Luchó en la Guerra de los Cien Años

Juana de Arco en la hoguera

Hace seis siglos, una muchacha de 19 años fue condenada como hereje por la Iglesia y quemada viva en Ruan; la prueba de su delito fue haber vestido ropas de hombre. Pero su auténtico crimen fue apoyar al rey de Francia frente al monarca inglés.

Los últimos instantes. En el Panteón de París se exhibe esta pintura en la que Jules Eugène Lenepveu evocó, con afán realista, los últimos minutos de la vida de Juana de Arco. Siglo XIX.

Foto: Mondadori / Getty Images

Hacia las seis de la mañana, las primeras luces del miércoles 30 de mayo de 1431 iluminaron los muros del castillo de Bouvreuil, que con sus diez grandes torres dominaba la ciudad normanda de Ruan. La claridad penetró por la estrecha ventana enrejada que se abría en una de esas torres, y fue disipando la oscuridad de una estancia en la que una muchacha con el pelo rapado yacía inmóvil en un camastro, sobre un montón de paja. Dos grilletes de hierro en el extremo de una larga cadena, clavada en una enorme viga de madera, le aprisionaban los tobillos y le llagaban la carne. En la misma cámara, tres soldados –sus carceleros– contemplaban a la prisionera mientras se regodeaban con su destino. La muchacha ignoraba que moriría en la hoguera antes de siete horas.

Cronología

1425

En su aldea de Domremy, a los trece años, Juana oye por primera vez voces divinas.

Feb. 1429

Impelida por las voces, Juana logra la ayuda del capitán de Vaucouleurs para ir ante Carlos VII.

Mayo 1429

Juana impulsa el fin del asedio inglés de Orleans. Luego induce al rey a ir Reims para su consagración.

1430

Juana es hecha prisionera en Compiègne por los borgoñones, que la venden a los ingleses.

1431

En Ruan, un tribunal de la Iglesia condena a Juana por herejía; es ejecutada el día 30 de mayo.

Las privaciones de la cárcel, donde llevaba seis meses encerrada, los continuos interrogatorios y la angustia habían enflaquecido a la chica y vuelto anguloso su rostro. Sin embargo, a pesar de su aspecto demacrado y de verse privada de su pelo, seguía siendo la misma Juana de Arco que había contribuido a alterar el curso de la Guerra de los Cien Años, rompiendo la línea implacable de continuas victorias inglesas en beneficio de las decaídas armas de Francia y su rey Carlos VII. La misma joven valerosa que había cabalgado junto a los mejores capitanes de su tiempo, había sido herida tres veces en combate y había intentado escaparse en dos ocasiones de las cárceles donde la habían encerrado.

Carlos VII de Francia con sus capitanes. Juana, la doncella ('la Pucelle'), aparece abajo a la derecha. Miniatura de la 'Crónica de Carlos VII', escrita por Jean Chartier.

Carlos VII de Francia con sus capitanes. Juana, la doncella ('la Pucelle'), aparece abajo a la derecha. Miniatura de la 'Crónica de Carlos VII', escrita por Jean Chartier.

Foto: DEA / Age Fotostock

Seis días antes, su destino no era consumirse en el fuego. Iba a extinguirse lentamente en la cárcel, a pan y agua, encerrada entre las cuatro paredes de una celda. Había aceptado esa existencia miserable a cambio de traicionarse a sí misma.

Tiempo de combatir. Se dice que este bacinete, que se conservó largo tiempo en la iglesia de Saint-Pierre du Martroi en Orleans, perteneció a Juana de Arco. ¿Fue quizás un exvoto suyo o de otro combatiente?

Tiempo de combatir. Se dice que este bacinete, que se conservó largo tiempo en la iglesia de Saint-Pierre du Martroi en Orleans, perteneció a Juana de Arco. ¿Fue quizás un exvoto suyo o de otro combatiente?

Foto: Getty Images

El primer proceso

Juana, una joven campesina, había sido acogida por Carlos VII dos años atrás, cuando la posición del monarca vacilaba frente al empuje de sus dos enemigos coaligados: Inglaterra y Borgoña. Según explicó ella misma, las voces que oía desde los trece años, procedentes del Cielo, le habían dicho que era la elegida para ayudar a Francia. Fue recibida como una profeta en la corte francesa, y ella misma se encargó de que se cumplieran sus profecías. Provista de una armadura y un estandarte, su actuación en primera línea infundió a los soldados franceses el coraje necesario para levantar el asedio inglés a la ciudad de Orleans, y después logró convencer a Carlos VII de penetrar más de doscientos kilómetros en territorio enemigo hasta llegar a Reims, para consagrarlo en su catedral con el óleo santo que, a ojos del pueblo, confería a los reyes de Francia la legitimidad para gobernar. Luego, todo se torció.

Capturada en combate. Juana fue aprehendida el 23 de mayo de 1430 ante los muros de Compiègne, mientras cubría la retirada de los franceses que habían atacado a los sitiadores angloborgoñones de la ciudad.

Capturada en combate. Juana fue aprehendida el 23 de mayo de 1430 ante los muros de Compiègne, mientras cubría la retirada de los franceses que habían atacado a los sitiadores angloborgoñones de la ciudad.

Foto: Hervé Lewandowski / CMN

Apresada y juzgada

Tras varios fracasos militares, Juana fue capturada por los borgoñones, que la vendieron a los ingleses. Éstos la llevaron a Ruan, la capital de sus dominios en Francia, y aceptaron complacidos la idea de la Universidad de París (ciudad aliada de Inglaterra y Borgoña) de juzgar a Juana por diversos cargos que la convertían en hereje y bruja. Porque si para los franceses la chica era una enviada de Dios, para los ingleses y sus aliados en el continente era una criatura diabólica. El duque de Bedford –gobernante de la Francia inglesa– ya había escrito a su joven sobrino Enrique VI de Inglaterra –a quien sus partidarios también habían proclamado rey de Francia– que el fracaso inglés en Orleans se debió a «un discípulo y perro del diablo, llamado la Doncella, que usó falsos encantamientos y brujería».

El escudo de armas. En 1429, Carlos VII de Francia decidió ennoblecer a Juana y le otorgó el escudo de armas que muestra este relieve; en Ruan se la acusó del pecado de orgullo por su ennoblecimiento.

El escudo de armas. En 1429, Carlos VII de Francia decidió ennoblecer a Juana y le otorgó el escudo de armas que muestra este relieve; en Ruan se la acusó del pecado de orgullo por su ennoblecimiento.

Foto: Josse / Bridgeman / ACI

Durante el proceso, dirigido por Pierre Cauchon, obispo de Beauvais, y por el inquisidor Jean le Maître, los cargos contra Juana quedaron reducidos básicamente a dos: que las voces que oía la muchacha (y que durante el proceso identificó con las de santa Catalina, santa Margarita y el arcángel san Miguel) eran de diablos, no de ángeles ni de santos, y, sobre todo, que había vestido ropas de hombre, un hecho condenado en el libro bíblico del Deuteronomio y que constituía la única acusación contra ella verdaderamente demostrable. La muchacha, en efecto, había utilizado ropas masculinas porque con las de mujer no se podía ir a la guerra y porque, además, la protegían de la concupiscencia de los soldados. El 23 de mayo le leyeron la sentencia, que la declaraba hereje y cismática, y la requirieron para que «corrigiera sus errores». Pero ella se mantuvo en sus trece, de manera que se recurrió a un procedimiento más expeditivo para convencerla.

Renuncia y arrepentimiento

El jueves 24 de mayo se desarrolló en el cementerio de la abadía de Saint-Ouen el penúltimo acto de la tragedia de Juana. Allí se había levantado un gran estrado para numerosos eclesiásticos, entre ellos Cauchon, y otro más pequeño para Juana y un predicador que la amonestó. El verdugo esperaba; si Juana no admitía que había actuado contra la Iglesia, la llevaría a la pira que se había erigido allí mismo o bien, según otras fuentes, en la plaza del mercado Viejo de Ruan. Sin embargo, que Juana muriese en la hoguera, como esperaban los ingleses, sería una derrota para Cauchon; el auténtico triunfo del obispo sería que la joven admitiera sus errores. Después de que el sermón del predicador no surtiera efecto, Cauchon empezó a leer la sentencia; tal vez lo hizo lentamente, para que el temor a las llamas hiciera recapacitar a la muchacha.

Juana en su celda, con sus carceleros ingleses. Relieve realizado por Vital Gabriel Dubray para la base de la estatua de Juana de Arco en la plaza de Martroi, en Orleans.

Juana en su celda, con sus carceleros ingleses. Relieve realizado por Vital Gabriel Dubray para la base de la estatua de Juana de Arco en la plaza de Martroi, en Orleans.

Foto: DEA / Getty Images

En todo caso, fue esto lo que sucedió. Juana cedió y abjuró. Dijo que, como para las gentes de la Iglesia sus apariciones no se podían ni sostener ni creer, ella tampoco quería sostenerlas ni creerlas y se remitía a la Iglesia y a sus jueces. Lo que siguió resulta confuso. Le pusieron delante la cédula de abjuración para que la firmase. Juana trazó un círculo en el papel, lo que resulta extraño porque ella sabía firmar y su gesto se tomó como una burla; alguien, al parecer un secretario del rey de Inglaterra, le tomó la mano y la obligó a trazar una cruz.

Cauchon leyó allí mismo, en voz alta, una segunda sentencia que se había preparado pensando que Juana podía abjurar, con la fórmula ritual: la condenaban «a prisión perpetua, al pan del dolor y al agua del sufrimiento». Pero los ingleses estaban furiosos. Habían venido a presenciar cómo se quemaba a la bruja francesa que había matado a sus compañeros y veían cómo seguía viva; algunos soldados arrojaron piedras a Cauchon. Por su parte, Juana fue devuelta a su celda de Bouvreuil, y no recluida en una prisión eclesiástica bajo la custodia de mujeres, como requería el procedimiento legal y como ella imaginaba que sucedería tras firmar.

La espada y el estandarte. El 10 de mayo de 1429, al conocer la victoria francesa en Orleans, Clément de Fauquembergue, secretario del Parlamento parisino, dibujó a Juana en el margen del registro de esa institución.

La espada y el estandarte. El 10 de mayo de 1429, al conocer la victoria francesa en Orleans, Clément de Fauquembergue, secretario del Parlamento parisino, dibujó a Juana en el margen del registro de esa institución.

Foto: DEA / Getty Images

La tarde de aquel mismo día, el inquisidor Le Maître visitó a Juana para comprobar que cumplía con la pena que se le había impuesto. Ya vestida con ropas femeninas, un barbero le rasuró la cabeza para que el cabello le creciera de forma natural como el de una mujer, porque hasta entonces –y como testimonio de su maldad– le habían seguido cortando el cabello corto, a la manera masculina con que Juana lo llevaba en sus campañas. Sin embargo, las cosas no marcharon según lo previsto: la abjuración exigía que la chica vistiera ropas de mujer, pero no lo hizo. ¿Se las escondieron sus carceleros, dejando a su alcance sólo las de hombre para vestirse, quizás abandonadas en su celda como signo de sumisión? Puede, pero muchos historiadores creen que tomó esa decisión por su propia voluntad, como una manera de reconciliarse consigo misma después de sentir que al abjurar se había traicionado a sí misma y a Dios: recuperar el vestido masculino suponía reafirmarse en el origen divino de sus voces y de su misión.

La condena definitiva

El día 27, los ingleses comunicaron a Cauchon que la joven se había vuelto a poner ropa masculina y, al día siguiente, el obispo, junto con Le Maître y algunos asesores, entró en la celda de Juana y la encontró vestida de hombre. A las preguntas de Cauchon, Juana dijo que se había puesto aquel vestido «porque no cumplisteis vuestra promesa de dejarme escuchar la misa, recibir el Cuerpo de Cristo y no encadenarme». Juana creía que esta era la contrapartida a su abjuración.

Un trazo inseguro. Como la inmensa mayoría de las campesinas, Juana no sabía leer ni escribir, pero empezó a aprender mientras servía al rey. Su firma en una carta del 28 de marzo de 1430.

Un trazo inseguro. Como la inmensa mayoría de las campesinas, Juana no sabía leer ni escribir, pero empezó a aprender mientras servía al rey. Su firma en una carta del 28 de marzo de 1430.

Foto: Alamy / ACI

Cauchon formuló entonces la pregunta clave: ¿Había escuchado de nuevo sus voces? (ésas que, según la Iglesia, eran demoníacas). Juana contestó afirmativamente. «Dios me hizo saber por santa Catalina y santa Margarita la gran miseria de la traición que había cometido al abjurar y retractarme para salvar mi vida –explicó la joven–, y que me estaba condenando para salvar mi vida». El notario del proceso que recogió estas palabras en su minuta anotó, al margen, responsio mortifera, respuesta mortal. Juana selló su suerte: «Todo lo que hice fue por miedo al fuego».

Al otro día, martes 29, se estableció que Juana había recaído en la herejía, y el alguacil Jean Massieu acudió a la celda para comunicarle que se la convocaba la mañana siguiente en la plaza del Mercado Viejo de Ruan, donde sería declarada relapsa –reincidente en la herejía–, excomulgada y herética. Pero Massieu no le mencionó la hoguera porque la Iglesia no vertía sangre: aquéllos a quienes condenaba eran entregados al brazo secular, es decir, a la justicia civil, que era quien los condenaba a muerte y los ejecutaba. Y esto fue lo que sucedió la mañana siguiente. O, mejor dicho, lo que debería haber sucedido.

La catedral de Ruan. Pierre Cauchon era obispo de Beauvais, no de Ruan, donde no tenía derecho a juzgar a nadie. Pero el Gran Inquisidor de Francia lo autorizó a dirigir el proceso en esa ciudad, que Juana, la supuesta hereje, no había pisado jamás.

La catedral de Ruan. Pierre Cauchon era obispo de Beauvais, no de Ruan, donde no tenía derecho a juzgar a nadie. Pero el Gran Inquisidor de Francia lo autorizó a dirigir el proceso en esa ciudad, que Juana, la supuesta hereje, no había pisado jamás.

Foto: Luigi Vaccarella / Fototeca 9x12

No está claro lo que sucedió en la celda de Juana entre el amanecer del 30 de mayo y la hora en que partió para el suplicio. Varias personas estuvieron con la joven, entre ellas el dominico Martin Ladvenu, que debía prepararla para la muerte como su confesor. Cuando le anunció que la quemarían aquel mismo día, Juana rompió a llorar desgarradoramente: «¡Pobre de mí! Me habéis tratado tan horrible y cruelmente... Y ahora mi cuerpo limpio e íntegro, que nunca fue corrompido, tiene que ser consumido y convertido en cenizas!», palabras que desmentirían que Juana, como se ha dicho, hubiera sido violada en su celda. «¡Prefiero que me decapiten siete veces antes que ser quemada de esta forma!», añadió la muchacha, pues esa muerte implicaba que no sería enterrada en sagrado. En ese momento entró Cauchon, a quien Juana espetó: «¡Obispo, muero por ti!».

Hacia la hoguera

¿Por qué se había presentado allí Cauchon? Quizá para completar su obra. Juana había elegido morir, pero el fin que se le impondría era espantoso y, peor aún, moriría excomulgada, fuera de la Iglesia y sin recibir los sacramentos, lo que aterraba a la muchacha, que era una creyente fervorosa. Cauchon aprovechó esta debilidad: «Nos has dicho siempre que tus voces te decían que serías liberada –dijo, dirigiéndose a Juana–, y ahora ves que te han engañado. Dinos la verdad». Juana contestó: «Sí, me han engañado»; luego se quedó a solas con Ladvenu y se confesó. El dominico envió al alguacil Massieu para que le dijera a Cauchon que la joven quería recibir la eucaristía, lo que el obispo autorizó porque la muchacha había reconocido sus errores in articulo mortis, en trance de muerte.

Juana ante su juez, Pierre Cauchon. Página miniada de las Crónicas del sitio de Orleans.

Juana ante su juez, Pierre Cauchon. Página miniada de las Crónicas del sitio de Orleans.

Foto: Photo 12 / Getty Images

Este dramático episodio es controvertido. De entrada, porque se contradice con lo que declaró años más tarde el propio Ladvenu: que Juana «siempre sostuvo y afirmó hasta el fin de su vida que las voces que oía venían de Dios, que todas sus acciones las había llevado a cabo por orden de Dios y que no creía que sus voces la hubieran engañado». Después, porque estas declaraciones de Juana se recogieron en la llamada Información póstuma, un escrito que los notarios del proceso no quisieron firmar por no haber estado presentes cuando sucedió lo que allí se cuenta; esto volvía sospechoso aquel documento, que tal vez fue un montaje.

¿Juana admitió finalmente que estaba equivocada y pudo comulgar, o no sucedió nada de eso y Cauchon sintió una chispa de compasión por aquella criatura y autorizó su comunión a pesar de que iba a excomulgarla? Se ha señalado que la comunión de Juana significaba que Cauchon no creía en realidad que la muchacha fuese culpable, pero el procedimiento inquisitorial no impedía recibirla si el reo mostraba signos de contrición: años atrás, en 1415, el reformador religioso Jan Hus había podido confesarse antes de ser quemado en Constanza.

Los carceleros de Juana le piden perdón. Escultura del siglo XV conservada en el castillo de Plessis-Bourre.

Los carceleros de Juana le piden perdón. Escultura del siglo XV conservada en el castillo de Plessis-Bourre.

Foto: Kharbine-Tapabor / Album

Hacia las ocho, tras recibir la comunión, Juana partió a bordo de una carreta, vestida con una túnica blanca; se dijo que sobre su cabeza rapada llevaba una mitra en la que se habían escrito las palabras hereje, relapsa, apóstata e idólatra, los cargos por los que se la había condenado. La flanqueaban Ladvenu y otro dominico, Isembard de la Pierre, así como el alguacil Massieu, rodeados por entre 80 y 120 soldados con hachas y espadas. Durante el angustioso trayecto por una ciudad que desconocía, Juana lloró y rezó en voz alta.

En la plaza del Mercado Viejo, un gran espacio abierto presidido por la majestuosa iglesia de Saint-Sauveur (hoy desaparecida), se apretujaba un enorme gentío sobre el cual se elevaban tres construcciones: un estrado para los jueces civiles, representantes de la justicia secular a la que sería entregada, una gran tribuna destinada a los eclesiásticos y una construcción aún más alta, con una base de mampostería sobre la que se apilaban haces de leña y en cuya cima se erguía ominosamente una estaca.

Página final del proceso, con los sellos notariales, y primera página de la información póstuma.

Página final del proceso, con los sellos notariales, y primera página de la información póstuma.

Foto: AFP / Getty Images

Primero, Juana se vio obligada a escuchar cómo la reconvenía un predicador (eso era la amonestación), lo que alargó dramáticamente la agonía de la muchacha, acompañada por Ladvenu y Massieu. Cuando terminó el sermón, hacia las nueve, se leyó la sentencia: los jueces la acusaron de cismática e idólatra, de invocar diablos y de otros muchos males; le recordaron que había prometido no caer en los mismos errores, según estaba escrito en una cédula firmada de su propio puño, pero que había vuelto a ellos «como el perro que acostumbra a volver a su vómito», y la declararon relapsa y herética. Esta declaración, por cierto, desmentiría la Información póstuma, según la cual Juana había reconocido aquella misma mañana que sus voces no eran de fiar.

A continuación, le anunciaron que, «como miembro podrido, te hemos desechado y rechazado de la unidad de la Iglesia y te enviamos a la justicia secular, a la que pedimos te trate suave y humanamente, ya sea para la perdición de la vida o de cualquier miembro». Juana, abandonada a su suerte ante miles de personas, rezaba en busca de fuerzas y consuelo, expuesta a las burlas y bromas obscenas de los soldados ingleses. No todos ellos fueron crueles. Cuando la muchacha pidió una cruz, fue un inglés, compadecido de aquella criatura acongojada, quien rompió un bastón para fabricarle una. Ladvenu o Massieu se la debieron de dar, y Juana la tomó y la puso en su seno, entre la carne y la ropa.

En la pira

Tras la lectura de la sentencia eclesiástica, la justicia civil tendría que haber emitido la sentencia de muerte, pero no se hizo así. El procurador de Ruan, rodeado de soldados ingleses furiosos, medio amotinados y hartos ya de formalidades, no quiso poner en riesgo su vida y gritó al verdugo: «¡Cumple con tu oficio!», para que llevase a la muchacha a la pira. Geoffroy Thérage, verdugo de Ruan desde hacía más de una década, arrancó a Juana del lado de Massieu, que intentaba confortarla y a quien un inglés espetó: «¡Venga, cura, no nos hagas cenar aquí». Thérage arrastró a Juana sin miramientos, la condujo a lo alto de la pira y la ató a la estaca.

Culpas bien visibles. Fue Clément de Fauquembergue quien anotó en su dietario, el mismo 30 de mayo, que Juana llevaba una mitra con sus pecados. Óleo por Eugène Pascau, 1933.

Culpas bien visibles. Fue Clément de Fauquembergue quien anotó en su dietario, el mismo 30 de mayo, que Juana llevaba una mitra con sus pecados. Óleo por Eugène Pascau, 1933.

Foto: Peter Horree / Age Fotostock

Que el tribunal civil no leyera la pena de muerte constituía una ilegalidad flagrante. Tal vez por eso el conde de Warwick, capitán de Ruan, no estaba presente aquella mañana: siendo el máximo representante de la ley, habría tenido que cumplirla y Juana no habría sido ejecutada sin proceso civil, como pasó. De hecho, es posible que él mismo hubiera ordenado al procurador y al verdugo que procedieran rápidamente, para evitar que en plena lectura de la condena a muerte Juana se reafirmase en la realidad de sus voces.

Mientras el verdugo la ataba a la estaca, Ladvenu permaneció sobre la pira, consolándola. Abajo estaban Massieu e Isembard de la Pierre, quien corrió hacia la iglesia de Saint-Sauveur cuando Juana le rogó que le pusiera la cruz de ese templo ante los ojos. Volvió con ella y la mantuvo ante su vista mientras el verdugo prendía la hoguera. Thérage no había estrangulado a Juana para evitarle el sufrimiento del fuego, como se solía hacer con los condenados a esta pena; dijo que la estaca estaba demasiado alta para alcanzar su cuello, pero lo más probable es que tuviera miedo de que los ingleses, que querían ver con sus propios ojos cómo moría la bruja, acabaran también con él si le ahorraba padecimientos.

El conde de Warwick. Richard Beauchamp sostiene al pequeño Enrique VI en una miniatura de la época. Este poderoso noble inglés era la autoridad suprema de la ciudad de Ruan.

El conde de Warwick. Richard Beauchamp sostiene al pequeño Enrique VI en una miniatura de la época. Este poderoso noble inglés era la autoridad suprema de la ciudad de Ruan.

Foto: AKG / Album

La leña empezó a arder y Juana le dijo a Ladvenu que se fuera. Las llamas se elevaron y el humo envolvió a la muchacha, cuya mirada estaba fija en la cruz que sostenía Isembard de la Pierre mientras ella invocaba el nombre de Jesús entre gemidos de dolor. Ésa fue la última palabra que pronunció, dando un fuerte grito que se oyó en toda la plaza mientras expiraba y su cabeza caía a un lado. Había muerto sofocada por el humo.

Sangre y cenizas

Al cabo de un rato, el verdugo rebajó el fuego y apartó las brasas del cadáver para que todo el mundo pudiera verlo y convencerse de que la muchacha estaba muerta. Las llamas habían consumido la túnica, y el pobre cuerpo de Juana, quemado y desnudo, quedó expuesto ante la multitud mostrando «todos los secretos que puede y debe tener una mujer», como dice un texto de la época, el Diario de un burgués de París. Esa desnudez póstuma e infamante fue la última venganza de los ingleses contra la joven audaz que los había desafiado. Pero les aguardaba una sorpresa. Thérage avivó el fuego, cuya acción provocó el estallido de la bóveda craneal y la cavidad abdominal, así como el endurecimiento de los miembros, que se replegaron sobre el torso. Entonces la leña de la pira se acabó, la cremación quedó incompleta, el torso dejó escapar sus entrañas humeantes y quedó a la vista un corazón aún lleno de sangre. El verdugo intentó quemar lo que quedaba del cuerpo con una mezcla de aceite y azufre, pero no lo logró, y los restos fueron arrojados al Sena. Los ingleses no querían que quedase de Juana ninguna reliquia.

Pierre Cauchon. Estatua yacente del obispo en su tumba, hoy desaparecida, de la catedral de Lisieux.

Pierre Cauchon. Estatua yacente del obispo en su tumba, hoy desaparecida, de la catedral de Lisieux.

Foto: Rue des Archives / Album

La valerosa actitud de Juana ante la muerte hizo creer a muchos que no habían quemado a una hereje, sino a una santa. El dominico Pierre Bosquier, que había actuado como asesor en el proceso, se emborrachó, dijo que los jueces habían obrado mal y fue encerrado en su convento a pan y agua durante nueve meses. Guillaume Manchon, uno de los tres notarios del proceso, se puso enfermo durante un mes y con el dinero que le dieron por su trabajo en el juicio compró un misal para rezar por Juana.

La Doncella había muerto y los ingleses siguieron en Francia durante veinte años, hasta que en 1450 perdieron Normandía. Tras la victoria, Carlos VII instó ante el papa la revisión del proceso de Juana, ya que el rey de Francia no podía deber su corona a una hereje. Las irregularidades que salpicaron el proceso (el que Cauchon fuera obispo de Beauvais y no de Ruan, el encierro de Juana en Bouvreil y no en una cárcel eclesiástica, la ausencia de una sentencia secular antes de su ejecución...) facilitaron la rehabilitación de Juana en 1456; una rehabilitación que, como su condena, obedeció a razones políticas. Y la Iglesia, que la había quemado casi quinientos años atrás, la declaró santa el 16 de mayo de 1920.

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Foto: Getty Images

Los dos procesos de Juana

Esta miniatura del siglo XVI recrea de forma imaginaria el proceso a Juana de Arco. El rey es Enrique V, representado con más de los nueve años que tenía en el momento del juicio, en el que no intervino. Como rey de Inglaterra y Francia, su manto luce flores de lis y leones pasantes o leopardados, símbolos de las coronas francesa e inglesa. A la izquierda aparecen, sentados, los dos jueces de Juana: el dominico Jean le Maître, con el hábito blanco y negro de su orden, y Pierre Cauchon, tocado con la mitra de obispo. El personaje de pie en el centro es Juana de Arco. El proceso incluyó a un procurador o promotor (el equivalente a nuestro fiscal), Jean d’Estivet; a tres notarios, gracias a los cuales disponemos de las actas del juicio, y a más de 130 asesores, desde miembros de la Universidad de París y prelados de Normandía e Inglaterra hasta canónigos de la propia catedral de Ruan. El proceso comenzó el 9 de enero de 1431, con la instrucción del caso, y el 21 de febrero empezaron los interrogatorios a Juana. El 24 de mayo le leyeron la sentencia en el cementerio de Saint-Ouen y Juana abjuró, pero el 28 de mayo se consideró que había recaído en la herejía y el tribunal, reunido al día siguiente, la condenó como reincidente en un segundo y rápido proceso. Fue quemada el 30 de mayo.

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¿Qué firmó Juana cuando abjuró?

De todas las cuestiones extrañas que rodean la abjuración de Juana, destaca que no se sabe qué firmó. Según los testigos, era un documento de 6 o 7 líneas en el que se comprometía a no llevar armas ni vestidos de hombre, ni un corte de pelo masculino. Pero en el texto del proceso en latín aparecieron dos fórmulas, una en latín y otra en francés, de más de 40 líneas, donde Juana se declaraba «cismática y hereje, habiendo seducido a los demás con sus locas creencias, blasfemado contra Dios, portado hábitos disolutos, deseado cruelmente la efusión de sangre humana, despreciado los sacramentos, idolatrado a través de la adoración e invocación de malos espíritus»... ¿Sustituyó Cauchon el texto original por otro en el que Juana admitía delitos que, en realidad, no reconoció haber cometido?

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Antes del suplicio. Charles-Henri Michel evocó en este óleo la única comunión de Juana en Ruan, de manos de Martin Ladvenu, antes de partir hacia la hoguera. 1899. Museo de Bellas Artes, Ruan.

Antes del suplicio. Charles-Henri Michel evocó en este óleo la única comunión de Juana en Ruan, de manos de Martin Ladvenu, antes de partir hacia la hoguera. 1899. Museo de Bellas Artes, Ruan.

Foto: Josse / Leemage / Getty Images

Expuesta a todas las vejaciones

Juana fue maltratada en la cárcel. Se dijo que se había fabricado una jaula de hierro para encerrarla en ella, lo que es incierto. Pero la encadenaban al caer la noche y dentro de su celda siempre había tres o cuatro carceleros. Estaba indefensa ante agresiones físicas, como el intento de apuñalamiento que sufrió la noche del 13 de mayo, cuando entró en su celda un grupo de nobles ingleses y borgoñones, posiblemente ebrios. Y también ante cualquier agresión sexual por parte de sus guardianes o como la que, después de su abjuración en Saint-Ouen, tal vez protagonizó un importante señor inglés de Ruan. A ello se añadía la tortura psicológica: siendo una creyente fervorosa, el obispo Cauchon le negó la misa y la comunión, quizá con la idea de que, para recibirla, la muchacha se confesara culpable.

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Foto: Alexandre Marchi / EFE

Sin tumba ni reliquias

A las tres de la tarde del 30 de mayo de 1431, el verdugo Geoffroy Thérage se detuvo en medio del puente Mathilde, que unía la ciudad vieja de Ruan con los arrabales, y desde su pretil arrojó a las aguas del Sena todos los restos de la cremación de Juana: cenizas, carbones, huesos calcinados y restos de vísceras, para que los franceses no pudieran venerar nada como reliquia… ni utilizarlo en un ritual de brujería contra quienes la habían condenado. Todo desapareció. Un estudio publicado en 2007 certificó que los «restos encontrados bajo la hoguera de Juana de Arco Doncella de Orleans», según la etiqueta de un frasco hallado en 1867 en el desván de un farmacéutico parisino, eran de una momia egipcia. Los objetos que quizá Juana tocó también se perdieron, como la espada que se conservaba en las colecciones de Luis XII de Francia en el castillo de Amboise, o el sombrero custodiado por los oratorianos de Orleans entre 1635 y 1792. Igual que el cabello negro puesto por Juana en la cera del sello de la carta que en 1429 envió a la ciudad de Riom, cabello que un coleccionista de esa localidad robó hacia 1890.

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Jeanne des Armoises, representada en un fresco del gran salón del castillo de Jaulny, propiedad de su esposo Robert des Armoises. siglo XVI.

Jeanne des Armoises, representada en un fresco del gran salón del castillo de Jaulny, propiedad de su esposo Robert des Armoises. siglo XVI.

Foto: Alexandre Marchi / Getty Images

Jeanne des Armoises, la impostora

Era muy difícil aceptar que la enviada de Dios a Francia había sido destruida por sus enemigos, de manera que no es de extrañar que entre 1436 y 1456 aparecieran cuatro impostoras o, como parece ser, una sola que reapareció en varias ocasiones.

El último acto del drama. Los restos de la cremación de Juana son arrojados al Sena desde el puente Mathilde, que fue derruido en el siglo XVII. Grabado por Émile Deshayes.

El último acto del drama. Los restos de la cremación de Juana son arrojados al Sena desde el puente Mathilde, que fue derruido en el siglo XVII. Grabado por Émile Deshayes.

Foto: Charmet / Bridgeman / ACI. Color: Santi Pérez

Según una crónica de Metz, la primera impostora que se menciona, y que curiosamente se hacía llamar Claude, apareció el 20 de mayo de 1436 cerca de aquella ciudad, donde fue reconocida por Pierre y Jean, los hermanos de Juana, con toda probabilidad otros dos impostores. Se sabe que el verdadero Jean recibió dinero de la ciudad de Orleans el 31 de agosto de aquel año para ir al encuentro de su hermana, y luego ya no se menciona más a los hermanos; parece probable que resultaran engañados al comienzo y partieran en busca de Juana. En todo caso, la noticia de la reaparición de Juana se extendió con rapidez: el 27 de junio de aquel año, un notario de Arlés registró un debate público acerca de si la aparecida era la verdadera Juana. La impostora fue acogida por el conde Virneburg y la duquesa Élisabeth de Luxembourg-Görlitz, partidarios de Borgoña. Desde luego, resulta sospechoso que fuese amparada por el bando que había vendido a la verdadera Juana a los ingleses. Tras la amenaza de un proceso por herejía en Tréveris, se casó con un noble menor, Robert des Armoises, propietario del castillo de Jaulny, cerca de Metz.

La mercenaria

La pista de la falsa Juana reaparece en 1439, cuando un documento permite saber que luchó al servicio del noble Gilles de Rais, antiguo camarada de armas de Juana de Arco que en ese momento, arruinado, se entregaba al bandidaje y quizás a la brujería. Entre el 18 de julio y el 1 de agosto de aquel año estuvo en Orleans, donde fue recibida como la verdadera Juana, pero se marchó la víspera de un banquete que le iban a ofrecer, quizá por miedo a ser desenmascarada. Al año siguiente se presentó al rey Carlos VII, pero éste no tuvo problemas en denunciarla y mandarla a París para que la juzgara el Parlamento, y a raíz de este hecho el Diario de un burgués de París cuenta que aquella mujer había combatido por el papa Eugenio IV, lo que, de ser cierto, habría sucedido hacia 1433.

Sello de Gilles de Rais. Partícipe en las campañas en que intervino Juana y Mariscal de Francia, de Rais fue ejecutado en 1440 por matar niños e invocar demonios.

Sello de Gilles de Rais. Partícipe en las campañas en que intervino Juana y Mariscal de Francia, de Rais fue ejecutado en 1440 por matar niños e invocar demonios.

Foto: Getty Images

Se sabe que más tarde, entre 1449 y 1452, una «Juana la Doncella» se presentó en la localidad de Sermaize, adonde fue para hacerse reconocer como la verdadera Juana de Arco por dos primos hermanos de ésta. Por último, en 1456 se habla de una última Juana llamada «de Sermaize» (¿una confusión por Des Armoises?), casada con un tal Jean Douillet y que estuvo un tiempo encarcelada en Saumur. En definitiva, parece que durante la Edad Media no era difícil hacerse pasar por otra persona con un cierto parecido físico, mucho arrojo y bastante suerte.

Este artículo pertenece al número 209 de la revista Historia National Geographic.

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