Una mirada sobre la Inglaterra de 1800

Jane Austen

La autora británica hizo en sus novelas un retrato extraordinariamente vivo del modo de vida de su clase social: la nobleza rural inglesa de principios del siglo XIX.

Una imagen discreta

Una imagen discreta

Foto: The Pierpont Morgan Library / Scala, Firenze

Tenemos otra niña, será como un juguete para su hermana Cassy y en el futuro se convertirá en su compañera. Se llamará Jenny, y me parece que será para Henry lo que Cassy es para Neddy». Con estas palabras anunciaba el reverendo George Austen el nacimiento de su hija Jane, la séptima de los ocho hijos que dio a luz su esposa Cassandra Leigh. Nadie podía sospechar que aquella niña nacida en 1775 en Steventon, una pequeña población en el sur de Inglaterra, se convertiría en la más famosa escritora inglesa de su época. Fallecida tempranamente, con apenas 41 años, sus restos descansan en la catedral de Winchester, que se ha convertido en un punto de peregrinación para miles de lectores de sus obras de todo el mundo.

Cronología

Una autora pionera

1775

Nace Jane Austen en la rectoría de Steventon, al noroeste de Hampshire. Es la séptima hija del reverendo George Austen y su esposa, Cassandra Leigh.

1796

Jane Austen empieza a redactar Orgullo y prejuicio, tal vez la más famosa de sus novelas, aunque no se publicará hasta 1813.

1811

De esta época data su novela Sentido y sensibilidad. Es la primera novela que Jane Austen publica bajo el seudónimo de «una dama».

1814

Entre 1812 y 1814 Austen escribe su novela Mansfield Park, que muchos críticos consideran su obra más sombría y oscura.

1817

Jane Austen muere a causa de la enfermedad de Addison en Winchester, un año después de la publicación de sus novelas Emma y Persuasión.

Aunque la vida de Jane Austen transcurrió en su mayor parte dentro del entorno familiar, su capacidad de observación le permitió representar con gran acierto el modo de vida de la sociedad inglesa de finales del siglo XVIII y principios del XIX, en particular el de la clase social a la que pertenecía su familia, la gentry o nobleza rural. Más precisamente aún, las novelas de Austen –como Orgullo y prejuicio, Sentido y sensibilidad, Mansfield Park o Emma– se centran en personajes femeninos que reflejan con extraordinaria fidelidad la situación de las mujeres en esa época, inmersas en una sociedad que les ponía enormes trabas para alcanzar una mínima independencia, tal como la escritora experimentó durante su propia vida.

Carta autógrafa de Austen de 1807. Biblioteca Pierpont Morgan.

Carta autógrafa de Austen de 1807. Biblioteca Pierpont Morgan.

Foto: White Images / Scala, Firenze

En tiempos de Austen, la educación de las jóvenes tenía como objeto principal proporcionar a las alumnas ciertas habilidades y algunos conocimientos que aumentaran su atractivo para, de ese modo, tener más opciones de recibir una buena oferta de matrimonio. Por eso, tanto las que acudían a alguna escuela como las que eran educadas en sus hogares por una institutriz aprendían a tocar algún instrumento musical, a dibujar, bordar y bailar, además de obtener algunas nociones de francés, que era el idioma de la gente sofisticada. Los conocimientos de geografía, historia u otras disciplinas no tenían más finalidad que permitir a las jóvenes mantener una conversación agradable, por lo que eran bastante superficiales. En Emma, Austen define la escuela de la señora Goddard como «una verdadera, honrada escuela de internas a la antigua, en donde se vendía a un precio razonable una razonable cantidad de conocimientos, y donde podía mandarse a las muchachas para que no estorbaran en casa y adquirieran una pequeña educación sin ningún peligro de que salieran de allí convertidas en prodigios».

Un escritorio para llevar

Un escritorio para llevar

El escritorio portátil que usaba la novelista Jane Austen para escribir sus novelas. Encima descansan sus gafas con la funda. Biblioteca Británica, Londres.

Foto: British Library / Album

Al llegar a los 17 o 18 años, a veces antes, las hijas de las familias de clase media-alta entraban en sociedad asistiendo a una fiesta privada o bien a un baile local, mientras que las jóvenes de la aristocracia y de algunas familias privilegiadas eran presentadas en la corte de Saint-James en el curso de una pomposa ceremonia, que culminaba con un elegante baile al que solía asistir algún miembro de la realeza. Desde ese momento, las jóvenes damas acudían a bailes, paseos, tertulias y otros encuentros sociales con el objetivo último de que algún caballero soltero les hiciera una propuesta de matrimonio.

En busca de estabilidad

En muchos casos, esta propuesta era una cuestión de supervivencia. En efecto, el destino de las mujeres estaba marcado desde su nacimiento por una ley inexorable, la de la herencia. A la muerte del cabeza de familia, lo habitual era que casi todas sus posesiones pasaran al hijo mayor, e incluso cuando sólo había descendencia femenina con frecuencia existían condicionantes legales por los que los bienes eran heredados por el siguiente varón en la línea sucesoria, con lo que la familia directa del fallecido quedaba desasistida. En Orgullo y prejuicio, el hogar y las tierras de la familia Bennet están sujetos al entailment, una vinculación legal por la que la propiedad de Longbourn debe pasar al siguiente varón de la familia, es decir, al señor Collins, un primo lejano del señor Bennet. La única participación de las mujeres en la fortuna familiar era la dote que recibían al casarse.

La casa de Austen

La casa de Austen

En esta casa de Chawton, cedida por su hermano Edward, pasó Jane Austen sus últimos ocho años de vida con su madre y su hermana.

Foto: Heritage / Aurimages

El matrimonio, pues, era para la mujer la única forma de alcanzar cierta estabilidad material. En la misma novela Orgullo y prejuicio, Charlotte Lucas lo reconoce abiertamente en una conversación con su amiga Elizabeth Bennet: «No busco más que un hogar confortable y, teniendo en cuenta el carácter del señor Collins, sus relaciones y su posición, estoy convencida de que tengo tantas probabilidades de ser feliz con él como las que puede tener la mayoría de la gente que se casa». Para alcanzar ese estado, sin embargo, se requería una transacción económica entre las dos familias implicadas, en la que, frente a todo lo que ofrecía el novio, la novia debía contribuir por su parte con la dote que le reservaban sus padres. Este cálculo crematístico frustraba muchas relaciones. Así, en Sentido y sensibilidad, la impulsiva Marianne Dashwood se enamora de un apuesto caballero, John Willoughby, y sus conocidos piensan que están comprometidos en secreto. Sin embargo, Marianne cuenta con una modesta dote, y Willoughby, al ser desheredado por su tía a causa de un escándalo, opta por casarse con una rica heredera.

Un buen partido

Para una joven de la buena sociedad inglesa del período, la opción soñada era casarse con el heredero de una gran propiedad. Ello garantizaba una buena posición económica y social, más aún si se trataba de un miembro de la aristocracia, es decir, de alguien que no sólo gozara de un buen apellido, sino también de un título nobiliario con los privilegios y las posesiones correspondientes. Quizás el heredero más famoso en las novelas de Austen es Fitzwilliam Darcy, dueño de un rico dominio familiar en Derbyshire que le reporta una renta anual de 10.000 libras (el equivalente a cerca de un millón de euros), quien, sin embargo, se enamorará de una joven de nivel social inferior y acabará casándose con ella.

Por debajo de los herederos se encontraban los hermanos menores, quienes se veían obligados a buscar una dedicación profesional. Los oficios manuales eran considerados indignos, y el comercio, una ocupación vulgar; un hombre podía enriquecerse por esos medios, pero nunca sería considerado como un igual por los integrantes de la nobleza, que tenían en más estima el abolengo que la solvencia económica. Por ello, las únicas opciones profesionales respetables para alguien que no quisiera perder su estatus social eran la Iglesia, la abogacía, la marina o el ejército.

La educación de las chicas

La educación de las chicas

Un grupo de muchachas recibe una lección de canto mientras, al fondo, una pinta y, a la derecha, otra borda. Grabado del siglo XIX. Biblioteca Británica.

Foto: British Library / Bridgeman / ACI

Tradicionalmente la fortuna de los militares era limitada, comparada con la de los herederos, pero durante las guerras napoleónicas (1803-1815) algunos lograron enriquecerse, sobre todo los oficiales de la Armada que participaban en el botín ganado a los franceses. La protagonista de Persuasión, Anne Elliot, acepta al principio de la novela una proposición de matrimonio de Frederick Wentworth, por entonces un marino de baja graduación, pero su familia la obliga a romper el compromiso. Ocho años después, Wentworth vuelve con el grado de capitán y una gran fortuna y logra al fin casarse con Anne.

Las jóvenes también tenían la opción de casarse con un clérigo de la Iglesia anglicana. En la Inglaterra de la época, los clérigos gozaban de buena consideración y podían moverse con soltura entre los distintos niveles sociales. Con los contactos adecuados, especialmente si contaba con un protector de la alta aristocracia, un clérigo podía obtener una parroquia o una capellanía que le ofrecía unos ingresos modestos, pero seguros.

Prejuicios al elegir

Algunas jóvenes, sin embargo, mostraban reticencias frente a los pretendientes con esa profesión. En Mansfield Park, Edmund Bertram, hijo segundón de un rico terrateniente, decide que cuando cumpla la edad legal establecida, 24 años, se ordenará y recibirá una parroquia que había quedado vacante en las tierras de su padre. Edmund está enamorado de la bella Mary Crawford, pero ésta desdeña sus planes de futuro. «De modo que va a convertirse usted en un clérigo, señor Bertram. Es una sorpresa para mí», le dice, a lo que el joven responde: «¿Por qué había de sorprenderla? Tenía usted que suponerme destinado a alguna profesión, y pudo darse cuenta de que yo no era abogado, ni militar, ni marino». La opinión de Mary Crawford es terminante respecto de la profesión de su pretendiente: «A los hombres les gusta distinguirse, y en cualquier parte pueden conseguirse distinciones, menos en el clero. Un clérigo no es nadie».

Chawton House

Chawton House

Esta mansión de estilo isabelino y los terrenos adyacentes fueron propiedad de Edward Austen Knight, hermano de Jane adoptado en su juventud por un rico pariente.

Foto: Philip Enticknap / Alamy / ACI

Frente a esta visión tan materialista del matrimonio, llama la atención que tanto en sus novelas como en sus cartas personales Austen defienda repetidamente el matrimonio por amor. «Haz cualquier cosa menos casarte sin amor», le ruega Jane Bennet a su hermana Elizabeth; una súplica que encuentra su eco en una reflexión que la escritora hace a su sobrina Fanny en una de sus cartas: «Nada es comparable a la desgracia de comprometerse sin amor». De hecho, algunas de las protagonistas de las novelas de Austen rechazan propuestas matrimoniales de caballeros acaudalados que les ofrecen una vida llena de lujo y comodidades. Esta circunstancia podría parecer una concesión romántica novelesca si no fuera porque la misma Jane Austen actuó de acuerdo con este criterio al recibir una oferta matrimonial de Harris Bigg-Wither, hermano de una de sus mejores amigas y heredero de la mansión de Manydown, con todas sus tierras y posesiones. Aunque Austen aceptó inicialmente la oferta, decidió rechazarla unas pocas horas después al comprender que no sentía un afecto suficiente por su pretendiente.

La sombra de la pobreza

La consecuencia de esta actitud por parte de Jane fue permanecer soltera, una situación que ella misma reconocía que era poco envidiable. Lo expresaba con su ironía habitual en una carta a su sobrina Fanny: «Las mujeres solteras tienen una propensión terrible a ser pobres, lo cual es un argumento muy fuerte a favor del matrimonio».

En efecto, las salidas profesionales de una mujer soltera eran muy limitadas. En caso de no recibir asistencia de algún familiar bien posicionado, que le proporcionara medios económicos o la acogiera en su hogar, el camino más habitual para una mujer de clase media necesitada de ganarse la vida era la enseñanza, ya fuera en una escuela para señoritas o como institutriz en una familia de buena posición. Un ejemplo de esta situación lo encontramos en el personaje de Jane Fairfax en la novela Emma, una joven con grandes cualidades, pero sin medios económicos, constreñida a aceptar un puesto de institutriz que la obligará a alejarse de su entorno familiar.

Un baile de gala

Un baile de gala

Baile en el pabellón real de Brighton, con damas y caballeros vestidos con sus mejores galas. Grabado en color por John Nash. 1827. Biblioteca Británica.

Foto: British Library / Bridgeman / ACI

En esta misma novela se relata la historia de la desdichada señorita Bates, una mujer madura y soltera que cuida de su madre anciana, subsistiendo sin más medios que las exiguas rentas que les aportan los ahorros que logró acumular su difunto padre. Al ser hija de un clérigo, la señorita Bates pertenece a la gentry, pero apenas tiene ingresos y depende de las atenciones de sus vecinos para poder llevar una vida digna. El señor Knightley, que es uno de sus principales benefactores, describe lo triste de su situación en una conversación con Emma: «Es pobre, ha venido a menos y ha tenido que abandonar las comodidades entre las que nació y, probablemente, si aún le quedan muchos años de vida, aún tendrá que renunciar a más cosas».

Un paseo tranquilo

Un paseo tranquilo

Escena de paseo en los jardines de Sydney, en Bath, en 1805. Grabado por John Claude Nattes. Galería de Arte Victoria, Bath.

Foto: Victoria Art Gallery, Bath / Bridgeman / ACI

Jane Austen fue mujer y escritora en una época en la que ambas circunstancias suponían una limitación. Experimentó en primera persona las estrecheces y la dependencia económica que le sobrevinieron a ella, a su madre y a su hermana Cassandra tras la muerte de su padre. Sin embargo, en sus novelas no encontramos una crítica amarga del orden social y los valores imperantes en su época. Austen analiza su entorno con una mirada curiosa y profunda, y lo representa en sus obras con sus carencias e injusticias, pero también con sus aspectos positivos. En realidad, lo que más le interesaba eran los caracteres individuales, el abanico de personalidades y actitudes que se encontraban en su círculo social. Como escribió Walter Scott, Jane Austen poseía «un toque exquisito para convertir personajes y eventos cotidianos en algo realmente interesante gracias a la autenticidad de la descripción y un sentimiento tal, que a mí me ha sido negado. ¡Qué pena que una criatura con tanto talento falleciera tan prematuramente!».

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Vestido llevado por una dama al baile de la duquesa de Richmond en 1815. Museo de la Moda, Bath.

Vestido llevado por una dama al baile de la duquesa de Richmond en 1815. Museo de la Moda, Bath.

Foto: Fashion Museum Bath / Bridgeman / ACI

Los bailes, ritual de iniciación

«El gusto por los bailes era, sin duda, un primer paso hacia el enamoramiento», afirma Jane Austen en Orgullo y prejuicio. En una sociedad obsesionada por la buena reputación, las oportunidades para que los jóvenes se relacionaran sin estar vigilados eran pocas. Por eso, los bailes, en los que se podía conversar y divertirse durante horas, ocupaban un lugar especial en la oferta de ocio de cualquier población. Para una joven era importante contar con un acompañante en los primeros bailes, y así evitar el bochorno de estar sola mientras el resto de muchachos se divertían. Lo habitual era que las parejas fueran cambiando, ya que compartir más de dos bailes reflejaba una preferencia excesiva entre dos jóvenes no comprometidos.

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Edward Austen Knight haciendo el 'Grand Tour'. Retrato cedido a Chawton House.

Edward Austen Knight haciendo el 'Grand Tour'. Retrato cedido a Chawton House.

Foto: Bridgeman / ACI

El hermano que heredó una fortuna

Un hermano pequeño de Jane Austen, Edward, se convirtió por casualidad en un rico heredero. Cuando tenía 12 años, Thomas Knight, un rico terrateniente y diputado en el Parlamento, y su esposa Catherine visitaron a sus parientes de Steventon durante su viaje de novios. Los recién casados pidieron a los Austen que permitieran que Edward los acompañara durante el resto de su trayecto y quedaron tan impresionados con el joven que cuatro años después se ofrecieron a adoptarlo, dado que no habían tenido descendencia propia. Pero Edward no se olvidó de los suyos. Tras la muerte del reverendo Austen, cuidó de su madre y sus hermanas y les ofreció un hogar acogedor en Chawton.

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Retrato de Thomas Lefroy, de quien se dijo que estuvo a punto de prometerse con Jane Austen.

Retrato de Thomas Lefroy, de quien se dijo que estuvo a punto de prometerse con Jane Austen.

Foto: Christie’s Images / Bridgeman / ACI

Tom Lefroy, ¿un romance frustrado?

Se ha escrito mucho sobre el romance de Jane Austen con Tom Lefroy, un joven al que conoció en 1795 cuando él visitaba a unos parientes que vivían cerca de la familia Austen. El idilio duró apenas unas semanas, pues Lefroy tuvo que volver a Irlanda llamado por su familia, que no veía con buenos ojos su posible compromiso con Jane. En una carta a su hermana Cassandra, Jane parecía no dar mucha importancia a la relación: «Me regañas tan duramente en la larga y agradable carta que acabo de recibir, que casi tengo miedo de decirte cómo nos comportamos mi amigo irlandés y yo. Imagina las cosas más libertinas y escandalosas en la manera de bailar y de sentarnos uno junto al otro».

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Mesita en la que Jane Austen colocaba su escritorio portátil en Chawton House.

Mesita en la que Jane Austen colocaba su escritorio portátil en Chawton House.

Foto: Derek Croucher / Alamy / ACI

Evitar miradas indiscretas

El sobrino y primer biógrafo de Jane Austen, James Edward Austen-Leigh, cuenta que su tía escribía sus novelas en el salón, en un escritorio portátil que colocaba sobre una mesita. Austen no quería que su labor de escritora fuera conocida más allá del ámbito familiar, y pidió que no se reparara una puerta que chirriaba al abrirse puesto que su sonido la alertaba y así tenía tiempo de esconder sus novelas de la vista del servicio o de las visitas y simular que escribía una carta. Aunque no sabemos si esto es cierto, sí es seguro que intentó permanecer en el anonimato y por eso las novelas que publicó en vida están firmadas «por una dama». Pero al final tuvo que aceptar que su condición de autora fuera de dominio público.

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Cubierta de una edición de 'Orgullo y prejuicio', de Jane Austen.

Cubierta de una edición de 'Orgullo y prejuicio', de Jane Austen.

Foto: British Library / Aurimages

Orgullo y prejuicio: los personajes del drama

La famosa novela de Jane Austen, publicada en 1813, recrea las cuitas de una familia de la nobleza rural inglesa a principios del siglo XIX.

Orgullo y prejuicio comienza con una frase famosa: «Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero poseedor de una gran fortuna necesita una esposa». Por esta razón, la señora Bennet, madre de cinco hijas casaderas, despliega todos sus recursos para lograr que el señor Bingley, un caballero joven y rico que acaba de instalarse en una mansión vecina, se fije en la mayor de ellas, Jane. La protagonista de la obra, sin embargo, es la segunda hija de la señora Bennet, Elizabeth, una joven de 20 años inteligente y decidida que no se deja amedrentar por nada ni por nadie y que está dispuesta a enfrentarse a ricos y poderosos para defender a sus seres queridos y vivir de acuerdo con lo que cree. El mejor amigo de Bingley, el orgulloso y adinerado Fitzwilliam Darcy, se enamorará de ella pese a la gran diferencia económica y social entre las respectivas familias.

El padre: bueno, pero sin carácter

El padre: bueno, pero sin carácter

El señor Bennet es un miembro de la nobleza rural que goza de una posición acomodada. Harto de los caprichos de su esposa, descuida los asuntos familiares para ocuparse sólo de sus intereses, en particular los libros. Esto hace que sus hijas menores frecuenten a los oficiales de paso por la zona y una de ellas se fugue con uno, amenazando la reputación de la familia.

Ilustración de A. Wallis Mills para la edición de 'Orgullo y prejuicio' por la editorial Chatto & Windus. / Bridgeman / ACI

La hermana mayor: angelical y afortunada

La hermana mayor: angelical y afortunada

Jane, hermana mayor de Elizabeth, se distingue por su dulzura y su modestia. Son los rasgos que atraen a Bingley, pese a que éste pertenece a un estrato social superior. Cuando finalmente Bingley se declara, la madre se apresura a divulgarlo entre los vecinos. «Los Bennet fueron rápidamente considerados como la familia más afortunada del mundo».

Ilustración de A. Wallis Mills para la edición de 'Orgullo y prejuicio' por la editorial Chatto & Windus. / Bridgeman / ACI
El señor Collins: un pretendiente snob

El señor Collins: un pretendiente snob

William Collins es un primo del señor Bennet que heredará a su muerte su propiedad familiar. Clérigo de la Iglesia anglicana, es un hombre pedante y ampuloso que alaba del modo más servil a su patrona, lady Catherine de Bourgh. En una visita a los Bennet se declara a Elizabeth, convencido de que le hace un favor. Pero ella lo rechaza sin rodeos: nunca podría vivir con un hombre tan ridículo.

Ilustración de A. Wallis Mills para la edición de 'Orgullo y prejuicio' por la editorial Chatto & Windus. / Bridgeman / ACI
Lady Catherine: aristócrata inaguantable

Lady Catherine: aristócrata inaguantable

Lady Catherine de Bourgh es la tía enormemente rica del señor Darcy. Invitada a visitar su mansión, Elizabeth comprueba que se trata de una mujer orgullosa y despótica que piensa que su condición nobiliaria y su riqueza le dan derecho a tratar de un modo despectivo y autoritario a los demás. Segura de que su sobrino se casaría con su hija, monta en cólera al descubrir la relación de Darcy y Elizabeth.

Ilustración de A. Wallis Mills para la edición de 'Orgullo y prejuicio' por la editorial Chatto & Windus. / Bridgeman / ACI
El señor Wickham: un militar cazafortunas

El señor Wickham: un militar cazafortunas

Por un momento, Elizabeth se siente atraída por el apuesto y cordial señor Wickham, un oficial de paso por la comarca. Pero pronto descubre que lo único que busca Wickham es una joven con una buena dote y que no tiene escrúpulos para conseguirlo, hasta el punto de que intenta fugarse con la hermana pequeña de Darcy, olvidando lo mucho que debía a la familia de éste.

Ilustración de A. Wallis Mills para la edición de 'Orgullo y prejuicio' por la editorial Chatto & Windus. / Bridgeman / ACI
El señor Darcy: un heredero orgulloso

El señor Darcy: un heredero orgulloso

Fitzwilliam Darcy es un joven caballero heredero de una gran fortuna. En los bailes y las reuniones a los que asiste en compañía de su amigo Bingley se muestra callado y altivo. Sin quererlo se enamora de Elizabeth, quien, tras rechazar su primera propuesta de matrimonio, acabará comprendiendo que su actitud reservada tiene más que ver con su carácter que con su orgullo de clase.

Ilustración de A. Wallis Mills para la edición de 'Orgullo y prejuicio' por la editorial Chatto & Windus. / Bridgeman / ACI

Este artículo pertenece al número 216 de la revista Historia National Geographic.

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