Personaje singular

Ludwig Zamenhof, el inventor del esperanto

A finales del siglo XIX, un judío del oeste de Rusia elaboró una nueva lengua con el objetivo de que personas de cualquier nacionalidad pudieran comunicarse fácilmente.

Ludwig Zamenhof, creador del esperanto en una fotografía sin datar.

Foto: AKG / Album

A lo largo de la historia ha habido cientos de intentos de crear una lengua en la que nos pudiéramos entender todos. Umberto Eco llamó a este proceso «la búsqueda de la lengua perfecta». Sin embargo, sólo el esperanto ha conseguido transformarse en una lengua viva y crear una comunidad de hablantes, un verdadero movimiento social. En parte, porque nació en el momento adecuado.

Cronología

Apóstol de la lengua universal

1859

Nace en Bialystok el judío Eliezer Zamenhof. Crece en contacto con varias lenguas: ruso, polaco, yiddish y otras.

1887

Publica un manual sobre una nueva lengua de su invención, conocida como esperanto por el seudónimo con el que firma.

1905

Zamenhof participa en el primer congreso internacional de esperanto en Boulogne (Francia).

1908

Se funda en Róterdam la Asociación Universal de Esperanto.

1917

Ludwig Zamenhof fallece en Varsovia a los 57 años

A finales del siglo XIX, las revoluciones en los transportes y en las comunicaciones facilitaban los contactos internacionales como nunca antes. Por entonces, el latín había dejado de ser la lengua franca internacional y distintas potencias pugnaban para que su idioma nacional ocupase el lugar de aquél. El francés predominaba en la diplomacia, el inglés ganaba terreno en el comercio y la economía, el alemán era imprescindible en la ciencia y la tecnología y el ruso adquiría una importancia creciente.

Justamente en el Imperio ruso se hallaba la ciudad de Bialystok (hoy en Polonia), que se caracterizaba por la presencia de diversas comunidades etnolingüísticas: polacos, rusos, alemanes, bielorrusos, tártaros, ucranianos, lituanos, chuvasios… y judíos, que formaban la mayoría de la población. Allí, en una familia judía, nació Eliezer Zamenhof, que también adoptó un nombre cristiano en lengua polaca, Ludwig. Desde niño, Zamenhof observó que los distintos grupos discutían entre sí; a menudo, eran precisamente los judíos quienes se llevaban la peor parte. Sensible y políglota, se dio cuenta de que en realidad las personas son más parecidas de lo que creen. Quizás el problema fuera que carecían de un idioma común que les permitiera entenderse.

Zemenhof creó una interlengua en la que pudieran hablar personas con idiomas distintos

Carta postal del primer congreso esperantista de 1905.

Carta postal del primer congreso esperantista de 1905.

Foto: AGE Fotostock

La tarea de Zamenhof

Todavía adolescente, Zamenhof asumió la apasionante tarea de crear una interlengua, no para sustituir las lenguas maternas de los demás, sino para utilizarla entre personas que no hablasen el mismo idioma. Su padre no estaba muy de acuerdo en que dedicara tantos esfuerzos a perseguir un sueño irrealizable, y cuando Zamenhof marchó a Moscú para continuar sus estudios de medicina, aprovechó para deshacerse de sus cuadernos. Pero el joven idealista no se dio por vencido y siguió trabajando; profundizó en otras lenguas, que le sirvieron de inspiración para perfeccionar la suya.

Finalmente, el 26 de julio de 1887 Zamenhof publicó en Varsovia la gramática del nuevo idioma. Primero en ruso; luego, en una edición cuatrilingüe: polaco, alemán, francés y ruso; y al año siguiente, en inglés y en otros idiomas, siempre con el mismo deseo: ayudar a conseguir un mundo más justo y pacífico. Por ello firmó como Dr. Esperanto, que significa «aquel que tiene esperanza». Como en esa época eran frecuentes las obras con títulos parecidos a «lengua internacional», la suya fue conocida como la «lengua internacional del Dr. Esperanto», y más tarde «esperanto» sin más. Sorprendentemente, tuvo un éxito inmediato, y en toda Europa surgieron decenas de clubes y publicaciones dedicadas al nuevo idioma.

Entre los interesados en el esperanto predominaban los judíos instalados en la zona occidental del Imperio zarista, muchos de ellos hablantes de variantes del yiddish y conscientes de la importancia de la comunicación neutral entre grupos con idiomas distintos. En segundo lugar, estaban aquéllos que se interesaban por una lengua auxiliar internacional y habían estudiado un proyecto anterior, el Volapük; también ellos se pasaron en bloque al nuevo idioma, más democrático y sencillo de aprender que el creado por el sacerdote alemán Schleyer, quien lo consideraba como una propiedad personal. Un tercer grupo era el formado por los seguidores del escritor pacifista Tolstói, uno de los primeros en manifestar públicamente su apoyo al esperanto.

Y es que las vinculaciones entre esperantismo y pacifismo eran muy estrechas. De ahí que buena parte de los ganadores del premio Nobel de la Paz entre 1901 y 1914 tuvieran relación con el esperanto, como Alfred Fried o Henri La Fontaine. El propio Zamenhof fue candidato a este galardón en ocho ocasiones. También fueron partidarios del esperanto políticos como el español Pi i Margall o escritores como Julio Verne, quien en su última obra (inacabada) otorgó a este idioma el rol de lengua internacional en un futuro no muy lejano.

Grupo de personas matriculándose en un curso de esperanto en una ciudad rusa a finales del siglo XIX.

Grupo de personas matriculándose en un curso de esperanto en una ciudad rusa a finales del siglo XIX.

Foto: Mary Evans / Scala, Firenze

El esperanto conquistó a los intelectuales por su racionalidad, con dieciséis reglas fáciles de asimilar. Los sustantivos terminan en -o, los adjetivos en -a y los adverbios en -e. Es un idioma fonético, donde a cada grafía corresponde un fonema y a cada fonema una grafía, sin excepciones. La mayoría de las raíces provienen de las lenguas románicas y también están presentes en idiomas germánicos y eslavos.

La idea era que una persona con conocimiento de una lengua de la gran familia indoeuropea pudiera comprender de forma intuitiva qué significan términos como lingvo, internacia o demokratio. El uso de la derivación facilitaba que las palabras se aprendieran no mediante la memoria, sino a partir de la lógica. Así, el prefijo mal- crea antónimos, de manera que los adjetivos granda y alta se transforman en malgranda y malalta para significar pequeño y bajo, respectivamente. Ello concede a la lengua una gran capacidad expresiva, desarrollada mediante una destacable producción literaria, primero traducciones y luego de creación original.

Lengua en expansión

Coincidiendo con el cambio de siglo, el centro del movimiento esperantista se trasladó a París, la ciudad de las luces. En Francia, Zamenhof fue nombrado Caballero de la Legión de Honor y allí tuvo lugar el primer encuentro internacional de hablantes de esperanto, que pasó de ser una lengua escrita a una lengua hablada. Desde la perspectiva de hoy cuesta hacerse una idea de la emoción que debía de suponer en 1905 que 688 personas de todo el mundo (la mayoría de ellas europeas) se reuniesen y, sin intérpretes, realizasen todo tipo de actividades.

El esperanto se convirtió así en una parte esencial del internacionalismo. En ausencia de otro tipo de organizaciones transnacionales, fueron las asociaciones esperantistas las que vehicularon un contacto directo entre personas de distintos países. Médicos, ferroviarios, masones, vegetarianos y un largo número de colectivos aprovecharon los congresos esperantistas para encontrarse y debatir. Por otro lado, el potencial económico de la lengua era evidente, y el esperanto se enseñaba en las cámaras de comercio de las principales ciudades. En 1909, Barcelona acogió su quinto congreso anual, y Zamenhof fue nombrado Comendador de la Orden de Isabel la Católica. Sólo ese año se contabilizaron más de cincuenta cursos simultáneos en la capital catalana.

La expansión del esperanto quedó truncada por la Gran Guerra, una experiencia traumática para aquellos que defendían los ideales de fraternidad y solidaridad. Entre ellos el propio Zamenhof, que vivió esos años en Varsovia, hasta su muerte en 1917, a los 57 años, por una enfermedad cardíaca. No obstante, de las cenizas de la contienda renacieron proyectos cosmopolitas como el esperanto, que vivió una época dorada en los años de entreguerras. Numerosos Estados solicitaron que fuera reconocido como lengua oficial en la Sociedad de Naciones y alcanzó una notable difusión entre el movimiento obrero, particularmente en países como Rusia, España y Alemania.

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Un ciudadano del mundo

Zamenhof tuvo siempre una relación especial con el mundo hebreo. Ante el antisemitismo de la época, en su juventud participó activamente en los círculos sionistas de Varsovia. Ahora bien, no veía factible el establecimiento judío en Palestina, sino que sugería un territorio en el Misisipi norteamericano. Sin embargo, a medida que fue concretándose el proyecto esperantista fue convirtiéndose al internacionalismo. En este sentido, su rechazo de todo nacionalismo lo llevó hasta a declinar la presidencia honorífica de la asociación de esperantistas hebreos.

Fácil de aprender

Cartel de la asociación esperantista británica.

Cartel de la asociación esperantista británica.

Foto: AGE Fotostock

Tolstói afirmaba que tardó dos horas en aprender la base del esperanto. Se trata de 16 reglas sencillas e invariables, que muestran la estructura del idioma. Los primeros esperantistas las enviaban a las personas interesadas, junto con un breve diccionario. Ello les permitía mantener correspondencia.

Una lengua para lograr la paz

Alegoría del esperanto como lengua universal, con los versos del poema de Zamenhof "La esperanza".

Alegoría del esperanto como lengua universal, con los versos del poema de Zamenhof "La esperanza".

Foto: Bridgeman / ACI

En la filosofía de Zamenhof, el esperanto iba más allá de la dimensión lingüística. Era el elemento fundamental de una espiritualidad pacifista que, en esencia, consideraba a todas las personas como miembros de una misma familia humana. De ahí estas dos líneas de su poema La Espero, escrito en ocasión del congreso de esperanto de 1905: «Bajo el signo sagrado de la esperanza, se reúnen los luchadores por la paz». Coherente con su pensamiento humanista, Zamenhof a menudo no cobraba a pacientes sin recursos, por lo general judíos de familias humildes.

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Este artículo pertenece al número 195 de la revista Historia National Geographic.

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