Emperatrices romanas

Livia y Augusto

En 38 a.C., Octaviano, el futuro Augusto, se casó con una bella joven llamada Livia Drusila. Durante 50 años ambos se mantendrían en la cúspide del naciente Imperio romano.

Livia y la vendimia. Cesare Dell’Acqua pintó en 1858 este óleo, en el que imaginó un festival de la vendimia celebrado en la villa que Livia (que preside la escena) poseía en Prima Porta.

Foto: Dagli Orti / Aurimages

Tras el asesinato de Julio César, su sobrino-nieto y heredero Octaviano se convirtió pronto, con poco más de 20 años, en el hombre fuerte de Roma. Una vez derrotados los asesinos de César, únicamente Marco Antonio desafió su dominio desde su base en Oriente, donde se había instalado con su amante y aliada Cleopatra. Pero con la muerte de ambos en 31 a.C. desaparecieron los obstáculos para que Octaviano se convirtiera en primer emperador de Roma y recibiera el nombre de Augusto.

Cronología

Vivir al servicio de Roma

38 a.C.

Tras divorciarse de Tiberio Druso Nerón, con quien se había casado en 43 a.C., Livia contrae matrimonio con Octaviano.

27 a.C.

Octaviano es proclamado emperador y toma el nombre de Augusto. Livia es ensalzada por la propaganda oficial.

4 d.C.

Tras morir sus herederos, y al no tener descendencia con Livia, Augusto nombra sucesor a Tiberio, hijo de Livia y su primer esposo.

14 d.C.

Muere Augusto a los 76 años. En su testamento, el emperador adopta a Livia, que entra a formar parte de la familia Julia.

29 d.C.

Livia muere en Roma a los 86 años, enemistada con su hijo Tiberio. En 41 d.C. es divinizada por su nieto, el emperador Claudio.

Poco antes, en 39 a.C., la vida personal de aquel joven patricio había dado un cambio decisivo. A sus 24 años, Octaviano ya se había casado dos veces. Primero con Claudia, una joven casi impúber a la que repudió enseguida «todavía intacta y virgen», como dice su biógrafo Suetonio. Y luego con Escribonia, con la que contrajo matrimonio por cuestiones meramente políticas. Diez años mayor que él y dos veces viuda, no parece que Escribonia despertara un profundo afecto en Octaviano, quien no tuvo empacho en divorciarse de ella el mismo día que dio a luz a la hija de ambos, Julia.

Reverso de un áureo acuñado en época de Augusto. Biblioteca Nacional de Francia, París.

Reverso de un áureo acuñado en época de Augusto. Biblioteca Nacional de Francia, París.

Foto: BNF / RMN-Grand Palais

Según Suetonio, lo hizo alegando que estaba «harto de sus corrompidas costumbres», pero sin duda la decisión estaba relacionada con otra mujer que entró en su vida en ese mismo momento: Livia Drusila, una joven de 19 años, hermosa, inteligente y de fuerte personalidad. Tácito cuenta que en cuanto Octaviano la vio «se quedó prendado» y decidió casarse con ella. El hecho de que Livia estuviera casada con un aristócrata llamado Tiberio Claudio Nerón no fue un obstáculo. Según Tácito, «se la arrebató a su marido, no se sabe si contra la voluntad de ella».

Del escándalo a la virtud

Para rizar aún más el rizo, cuando Octaviano se comprometió con Livia ella estaba embarazada de seis meses de su segundo hijo, Druso (su primogénito, Tiberio, tenía entonces tres años). No fueron pocos los rumores que surgieron en Roma dando por sentado que el hijo había sido en realidad concebido en adulterio por el futuro emperador. «A los afortunados los hijos les nacen en tres meses», fue el comentario sarcástico en los mentideros de Roma. A pesar del embarazo, los pontífices no pusieron impedimento para que se celebrara el matrimonio. El niño nacido unos meses después sería criado en casa de su padre.

Pareja imperial. En este relieve del Ara Pacis de Roma, Livia figura entre Agripa (a la izquierda) y su hijo Tiberio. Augusto aparecía en el panel opuesto.

Pareja imperial. En este relieve del Ara Pacis de Roma, Livia figura entre Agripa (a la izquierda) y su hijo Tiberio. Augusto aparecía en el panel opuesto.

Foto: Scala, Firenze

En la antigua Roma, las mujeres nobles se casaban jóvenes, traían hijos al mundo, dirigían a la servidumbre en los quehaceres de la casa, mantenían su castidad intacta y velaban por el honor de su familia. En cuanto a la política, era cuestión de los hombres. Sabiéndolo, Livia no lo dudó: para conseguir que su estirpe gobernara Roma debía mostrarse ante el pueblo y su marido bajo la intachable apariencia de una madre y esposa ejemplar. Y así lo hizo: se erigió como la perfecta matrona y modelo de conducta. Mientras otros miembros de la familia imperial alimentaban la crónica escandalosa de Roma, Livia siempre se mostró, según afirma Tácito, «como una mujer de moralidad intachable, como una madre severa, una esposa solícita y amable más allá de lo esperado en una noble romana».

Estatua de Livia procedente de Paestum. Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

Estatua de Livia procedente de Paestum. Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

Foto: A. Eastland / Age Fotostock

El emperador, ya fuera por el amor que profesaba a Livia o por la imagen sólida que quería dar de su matrimonio para afianzar su política, hizo todo lo posible por ensalzarla a ojos de Roma y contribuyó a darle una imagen de mujer de estado. Entre otras cosas, mandó colocar por toda la ciudad estatuas de ella –ataviada a veces como la diosa Ceres, símbolo de prosperidad y de fertilidad– e hizo acuñar monedas en las que su esposa aparecía con rasgos similares a Juno, la diosa del matrimonio y consorte del dios Júpiter, a quien Augusto representaba en su papel de legislador supremo en la tierra. Le otorgó incluso privilegios y honores hasta entonces reservados a los hombres. De este modo, Augusto y Livia establecieron el modelo de familia imperial que seguirían sus sucesores y las clases altas del Imperio.

Costumbres ejemplares

La relevancia de Livia como esposa del emperador se reflejó en su papel como protagonista de un prodigio típico de la cultura romana. Se contaba que unos días después de casarse, Livia visitó la residencia que poseía en Prima Porta, cerca de la ciudad de Veyes, y, de repente, un águila (el ave de Júpiter, señor de los dioses) pasó volando sobre ella y soltó en su regazo una gallina blanca que sostenía en su pico una ramita de laurel, planta que simbolizaba la inmortalidad. Livia hizo que curaran al ave y se plantara la ramita. Según Dion Casio, «el ramo echó raíces y creció tanto que fue utilizado durante mucho tiempo por los triunfadores [para hacer las coronas de la victoria]. Livia había sido destinada a acoger en su seno el poder de Octaviano y a guiarlo en todos sus actos».

La lujosa villa de Livia. Este fresco que representa un frondoso jardín con aves decoró uno de los muros de la casa de Livia en Prima Porta, llamada 'ad gallinas albas' en referencia al prodigio que se contaba de la emperatriz. Museo Nacional Romano, Roma.

La lujosa villa de Livia. Este fresco que representa un frondoso jardín con aves decoró uno de los muros de la casa de Livia en Prima Porta, llamada 'ad gallinas albas' en referencia al prodigio que se contaba de la emperatriz. Museo Nacional Romano, Roma.

Foto: Hercules Milas / Alamy / ACI

Aunque Dion Casio sugiere que Livia llegó a dominar a su marido, en realidad se mantuvo junto a él en un privilegiado segundo plano. Le confeccionaba la ropa, lo acompañaba en sus viajes y se dejaba ver a su lado en el palco del circo. Augusto también mantenía con su esposa largas conversaciones en las que el emperador, confiando en su discreción, le contaba importantes secretos, y se decía que incluso tomaba notas para no olvidar las apreciaciones que le hacía Livia.

En lo que no se esforzó Augusto fue en ser fiel a su esposa. Su afición por las mujeres casadas era un secreto a voces en Roma, pese a que en el año 18 a.C. presentó ante el Senado la ley Julia contra los adulterios, que castigaba de delito público a la mujer que lo cometiera. Pero una cosa era lo que promulgaba y otra muy distinta predicar con el ejemplo. Marco Antonio, en una carta recogida por Suetonio, contaba historias escabrosas de su rival, como que en mitad de un banquete se llevó a su dormitorio a una mujer que estaba junto a su marido, un excónsul, y la devolvió al poco rato «con las orejas rojas y el pelo revuelto»; o que sus amigos tenían la costumbre de desnudar a madres de familia para exhibirlas en su presencia como si fueran mercancía. Los amigos de Augusto, en cambio, lo disculpaban diciendo que esos adulterios los cometía «por una razón política, para descubrir con más facilidad los designios de sus adversarios por medio de las mujeres de cada uno».

Templo dedicado a Augusto y Livia en la localidad de Vienne, en la Galia, erigido a principios del siglo I d.C.

Templo dedicado a Augusto y Livia en la localidad de Vienne, en la Galia, erigido a principios del siglo I d.C.

Foto: acuarela de Jean-Claude Golvin. Musée Départemental Arles Antique © Jean-Claude Golvin / Éditions Errance

Preocupada por la imagen de la familia, pero sobre todo por la suya propia, Livia prefirió dejar hacer a su marido sin entrometerse para no dar más pábulo a los escándalos. De creer a Suetonio, llegó a proporcionarle doncellas para que las desflorara. Una vez, cuando ya había muerto Augusto, le preguntaron cómo había sido capaz de influir tanto en el emperador, y ella contestó: «Haciendo sin problemas todo cuanto me pedía, sin intervenir en sus asuntos ni pretender ser partícipe de sus apasionados pasatiempos».

El emperador Tiberio. Estatua procedente de Paestum. Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

El emperador Tiberio. Estatua procedente de Paestum. Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

Foto: Prisma / Album

Además de dar ejemplo de moralidad, la función de una matrona romana era asegurar la descendencia de la familia de su marido. Tratándose del emperador esto era incluso más importante. Augusto quería evitar la incertidumbre que siguió a la muerte de Julio César, fallecido sin un heredero legítimo directo, y deseaba designar un sucesor de su familia, los Julios, a ser posible su propio hijo.

Sin la ansiada descendencia

Livia, que al casarse con Augusto había ya tenido dos hijos, parecía destinada a cumplir con creces ese deber. Sin embargo, el niño que Augusto concibió con Livia murió a los pocos días de nacer y su esposa ya no volvió a quedar encinta. Dado que traer hijos al mundo era la obligación de toda noble matrona, Augusto podría entonces haberla repudiado, pero por lo que fuera –quizá por amor– la mantuvo a su lado y prefirió buscar otros vericuetos para dejar descendencia, principalmente a través de sus nietos, los hijos de Julia. Sin embargo, de los tres hijos varones de ésta dos murieron a temprana edad y el tercero fue desterrado por estar «cada día más loco».

La casa de Roma. En el Palatino, se descubrieron los restos de una 'domus' o casa que se ha atribuido a Livia porque su nombre apareció inscrito en una tubería de plomo en el 'tablinum' o despacho. En la imagen, la habitación situada a la izquierda del 'tablinum', sobriamente decorada.

La casa de Roma. En el Palatino, se descubrieron los restos de una 'domus' o casa que se ha atribuido a Livia porque su nombre apareció inscrito en una tubería de plomo en el 'tablinum' o despacho. En la imagen, la habitación situada a la izquierda del 'tablinum', sobriamente decorada.

Foto: Riccardo Auci

A Augusto le quedó entonces la única opción de designar como sucesor al hijo mayor de Livia, Tiberio (el hijo menor, Druso, había muerto en 9 a.C.), un drama personal que Livia superó buscando consuelo en la filosofía, lo que da cuenta de su fortaleza; en palabras de Séneca el Joven, «tan pronto como enterró a su hijo, enterró también su dolor». Livia consiguió que Augusto casara a Tiberio con su hija Julia. El matrimonio resultaría un desastre. El único hijo de ambos murió a corta edad y a continuación Tiberio se marchó de Roma, huyendo de los adulterios de su esposa. Unos años después, Livia lograría que Augusto lo llamase a Roma y lo nombrara finalmente su sucesor oficial. La continuidad de la dinastía, ahora denominada Julio-Claudia, era ya una realidad. Tras Tiberio reinaría su bisnieto Calígula, su nieto Claudio y su tataranieto Nerón.

Altar dedicatorio. En este altar se representa a Augusto en el centro con la vara de augur, flanqueado por Livia y su nieto Cayo. Galería de los Uffizi, Florencia.

Altar dedicatorio. En este altar se representa a Augusto en el centro con la vara de augur, flanqueado por Livia y su nieto Cayo. Galería de los Uffizi, Florencia.

Foto: Scala, Firenze

Todas estas intrigas palaciegas llevaron a muchos a ver a Livia como una mujer carente de escrúpulos, capaz de cualquier cosa para garantizar la sucesión de su hijo Tiberio en el gobierno de Roma. Incluso se decía que se había servido del veneno para desembarazarse de los pretendientes al trono de Roma que pudieran rivalizar con Tiberio. Según las malas lenguas, también habría intentado envenenar en el ocaso de su vida al propio Augusto, temerosa de que quisiera cambiar su testamento en el último momento y nombrar como heredero a Agripa Póstumo, el díscolo hijo menor de Julia, en vez de a Tiberio. Todos estos rumores, no obstante, apenas se sustentan y parecen más bien engendrados por las tendenciosas opiniones de las fuentes clásicas al tratar la figura de otras mujeres poderosas, como Mesalina o Agripina. Es muy poco probable que Livia planeara o llevara a cabo cualquier acto criminal contra Augusto o sus familiares.

Un matrimonio divinizado

Augusto murió a la edad de 76 años y sus últimas palabras fueron para su esposa: «Adiós, Livia, nunca olvides nuestro matrimonio». Palabras en las que se ha querido ver la prueba de que entre Augusto y Livia existieron un auténtico amor y devoción mutua, a diferencia de lo que era habitual en las relaciones entre personas de alta alcurnia, que solían casarse sobre todo por intereses políticos y sociales.

Tres diosas en una. Este camafeo romano de sardónice muestra a Livia representada como la diosa Cibeles, con una corona almenada; como Ceres, sosteniendo una gavilla de trigo, y como la diosa Venus, con un hombro al descubierto. La emperatriz observa un busto de Augusto divinizado. Museo de Historia del Arte, Viena.

Tres diosas en una. Este camafeo romano de sardónice muestra a Livia representada como la diosa Cibeles, con una corona almenada; como Ceres, sosteniendo una gavilla de trigo, y como la diosa Venus, con un hombro al descubierto. La emperatriz observa un busto de Augusto divinizado. Museo de Historia del Arte, Viena.

Foto: Bridgeman / ACI

En su testamento, Augusto legó a Livia un tercio del patrimonio de la familia y la adoptó como hija suya. Livia cambió su nombre por el de Julia Augusta y se convirtió en sacerdotisa oficial del culto de Augusto divinizado. De hecho, consiguió que divinizaran a su marido después de pagar a un senador una enorme cantidad de dinero para que jurara haber visto a Augusto ascendiendo a los cielos nada más ser incinerado. La emperatriz viuda falleció quince años después, a los 86 años, y fue enterrada en el mausoleo del emperador.

Unos años más tarde también ella fue divinizada por orden de su nieto Claudio, a quien despreciaba sobremanera. Pocos matrimonios en la historia han sido tan duraderos y han dejado una huella tan profunda –aunque pródiga en turbios registros humanos– en el devenir de sus pueblos como la que dejaron ambos en la historia de Roma.

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Matrimonios y descendencia de Augusto y Livia.

Matrimonios y descendencia de Augusto y Livia.

Una impertinencia que quedó impune

Se cuenta que durante el banquete que siguió a su boda, mientras Livia estaba recostada al lado de Octaviano, su recién estrenado esposo, un joven se acercó a la pareja y, siendo más impertinente que gracioso, le preguntó a Livia: «¿Qué haces aquí, si tu marido está allí?», mientras señalaba a Tiberio Claudio Nerón, su anterior esposo, del que se había divorciado para casarse con Octaviano. Entonces no ocurrió nada, pero las cosas habrían sido muy diferentes de haber hecho ese comentario unos años después, cuando Livia se había convertido en ejemplo de virtudes para los romanos.

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Livia observa a su esposo Augusto en su lecho de muerte. Grabado.

Livia observa a su esposo Augusto en su lecho de muerte. Grabado.

Foto: Getty Images

La sospechosa muerte de Augusto

Augusto murió el 19 de agosto del año 14, cuando se hallaba en su villa de Nola, cerca de Nápoles. Dion Casio recoge la historia de que Livia lo asesinó allí haciéndole comer unos higos envenenados tomados de un árbol del que a Augusto le gustaba coger personalmente los frutos. Normalmente se considera que se trata de un infundio fabricado posteriormente por algunos historiadores, pero Anthony Everitt, en su biografía de Augusto publicada en 2006, propone una interpretación alternativa. Tras una temporada en que su salud empeoraba y sentía próxima su muerte, Augusto experimentó una leve mejoría, lo que desbarataba el plan ya trazado de transmitir el poder a Tiberio. Para evitar contratiempos Livia habría decidido precipitar la muerte de su marido, sabiendo que ésta no podía tardar. Según Everitt, la decisión de Livia correspondería al «sombrío sentido del deber que caracterizaba la cultura política» romana.

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Ceres Borghese. Estatua de mármol como Ceres, 2,5 metros de altura. Primera mitad del siglo I d.C. Museo del Louvre, París.

Ceres Borghese. Estatua de mármol como Ceres, 2,5 metros de altura. Primera mitad del siglo I d.C. Museo del Louvre, París.

Foto: Hervé Lewandowski / RMN-Grand Palais

Livia, la madre de Roma

En numerosas estatuas que la representan Livia aparece ataviada como una matrona, con los atributos de la diosa Ceres-Fortuna. En la obra que se muestra en esta página, conservada en el Museo del Louvre, la emperatriz figura con un ramillete de espigas y amapolas en la mano derecha y una cornucopia (cuerno de la abundancia) en la izquierda; va vestida con un chitón (vestido griego ceñido bajo el pecho) y un himation o manto con el que se cubre la cabeza. Asimilada a la diosa de la agricultura y a la Fortuna a un mismo tiempo, Livia expresaba de este modo su papel femenino en el ámbito doméstico y simbolizaba el bienestar del Estado, garantizado por el gobierno de su esposo. La diosa Ceres enseñó a los hombres a cultivar la tierra y fue por ello considerada como la madre de la humanidad; del mismo modo, Livia era mencionada en algunas inscripciones de monedas como la «madre del mundo», genetrix orbis.

Este artículo pertenece al número 210 de la revista Historia National Geographic.

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