El fin de un imperio

Francisco José de Austria, el último gran emperador

A lo largo de los 68 años que duró su reinado, mientras el mundo en torno suyo cambiaba radicalmente, Francisco José gobernaba desde su despacho un Imperio milenario que se aproximaba a su fin en la Primera Guerra Mundial.

El emperador en Budapest

Foto: Archives Charmet / Bridgeman / ACI

El 30 de noviembre de 1916, en plena Gran Guerra, toda Viena se echó a la calle para acompañar hasta la cripta de los Capuchinos (el panteón real de los Habsburgo) los restos de Francisco José I, el que había sido su emperador durante 68 años. Con él moría la Viena que valseaba alegremente mientras veía nacer el movimiento obrero, la que aplaudía o denostaba la arquitectura de Otto Wagner, la pintura de Klimt o el pensamiento de Freud, la capital de un imperio que gobernaba los destinos de media Europa.

Francisco José y Sissi

Francisco José y Sissi al principio de su matrimonio.

Foto: Austrian Archives / Scala, Firenze

Cronología

Nacido para reinar

1848

Tras la abdicación de su tío Fernando, Francisco José es proclamado emperador con apenas 18 años. Al inicio de su gobierno sigue el modelo absolutista.

1854

Francisco José se casa con su prima Elizabeth de Wittelsbach, Sissi, siete años más joven que él. Tendrán cuatro hijos, tres de los cuales llegarán a la edad adulta.

1867

Se establece la "doble monarquía imperial y real", por la que Francisco José es a la vez emperador de Austria y rey de Hungría. Se inicia una cierta liberalización política.

1916

El emperador Francisco José I muere en el palacio de Schönbrunn. Lo sucede su sobrino nieto Carlos I, que será el último soberano del Imperio Austrohúngaro.

Aquel día acabó una era, y también la trayectoria de un hombre cuya idiosincrasia iba a verse eternamente ensombrecida por la rutilante personalidad de su esposa: la emperatriz Elisabeth, la mítica Sissi. Una mujer a la que amó entrañablemente, pero a la que nunca comprendió. Conservador, metódico, de gustos sencillos, autoritario en el gobierno, pero dócil en el ámbito privado, Francisco José poco o nada tenía que ver con la liberal, intelectual y refinada Elisabeth de Wittelsbach. Eran dos personalidades opuestas que, sin embargo, acabaron por formar un tándem sólido y cómplice.

El palacio imperial

La imagen muestra el ala del palacio de Hofburg que da a la plaza de San Miguel, en Viena. Este edificio fue la sede imperial de la dinastía Habsburgo y de los emperadores de Austria durante unos seiscientos años.

Foto: Frank Lukasseck / Fototeca 9x12

Es cierto que el suyo fue un matrimonio por amor. Al menos por parte del emperador, quien, desechando a Elena de Wittelsbach, la candidata propuesta por su madre Sofía de Baviera, decidió hacer su esposa a la hermana menor de ésta: Elisabeth, «Sissi». Una muchacha de poco más de quince años que le sedujo hasta el punto de decir que estaba «enamorado como un cadete».

Sin duda, el amor reinó en los primeros años de matrimonio. Pero las tragedias familiares y la total falta de adaptación de la joven emperatriz al rígido protocolo de la corte vienesa impidieron que la unión fuera feliz. Por otra parte, Francisco José había crecido muy sometido a la autoridad materna y, tras el matrimonio, Sofía de Baviera quiso seguir siendo «el hombre fuerte de palacio» como se la conocía. En este sentido pretendió «educar» a su jovencísima nuera para convertirla en la emperatriz que se suponía debía ser.

Elizabeth de Baviera a los 15 años. Fotografía tomada por Alois Löcherer en 1853.

Elizabeth de Baviera a los 15 años. Fotografía tomada por Alois Löcherer en 1853. 

Foto: Scala / Firenze

El emperador se vio entonces envuelto en un fuego cruzado entre las dos mujeres de su vida. Una posición muy delicada que abrió una enorme brecha en el matrimonio y que se acrecentó a causa de las múltiples escapadas de Sissi de la corte. Se rumoreó sobre la posibilidad de que el emperador tuviera varias amantes, pero no hay certeza de ello. Por el contrario, siempre se mostró enamorado de su esposa hasta el punto de tolerar sus extravagantes y muchas veces costosos caprichos, así como sus largos viajes lejos de Viena.

Amistad platónica

Sabiendo de la enorme soledad de su esposo, la propia Elisabeth fomentó su relación con Katharina Schratt, una actriz del Burgtheater. La relación comenzó en junio de 1886 y parece ser que tuvo un carácter puramente platónico, al menos hasta la muerte de la emperatriz. En sus cartas a Katharina, el emperador se mostraba afable, considerado, cortés, pero sin asomo de interés amoroso o sexual. Convertida en su confidente, la vitalidad y el comportamiento afectuoso de Katharina fueron una inyección de vida para el monarca; su amiga permanecería a su lado hasta sus últimos días.

Bailando el vals

Una velada de vals en el Hofburg. Acuarela por Wilhelm Gause, de 1900. Museo Karlsplatz, Viena.

Foto: Bridgeman / ACI

Pese al distanciamiento físico que presidió buena parte de su matrimonio, Francisco José y Sissi tuvieron cuatro hijos. Sofía (muerta a los dos años), Gisela, Rodolfo y María Valeria. La relación con sus hijas fue siempre excelente. En su diario, un testimonio impagable para conocer la vida íntima de la familia real austríaca, María Valeria retrata al soberano como un padre entrañable y un abuelo capaz de emocionarse al ver a la pequeña «Erszi», la hija de Rodolfo, enlutada tras la muerte de su padre.

Sólo se mostró inflexible a la hora de autorizar sus respectivos matrimonios: el de Gisela con Leopoldo de Baviera, dado que la archiduquesa sólo tenía quince años, y el de María Valeria con el archiduque Francisco Salvador de Austria-Toscana, puesto que había planeado un posible enlace de la joven con el heredero de Sajonia o el duque de Braganza; sin embargo, la influencia de Sissi fue decisiva y Francisco José cedió en ambos casos.

La familia imperial

Francisco José y Elizabeth rodeados de sus hijos y el esposo de su hija Gisela. Acuarela por Emil Von Hartitzsch. 1872.

Foto: Austrian Archives / Scala, Firenze
Adorno de metal de un casco de Francisco José, con la doble águila imperial. 1910.

Adorno de metal de un casco de Francisco José, con la doble águila imperial. 1910.

Foto: Scala / Firenze

Inflexible con su hijo

No sucedió lo mismo a la hora de apalabrar el matrimonio de Rodolfo, su hijo y heredero, con Estefanía de Bélgica. Era un matrimonio ventajoso políticamente, pero estaba condenado al fracaso a causa de los caracteres opuestos de los contrayentes. Rodolfo carecía de las cualidades que Francisco José creía imprescindibles en un emperador: no poseía espíritu militar, estaba muy lejos de ser un católico ferviente y sus múltiples aventuras amorosas eran del dominio público.

La comprensión que el emperador había mostrado con el comportamiento atípico de Sissi no apareció en el trato con su hijo. El 30 de enero de 1889, un día después de que padre e hijo mantuvieran una agria discusión de la que nunca se supieron los motivos, Rodolfo se suicidó en Mayerling junto a su amante. Ante el escándalo, Francisco José intentó buscar la complicidad del papado y tapar las circunstancias reales de la muerte de su hijo, pero al fin tuvo que aceptar públicamente que el príncipe había terminado con su vida en un ataque de enajenación mental.

Palacio de Schönbrunn

Emplazado a las afueras de Viena, en esta residencia nació y murió Francisco José. En la imagen, su famosa Glorieta.

Foto: Reinhard Schmid / Fototeca 9x12
Un museo monumental

Escalera principal del Museo de Historia del Arte de Viena, inaugurado en 1891 por el emperador Francisco José, que lo impulsó para albergar las imponentes colecciones artísticas de los Habsburgo.  

Foto: Massimo Ripani / Fototeca 9x12

No fue la única tragedia que tuvo que soportar. En 1868, su hermano Maximiliano, efímero emperador de México, fue fusilado en Querétaro, y, en 1898, el anarquista italiano Luigi Lucheni acabó con la vida de Sissi en Ginebra. Pero el emperador siempre pudo al hombre y, según narra María Valeria en su diario, tras la muerte de la emperatriz, «se encerró en el mismo frío mutismo que cuando murió Rodolfo».

La religión del trabajo

Es evidente que la resignación era una de las cualidades del emperador, posiblemente fruto de la hondura con que vivía la fe católica. Acudía a misa diariamente, tanto durante sus estancias en Viena como cuando se encontraba en campaña. Además de las comidas y las cenas en familia, aquél era el único paréntesis que se permitía durante una jornada de trabajo.

Petaca de alpaca del emperador Francisco José I.

Petaca de alpaca del emperador Francisco José I.

Foto: AKG Images

Encerrado en sus apartamentos oficiales, Francisco José despachaba con sus ministros por la mañana y contestaba la correspondencia o estudiaba documentos por la tarde. Tal era su devoción por el trabajo que en plena luna de miel dejaba sola a Sissi en Schönbrunn para acudir cada día a Viena a ocuparse de los asuntos de Estado. No era, sin embargo, un burócrata. En lo fundamental, Francisco José I fue un soldado. La milicia, a la que se sintió vinculado desde que era un muchacho, le concedió un temperamento reflexivo y disciplinado, incluso estoico. Su estricto sentido del deber ya apuntaba cuando, el día que cumplió 15 años, escribió en su diario: «Queda poco tiempo para terminar mi educación, de modo que hay que esforzarse para mejorar».

Adicto al trabajo

Este óleo muestra al soberano en su estudio de Schönbrunn, despachando asuntos de Estado. Un retrato de su esposa Elisabeth preside la estancia. Óleo por Franz von Matsch. Museo Karlsplatz, Viena.

Foto: Bridgeman / ACI

Pese a su conservadurismo, Francisco José no permaneció ciego a los progresos de su época. Supo intuir que el ferrocarril iba a ser la gran revolución de la economía austríaca, aceptó un nuevo urbanismo que puso a Viena al nivel de las más modernas capitales europeas y presintió el papel que los medios de comunicación y de reproducción de imágenes podían tener como elemento de propaganda política. De ahí que los periodistas le acompañaran siempre en sus numerosos viajes.

Venerado y detestado

Mediante la hábil utilización de los nuevos medios de comunicacion de masas, el gobierno imperial promovió una imagen pública de Francisco José al servicio de la unidad del Imperio. En las peores crisis de Estado, el emperador aparecía en los periódicos cazando o practicando el excursionismo, lo que le vinculaba con el mundo rural. Ya en la ancianidad, su imagen cercana y bonachona caló profundamente entre los austríacos.

Apasionado de la caza

Esta postal coloreada conmemora los 60 años de reinado de Francisco José, que se cumplían en 1908.

Foto: AKG / Album
La ópera y el ring

Construida frente a la Ringstrasse, la ópera de Viena fue inaugurada en 1869. Fotografía de 1890-1900.

Foto: Mary Evans / Scala, Firenze

Sin embargo, su popularidad no fue la misma en el resto del Imperio austrohúngaro. En muchos lugares el emperador aparecía como la cara visible de la opresión que sufrían los pueblos no alemanes, desde los checos y los polacos hasta los judíos. Evidentemente, tampoco gozó del favor de los liberales. Absolutista convencido, únicamente las presiones internas y las derrotas militares le obligaron, a partir de 1867, a hacer de su gobierno una monarquía parlamentaria y a conceder una mayor autonomía a Hungría.

El mayor reproche que se ha hecho a Francisco José fue su decisión, en 1914, de declarar la guerra a Serbia tras el asesinato de su sobrino y sucesor Francisco Fernando en Sarajevo, lo que desencadenaría la Primera Guerra Mundial. En años anteriores el emperador se había mostrado a favor de la paz, pero no pudo resistir la presión de Alemania. Se embarcó en el conflicto aunque intuía que aquel sería el fin de su Imperio: «Si la monarquía debe perecer, al menos que lo haga con decencia». Nunca abdicó de sus responsabilidades ni dejó de trabajar en su despacho de Hofburg. El 21 de noviembre de 1916 amaneció con fiebre, aunque insistió en ir a misa y despachar los asuntos de Estado. Aquella misma tarde falleció. La muerte, piadosa, le evitó ver el derrumbe de un imperio al que había consagrado su vida.

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La amiga del emperador

El monarca y la actriz

Francisco José y Katharina Schratt pasean en los alrededores de la villa de Bad Ischl. Fotografía tomada en 1914.

Foto: Bridgeman / ACI

La relación entre Francisco José y Katharina Schratt no quedó oculta. La propia emperatriz Elisabeth (Sissi) sentía una enorme simpatía por la actriz, a la que agradecía que la «supliera» durante sus largas ausencias. Frecuentemente almorzaban los tres juntos y, en ocasiones, Elisabeth se mostró en público con Katharina. Una vez, encontrándose la pareja imperial pasando unas vacaciones en Cap Martin (Francia), el emperador escribió a Katharina: «Anteayer cuando tomábamos el desayuno en Chez Piermont, la emperatriz exclamó: “¡Me falta algo!”. Cuando le pregunté, me respondió: “Nuestra buena amiga debería estar aquí disfrutando de esto con nosotros”».

Un físico inconfundible

Francisco José I

Fotografía de un sonriente y ya anciano emperador de Austria y rey de Hungría, vestido con uniforme militar. 1910.

Foto: Bridgeman / ACI

Son numerosos los testimonios gráficos de Francisco José I. Óleos y fotografías permiten seguir su evolución física desde que era un apuesto muchacho rubio y barbilampiño hasta convertirse en un anciano venerable cuyas blancas patillas unidas a un espeso bigote le cubrían prácticamente todo el rostro; era un detalle tan característico de su persona que este tipo de patillas acabaron por denominarse «imperiales». En cuanto a su vestimenta, ya llevase uniforme o ropa civil siempre utilizaba guerreras o camisas de cuello alto y duro. La razón es que, en febrero de 1853, un nacionalista húngaro quiso degollarlo con un cuchillo de cocina. El susto fue tal que, desde entonces, Francisco José intentó no exponer el cuello para prevenir futuros atentados.

Para saber más

Sissi, la triste vida de la última gran emperatriz de Europa

La vida de Sissi Emperatriz

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Este artículo pertenece al número 201 de la revista Historia National Geographic.

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