Símbolo de la lucha anticolonial

José Rizal, héroe y mártir de Filipinas

Sus novelas de denuncia y su ejecución a manos de las autoridades coloniales hicieron de Rizal un símbolo de la lucha de Filipinas contra el dominio español.

José Rizal fotografiado hacia 1885, época en la que se había trasladado a Europa para completar sus estudios.

José Rizal fotografiado hacia 1885, época en la que se había trasladado a Europa para completar sus estudios.

Foto: AKG / Album

El padre de la independencia de Filipinas nació en 1861 en Calamba, al sur de Manila, en el seno de una familia mestiza chino-filipina que pertenecía a la burguesía acomodada e ilustrada. Su padre explotaba una plantación de azúcar en unas tierras arrendadas a la orden religiosa de los dominicos. Su madre, por su parte, era una mujer culta, que enseñó a leer y a escribir en casa a sus once hijos. Para Rizal, como para tantos filipinos, la familia fue un punto de anclaje al que siempre volvería en busca de refugio.

José Rizal fue un estudiante brillante que se educó en la escuela local y en el prestigioso Ateneo Municipal de Manila, regido por los jesuitas. Estudió luego en la Universidad de Santo Tomás, también en Manila, fundada por los dominicos en 1611 y que fue la primera universidad de Asia. Allí cursó varios años de Medicina y de Filosofía y Letras. Ya entonces mostró inclinación hacia la escritura, la pintura y la escultura, y ganó varios premios. Se integró, así, en el amplio y significativo grupo de los «ilustrados», filipinos con un alto grado de educación que con frecuencia ampliaron sus estudios en la Península o en otros países europeos y que fueron fundamentales para la creación de una conciencia nacional filipina y la elaboración de un proyecto de futuro alternativo al dominio colonial español.

Cronología

Itinerario de un libertador

1861

José Rizal nace en el seno de una familia burguesa filipina. Estudia en el Ateneo de Manila y en la facultad de Medicina.

1882

Rizal se traslada a Madrid para continuar sus estudios y entra en contacto con el círculo filipino de la ciudad.

1887

Después de completar su formación por diversos países europeos y publicar Noli me tangere regresa a Filipinas.

1891

Publica El filibusterismo, continuación de Noli me tangere, en el que reclama políticas modernizadoras e igualitarias en Filipinas.

1896

Rizal es acusado de sedición, condenado y fusilado en el fuerte Santiago el 30 de diciembre.

Un filipino en Europa

Siguiendo los pasos de otros miembros de aquel círculo, en 1882 Rizal se trasladó a Madrid, en cuya universidad culminó sus estudios y se licenció en Medicina y en Filosofía y Letras. Durante los tres años que estuvo en la Península formó parte del grupo de hispano-filipinos que vivían en España y publicaban el periódico La Solidaridad, en el que defendían la plena capacidad de los filipinos, reclamaban su equiparación con los españoles peninsulares y denunciaban los abusos cometidos por el régimen colonial. Gracias a sus numerosos artículos, discursos y conferencias, Rizal se convirtió muy pronto en uno de los más destacados portavoces para las aspiraciones nacionalistas filipinas y, finalmente, en líder de la Propaganda, un movimiento que reivindicaba la igualdad legal, la reforma institucional y el progreso económico de Filipinas.

Cucharón de madera filipino con asa en forma de figura humana. Siglo XIX.

Foto: Alamy / ACI

Entre los años 1885 y 1887, Rizal completó su formación en Francia, Italia y Alemania. En esa época, entre otros muchos escritos políticos, ensayos, versos, trabajos médicos, diarios y correspondencia, escribió su gran novela, Noli me tangere, publicada en Berlín en 1887.

La novela cuenta la historia de Crisóstomo Ibarra, un ilustrado filipino descendiente de peninsulares, que vuelve a Filipinas después de pasar siete años estudiando en Alemania, dispuesto a abrir un colegio en el que instruir a las nuevas generaciones, y a casarse con su amor de juventud. Sus propósitos se ven frustrados por diversas vicisitudes, lo que permite a Rizal presentar los distintos grupos sociales que conviven en el archipiélago y reflejar los problemas del régimen colonial y de la sociedad isleña. A través de los diálogos entablados por los distintos personajes, el autor plantea diferentes vías para conseguir la regeneración política y social de Filipinas, desde la total asimilación de los filipinos con los españoles peninsulares hasta el alzamiento revolucionario contra las autoridades coloniales españolas. En el discurso final de la novela, el autor se inclina por el camino de la reforma y el progreso mediante la educación.

En su novela 'Noli me tangere', Rizal exponía las diversas vías de futuro para Filipinas, de la reforma a la revolución

A pesar de que la novela no rechazaba la relación con España, sino que defendía simplemente una política reformista, fue recibida con hostilidad por los círculos coloniales del archipiélago. Las órdenes religiosas instaladas en Filipinas criticaron con particular virulencia la obra, tildándola de subversiva. En la novela, Rizal atacaba con dureza la interferencia de los frailes en la vida política, social y económica y el exceso de influencia que tenían sobre todo lo que ocurría en las islas, que a su juicio sobrepasaba con mucho su labor religiosa. Pese a todas estas críticas, la novela constituyó un hito político e intelectual para la sociedad filipina y todavía hoy es de obligada lectura en las escuelas del país.

En agosto de 1887, poco después de la publicación de Noli me tangere, Rizal volvió a Filipinas con el propósito de ejercer como médico oftalmólogo. En las islas le esperaba el eco despertado por su novela. Muchos filipinos veían ya en él al padre de la incipiente nación filipina. Otros sectores, en especial los más cercanos a los religiosos, pidieron la censura de la obra e iniciaron una dura campaña contra Rizal. La tensión llegó a tal punto que, en febrero de 1888, Rizal decidió alejarse de Filipinas para garantizar su seguridad y la de su familia.

Rizal emprendió entonces un largo periplo que entre 1888 y 1891 le llevó a Hong Kong, Japón, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Bélgica y nuevamente a España. En esos años de viajes por el extranjero no dejó de estudiar, escribir y publicar ensayos.

Réplica de la casa natal de José Rizal en Calambá. El edificio acoge un museo dedicado al líder independentista filipino.

Foto: Alamy / ACI

Cambio de ánimo

Pese a la distancia, Rizal siguió muy de cerca la política filipina y continuó expresando su opinión, interviniendo en mítines y reuniones y publicando artículos periodísticos. En ese tiempo de progresiva radicalización política preparó la que iba a ser su segunda novela, El filibusterismo, publicada en Gante en 1891. Era una continuación de Noli me tangere, ambientada trece años después de los acontecimientos descritos en aquella, pero de carácter más sombrío y con planteamientos más radicales. La obra fue recibida como una gran bofetada al régimen colonial y, en especial, a la presencia de las órdenes religiosas en Filipinas.

En esta nueva novela, el protagonista de la anterior, Crisóstomo Ibarra, vuelve a Filipinas haciéndose pasar por el joyero Simoun, un personaje sombrío con sed de venganza que ha amasado una fortuna en Cuba. Desengañado de sus anteriores quimeras reformistas y asimilacionistas, y sintiéndose víctima de una injusta persecución política, Ibarra se ha transformado en un revolucionario empeñado en fomentar una insurrección destinada a acabar con el poder colonial español. Sin embargo, Rizal no deja que su personaje lleve a término su proyecto y opta por hacerlo fracasar en sus propósitos. Refugiado en las montañas, en la casa de un fraile indígena, el padre Florentino, Ibarra se pregunta por la razón de sus fracasos, a lo que el religioso responde que el cambio social debe tener sus orígenes en las más puras intenciones y no en la violencia.

La vía reformista

En sus dos novelas, Rizal abogaba por la reforma del gobierno de Filipinas, la modernización del país, la regeneración de las costumbres y la creación de una sociedad libre y justa, en la que los distintos grupos pudieran desarrollar en armonía sus mejores capacidades. Al principio, Rizal reclamaba únicamente que se otorgara a los filipinos representación en las Cortes de Madrid, de modo que gozaran de todas las libertades democráticas en igualdad con los peninsulares. Demandaba también que, aunque las órdenes religiosas permanecieran en Filipinas, no ejercieran tareas políticas. Rizal era, pues, un reformista que no cuestionaba la unión con España.

La ruptura posterior tuvo mucho que ver con cuestiones personales, concretamente con la hacienda que la familia de Rizal explotaba en Calambá mediante un arriendo de los dominicos. Después de crecientes desencuentros entre propietarios y arrendatarios, en 1890 los frailes desahuciaron a muchos colonos con la excusa de que no pagaban las rentas debidas, lo cual dio lugar a serios enfrentamientos que acabaron con la deportación de muchos antiguos inquilinos, entre ellos miembros de la familia de Rizal, que recurrió el desahucio ante el Tribunal Supremo. Cuando la causa fue rechazada, Rizal consideró que los derechos de los filipinos nunca se reconocerían frente a los de los españoles y concluyó que no se podía continuar esperando que el Gobierno hiciera las concesiones deseadas, porque éstas nunca llegarían. Había que preparar al pueblo filipino para el autogobierno y la independencia, aunque ese proceso debía hacerse de manera pacífica, evitando cualquier acción violenta.

Al principio, Rizal sólo demandaba reformas democráticas y que los filipinos tuvieran representación en las Cortes

Con tal objetivo, Rizal regresó a Manila en junio de 1892 y fundó la Liga Filipina, un movimiento político con el que promover sus ideales y unir al archipiélago en un único proyecto. Días después, el gobernador general, Eulogio Despujol, temeroso de la influencia que Rizal pudiera tener entre sus conciudadanos, lo detuvo y lo exilió a Dapitán, en la isla de Mindanao, al sur del archipiélago, hacia donde tuvo que partir en julio.

Los cuatro años que pasó exiliado en Mindanao fueron un período muy productivo. Allí recibió la visita de quienes soñaban con la revolución en Filipinas, y que buscaron su apoyo para los siguientes pasos que deseaban emprender. Pero Rizal no quiso comprometerse. No era él quien iba a dirigir esa lucha, ni quien había iniciado esa línea de acción. Temía también nuevas y mayores represalias contra él y su familia.

Campesinos filipinos siembran arroz mientras escuchan la música de una banda tagala. Grabado de la década de 1880.

Foto: Bridgeman / ACI

Mártir de la revolución

Entreviendo que se avecinaban tiempos revueltos, solicitó al gobernador general de Filipinas, Ramón Blanco, una plaza como médico del ejército en Cuba. En julio de 1896 obtuvo la autorización y el 2 de septiembre Rizal embarcó hacia la Península, donde debía transbordar hacia las Antillas. Ocho días antes de su partida, Andrés Bonifacio había dado el «grito de Balintawak», el alzamiento armado que inició la revolución contra el dominio de España en las Filipinas. Este hecho explica que, en el mes que duró la travesía de Rizal entre Filipinas y la Península, las autoridades españolas cambiaran su parecer respecto al destino del líder filipino. Consideraron que no era conveniente que fuera a Cuba, donde podría ponerse en contacto con los revolucionarios cubanos y ganar nuevos apoyos para la causa filipina. Alegando que después de partir Rizal de Filipinas habían aparecido gravísimos cargos contra él, debía ser traído preso al archipiélago y juzgado por sedición. Por ello, al llegar a Barcelona, Rizal fue reenviado de inmediato a Filipinas.

El fuerte Santiago fue levantado en el siglo XVI por las autoridades españolas. Esta fotografía se tomó hacia 1900.

Foto: Granger / Album

En Manila, el autor de Noli me tangere fue encarcelado en el fuerte Santiago, donde preparó su defensa. Rizal había defendido políticas reformistas e igualitarias, promovido la obtención del autogobierno por métodos pacíficos e influido en las ideas de sus compatriotas. En cambio, nunca había incitado a la revolución armada. No era él quien había promovido la revolución y ni siquiera la había apoyado. Sin embargo, en el juicio fue declarado culpable de todos los cargos. El general Camilo García de Polavieja, nuevo gobernador general de Filipinas, firmó su sentencia de muerte. Rizal esperó hasta el último momento la gracia del Gobierno, pero el indulto no llegó y el 30 de diciembre de 1896, con sólo 35 años, fue fusilado en una ejecución pública. Allí murió José Rizal, pero en ese mismo instante nació el héroe nacional de Filipinas.

Rizal murió fusilado en el fuerte Santiago, de espaldas al pelotón, tal como recrea este grabado de la época.

Foto: Bridgeman / ACI

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Temas que era mejor no tocar

Refiriéndose a su novela Noli me tangere, Rizal decía: «El libro contiene cosas de las que nadie entre nosotros ha hablado hasta el presente [...]. Yo he querido responder a las calumnias que por tantos siglos han sido amontonadas sobre nosotros y nuestro país: he descrito el estado social, la vida, nuestras creencias, nuestras esperanzas, nuestros deseos, nuestras quejas, nuestras tristezas»; cosas «tan delicadas –decía– que no pueden ser tocadas por ninguna persona». De ahí el título de la novela: «No me toques», según la conocida expresión de la versión latina del Evangelio de san Juan.

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El «Noli» y el «Fili»

Las novelas de Rizal Noli me tangere y El filibusterismo son conocidas popularmente como el Noli y el Fili, respectivamente. Ambas son de lectura obligada en las escuelas filipinas, hasta el punto de que una ley de 1956 obligó a incluir «un número adecuado de copias» en las bibliotecas de todos los colegios y universidades del país.

Portada de una edición española de Noli me tangere.

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Andrés Bonifacio

De orígenes humildes, Andrés Bonifacio destacaba por su carácter enérgico, y sus dotes de orador lo convirtieron en un caudillo de masas. En 1892 fundó el Katipunan, la sociedad clandestina que encabezaría la revolución contra el dominio colonial y en la que Rizal rechazó integrarse.

Bonifacio. Grabado de La Ilustración Española y Americana.

Foto: Alamy / ACI

Este artículo pertenece al número 222 de la revista Historia National Geographic.

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