Urbanismo e Ilustración

El Gijón de Jovellanos, una capital ilustrada

Relegado a Asturias por orden del gobierno, Jovellanos impulsó en su ciudad natal una gran reforma urbanística y un Instituto de enseñanza basado en los ideales ilustrados.

Playa de San Lorenzo en Gijón, con la iglesia de San Pedro al fondo, reconstruida tras la guerra civil.

Playa de San Lorenzo en Gijón, con la iglesia de San Pedro al fondo, reconstruida tras la guerra civil.

Foto: Andrea Pistolesi / Getty Images

El 5 de enero de 1744 nacía en Gijón Gaspar Melchor de Jovellanos, séptimo hijo de Francisco Jovellanos Carreño y Francisca Jove Ramírez, contando sólo los que sobrevivieron. El padre, de familia noble como su esposa, ejercía el cargo de alférez mayor de la villa, que le otorgaba la más alta representación civil en las ceremonias locales, y completaba sus ingresos con el arriendo de algunas caserías que poseía en el entorno y de una de las tres ferrerías que había en Asturias.

Portada de una edición de las obras de Jovellanos.

Portada de una edición de las obras de Jovellanos.

Foto: M. C. Esteban / Photoaisa

Tras concluir su formación, Parín –como lo llamaban en la familia– emprendería una fulgurante carrera en el mundo de la justicia, la cultura y la política. Durante diez años y medio ejerció como juez en Sevilla, hasta que en 1778 se trasladó a Madrid, con el nombramiento de juez de Casa y Corte, y aquí pronto fue elegido miembro de todas las academias oficiales. Desde estos puestos, Jovellanos elaboró diversos planes de reforma inspirados por las ideas ilustradas, plasmados en sus informes sobre «el libre ejercicio de las artes», la instrucción pública, los estudios universitarios o la Ley agraria. Paralelamente, se ganó reconocimiento como literato y trabó relación con los más destacados escritores y artistas de su época.

Regreso al hogar

Pese al largo tiempo que pasó en Andalucía y Madrid, Jovellanos mantuvo continua preocupación por su región natal, como demuestra el informe que escribió en 1781 Sobre los medios de promover la felicidad de Asturias. Pero fue en 1790 cuando ese vínculo se renovó de verdad. En ese año, Jovellanos fue enviado a Gijón con la misión de investigar las minas de carbón de la región y coordinar el trazado de la carretera con Castilla. La corte lo quería lejos porque, en realidad, se trataba de un destierro encubierto: tenía instrucciones de no regresar sin permiso expreso. Permaneció en Asturias hasta 1801, excepto los nueve meses como ministro de Gracia y Justicia (1797-1798). Una época de exilio que aprovechó para impulsar en su ciudad y su región natales toda clase de reformas inspiradas en las ideas de la Ilustración.

El plan urbanístico

En la España de finales del siglo XVIII, con una población total en torno a diez millones de habitantes, destacaban cuatro ciudades: Madrid, con 165.000 habitantes, y Valencia, Barcelona y Sevilla, que superaban los 80.000. Las ciudades asturianas estaban lejos de estas cifras. A través de una de las cartas de Jovellanos conocemos precisamente que «en 1793, Oviedo tiene 6.600 almas y Gijón 6.300». Pese a ello, en el siglo XVIII tanto Gijón como Oviedo experimentaron un crecimiento demográfico. En Gijón, este desarrollo exigía una expansión urbanística que las condiciones geográficas hacían difícil, pues el núcleo urbano estaba circundado por un gran arenal y unos extensos humedales.

En 1790, Jovellanos fue enviado a Gijón con una misión que era un destierro encubierto

Tras estudiar a fondo el problema, Jovellanos elaboró un «Plan de mejoras de Gijón». Como consejero de Estado experimentado, previó que las obras se financiaran mediante el impuesto ya existente sobre la sidra. De este modo, las cuatro tabernas de sidra del núcleo urbano y las doce tabernas de vino del concejo contribuirían sin quizá saberlo. El plan urbanístico era muy detallado. Para contener el empuje de las olas era preciso prolongar el «paredón», llamado actualmente «el Muro» o paseo de la playa de San Lorenzo. También había que levantar una cerca, capaz de reducir las arenas que los vientos del nordeste arrojan tan a menudo sobre la villa. Hacia el suroeste de esa planicie, que conectaría con el barrio de La Calzada, debían rellenarse bien los humedales.

En la puerta de la villa, a la que llegaba la carretera de Oviedo a Gijón inaugurada recientemente por él mismo, don Gaspar previó la construcción de un arco de triunfo, de cuyo diseño se encargó meticulosamente. Además, estableció el crecimiento futuro en calles rectas hacia Begoña y el río Piles. Para Jovellanos el arbolado urbano era esencial, hasta el punto de que multiplicó las gestiones para traer semillas de árboles nuevos, incluso de América.

Casa natal de Jovellanos, convertida en Museo de Arte Asturiano en 1971.

Casa natal de Jovellanos, convertida en Museo de Arte Asturiano en 1971.

Foto: Ivern Photo / Age Fotostock

Nuestro reformista estaba convencido de que el gran puerto que necesitaba Asturias debía situarse en Gijón, en la dársena de El Musel, al oeste de la ciudad. La instalación serviría en particular para el comercio del carbón, mineral de enorme importancia en la ya incipiente Revolución Industrial. El plan de mejoras de Jovellanos incluyó también un cementerio de nueva creación, para evitar que los enterramientos se hicieran en el interior de las iglesias, y con tal fin donó su finca de la Atalaya en Cimadevilla.

Entre todas las reformas impulsadas por Jovellanos en Gijón había una que era la «niña de sus ojos»: el Instituto. No en vano declaraba que, «para mí, la instrucción es la primera fuente de toda prosperidad social». En 1794, el Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía, instalado en la Casa del Horno que le cedió su hermano Francisco de Paula, era un sueño cumplido. Tenía como finalidad «educar buenos pilotos y mineros», pero era eso y mucho más, pues constituyó el germen de los institutos de educación secundaria y de formación profesional que sólo se generalizarían en España a mediados del siglo XIX.

La buena instrucción

Pese a innumerables obstáculos, Jovellanos sacó adelante su Instituto. Desde los primeros años, decenas de jóvenes del concejo y de otras localidades acudieron a sus aulas. En 1799 contaba con 91 alumnos repartidos en tres cursos, más un centenar de estudiantes pobres de primeras letras. Fue también don Gaspar quien redactó el plan de estudios y algunos libros de texto. Su concepción de la educación combinaba la formación científica y la humanística. En 1797, en un discurso a sus alumnos, les decía: «Las ciencias rectifican el juicio y le dan exactitud y firmeza; la literatura le da discernimiento y gusto, y le hermosea y perfecciona.»

Reformador convencido, Jovellanos advertía sobre los enemigos de una educación moderna: «Andan todavía en derredor ciertos espíritus malignos, enemigos de toda buena instrucción como del bien público [...]. Vean hoy los frutos de vuestro estudio, y enmudezcan. Porque ¿quién podrá parar los golpes que la calumnia y la envidia dan en la oscuridad?». Su plan rompía inercias seculares, pues buscaba liberar la educación de la «lógica escolástica y abstracta de nuestras universidades, sumida en una estéril esgrima de palabras».

En 1801, tras su breve etapa como ministro de Carlos IV, Jovellanos fue confinado de nuevo en Gijón. Incómodo para el régimen y considerado un cabecilla de los llamados «jansenistas», fue hecho prisionero, sin cargos. En realidad, su único delito era su integridad frente a la corrupción: «El gobierno debe desterrar de los establecimientos políticos hasta la sombra de la iniquidad», había escrito. Pasaría siete años encarcelado en Mallorca. Liberado en 1808, se sumó a la resistencia contra la ocupación napoleónica y jugó un papel esencial para que las Cortes de Cádiz se hicieran realidad. Éstas le declararían «Benemérito de la patria» tras su fallecimiento, acaecido el 28 de noviembre de 1811, cuando, con otros gijoneses, huía por barco del ataque de las tropas francesas.

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Gijón a inicios del siglo XIX

Los romanos fundaron Saxione –el Peñón– sobre el promontorio de Cimadevilla y lo amurallaron. A partir de la Edad Media, Gegione o Gijón creció entre la playa de San Lorenzo y la dársena del puerto pesquero, ocupando una planicie que las mareas cubrían a menudo.

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La felicidad de Asturias

Retrato de Jovellanos por Goya. 1783. Museo de Bellas Artes, Oviedo.

Retrato de Jovellanos por Goya. 1783. Museo de Bellas Artes, Oviedo.

Foto: Oronoz / Album

En 1781, Jovellanos escribió un Discurso económico sobre los medios de promover la felicidad de Asturias destinado a la Sociedad Económica de Amigos del País que acababa de fundarse en Asturias. Empezaba disculpándose porque, «habiendo salido del Principado en la edad de 14 años y no habiendo vuelto a verlo sino muy de paso», le faltaba un conocimiento directo de la situación. Pese a ello, elaboraba un amplio programa de fomento de la economía, que incluía la pesca, la agricultura, las manufacturas, el comercio y las comunicaciones, terminando con la enseñanza de las ciencias útiles.

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El educador

Josefa Jovellanos por Joaquín Inza. 1774.

Josefa Jovellanos por Joaquín Inza. 1774.

Foto: Age Fotostock

En 1804, desde su confinamiento en Mallorca, Jovellanos confesaba a su hermana que, aunque veía próxima la muerte, le preocupaba «el arreglo de la escuela gratuita de primeras letras para niños pobres que establecí».

Este artículo pertenece al número 216 de la revista Historia National Geographic.

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