los caballos de los Verdes y de los Blancos y hagas chocar y mates a los aurigas Claro, Félix y Prímulo y Romano, y no dejes ni el espíritu para ellos; te conjuro a través de este que te ha liberado para siempre a los dioses del mar y del cielo». El texto terminaba con un conjuro mágico: «Iao, Iasdao, oorio, aeia».

Las temidas brujas

Probablemente algunos de estos ritos asociados a las tablillas mágicas fueron ejecutados por particulares, pero sin duda también existieron brujos y brujas, aunque su existencia en Roma resulta difícil de probar. No se han conservado documentos en los que alguien proclame su condición de mago manipulador de pócimas y creador de conjuros, de hechicero captador de voluntades con capacidad de encadenar pasiones o de provocar odios.

Un dios egipcio. Harpócrates (Horus), hijo de Isis, rodeado de dos serpientes benéficas. Fresco pompeyano. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Foto: Alamy / ACI

Tan sólo contamos con algunos testimonios literarios en los que aparecen retratos estereotipados de brujas nigromantes. Horacio, por ejemplo, evoca en algunos de sus poemas a dos brujas, Canidia y Sagana. Las presenta desgarrando con los dientes a una cordera negra y recogiendo la sangre en un hoyo para invocar a los Manes –los espectros de los difuntos– y a Hécate, diosa de la brujería y los venenos. Cuenta Horacio que por la noche recogen huesos de muertos y hierbas venenosas en los suburbios de Roma, entre tumbas y fosas comunes: «Yo mismo he visto a Canidia merodear por aquí, con la negra túnica arremangada, los pies desnudos y suelta la pelambre, y con ella, a la vieja Sagana aullando. La pálida luz daba a una y otra un aspecto terrorífico». E incluso atribuye a Canidia el suplicio de un adolescente al que hace enterrar vivo, dejando sólo visible el rostro para que lentamente languidezca y muera por inanición; luego le extraería su hígado y su médula para elaborar un bebedizo amoroso.

Terror nocturno. Las brujas Canidia y Sagana realizan conjuros amorosos durante la noche. Óleo por J. E. Hummel. 1848. Museo Nacional Alemán, Núremberg.

Foto: AKG / Album

El testimonio de Horacio es, sin duda, una recreación literaria con intención satírica, pero no por ello carece totalmente de base. Asesinatos aparte, existe un trasfondo de realidad en la escena evocada por el poeta, o al menos así lo creían los propios romanos. Una inscripción funeraria hallada en Roma, perteneciente a un niño muerto a corta edad, resulta concluyente: «En cuanto cumplí mi cuarto año, cuando podía ser la alegría de mi padre y de mi madre, caí enfermo de consunción, arrebatado por la mano cruel de una hechicera, salida a saber de dónde, pues las brujas están en todos los sitios del mundo para hacer el mal con sus malas artes».

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Religión con tintes mágicos

Cultos extranjeros. A partir del siglo II a.C., en Roma tuvieron gran aceptación cultos de origen foráneo, como el de Ia diosa egipcia Isis. Sobre estas líneas, fresco de Herculano con una ceremonia en el templo de Isis de Pompeya. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Foto: Prisma / Album

La religión tradicional de los romanos se basaba en ritos que buscaban el favor de los dioses. Cada familia tenía un Lar familiaris o espíritu protector al que se hacían diariamente sacrificios o pequeñas ofrendas en un altar situado generalmente en el jardín de la casa. Igualmente había lares protectores de los campos y de las calles. En el siglo I a.C., los intelectuales censuraron la excesiva creencia en el poder de estos dioses tutelares y de los ritos que se les ofrecían. Cicerón, por ejemplo, en su tratado Sobre la naturaleza de los dioses, hacía una distinción entre la religión, que consistía en «rendir un culto piadoso a los dioses», y la «superstición» de quienes «durante días enteros hacían preces e inmolaciones para que sus hijos les sobrevivieran».

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Cómo librarse del mal de ojo

Mosaico de la casa del mal de ojo, hallado en la antigua Antioquía, en la Siria romana. Museo Arqueológico de Hatay, Antakya.

Foto: Stephen Coyne / Bridgeman / ACI

En una residencia de la antigua Antioquía (hoy Antakya, en Turquía) se halló un mosaico que ilustra muy bien la obsesión del mundo antiguo por el mal de ojo. En él vemos un ojo de gran tamaño que es atacado por diversos animales: una pantera, un perro, una serpiente, un escorpión, un ciempiés y un cuervo. Además, se han clavado en él un tridente y una espada. En la parte izquierda del mosaico se ha representado a un enano armado con bastones en ambas manos, quien, a la vez que da la espalda al ojo, lo ataca con su miembro viril, lo que evoca el poder apotropaico o protector que tenía el falo en las culturas antiguas. Asimismo, sobre el enano aparece una inscripción griega muy habitual en este tipo de representaciones: KAI SY, «también tú». Los especialistas debaten sobre el significado de esta expresión, aunque generalmente se piensa que sería una advertencia a los visitantes malintencionados, que podrían sufrir los mismos castigos que el ojo. El mosaico ha dado nombre a la vivienda en que se halló, la casa del Mal de Ojo.

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Escudos contra los maleficios

Los romanos gustaban de llevar colgantes con amuletos de muy diverso tipo: figuras fálicas, manos en posición ofensiva, bullae y lúnulas, o medallones con imágenes de seres fantásticos o dioses exóticos. A continuación se muestran algunos ejemplos.

Horus. Este medallón de oro está rematado con una piedra en una de cuyas caras se muestra al dios egipcio Horus sobre una barca. Museo del Louvre.

Foto: RMN-Grand Palais

'Bulla'. Esta estatuilla de bronce representa a un muchacho protegido con la bulla o amuleto de la infancia. En su mano izquierda sostiene una paloma. Museo del Louvre, París.

Foto: RMN-Grand Palais

Mano talismán. Hallada en Britana, se empleaba para invocar a Sabacio, una deidad infernal. Los dedos hacen un gesto de bendición. Museo Británico, Londres.

Foto: Album

Serpiente. Talismán que contiene un símbolo gnóstico: la serpiente Xnoubis, de origen egipcio. Se utilizó como amuleto de buena suerte.

Foto: Bridgeman / ACI

Lúnula. Esta mujer representada en un retrato de El Fayum aparece con sus joyas, entre ellas un amuleto protector en forma de luna. Museo Metropolitano, Nueva York.

Foto: Bridgeman / ACI

La higa. Mano haciendo el signo de la higa.

Foto: MET / Album

La higa. Amuleto de forma fálica en uno de cuyos lados una mano hace el signo de la higa. Museo Metropolitano, Nueva York.

Foto: MET / Album

Medusa. A veces los seres mitológicos también se usaban como amuletos. Es el caso de la Medusa de este medallón egipcio del período grecorromano.

Foto: Alamy / ACI

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Conjuro para ser invisible

Gran papiro mágico de París. Contiene sortilegios y fórmulas mágicas. Biblioteca Nacional de Francia, París.

Foto: Bibliothèque Nationale de France

Una fuente fundamental para conocer las prácticas mágicas de la Antigüedad son los papiros mágicos hallados en el Egipto grecorromano. En ellos encontramos invocaciones a dioses como Helios o Apolo para que concedan la capacidad de prever el futuro e incluso para volverse invisible. Un papiro de Berlín ofrece la siguiente receta: «Después de tomar la grasa o el ojo de una lechuza y la pelota de un escarabajo y aceite de mirra verde, y tras mezclarlo muy bien todo, embadurna con ello todo tu cuerpo». El conjuro se debe pronunciar mirando al Sol. Aunque se trate de magia blanca, responde obviamente a deseos mágicos con fines ocultos.

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Hechizo de amor y vudú

Infligir dolor. Esta figurita de terracota atravesada por varias agujas, hallada en Egipto, debió de usarse para echar una maldición a alguien a quien se odiaba. Museo del Louvre, París.

Foto: Hervé Lewandowski / RMN-Grand Palais

En el llamado Gran Papiro Mágico de París se recoge un método para hacer un «milagroso hechizo amoroso». Consiste en elaborar en barro o cera dos figurillas, una masculina que remeda a Ares, el dios de la guerra, y otra femenina, sentada y con las manos en la espalda. Sobre esta última se han de escribir palabras mágicas en distintas partes del cuerpo y luego practicarle punciones con trece agujas de bronce: «Clávale una en el cerebro diciendo: “Yo te atravieso el cerebro”, y dos en los oídos y dos en los ojos y una en la boca y dos en las entrañas y una en las manos y dos en los órganos sexuales y dos en las plantas de los pies, diciendo cada vez: “Atravieso tal miembro para que no se acuerde de nadie, sino sólo de mí”».

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Dioses, destruid a mis enemigos

Las tablillas de defixión contenían maldiciones contra enemigos personales. Se hacían con materiales diversos, desde cera o papiro hasta bronce y cerámica, e incluso oro. Pero sobre todo eran de plomo, un material que no se deteriora y que se graba fácilmente. Una tablilla hallada en el Ática decía: «Y justamente como este plomo no tiene valor y es frío, haz que este hombre y su propiedad sean sin valor y frías, así como los que están con él y le han aconsejado a propósito de mí».

Contra Domicia. Tablilla del siglo I hallada en el Palatino de Roma, con una maldición contra una esclava llamada Domicia Omonia y otras personas: «Invoco a los dioses manes para que los destruyan. Les invoco contra mis enemigos: Domicia Omonia de Menécrates; Nicea la de Ciro, Nicé Porista, Asclepíades, Timé, Cé, Filea, Caletiche, Menocia, y del mismo modo a los adversarios de menos años».

Foto: Alamy / ACI

Contra Porcello. Tabilla de origen desconocido, hoy en Bolonia (Italia), en la que se invoca a una diosa, quizás Hécate, contra un tal Porcello, de profesión médico: «Destruye todo su cuerpo, su cabeza, dientes, ojos [...] que todo el cuerpo, miembros, entrañas de Porcello se desintegren, se pudran [...]. Destruye, aplasta, mata, estrangula a Porcello y a su esposa Maurilla, su alma, corazón, trasero, hígado [...]».

Foto: Alamy / ACI

Contra Rhodine. Tablilla enterrada en una tumba de Roma con una maldición contra una tal Rhodine, quizá por una mujer celosa de ella: «Igual que el muerto enterrado aquí no puede hablar ni conversar, que Rhodine sea como una muerta para Marco Licinio Fausto [...]. Plutón, te confío a Rhodine, para que sea siempre odiada por M. Licinio Fausto».

Foto: Alamy / ACI

Contra Tretia

Contra Tretia

Contra Rhodine. Tablilla de época romana hallada en Londres: «Maldigo a Tretia Maria y su vida y su espíritu y memoria e hígado y pulmones revueltos, y sus palabras, pensamientos y memoria; que no pueda decir lo que es secreto ni pueda [...]».

Foto: Alamy / ACI

Clavos con inscripciones mágicas usados como amuleto, para prácticas de adivinación o para fijar tablillas de maldición. Siglos III-IV d.C. Museo Británico, Londres.

Foto: British Museum / Scala, Firenze

Este artículo pertenece al número 220 de la revista Historia National Geographic.

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