Testigos del pasado, maestros del presente

Historiadores de Grecia y Roma

El mundo grecorromano nos ha dejado una vasta herencia, en la que la historia brilla con luz propia. Como narradores, los historiadores griegos y romanos son insuperables; como observadores del alma y de la sociedad humanas, no tienen rival. Hoy los recupera la editorial Gredos en la colección "Historiadores de Grecia y Roma"

Vista del Foro romano

Vista del Foro romano

El eco de la gloria. Vista del Foro romano hacia 1775, por Piranesi. El antiguo corazón del Imperio romano, que fue escenario de hechos decisivos de la historia de Roma, estaba abandonado; desde la Edad Media era conocido como Campo Vaccino por el ganado que pastaba allí. 

Heritage / ACI

La Antigüedad clásica sigue vigente entre nosotros, no solo por tratarse de una era clave en la historia de la humanidad, sino también por el influjo que este período sigue ejerciendo en pleno siglo XXI. Esta influencia sería mucho menor sin la inmensa labor de historiadores como Tucídides, Salustio o Tácito; o, en tiempos modernos, de Edward Gibbon o Theodor Mommsen, que convirtieron la Antigüedad clásica no solo en el objeto de sus estudios, sino también en su auténtica pasión vital.

Tucídides es quien inauguró esta larga estirpe de historiadores «científicos». Para empezar, fue un militar y político ateniense que escribió sobre un hecho en el que intervino: la guerra del Peloponeso, que enfrentó a Atenas y Esparta entre los años 431-404 a.C. Consciente de la importancia de este conflicto, Tucídides se puso enseguida a recopilar información y contactó con testigos clave, cuyos relatos contrastó con cualquier otra evidencia disponible. Una vez derrotada Atenas, Tucídides se puso a investigar con rigor e imparcialidad sobre las causas profundas de esa guerra, dejando de lado tanto los motivos particulares como las leyendas y los «designios divinos». Finalmente, cuando comenzó a escribir, lo hizo con ánimo de trascender: la guerra del Peloponeso expresaba un drama político que podía repetirse una y otra vez, por lo que la narración exacta y verdadera de los hechos podía ser una útil lección acerca del comportamiento humano. 

Cronología

Historia del mundo antiguo

404 a.C.

Atenas capitula ante Esparta. Acaba la pugna entre ambas ciudades
que Tucídides narrará en su Guerra del Peloponeso.

44 a.C.

Asesinato de Julio César, Su protegido Salustio dejará la política para historiar ese período en la Conjuración de Catilina.

96 d.C.

Asesinato de Domiciano. Tácito puede hablar con libertad sobre su reinado y los precedentes en sus Anales e Historias.

1776

David Hume expresa a E. Gibbon la satisfacción que le ha producido Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano.

1902

Theodor Mommsen gana el premio Nobel de literatura por su Historia de Roma, una obra de arte de la escritura histórica.

1939

Poco antes de la segunda guerra mundial, la editorial Clarendon Press publica  La revolución romana de Ronald Syme.

 

Una lección para el presente

Todo en Tucídides es una lección eterna: un discurso a los caídos pronunciado por Pericles, el líder de Atenas, se convierte en un elogio de la democracia, mientas que el dilema entre rendirse o morir de los melios, apremiados por los atenienses a someterse a ellos, ilustra la política imperialista del fuerte que se impone al débil. Por ello, muchos estudiosos han insistido en la actualidad de Tucídides, especialmente a partir de las dos guerras mundiales: en 1915, fragmentos del discurso de Pericles aparecían en los costados de los autobuses londinenses, y hasta lo llevaban los soldados británicos en sus bolsillos. 

Tucídides

Tucídides

Respetado durante siglos. Tucídides aparece en este mosaico de la ciudad de Gerasa, en la actual Jordania. Está datado en el siglo III d.C., lo que demuestra el interés que despertaba su obra casi seiscientos años más tarde.

Alamy / ACI

También se cuenta que el filólogo alemán Eduard Schwartz, al enterarse de la muerte de su hijo en el frente durante la Gran Guerra, dejó aparcados sus sesudos estudios sobre los Padres de la Iglesia para sumergirse en la lectura de Tucídides. Así descubrió que ese autor tan antiguo reflejaba mejor que ningún otro la barbarie humana en época de guerras y revoluciones, cuando no hay ley ni piedad. 

Hoplita espartano

Hoplita espartano

Hoplita espartano envuelto en su capa escarlata. Estatuilla en bronce.

Bridgeman / ACI

Los politólogos también han subrayado paralelismos entre el relato de Tucídides y el mundo contemporáneo. Por ejemplo, el odio soterrado por Atenas y Esparta que sentían las otras ciudades griegas «aliadas»sería el mismo que el de los países de los dos bloques liderados por la Unión Soviética y Estados Unidos en plena Guerra Fría. Más recientemente, Graham Allison, académico de Harvard y asesor de la Casa Blanca durante el mandato de Donald Trump, citó esta frase de Tucídides en una reunión del Consejo de Seguridad Nacional: «Lo que hizo la guerra inevitable fue el crecimiento del poder de Atenas y el temor que esto causó en Esparta». De esta forma, avisaba de que una dinámica parecida podría llevar a Estados Unidos y a una potencia en ascenso como China a una guerra funesta para ambas partes. 

Grecia, devastada

Grecia, devastada

Grecia, devastada. Escena de violencia en una cerámica ática. Tucídides mostró la ambición, el temor, la envidia y la crueldad que latieron en la guerra del Peloponeso, convirtiendo su obra en un testimonio imperecedero de la condición humana.

Erich Lessing / Album

 

Genios de Roma

Tucídides es un genio indiscutible, pero Roma no careció de buenos historiadores. Tenemos a Salustio, un político arropado por el dictador Julio César que, con obras como la Conjuración de Catilina, analiza el colapso de la República romana y la corrupción general. Tácito también escribe sus Anales e Historias tras una larga carrera política auspiciada por el emperador Domiciano. Su crítica a los emperadores de la dinastía Julio-Claudia (la familia de Augusto) es más solapada, oculta en los entresijos de una prosa elaborada. Pero el retrato que hace de sus personajes es de tanta finura y profundidad psicológica que inspiró a Robert Graves para escribir su famoso Yo Claudio

Gema Augustea

Gema Augustea

Apoteosis imperial. La Gema Augustea, un extraordinario camafeo tallado entre la segunda y la tercera décadas del siglo I d.C., muestra a Augusto en el trono y a Tiberio sobre un carro triunfal. Museo de Historia del Arte, Viena.

Erich Lessing / Album

 

El valor de la Historia

El valor de la Historia

El valor de la Historia. Cuando se edificó la sede del Parlamento de Austria, en Viena, se colocaron ante él las estatuas de varios historiadores, entre ellas la de Tácito.

Alamy / ACI

Otros muchos han revisitado la historia de Roma a partir de estas fuentes, y también desde la arqueología. En el siglo XVIII, la visión de unos monjes orando entre unas ruinas le inspiró a Edward Gibbon la tesis de su Historia de la decadencia y caída del Imperio romano: que el cristianismo había sido el principal responsable de ese declive. Para trazar esta larga historia hasta la caída de Constantinopla en 1453, Gibbon no solo usó fuentes antiguas, sino también la obra de anticuarios, los predecesores de los modernos arqueólogos. El alemán Theodor Mommsen también representa ese tipo de erudición múltiple, uniendo sus conocimientos de derecho romano con una pericia inusual para interpretar inscripciones y monedas. Su Historia de Roma presenta la civilización romana progresando desde sus inicios, con el enfoque «positivista» tipíco del siglo XIX. El culmen de ese proceso lo constituiría la figura de Julio César, quien para Mommsen (como para Salustio) sería el hombre fuerte de Roma y también su guía hacia una gloria que se consumaría con Augusto. 

Tiberio

Tiberio

La otra cara del emperador. Tiberio, representado en una copa de plata del tesoro de Boscoreale. Siglo I d.C. Louvre, París. Tácito dibuja un retrato desfavorable del sucesor de Augusto, presentándolo  como un ser hipócrita, resentido y siniestro.

Hervé Lewandowski / RMN-Grand Palais

Ya en el siglo XX, el historiador de Oxford Ronald Syme, muy influido por Tácito –del que fue un destacado estudioso– en su interés por la historia de las élites romanas, publicó La revolución romana poco antes del inicio de la segunda guerra mundial. Syme analizó la brutal represión y la manipulación institucional con las que, en su opinión, el hijo adoptivo de César y futuro Augusto habría instaurado un régimen similar al de Hitler o Mussolini. Syme vaticinaba así las consecuencias del triunfo del fascismo en toda Europa. Los discípulos de Mommsen se escandalizaron con la tesis de Syme: lejos de la perfección preconizada por su maestro, el Estado romano tras César y Augusto no era más que «una farsa». Pero la historia no es una investigación abstracta, sino que trata de realidades humanas e intensos sufrimientos que a veces laceran el alma del propio historiador. 

Julio César

Julio César

Una figura ambigua. Julio César, en una estatua realizada por Nicolas Coustou entre 1696 y 1722. Louvre, París. En César,  Mommsen vio al hombre clave que forjó la gloria de Roma; Syme vio en él un eslabón en el camino a la tiranía. 

René-Gabriel Ojeda / RMN-Grand Palais

Aun así, la verdad histórica solo se puede alcanzar con evidencias suficientes y, sobre todo, con honestidad y agudeza para interpretarlas, tal como hizo Tucídides. Solo de esta manera –ética, científica y rigurosa–, el relato histórico encuentra caminos para transmitir pasión por un período que para nosotros es tan excitante y evocador en lo puramente literario como relevante para nuestro devenir como individuos y como sociedad. Así lo demuestra la colección «Historiadores de Grecia y Roma» que acaba de lanzar la editorial Gredos. Su lectura es la mejor forma de comprobar que la historia sigue siendo maestra de la vida, como dijo Cicerón hace más de dos mil años. 

TUCÍDIDES, LA HISTORIA QUE NUNCA MUERE

TUCÍDIDES, LA HISTORIA QUE NUNCA MUERE

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El último día de Pompeya

El último día de Pompeya

El último día de Pompeya. Óleo por Karl Briulov. 1833. Plinio el Joven describió a Tácito la erupción del Vesubio que acabó con Pompeya. 

Album

Tácito y la fama inmortal

Tácito era muy consciente de la importancia de su obra, del mismo modo que ya lo fueron sus contemporáneos. Su gran amigo en Roma fue Plinio el Joven, famoso por las cartas que de él se conservan, especialmente las dos en las que describió a Tácito de forma detallada la erupción del Vesubio que sepultó Pompeya y Herculano para que este la incluyera en sus Historias. Lo cierto es que Plinio leía y comentaba cuidadosamente los escritos de Tácito, admirando la magia de su verbo, rico, pero conciso. Así, cuando Plinio se enteró de que Tácito también planeaba hacer un relato de los reinados de Nerva y Trajano, le comentó: «Tengo el firme convencimiento de que tus historias serán inmortales, pero lo que más deseo (y lo admito francamente) es ser incluido en ellas».

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Theodor Mommsen

Theodor Mommsen

Theodor Mommsen, retratado por Ludwig Knaus en 1881. Sobre la mesa hay un busto de Julio César.

Fine Art / Album

Mommsen, el más productivo 

Theodor Mommsen era muy disciplinado: se levantaba a las cinco de la mañana, bebía su taza de café frío antes de trabajar en su biblioteca personal y, cuando iba a la universidad, se llevaba un libro de camino. Los revisores del tranvía siempre tenían que tocarle el hombro cuando llegaba a su destino:
«Es el célebre profesor Mommsen –decían al resto de pasajeros–, no pierde el tiempo»; aquel anciano enjuto, de mirada brillante y pelo largo y gris, portaba en su cabeza todo el mundo de los césares. Autor incansable, tanto escribía un ensayo sobre numismática como traducía una poesía italiana al alemán. La Historia de Roma fue uno de sus muchos proyectos, y se la encargaron tras verle dar una charla sobre los hermanos Graco con la que pretendía conquistar a su futura mujer. Tuvieron dieciséis hijos.

Este artículo pertenece al número 242 de la revista Historia National Geographic.