Libro del mes

Madrid, mercado de esclavos

Una investigación muestra que en el siglo XVIII los esclavos negros eran una presencia habitual en las casas aristocráticas y en las calles de la capital de España

El ciego de la guitarra

Foto: Museo del Prado

La esclavitud en el siglo XVIII suele asociarse con las plantaciones del Caribe, abastecidas por los barcos negreros que atravesaban el Atlántico. Pero en Europa también había muchos esclavos, sobre todo en las grandes capitales. Si en Londres se contaban unos 20.000, en Madrid la cifra rondaría los 6.000, según calcula José Miguel López García en esta detallada investigación que nos descubre un mundo hasta ahora escasamente conocido.

López García ofrece muchas cifras sobre este grupo de «gentes sin historia»: su composición racial (un 65 por ciento eran negros, frente al predominio anterior de los esclavos magrebíes, aunque éstos seguían existiendo); su jovencísima media de edad, 21 años; la cotización de esta «mercancía humana», que se cuadruplicó a lo largo del siglo; la composición social de los dueños, en su mayoría aristócratas, aunque también los hubo burgueses y hasta artesanos, como cierto sombrerero que compró un esclavo para emplearlo como criado y oficial, del que tuvo que deshacerse pronto por su «mal comportamiento».

La esclavitud a finales del antiguo régimen

La esclavitud a finales del antiguo régimen José Miguel López García Alianza, 2020, 216 pp., 19 €

Más allá de los porcentajes, en las páginas del libro emerge la realidad inhumana de la esclavización y el tráfico de personas, patente en las marcas corporales que se imponían a los infortunados: «Tres señales o hierros» en el pecho y los brazos de «un esclavo bozal» de Angola, de 20 años, o, en el caso de una berberisca, «4 señales en la cara hechas al parecer con fuego», en la frente, la nariz, la mejilla y la boca. Estaban también las penas con que se castigaba a los esclavos «incorregibles» que no soportaban la disciplina de sus amos, desde la prisión hasta el trabajo forzoso en canteras o, lo peor de todo, diez años de galeras.

Es cierto que algunos escapaban de un modo u otro a ese destino. Entre los esclavos negros de Carlos III hubo un pintor de cámara (Joseph Carlos de Borbón, con obra expuesta en el Museo del Prado) y un arquitecto de obras reales. No pocos fueron liberados por sus amos y se integraron en la sociedad madrileña, como los que abrieron una zapatería frente a la casa de Correos y una tienda de cosméticos en la Carrera de San Jerónimo. Aunque quizá los más afortunados fueron los cimarrones que lograron escaparse de verdad y sin compromisos de su condición de «herramientas parlantes».

Este artículo pertenece al número 197 de la revista Historia National Geographic.

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