Edición aniversario

La historia del mundo en mapas

Nueve mapamundis históricos permiten seguir la historia del planeta durante mil años, ofreciendo una visión global de nuestro pasado

Mapamundi de Fra Mauro

Mapamundi de Fra Mauro

Mapamundi de Fra Mauro. Este monje veneciano lo trazó en 1459 por encargo del rey Alfonso V de Portugal. Europa, África y Asia aparecen como una gigantesca masa terrestre rodeada por el océano, y su orientación está invertida, como sucedía con los mapas musulmanes. Biblioteca Nacional Marciana, Venecia.

Scala, Firenze

Hace 2.300 años, Eratóstenes, director de la Biblioteca de Alejandría, calculó la medida de la Tierra con un margen de error de unos 400 kilómetros. Las mediciones de este sabio fueron el primer paso para la confección de mapas que mostrasen la superficie de nuestro planeta, cuya más antigua representación sistemática debemos a los estudiosos griegos.

El globo terráqueo más antiguo

El globo terráqueo más antiguo

Globo terráqueo (el más antiguo que se conserva) del cosmógrafo Martin Behaim. 1492. Museo Nacional Alemán, Núremberg.

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La visión del mundo

Geógrafos y astrónomos helenísticos determinaron la forma esférica de la Tierra, fijaron las nociones del ecuador, los trópicos y los polos, y dividieron el globo en una retícula formada por líneas verticales (los meridianos) y horizontales (los paralelos), estableciendo unas coordenadas geográficas que permiten determinar la situación de un punto sobre la superficie terrestre. Quien atrapó el mundo en esa malla cuadriculada fue Ptolomeo, otro sabio griego, que vivió en la Alejandría del siglo II d.C. Los ocho volúmenes de su Geografía incluían un mapamundi y 26 mapas detallados que constituyen el primer atlas universal de la historia. Pero el declive del Imperio romano de Occidente relegó esta obra al olvido durante la Edad Media.

 

El primer mapa del mundo

El primer mapa del mundo

El primer mapa del mundo. En el Museo Británico de Londres se conserva esta tablilla de arcilla en la que aparecen Babilonia y parte del mundo conocido por los mesopotámicos hacia el siglo VI a.C.

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La Tierra que Ptolomeo había aprisionado en su cuadrícula estaba formada por una gran masa continental que incluía Europa, Asia y África, que encerraba en su interior las aguas del Mediterráneo y el Índico, y que estaba bañada por un vasto océano exterior. Así se seguía imaginando el orbe cuando entre los siglos XIII y XV se elaboraron en Europa unas detalladas cartas náuticas, los portulanos, en las que innumerables líneas rectas unían los puertos conocidos. Líneas que los navegantes podían seguir gracias a una nueva maravilla: la brújula magnética. Mientras tanto, en el siglo XV, de la Constantinopla amenazada por los turcos llegó a Europa la Geografía de Ptolomeo, que espoleó las navegaciones de portugueses y españoles, deseosos de alcanzar las riquezas asiáticas.

 

El mapa de Peutinger

El mapa de Peutinger

El mapa de Peutinger. La Biblioteca Nacional de Viena atesora un mapa de casi 7 m de longitud que representa el mundo conocido a finales del Imperio romano, en el siglo IV d.C.; en esta parte, abajo, se ven el delta del Nilo y una torre: el Faro de Alejandría.

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Así, entre los siglos XV y XVI, aquel mundo cerrado sobre el Mediterráneo abrió sus puertas de par en par y un nuevo continente, América, surgió de la nada. Sus costas, como las de África y las del Asia más lejana, fueron perfilándose en los mapas renacentistas, unidas por líneas rectas como las de los portulanos. Sin embargo, aquellas líneas que debían orientar a los marinos también podían alejarlos de su destino, porque no tenían en cuenta la curvatura de la Tierra. 

El holandés Gerard de Kremer (que latinizó su apellido, «comerciante», como Mercator) halló la solución a este problema con la proyección que lleva su nombre, ideada para su mapamundi de 1569: en él, los meridianos
se sitúan a intervalos regulares, pero los paralelos se van aproximando proporcionalmente a medida que se alejan de los polos. Ahora, la cuadrícula milenaria heredada de los griegos se adaptaba a la superficie del planeta como una fina piel geométrica, y en ese gigantesco damero los navegantes pudieron moverse con seguridad cuando en 1765 dispusieron del cronómetro, que permitía determinar con precisión la longitud geográfica, es decir, la distancia entre un lugar y un meridiano determinado. Así empezó a completarse el atlas de la Tierra.

Ptolomeo, en el renacimiento

Ptolomeo, en el renacimiento

Ptolomeo, en el renacimiento. El cartógrafo alemán Nicolaus Germanus, del siglo XV, fue autor de mapas ptolemaicos que se popularizaron con grabados como este. Biblioteca Nacional de Polonia. Varsovia.

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El pasado del mundo

Ese caudal de conocimientos nos permite hoy mostrar el mundo tal como es. Aproximadamente, eso sí, porque las representaciones cartográficas del planeta siempre presentan algún tipo de deformación, ya que estamos acomodando una realidad esférica a una superficie plana. 

Pero no solo se cartografía el mundo tal como es; también podemos representar el ayer. La cartografía es tanto el idioma de la geografía como una de las múltiples voces de la historia. Con frecuencia, los artículos de Historia National Geographic contienen mapas históricos que permiten situar en el espacio los hechos que relatamos, desde expediciones marítimas como las de Vasco de Gama o Elcano hasta batallas como las de Cannas o Waterloo, o la extensión de imperios como el romano o el de los conquistadores mongoles.

Los mapas históricos son la brújula que nos permite navegar por el amplio territorio del pasado. Y os queremos invitar a subir a nuestro barco. En este número, para conmemorar los 20 años de Historia NG, hemos preparado nueve mapamundis históricos que muestran la evolución de las sociedades humanas a lo largo de varios milenios. Nuestro viaje arranca cuando ya se había producido la separación de nuestra especie, Homo sapiens, a raíz del poblamiento de América. Desde hace unos 12.000 años, las sociedades americanas, separadas de las demás por dos vastos océanos, evolucionaron a su propio ritmo perfectamente adaptadas al medio natural, pero sujetas a unos límites tecnológicos que las pusieron a merced de los europeos cuando estos llegaron manejando los elementos que forjarían su dominio del globo: los cañones y las naves oceánicas. 

La superioridad científica y tecnológica del Viejo Mundo sellaría el destino de aquel Nuevo Mundo, como pasaría con África y Asia desde finales del siglo XVIII, cuando un Occidente inmerso en la Revolución Industrial superó a Estados vastos, venerables y antaño poderosos, como los imperios otomano o chino. Una misma línea une la batalla de Lepanto, donde el almirante turco Alí Pachá murió en 1571 de un tiro mientras peleaba a flechazos con los cristianos, y la primera guerra del Opio (1839-1842), en la que los juncos chinos, pobremente armados, eran presa fácil de la flota británica, que incluía una nave para ellos invencible: el HMS Nemesis, la primera fragata de hierro a vapor de la historia.

Navegar con los astros 

Navegar con los astros 

El rey Felipe II llegó a coleccionar unos 137 astrolabios como el que vemos aquí, de 1566. Estos instrumentos permitían a los marinos estimar la latitud a partir de la posición relativa de los astros. 

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A los avances militares se les sumaron otros no menos importantes: los médicos, que permitieron a los occidentales desafiar enfermedades que devastaban los países situados en la zona intertropical del planeta, entre ellas la temible malaria, que, por ejemplo, había detenido su penetración en África. La quinina, que permitía tratarla, fue tanto o más importante que armas como las ametralladoras empleadas por los británicos contra los derviches en Omdurmán, en 1898: si los primeros perdieron menos de 50 hombres, de los segundos murieron unos 10.000. 

Y aquí se detienen nuestros mapas: en 1914, cuando los europeos que dominaban el mundo iban a probar su propia medicina, mucho más amarga que la quinina. Ahora serían los ciudadanos de las potencias coloniales quienes comprobarían el abrumador y destructivo poder de la tecnología que les había dado el dominio del globo: la Gran Guerra estaba a punto de llamar a las puertas de Europa. 

Pero esa ya es otra historia. 

Mapamundi de Juan de la Cosa

Mapamundi de Juan de la Cosa

Mapamundi de Juan de la Cosa, datado en 1500 en el Puerto de Santa María (Cádiz) y conservado en el Museo Naval de Madrid. Juan de la Cosa participó en los viajes primero y segundo de Colón, y en 1499 fue piloto mayor en la expedición de Alonso de Ojeda que recorrió las costas de la actual Venezuela.

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La primera representación de américa 

El marino Juan de la Cosa realizó este mapamundi sobre pergamino fechado en 1500. Es el primero en el que aparecen los territorios recién descubiertos en el otro lado del Atlántico, a la izquierda, donde se representó a san Cristóbal en alusión a Cristóbal Colón. El mapa debió de ser un encargo del obispo Juan Rodríguez Fonseca para mostrar a los Reyes Católicos los nuevos descubrimientos en relación con las tierras ya conocidas. Recoge las aportaciones de Colón en sus viajes de 1492, 1493 y 1498, y las de Ojeda, Vespucio, el propio Juan de la Cosa, Vicente Yáñez Pinzón y Juan Caboto. El contorno de África está dibujado según los descubrimientos de Vasco de Gama (1497-1499); es la primera vez que este continente se plasma orientado en dirección norte/sur, y no según la tendencia heredada de Ptolomeo de representarlo distorsionado en dirección noroeste/sureste.

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El mapa Kangnido

China, en el centro del mundo

China, en el centro del mundo

En este mapa se plasmó la voluminosa información geográfica compilada por los cartógrafos de la corte china durante el siglo XIV. Se conservan varias versiones, la principal de las cuales es la que vemos aquí; pintada sobre seda, se guarda en la biblioteca de la Universidad de Ryukoku, en Kioto, y mide 171 x 164 cm.

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Los europeos no eran los únicos que se interesaban por el mundo allende sus fronteras. Antes de las grandes expediciones del almirante chino Zheng He (1405-1435), patrocinadas por los emperadores de la dinastía Ming, China había reunido mucha información sobre el mundo más allá del océano Índico. El primer emperador Ming, Hongwu, encargó un mapa del mundo cuya versión más famosa, el Kangnido, se realizó en 1402. El mapa muestra una Corea sobredimensionada y a China en el centro del mundo conocido, con sus grandes ríos y su Gran Muralla. El resto de Asia Oriental aparece lejos de sus posiciones reales y a tamaño muy reducido: Indonesia y las Filipinas son una línea de puntos, y solo la península malasia es reconocible. La información para el mapa provenía de los geógrafos árabes, algo corroborado por la silueta bien definida de la península arábiga y el mar Rojo. El mapa indica un buen conocimiento de África antes de los viajes de Zheng He; su silueta, aunque muy minimizada, muestra de forma inequívoca que se podía navegar más allá de su extremo sur. Sobre África aparecen un Mediterráneo comprimido y un puñado de países mediterráneos: en el sur destacan Marruecos y Egipto, y, en el norte, Alemania, Francia, Italia, Grecia y España, llamada I-su-pan-ti-na, transcripción de Hispania.

Emperador Hongwu

Emperador Hongwu

El emperador Hongwu (1368–1398), en una representación idealizada, fue quien encargó el mapa Kangnido.

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Hace entre 12.000 y 5.000 años

Del Neolítico a los primeros Estados

Hace entre 12.000 y 5.000 años

Hace entre 12.000 y 5.000 años

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Cartografía: Eosgis.com

En torno a 12.000 años atrás, cuando el final de la última glaciación ha dado paso a un ambiente más benigno, la vida de los seres humanos empieza a experimentar cambios graduales vinculados a la domesticación de diversas especies animales y vegetales, cambios que desembocarán en una verdadera revolución. Durante este período, que conocemos como Neolítico, la ganadería y la agricultura irán adquiriendo envergadura en diferentes lugares del globo hasta transformar la vida social. Poco a poco, la humanidad dejará atrás la forma de vida de los cazadores-recolectores para hacerse sedentaria, atada a sus campos de cultivo y a sus animales, en un proceso que conducirá al surgimiento de las primeras ciudades, a la división del trabajo, a los cultos organizados y a la aparición de gobernantes sacralizados. Esta evolución es más temprana en las cuencas de los grandes ríos: el Nilo en África, el Tigris y el Éufrates en Mesopotamia, el Indo y, en China, los ríos Amarilllo y Yangtsé. No es casualidad que la escritura, imprescindible para el funcionamiento de una sociedad compleja, surja por primera vez hacia 3000 a.C. en las civilizaciones fluviales de Mesopotamia, y Egipto, donde el nacimiento del Estado se manifiesta, por ejemplo, en la capacidad de los faraones para movilizar una cantidad ingente de recursos destinados a la construcción de las pirámides.

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Siglo VIII a.C. - 476 d.C.

El esplendor del mundo clásico

800-476 a.C.

800-476 a.C.

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Cartografía: Eosgis.com

El período entre el final de la Edad Oscura de Grecia y la deposición del último soberano del Imperio romano de Occidente por un caudillo bárbaro, en 476 d.C., es el del surgimiento en Eurasia de las grandes construcciones políticas que moldearán el futuro. En el ámbito mediterráneo, la fragmentación de la Grecia clásica da paso al imperio de Alejandro Magno, que al derrotar a los persas aqueménidas se extiende sobre la planicie irania, nexo de unión con la India, Insulindia y China, las tierras de las especias y la seda. Quien domine aquella región tendrá la llave de las rutas comerciales terrestres que unen el Lejano Oriente y el Mediterráneo, y esa será la fuerza de partos y sasánidas. La pugna por el dominio del Mediterráneo se saldará con el triunfo de Roma, primero sobre Cartago y luego sobre los reinos helenísticos sucesores de Alejandro. A través de Roma, el cristianismo deviene religión dominante en Europa, mientras que los imperios de Asoka y los Gupta en la India encarnan la fuerza del budismo y el hinduismo, respectivamente. Más allá nace el Imperio chino, que los Han extienden hacia Asia Central. La prosperidad de China y Roma es un reclamo para quienes viven en su exterior; no es raro que uno y otro fortifiquen sus fronteras, pero las del Imperio romano de Occidente no resisten la presión de los pueblos bárbaros, empujados tamién por pueblos de las estepas como los hunos.

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476-1000

El final del mundo Antiguo

476-1000

476-1000

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Cartografía: Eosgis.com

Desaparecido el Imperio romano de Occidente, la Iglesia desempeñará un papel decisivo a la hora de mantener unida la vieja área cultural romana, ahora fragmentada políticamente. Sin embargo, el ideal de un imperio cristiano de Occidente no ha muerto: la voluntad de reconstruirlo cristaliza en el edificado por Carlomagno (cuya desmembración será el sustrato de las futuras Francia y Alemania) y, más tarde, en el Sacro Imperio Romano Germánico. Entre los siglos VII y X, esta cristiandad latina se verá asediada por la expansión del Islam y por las invasiones de escandinavos (vikingos) y húngaros. El mundo musulmán se convierte en el nuevo eje de Eurasia, conectando el norte de África, el Próximo Oriente y Asia Central, mientras que, en su expansión continental, los escandinavos alumbran principados eslavos de los que nacerá la Rus de Kiev, semilla de la futura Rusia. Resisten dos enclaves de la Antigüedad. Uno es Bizancio, el Imperio romano de Oriente, que se convertirá en un estado de lengua griega y religión ortodoxa; perdurará hasta 1453, parapetado tras los imponentes muros de su capital, Constantinopla, construidos por Teodosio, que resisten las acometidas de ávaros, sasánidas, musulmanes y búlgaros. El otro es el Imperio chino, que bajo los Tang detiene la expansión islámica a orillas del río Talas (751).

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1000-1250

Riqueza, fe y guerra: cristianos y musulmanes

1000-1250

1000-1250

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Cartografía: Eosgis.com

Dos grandes manchas de color tiñen las orillas opuestas del Mediterráneo: una corresponde al mundo cristiano, al norte, y la otra, al sur y al este, indica la extensión del mundo musulmán. Este es incomparablemente más rico: las vías que cruzan el Sahara lo conectan con las fuentes del oro africano, y las rutas terrestres por Asia y marítimas por el Índico lo enlazan con China y sus sedas, con la India e Insulindia y sus especias. Este mundo musulmán, urbano y rico, de ciudades populosas, contrasta vivamente con los muy limitados lujos de la Europa feudal y rural, que en 1095 lanza contra él las cruzadas, expediciones militares que combinan la militancia religiosa y el afán de botín; un celo religioso semejante mueve a las poderosas dinastías norteafricanas de los almorávides y los almohades, que llevan la guerra santa a la península ibérica. Que la fe no es lo único que mueve a los cruzados queda claro cuando la cuarta cruzada se desvía en 1204 de su camino a Tierra Santa para atacar y conquistar Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, cristiano pero ortodoxo, que bajo los cruzados se convierte en el Imperio latino. La opulencia de las sociedades urbanas de Oriente no solo tienta a los cruzados: también despertará el apetito del caudillo mongol Gengis Khan, que convertirá en blanco de sus ejércitos a la China Song o el imperio de los ilkhanes persas.

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1250-1450

La conexión entre oriente y occidente 

1250-1450

1250-1450

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Cartografía: Eosgis.com

En estos siglos de la Baja Edad Media parece que la historia de Europa sea la de un fracaso: los cruzados han sido expulsados de Tierra Santa (1291); los reinos cristianos se enfrentan en contiendas devastadoras, como la guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra; se suceden las revueltas sociales y sobreviene una calamidad abrumadora: la Peste Negra, que termina con un tercio o más de su población. Por contra, más allá del Viejo Mundo aparecen o se consolidan grandes entidades políticas: los imperios azteca e inca en América, el de Mali y el de los mamelucos en África, y, sobre todo, el colosal Imperio mongol, que bajo Kublai Khan, nieto de Gengis y fundador de la dinastía Yuan, culmina la conquista de China. Con la estabilidad que asegura el poder de los grandes khanes, la Ruta de la Seda vive su edad dorada; el veneciano Marco Polo dará testimonio de ello. Pero no solo florece el tráfico terrestre: también lo hace el marítimo, con el Índico convertido en un vasto haz de rutas comerciales que unen China y la costa africana, por las que viajan mercancías, peregrinos budistas, hindúes o musulmanes y por donde, entre 1405 y 1433, navegan los inmensos juncos del almirante Zheng He, representante de los Ming, sucesores de los Yuan, a los que han expulsado de China. Mientras, Enrique el Navegante impulsa los viajes de descubrimiento de las carabelas portuguesas en el Atlántico.

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1450-1550

Una nueva era para los viajes transoceánicos 

1450-1550

1450-1550

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Cartografía: Eosgis.com

Este es en Europa el tiempo del Renacimiento, del arte de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel, de la teoría política de Maquiavelo, de la recuperación de los textos clásicos grecorromanos. Una época de apertura de la mente que es también un período de exploración y descubrimiento del mundo más allá del Viejo Continente. La búsqueda de las preciadas especias de Asia lleva a los portugueses a bordear África hasta la India, y conduce a Colón a un continente desconocido, a esas Indias cuyos dos grandes imperios –el de los aztecas y el de los incas– caen en poder de los españoles menos de cincuenta años después del desembarco colombino. La humanidad se ha vuelto a reunir, pero no precisamente en condiciones favorables para la parte de ella que hasta ahora había permanecido ignorada… y a salvo. Solo en América los descubrimientos de ultramar se traducirán en conquista. En el resto del mundo, sobre todo en Asia, los europeos no son rival para imperios como el otomano (que en 1453 se apodera de Constantinopla, convertida en Estambul), el de los safávidas en Persia, el de los grandes mogoles de la India o el de los Ming en China. Aunque, eso sí, se arrogan el derecho a repartirse el mundo: en el tratado de Tordesillas (1494), portugueses y españoles dividen el globo en un hemisferio para cada uno.

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1550-1648

La incipiente mundialización del planeta

1550-1648

1550-1648

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Cartografía: Eosgis.com

Las guerras de religión que suceden a la Reforma protestante consumen buena parte de las energías de Europa, pero no todas: una parte se canaliza hacia el exterior. El espíritu de cruzada que permea la cristiandad hispánica se manifiesta en la fallida invasión portuguesa de Marruecos en 1578; allí perece el rey Sebastián I, origen de la cadena de acontecimientos que en 1580 reúne en Felipe II las coronas portuguesa y española, origen de ese imperio en
el que nunca se pone el Sol. En América, el afán de evangelización que acompaña la conquista del continente alumbra un experimento singular: las misiones jesuíticas o reducciones guaraníes, un intento de conciliar la expansión de la fe con la protección de las poblaciones indígenas. El celo religioso combinado con la expansión territorial no es privativo de los católicos. También se manifiesta en el mundo islámico, con las incursiones marroquíes hacia el interior de África, o en la expansión otomana, contenida en 1571 en Lepanto. Y en el mundo ortodoxo: Iván IV el Terrible, el primer zar de Rusia, encabeza, como adalid de la fe ortodoxa, la poderosa expansión del Gran Principado de Moscú que lleva a la sumisión de los kanatos de Kazán y Astracán (1552-1556) y abre el camino a la colonización rusa de Siberia. Cuando esta se complete, Rusia topará con otro imperio que se renueva: China, donde los manchúes derriban a los Ming.

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1648-1713

Viejas y nuevas potencias coloniales 

1648-1713

1648-1713

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Cartografía: Eosgis.com

Europa busca el equilibrio entre la paz de Westfalia, que en 1648 pone fin a la guerra de los Treinta Años y a las guerras de religión, y la paz de Utrecht, que en 1713 sella la hegemonía de la Francia del Rey Sol en detrimento de la España de los Austrias. En América se asientan los competidores de portugueses y españoles: franceses, ingleses y holandeses terminan con la hegemonía comercial de los primeros en el Atlántico. Y ello sucede cuando en este vasto espacio florece uno de los motores del capitalismo: el comercio triangular, en el que África, a cambio de bienes europeos, provee a América de esclavos para producir en condiciones inhumanas los productos tropicales a los que se han vuelto adictos los europeos: azúcar, tabaco, café… Este dinamismo contrasta con el aletargamiento de las viejas rutas comerciales terrestres, que han perdido su peso en beneficio de las marítimas, lo que se refleja en la pérdida de impulso de los imperios otomano, persa y de los Grandes Mogoles; el reflujo del poder otomano queda patente en su fracasado asalto a Viena (1685). Rusia y la dinastía manchú de los Qing son ahora los grandes poderes continentales de Asia, donde, como en América, portugueses y españoles pierden sus redes comerciales en el Índico y el Pacífico a manos de holandeses, ingleses y franceses.

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1850-1914

El comienzo de la era del imperialismo 

1850-1914

1850-1914

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Cartografía: Eosgis.com

En vísperas de la Gran Guerra, las fronteras se extienden por toda la superficie del planeta: en Europa y América marcan los límites de Estados independientes, pero en el resto del globo son el resultado del reparto colonial, dominado por Francia y Gran Bretaña. Alemania e Italia, países recién unificados, pugnan por no quedar rezagados en la construcción de un imperio, sinónimo de prestigio y prosperidad. Estos imperios son ultramarinos, pero no sucede lo mismo con dos enormes Estados continentales cuya frontera avanza, se consolida y se articula merced al ferrocarril: Rusia (que aún hoy es el Estado de mayor tamaño del mundo) y Estados Unidos. Si este último país considera América Latina como su esfera de influencia, lo mismo piensa Rusia de la Asia que tiene a sus pies. Pero allí chocará con dos poderosos adversarios: los británicos, que temen la presión rusa sobre la India, la joya de su imperio colonial, y Japón, con el que combate por el control de Manchuria. Japón es la única nación no occidental industrializada y capaz de derrotar a una potencia europea (Rusia, en 1905), y busca construir su propio imperio en el continente, con el dominio de Corea, Manchuria y (¿por qué no?) China. En 25 años, cuando sus apetencias territoriales se vean frustradas por EE. UU. y las potencias coloniales de Asia (Gran Bretaña, Países Bajos, Francia), el resultado será devastador.

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Este artículo pertenece al número 237 de la revista Historia National Geographic.