Literatura de la Antigüedad

Homero, el misterio del gran poeta de Grecia

Aunque los griegos estaban convencidos de que Homero fue un poeta ciego nacido en Jonia, los historiadores modernos han puesto en duda su existencia y que fuese el autor de la 'Ilíada' y la 'Odisea'.

El poeta ciego

El poeta ciego

Foto: Hervé Lewandowski / RMN-Grand Palais

Son numerosas las incógnitas alrededor del personaje de Homero. ¿Quién fue? ¿Existió de verdad? ¿De dónde procedía? ¿Cómo pudo crear unas obras de las proporciones de la Ilíada y la Odisea en una época tan remota? Éstas son algunas de las preguntas que el filólogo alemán Friedrich August Wolf planteó en un ensayo publicado en 1795 (Prolegómenos a Homero) y que todavía hoy parecen no tener respuesta.

Cronología

Homero a través de los siglos

Siglos XIII-XII a.C.

En una fecha a caballo entre estos dos siglos tiene lugar la guerra de Troya, conflicto narrado en la 'Ilíada' de Homero. Sin embargo, muchas escenas y motivos tanto de la Ilíada como de la Odisea remiten al siglo VIII a.C, pese a que la acción se sitúe en los años de la guerra de Troya.

Siglos XII-VIII a.C.

Probablemente a lo largo de este período se componen y difunden los poemas atribuidos al aedo Homero. Las diferentes versiones de la biografía de Homero muestran que el gran poeta épico griego se convirtió en la Antigüedad en una figura mítica.

Siglo VIII a.C.

Se extiende la escritura alfabética en Grecia. Algunos autores sitúan en este siglo el origen de la 'Ilíada' y la 'Odisea'. Todavía hoy se mantiene en discusión si hubo un mismo poeta que compuso las dos obras.

Siglo VI a.C.

El tirano ateniense Pisístrato ordena compilar por escrito una versión canónica de los poemas homéricos.

Siglos III-II a.C.

Los filólogos de Alejandría elaboran una versión depurada de la 'Ilíada' y la 'Odisea' homéricas.

En la antigua Grecia nadie dudaba de la existencia de Homero, de la misma manera que nadie –o casi nadie– negaba la autenticidad de los dioses del panteón. Sin embargo, lo que los escritores griegos antiguos dicen sobre la biografía y la procedencia de Homero es muchas veces fruto de la especulación y de las leyendas que circulaban sobre su figura. Sus testimonios, varios siglos posteriores a la época en que supuestamente vivió el poeta, el siglo VIII a.C., merecen escasa credibilidad. El más antiguo se encuentra en el Himno a Apolo Delio, una composición incluida en los llamados Himnos homéricos, un conjunto de textos atribuidos por tradición a Homero, pero que, en realidad, son obra de distintos autores de diferentes períodos. En el verso 127 del citado himno, el poeta afirma en primera persona que es «un hombre ciego, que habita la escarpada Quíos».

Mapa de la presencia jonia en la Antigua Grecia.

Eosgis.com

La patria de Homero. En la imagen, una playa rocosa de la isla de Quíos, en el mar Egeo, de donde, según una tradición, era originario Homero, autor de los dos poemas épicos mayores de Grecia: la Ilíada y la Odisea.

Foto: Franck Guiziou / Hemis / Gtres

A partir de este supuesto testimonio autobiográfico, generaciones de lectores y de estudiantes repitieron la idea de Homero como un poeta ciego originario de Jonia, región de la costa oeste de la actual Turquía en la que se incluían también las islas próximas, como Quíos.

Un origen polémico

No era ésta la única teoría que circulaba sobre el origen de Homero. En su Descripción de Grecia, Pausanias recoge diferentes tradiciones que sitúan su nacimiento en la isla de Íos, también jonia, o en Chipre. «Los de Íos –escribe este geógrafo del siglo II– enseñan un sepulcro de Homero en la isla y en otro lugar uno de Clímene, y dicen que Clímene era la madre de Homero». En la misma época, Luciano de Samósata escribió un relato de ficción en el que el propio autor se encontraba con Homero en la isla de los Bienventurados y le preguntaba cuál era su origen. «Soy consciente –le contestaba Homero– de que algunos piensan que soy de Quíos, otros que de Esmirna y muchos que soy de Colofón; pero, en verdad, soy de Babilonia y entre mis compatriotas mi nombre era Tigranes. Más tarde, cuando fui prisionero entre los griegos, cambié mi nombre». Esta última alusión al tiempo en que Homero fue prisionero explicaría su nombre, pues en griego hómeros significa rehén o prisionero de guerra.

Estas diferentes versiones de la biografía de Homero muestran que el gran poeta épico griego se convirtió en la Antigüedad en una figura mítica, sobre la que a cada momento podía surgir una nueva leyenda o tradición. Hoy no podemos saber a ciencia cierta si Homero era ciego, si recibió su nombre al haber sido hecho prisionero de guerra o si fue descendiente de alguno, ni si procedía realmente de la isla de Quíos.

En la Odisea, Homero pone en boca de un aedo o cantor el relato de la conquista de Troya por los aqueos, representada en este óleo de Jean Maublanc. Siglo XVII. Museo de Bellas Artes de Besançon.

Foto: Scala / Firenze

Pese a ello, en esta visión tradicional de Homero hay una parte de verdad. Desde un punto de vista lingüístico y literario es imposible negar la relación de la Ilíada y la Odisea con Jonia y con su tradición poética. Ambos poemas están compuestos en una lengua poética, artificial, fruto de la mezcla de diferentes dialectos griegos que existían en la época arcaica (siglos VIII-VI a.C.) y que se mantuvieron vivos hasta, al menos, la época clásica (siglo V a.C.). Entre esos dialectos destaca claramente el jonio. Igualmente, el análisis lingüístico permite situar la fecha aproximada de composición de ambos poemas en el siglo VIII a.C. Muchas escenas y motivos de la Ilíada y la Odisea remiten también a esa época, pese a que la acción se sitúe en los años de la guerra de Troya, que se considera que tuvo lugar entre los siglos XIII y XII a.C.

El príncipe troyano Héctor parte al combate en su carro en presencia de su padre, el rey Príamo, y de su madre, la reina Hécuba. Cerámica. Siglo VI a.C. Museo del Louvre, París.

Foto: Hervé Lewandowski / RMN-Grand Palais

Lo que se mantiene en discusión es si hubo un poeta que compuso la Ilíada y la Odisea del mismo modo que el romano Virgilio escribió la Eneida, la obra cumbre de la poesía latina. Desde Wolf y la filología del siglo XIX, el debate –la llamada «cuestión homérica»– se ha planteado entre dos posturas. Por un lado están los que defienden que la Ilíada y la Odisea son dos poemas completos, creados como un todo; es la interpretación «unitaria». Frente a ellos, los «analíticos» sostienen que los dos poemas fueron creados por agregación de cantos, es decir, por una suma de episodios independientes que se fueron uniendo a posteriori. Unos consideran que los poemas homéricos se deben a un único autor; los otros creen que fueron fruto de una larga tradición poética.

El escudo de Aquiles, recreado por Philip Rundell. En 1810 según la descripción de este objeto en la Ilíada.

Foto: Royal Collection Trust © Her Majesty Queen Elizabeth II, 2021 / Bridgeman / ACI

El difícil trabajo de los aedos

En el siglo XX, esta polémica se vio renovada por las investigaciones filológicas que el estudioso norteamericano Milman Parry llevó a cabo en la década de 1920. Su aportación clave fue destacar la importancia que tuvo la transmisión oral de los poemas homéricos. Parry observó que en ambos textos aparecían una serie de epítetos o versos que se repetían de manera constante –como «Aquiles, el de los pies ligeros», o «Héctor, el de tremolante casco»–, del mismo modo que se repetían secciones donde se describían acciones o escenas más complejas usando prácticamente siempre las mismas palabras. Estos elementos «formulares» –en el sentido de que eran fórmulas constantemente repetidas– indicaban, en opinión de Parry, que los poemas de Homero eran recitados por aedos, cantores que se acompañaban de una cítara.

Estatua de Homero por Philippe-Laurent Roland. Siglo XVIII. Museo del Louvre, París.

 

Foto: Scala / Firenze

Gracias a un intenso entrenamiento, los aedos eran capaces de recitar extensos poemas, que memorizaban, pero que también variaban introduciendo una improvisación tras la que retomaban el hilo de la narración. Así, se puede decir que en cada recitación el aedo ofrecía una versión nueva de la Ilíada o la Odisea, aun manteniendo la esencia de la historia. Otro indicio del carácter oral de los poemas homéricos está en su métrica. Ambas obras están compuestas en hexámetros dactílicos, un tipo de verso de seis pies en los que se alternaban las sílabas largas y breves de un modo que confería a la recitación un ritmo característico.

El cíclope Polifemo. Esta decoración de un ánfora ática de figuras negras muestra el momento en que el héroe Ulises ciega al cíclope Polifemo para escapar de él, una escena narrada en la Odisea de Homero. Siglo V a.C. Museo del Louvre.

Foto: Hervé Lewandowski / RMN-Grand Palais

Poetas cantores

Mediante estos recursos poéticos, los aedos podían recitar unos poemas tan extensos como la Ilíada y la Odisea sin necesidad de apoyarse en un texto escrito. Se ha calculado que una recitación de corrido de ambos poemas duraría unas 24 horas. Hoy en día esto nos parece una gesta extraordinaria, pero nuestra visión está distorsionada por la cultura escrita en la que nos movemos. Parry comparó a los aedos de la antigua Grecia con los guzlari de la antigua Yugoslavia, poetas analfabetos, la mayoría pastores, que ayudados por un instrumento de cuerda, la guzla, eran capaces de improvisar largas composiciones apoyándose en el ritmo y en el uso de recursos formulares. Cabe señalar que la música es un elemento esencial en la actividad de los aedos, al igual que en la de los guzlari. Música y poesía eran inseparables en la Antigüedad. Había música sin poesía, pero no podía haber poesía sin música.

Recitar cantando. En el siglo XVII, el pintor Pier Francesco Mola actualizó la imagen tradicional de Homero haciéndole tocar una viola de gamba. Colecciones de Arte Estatales, Dresde.

Foto. Erich Lessing / Album

Al constatar el papel que tuvieron los aedos en la elaboración de la Ilíada y la Odisea, se ha planteado que éstas serían obra de un colectivo de poetas orales, entrenados y familiarizados con la tradición de recitación de ambos ciclos épicos. Habría que concebir ambos poemas como el fruto de la participación colectiva y de una larga tradición poética, que habría ido puliendo la técnica y los medios de expresión. Esto habría dado como como resultado la narración de la cólera de Aquiles en el décimo y último año de la guerra de Troya (el tema de la Ilíada) y del retorno de Odiseo o Ulises a su Ítaca natal con otros diez años de penitencia entre medias (tal como se relata en la Odisea)tras la soberbia con la que había tratado al dios Poseidón al herir y burlarse de su hijo, el cíclope Polifemo. Por otra parte, los dos poemas pertenecían a un repertorio más abundante: el ciclo épico troyano, un conjunto de poemas sobre la propia contienda, como la Ilíada, o sobre el regreso de los héroes que participaron en ella.

El caballo de Troya. En esta ánfora del siglo VII a.C. se representó el mito del caballo de Troya, en cuyo interior se ocultaron los guerreros griegos para penetrar en Troya. Esta escena es narrada en la Odisea. Museo Arqueológico, Mikonos.

Foto: Dea / Scala, Firenze

El misterio permanece

A la luz de lo anterior, podría parecer sorprendente que los griegos de la época clásica estuvieran tan convencidos de que sus dos grandes poemas épicos fueran obra de un único autor, un escritor genial capaz de crear los dos extraordinarios relatos sobre Aquiles y Odiseo. Pero esta percepción se explica porque Homero era visto desde la perspectiva de una época en la que se reconocía el mérito y el trabajo del autor poético.

En ese momento, además, la escritura en Grecia ya se hallaba plenamente introducida. El alfabeto griego, adaptado del fenicio, se usaba habitualmente en todo el territorio y se suponía que lo mismo ocurría en la época en que se compusieron la Ilíada y la Odisea. En lugar de reconocer que una larga tradición poética había sido la responsable de la creación de estos poemas, se optó, simplemente, por atribuir esas obras a un autor concreto.

La musa de Homero. Calíope, la principal de las nueve musas según Hesíodo, fue considerada por los griegos posteriores como la patrona del género épico. Bajo estas líneas, Calíope en una pintura de Pompeya.

Foto: Mondadori / Album

También fue en la época clásica cuando se fijó por escrito el texto de los dos poemas, por orden del tirano ateniense Pisístrato, a mediados del siglo VI a.C., lo que dio lugar a una paradoja: por un lado, garantizó la supervivencia del poema para las generaciones venideras, pero a la vez causó la muerte de la tradición oral épica que los había conservado y transmitido durante siglos. Más tarde, los filólogos de Alejandría (siglos III-II a.C.) se dedicarían a pulir el texto en busca de la versión más fidedigna.

Al rescate de Homero. Pisístrato, tirano ateniense, ordenó plasmar por escrito la versión definitiva de la Ilíada y la Odisea que ha llegado hasta nosotros. Detalle de un óleo de Jean-Auguste-Dominique Ingres. 1834.

Foto: Alamy / ACI

En definitiva, el panorama completo acerca de Homero y su obra ofrece aún hoy más incógnitas que certezas. Su mito perdura desde la Grecia antigua hasta nuestros días, igual que su obra, de una viveza atemporal y de una humanidad que nos acerca a una época en la que la palabra era «alada», como decía el propio Homero, pero no se la llevaba el viento. La retenía la memoria.

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Homero, un aedo sin igual

El filólogo británico Geoffrey S. Kirk, en Homero y la tradición oral (1976), desarrolló una nueva teoría para defender la existencia de un único autor de la Ilíada y la Odisea. En su opinión, Homero, se llamara o no así, fue un aedo del siglo VIII a.C. familiarizado con la tradición de poemas épicos sobre la guerra de Troya que decidió elaborar uno de proporciones gigantescas. Según Kirk, aunque en la segunda mitad del siglo VIII a.C. la escritura empezaba a ser conocida, Homero siguió siendo un poeta oral, en la tradición de los aedos, y sus poemas se transmitieron oralmente al menos hasta mediados del siglo siguiente, quizás a través de los «homéridas», la estirpe de cantores jonios que, según Píndaro, habría preservado los poemas de Homero.

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La Odisea, obra de una mujer

Entre las diferentes hipótesis acerca de la identidad de Homero y la naturaleza y origen de su poesía se encuentra la que propuso el escritor y filólogo inglés Samuel Butler a finales del siglo XIX. Probablemente imbuido por los ideales del romanticismo imperante en su época, Butler propugnaba que en la composición de la Odisea –obra de la que hizo una traducción en prosa al inglés– participó una princesa siciliana que habría sido la responsable de la versión del texto que ha llegado hasta nosotros. Esta teoría, con tan poco rigor científico como muchas otras propuestas en la misma época, fue convertida en novela histórica en 1955 por el también escritor inglés Robert Graves –el conocido autor de Yo, Claudio– con el título de La hija de Homero (Homer’s daughter).

Música y poesía. Una mujer sentada en una lujosa banqueta y acompañada de un pequeño Eros tañe una lira de gran tamaño. Figura helenística del
siglo III a.C. Museo del Louvre, París.

Foto: Gérard Blot / RMN-Grand Palais

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Demódoco, el aedo ciego de la Odisea

En la Odisea, Homero hace intervenir a dos aedos o cantores, Demódoco y Femio, que seguramente son fieles representaciones
de los poetas orales que existían en su época.

Demódoco estaba al servicio de Alcínoo, el rey de la isla de los feacios (Corfú), a la que Ulises llegó como un náufrago. Sin saber quién era su huésped, Alcínoo le ofreció, hospitalario, un banquete en su palacio. Para ello, el soberano hizo llamar a Demódoco, «el aedo divino, / a quien dio la deidad entre todos el don de hechizarnos / con el canto que el alma le impulsa a entonar». Como Homero, Demódoco era ciego, pues «la Musa otorgó con un mal una gracia: / lo privó de la vista, le dio dulce voz». Situado en el centro del banquete, ante una mesa con comida y una copa de vino, el aedo, inspirado siempre por la Musa, se puso a cantar «hazañas de héroes», empezando por la disputa entre Ulises y Aquiles. El recuerdo de aquel episodio de su propia vida emocionó profundamente a Ulises mientras lo escuchaba:

«Tal cantaba aquel ínclito aedo y Ulises, tomando en sus manos fornidas la túnica grande y purpúrea, se la echó por encima y tapó el bello rostro [...]. Mas tornaba el aedo a empezar su canción, siempre a ruegos de los nobles feacios gustosos de aquellas historias, y tapando su cara de nuevo volvía a los sollozos».

Ulises en la corte de Alcínoo. Óleo por Francesco Hayez. 1815. Museo Nacional de Capodimonte, Nápoles.

Foto: Dea / AGRElbum

Este artículo pertenece al número 216 de la revista Historia National Geographic.

Para saber más

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