Los «incivilizados» son los otros

Los griegos y los bárbaros

Los griegos acuñaron el término «bárbaro» (que aún utilizamos despectivamente como sinónimo de persona inculta o cruel) para designar a los pueblos que consideraban incivilizados porque no compartían la cultura helénica.

Orfeo entre los tracios. Considerados bárbaros por los griegos, los tracios aparecen en esta crátera con el 'alopekis', un gorro de piel de zorro que conserva las orejas y el rabo del animal. Hacia 450 a.C.

Foto: BPK / Scala, Firenze

De las diferentes civilizaciones de la Antigüedad, la griega fue seguramente la menos compacta desde casi todos los puntos de vista. No ocupó un espacio bien definido mediante límites geográficos naturales como el Nilo en Egipto o los ríos mesopotámicos, y nunca tuvo unidad política ni una capital donde se concentrase la autoridad, como Menfis, Nínive o Babilonia. Ni siquiera hubo un sentimiento de pertenencia a un grupo étnico y cultural homogéneo, dadas las suspicacias que despertaban gentes como epirotas, etolios, e incluso tesalios y otras poblaciones del noroeste cuya condición de griegos se hallaba en entredicho. Aún a finales del siglo IV a.C., el Periplo del Pseudo Escílax circunscribía el territorio griego propiamente dicho a la Grecia central y la península del Peloponeso.

Cronología

Los griegos y los otros

Inicios I milenio a.C.

Se instalan comunidades griegas en las costas de Asia Menor, ocupadas por pueblos como los misios o los carios.

Siglos VIII-VI a.C.

Los griegos empiezan a expandirse por todas las costas del Mediterráneo por lo cual entablan relaciones con otras culturas y poblaciones ubicadas en Sicilia, Italia, Galia, Iberia, África y mar Negro.

480-479 a.C.

Las victorias de los griegos en las batallas de Salamina y Platea favorecerán la aplicación casi exclusiva del término «bárbaro» a los persas.

334 a.C.

Alejandro Magno usa «bárbaro» en su campaña contra los persas para destacar que lucha contra el enemigo de los griegos.

Siglos II-I a.C.

La conquista romana de Grecia hace que los romanos sean asimilados a los «bárbaros» por los griegos.

Desde el siglo I d.C.

Roma adopta la cultura griega y comparte con Grecia el sello de la civilización frente al mundo «bárbaro».

Lo que denominamos Grecia –o Hélade, según su propia definición– era un conglomerado de pequeñas comunidades desperdigadas por la parte meridional de la península balcánica y las islas del Egeo que compartían una lengua (dividida en dialectos, pero fácilmente comprensibles entre sí), un panteón divino más o menos parecido (aunque sus dioses tenían diferentes formas y advocaciones en cada lugar), una forma de vida y costumbres aparentemente muy parecidas y una serie de mitos que, como la guerra de Troya o las andanzas de Heracles, recreaban, al menos de manera simbólica, un pasado lejano compartido por todas estas comunidades.

El mapa muestra las culturas y los pueblos de Europa, Asia y África con los que los griegos trabaron relación durante su expansión por el Mediterráneo entre los siglos VIII y VI a.C.

El mapa muestra las culturas y los pueblos de Europa, Asia y África con los que los griegos trabaron relación durante su expansión por el Mediterráneo entre los siglos VIII y VI a.C.

Cartografía: Eosgis.com

Los griegos también poseyeron una acentuada visión etnocéntrica del mundo, que les hacía sentirse diferentes y superiores al resto de los pueblos de su entorno. Creían que el centro del orbe se encontraba en el santuario de Apolo en Delfos, donde se guardaba el omphalós, el ombligo del mundo, dado que fue allí donde confluyeron las dos águilas que Zeus, el padre de los dioses, había soltado desde los confines orientales y occidentales del mundo.

Ónfalo u ombligo del mundo emplazado en Delfos. Museo Arqueológico, Delfos.

Ónfalo u ombligo del mundo emplazado en Delfos. Museo Arqueológico, Delfos.

Foto: Scala / Firenze

Sin embargo, los griegos también fueron un pueblo abierto a los contactos con otras poblaciones. A comienzos del I milenio a.C., las costas occidentales de Asia Menor se llenaron de comunidades griegas que debieron compartir espacio con las poblaciones indígenas de la zona, y entre los siglos VIII y VI a. C. se extendieron por todas las costas mediterráneas, entraron en relación con otras culturas y aumentaron sus conocimientos acerca de otras formas de vida y costumbres.

Los griegos no eran un caso especial, ya que formaban parte de un amplio conglomerado de pueblos como los fenicios, los chipriotas o los etruscos, que recorrían las rutas marítimas y realizaban todo tipo de intercambios a través de una red de emporia, puertos cosmopolitas donde un santuario local garantizaba las transacciones. Esta fluida situación no evitó los conflictos territoriales, que quizás aparecen ya reflejados en la guerra de Troya o en mitos como los viajes de Heracles hasta el estrecho de Gibraltar o la isla de Eritía, dominio del gigante Gerión, ni tampoco el surgimiento entre los griegos de cierto sentimiento de superioridad frente a las otras culturas, contempladas desde la distancia o desde el simple exotismo como algo ajeno y extraño a la norma de la civilización que, por supuesto, encarnaban ellos mismos.

Mujer etrusca. Ritón etrusco en forma de cabeza femenina, obra del ceramista Charinos. 550-530 a.C. Museo Nacional Etrusco, Tarquinia.

Mujer etrusca. Ritón etrusco en forma de cabeza femenina, obra del ceramista Charinos. 550-530 a.C. Museo Nacional Etrusco, Tarquinia.

Foto: AKG / Album

Los helenos simplificaron los nombres de todos aquellos pueblos a pesar de su diversidad, y construyeron estereotipos abusivos sobre su conducta y costumbres a pesar de las intensas relaciones que mantenían con ellos. Así, llamaron tracios a todos los pueblos que habitaban el norte del Egeo y buena parte de la actual Bulgaria, a los que caracterizaron de forma genérica por sus particulares peinados en cresta, sus tatuajes o sus gorros hechos con piel de zorro. Y usaron el término «escitas» para denominar a todas las poblaciones nómadas que vivían en las estepas situadas al norte del mar Negro, cuya imagen prototípica quedó limitada a su vestimenta multicolor, con pantalones incluidos, a su condición de arqueros y a su proverbial ferocidad.

Guerreros escitas. En este recipiente de electro (una aleación de oro y plata), un artista griego los representó con sus característicos pantalones y gorro picudo. Siglo IV a.C., Museo del Hermitage, San Petersburgo.

Guerreros escitas. En este recipiente de electro (una aleación de oro y plata), un artista griego los representó con sus característicos pantalones y gorro picudo. Siglo IV a.C., Museo del Hermitage, San Petersburgo.

Foto: Bridgeman / ACI

A los propios fenicios, que compartieron con los griegos empresas como la exploración del extremo occidente mediterráneo o la estancia conjunta en la isla de Pitecusas (la actual Isquia, en el golfo de Napoles), les dieron una denominación completamente extraña a ellos (en griego, «fenicios» significa «los de la púrpura») y los definieron por la rapacidad y mala fe que usaban en sus intercambios.

Una mirada oriental. Este colgante (quizás un amuleto) está hecho de pasta vítrea procedente del Levante mediterráneo, lo que indica que se trata de una manufactura fenicia.

Una mirada oriental. Este colgante (quizás un amuleto) está hecho de pasta vítrea procedente del Levante mediterráneo, lo que indica que se trata de una manufactura fenicia.

Foto: DEA / Album

Los griegos y los otros

Los egipcios, mucho más avanzados y civilizados que los griegos, también recibieron una designación griega: el nombre de Egipto proviene de Aekeptos, transliteración en griego de Hat Ka Ptah (La Casa del Alma de Ptah), como los egipcios llamaban al gran templo del dios Ptah en Menfis. Además, fueron calificados como seres exóticos por sus costumbres completamente anómalas, dado que además intercambiaban los roles habituales de hombres y mujeres. En efecto, Heródoto anotó que las mujeres iban al mercado mientras los hombres tejían en casa; que éstos llevaban las cargas sobre la cabeza, y las mujeres, sobre los hombros; que las hijas, no los hijos, eran quienes debían mantener a los padres, e incluso que las mujeres orinaban de pie y los hombres en cuclillas. Por si fuera poco, los egipcios adoraban a extraños dioses y momificaban a los muertos, incluidos los animales. Los etruscos tampoco salieron mejor parados, ya que los griegos los definieron a través de su abominable crueldad con los cautivos y la excesiva liberalidad de sus mujeres.

El dios Geb en una pintura del siglo VII a.C., la época de los faraones saítas. En este período los griegos se instalaron en Egipto, donde fundaron la colonia de Náucratis, en el delta del Nilo.

El dios Geb en una pintura del siglo VII a.C., la época de los faraones saítas. En este período los griegos se instalaron en Egipto, donde fundaron la colonia de Náucratis, en el delta del Nilo.

Foto: DEA / Album

Por otra parte, los griegos utilizaron el término «bárbaro» para designar de forma general y peyorativa a todos los demás pueblos con independencia de su grado de civilización. Aunque se discute el origen de esta palabra, la mayoría se inclina por su significado onomatopéyico, ya que designaba a todos los que hablaban de una forma ininteligible (para un griego, claro), de manera que lo que decían parecía una especie de balbuceo incoherente: bar bar… La primera vez que aparece el término en la literatura griega es para calificar como barbaróphonoi a los carios de Asia Menor, pese a que colaboraron estrechamente con los griegos como mercenarios de los reyes saítas de Egipto en el siglo VII a. C.

Pero fueron los persas quienes prácticamente acapararon este término tras invadir el territorio griego durante las guerras médicas, hasta el punto de que se convirtió en la forma habitual de designarlos como el enemigo ancestral de la Hélade y el principal peligro para su subsistencia. El orador Isócrates utilizó esta palabra en el siglo IV a.C. en sus alegatos para tratar de unir a los griegos contra aquel enemigo común, y con esta misma intención lo emplearon también los monarcas macedonios, primero Filipo II y después su hijo Alejandro Magno, para maquillar su campaña de conquista de Asia, presentándola como una guerra de venganza contra las ofensas del bárbaro ancestral, el persa.

Puerta de todas las naciones.Jerjes I, el rey persa cuya invasión de Grecia conocemos como segunda guerra médica (480-479 a.C.), levantó esta construcción en Persépolis, la capital de su imperio.

Puerta de todas las naciones.Jerjes I, el rey persa cuya invasión de Grecia conocemos como segunda guerra médica (480-479 a.C.), levantó esta construcción en Persépolis, la capital de su imperio.

Foto: Mohammad Nouri / Alamy / ACI

Las guerras médicas propiciaron el interés por los persas, que se tradujo en los denominados persiká, relatos que describían su historia y sus costumbres retratándolos como una civilización decadente y débil, cuyos rasgos definitorios eran la desmesurada afición al lujo de sus monarcas, el carácter indolente y servil de sus súbditos, el papel destacado de mujeres y eunucos en la corte (controlando incluso las riendas del poder), y la cobardía e incompetencia de sus ejércitos.

Xenofobia, pero no racismo

A pesar de sus indiscutibles tintes xenófobos, el término «bárbaro» no incluyó casi nunca connotaciones de carácter racista. Referido principalmente a la lengua, implicaba la ausencia entre los bárbaros del discurso articulado e inteligible que permite comprender el orden del mundo.

Además de la lengua, los rasgos que separaban radicalmente al griego del bárbaro eran la indumentaria exterior, de apariencia generalmente exótica, el antagonismo político entre las gentes libres y las sometidas al dominio de un monarca y las diferentes formas de combate, que solían decantar la victoria del lado griego. El color o el tinte de la piel resultaban prácticamente irrelevantes. A fin de cuentas, los etíopes (término griego que significa «rostros quemados por el sol») eran considerados en pleno siglo V a.C. los más hermosos y esbeltos de los hombres, habitantes de un entorno idealizado de los confines meridionales del orbe, y las gentes de color aparecían representadas en la cerámica ateniense sin aparentes rasgos denigratorios. De hecho, el término «bárbaro» se empleó como calificativo denigratorio de colectivos como los propios macedonios, a quienes desde muy temprano los griegos consideraron ajenos a su linaje; el orador ateniense Demóstenes usó el término «bárbaro» para vituperar continuamente a Filipo y a su hijo.

Más tarde, durante el período helenístico, este término se aplicó principalmente a los celtas, convertidos en un auténtico peligro para las ciudades griegas tras su incursión contra el santuario de Delfos en el siglo III a.C. y su posterior instalación en el centro de Asia Menor.

Griegos contra celtas. El Sarcófago Amendola muestra en sus relieves la lucha entre griegos y gálatas, como se llamaba a los celtas asentados en Asia Menor. Siglo II d.C. Museos Capitolinos, Roma.

Griegos contra celtas. El Sarcófago Amendola muestra en sus relieves la lucha entre griegos y gálatas, como se llamaba a los celtas asentados en Asia Menor. Siglo II d.C. Museos Capitolinos, Roma.

Foto: DEA / Scala, Firenze

Un caso complejo a la hora de aplicar la definición de «bárbaro» fue el de los romanos. Su primera aparición en suelo griego, durante la primera guerra macedonia, con su dedicación a la violencia y al saqueo, no fue una buena carta de presentación y se los asimiló a los otros bárbaros que habitaban Occidente. Esta situación cambió a raíz de la imposición de la hegemonía de Roma sobre el Mediterráneo, de la adopción de la cultura griega por sus élites y de los intentos de algunos intelectuales griegos de asimilar Roma como una ciudad griega a través de relatos míticos que situaban su origen en la guerra de Troya. Así, Roma pasó a compartir con Grecia el sello de la civilización frente a un mundo exterior bárbaro y hostil, que sólo podía ser civilizado mediante su conquista.

La curiosidad griega por los otros pueblos siempre tuvo grandes limitaciones. Desde la Odisea, los «otros» eran siempre gentes extrañas, hostiles y poco fiables que no respetaban normas más elementales de convivencia, como la ley de hospitalidad, o que no sacrificaban adecuadamente a los dioses. Frigios, tracios, escitas y gentes de otras procedencias constituyeron una parte importante del mercado de esclavos que ejercían funciones serviles en Atenas y eran objeto constante de burla y parodia en las comedias por su tosco comportamiento. La diferencia esencial entre ellos y los griegos se fundamentó incluso en criterios aparentemente científicos, explicándola por la influencia de un clima y un entorno físico que generaban en sus habitantes un comportamiento poco decidido y servil.

Tracia, país bárbaro. Jinete tracio luchando contra un oso en un fragmento de plata sobredorada perteneciente al tesoro de Letnitsa (Bulgaria). Siglo IV a.C.

Tracia, país bárbaro. Jinete tracio luchando contra un oso en un fragmento de plata sobredorada perteneciente al tesoro de Letnitsa (Bulgaria). Siglo IV a.C.

Foto: Alamy / ACI

La visión negativa de los otros, generalmente hostil, despreciativa y distante, se vio favorecida por la superioridad militar griega, que facilitó la ocupación de algunos territorios «bárbaros» durante el período de expansión en ultramar; por el uso consumado de todo tipo de artimañas (no hay que olvidar que el astuto Ulises era uno de los héroes griegos más valorados), y por la admiración que las élites indígenas demostraron hacia los productos griegos más sofisticados, como la cerámica, o hacia las imponentes construcciones que levantaban los helenos.

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Gobernar con los bárbaros

Se dice que Alejandro desoyó el consejo de su maestro Aristóteles de tratar de manera diferente a griegos y bárbaros y se inclinó más hacia la consideración personal y moral de unos y otros, eliminando aquella barrera infranqueable. En tal sentido, los matrimonios mixtos que él mismo propició y la inclusión de contingentes indígenas en sus tropas avalarían esta política conciliadora entre vencedores y vencidos. Pero ello no respondía a motivos ideológicos: Alejandro comprendió que sólo la colaboración de las élites indígenas y el uso de la administración fiscal imperante hasta entonces permitirían controlar el vasto imperio que acababa de conquistar.

Bodas de Susa, entre conquistadores macedonios y aristócratas persas, en 324 a.C.

Bodas de Susa, entre conquistadores macedonios y aristócratas persas, en 324 a.C.

Foto: Tom Lovell / National Geographic Image Collection

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El ideal del buen salvaje

La ideología del bárbaro tuvo también una faceta más idealista y positiva en la cultura griega. Ya desde el principio hubo quienes miraron a los otros pueblos, sobre todo los más lejanos, con cierta envidia y hasta con simpatía. En contraste con la visión mucho más negativa predominante, características como una forma simple de vida –sin todas las complejidades y conflictos que implicaba una organización social más estructurada–, la dependencia armoniosa de la naturaleza –que evitaba la codicia y las diferencias sociales– o un sentido proverbial de la justicia se aplicaron a pueblos remotos como los etíopes y los hiperbóreos, como reflejó Heródoto en el siglo V a.C., e incluso a los escitas por parte del historiador Éforo de Cumas cien años después. A partir de aquí, el mayor conocimiento del mundo en el posterior período helenístico facilitó la invención de lugares utópicos donde las condiciones de vida contrastaban positivamente con las de los griegos.

Joven etíope. Estatuilla griega en bronce. Siglos III-II a.C. Museo Metropolitano, Nueva York.

Joven etíope. Estatuilla griega en bronce. Siglos III-II a.C. Museo Metropolitano, Nueva York.

Foto: Met / Scala, Firenze

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Bárbaros, amazonas, centauros y gigantes

A través de diversos episodios mitológicos, los griegos representaron de manera indirecta la lucha contra los bárbaros y la derrota de éstos, que equivalía a la victoria de la civilización sobre el caos.

Combate entre lapitas y centauros; en el suelo hay una mujer caída. Siglo V a.C. Museo Arqueológico Etrusco, Florencia.

Combate entre lapitas y centauros; en el suelo hay una mujer caída. Siglo V a.C. Museo Arqueológico Etrusco, Florencia.

Foto: Scala / Firenze

Los helenos representaban sus victorias sobre otras naciones con escenas de la Centauromaquia, la Amazonomaquia y la guerra de Troya, temas que aparecen en las metopas del Partenón, conmemorando la victoria sobre los persas en las guerras médicas. También se representa la Gigantomaquia, la victoriosa lucha entre los dioses y los gigantes, que se muestra tanto en el Partenón como en el altar erigido por los reyes de Pérgamo para celebrar sus victorias sobre los gálatas, los celtas asentados en Asia Menor. Tales episodios fueron profusamente representados en los relieves que decoraban los templos y en las pinturas sobre cerámica. Sobre estas líneas, vemos un momento de la Centauromaquia, el combate que se entabló entre los centauros y los lapitas el día de la boda del rey de éstos, Pirítoo, con Hipodamía, a la que los centauros intentaron raptar. Bajo estas líneas, en otro recipiente, aparece uno de los momentos culminantes de la Amazonomaquia, la lucha de los griegos contra las amazonas: el héroe Aquiles hunde su lanza en el cuerpo de Pentesilea, la reina de aquellas temibles mujeres guerreras.

Aquiles da muerte a Pentesilea, la reina de las amazonas. Vaso del pintor Exequias. Siglo VI a.C. Museo Británico, Londres.

Aquiles da muerte a Pentesilea, la reina de las amazonas. Vaso del pintor Exequias. Siglo VI a.C. Museo Británico, Londres.

Foto: Scala / Firenze

Este artículo pertenece al número 214 de la revista Historia National Geographic.

Para saber más

Delfos, el oráculo del dios Apolo

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