La caída de una orden militar

El final de los templarios

El 18 de marzo de 1314 era quemado en la hoguera Jacques de Molay, gran maestre del Temple, que ya llevaba siete años en prisión a resultas de un proceso judicial amañado por el rey de Francia.

¿Culpables o inocentes?

Foto: Bridgeman / ACI

El amanecer del viernes 13 de octubre de 1307, los soldados del rey de Francia Felipe IV el Hermoso se presentaron en las puertas de todas las residencias que los templarios poseían en el reino. Exhibían un acta de acusación en la que, bajo la autoridad de la Inquisición y a petición del monarca francés, eran puestos bajo arresto en el lugar donde se hallaban. Así comenzó un largo proceso de siete años que llevó al fin de la orden religiosa y militar más poderosa de la Edad Media.

Cronología

El rey y el temple

1307

El 13 de octubre, todos los templarios del reino de Francia son arrestados por orden del rey Felipe IV, acusados desde herejía hasta sodomía.

1308

Del 17 al 20 de agosto, el Gran Maestre Jacques de Molay y otros jefes de la orden del Temple reciben la absolución sacramental por los comisarios del papa.

1312

El 20 de marzo, durante el concilio de Vienne, el pontífice Clemente V suspende la orden del Temple aunque no se ha probado su culpabilidad.

Marzo 1314

El día 18 de marzo, el gran maestre del Temple, De Molay, y el preceptor de Normandía, De Charny, son condenados a la hoguera sin el consentimiento del papa.

Nov. de 1314

El 26 de noviembre muere el rey Felipe eI Hermoso en un accidente de caza. El pueblo atribuye su fin a una maldición lanzada por los templarios.

El acta por la que fueron arrestados imputaba a todos los miembros de la Orden acusaciones muy graves contra la moral religiosa: afirmaba que cuando los nuevos reclutas ingresaban en ella tenían que renegar de Jesucristo, escupir a la cruz y besar el trasero del preceptor; añadía, además, que los preceptores exigían a los reclutas que no se negaran a mantener relaciones sexuales con los hermanos que así lo quisieran; por último, se decía que los jefes de la Orden custodiaban un misterioso ídolo que representaba la cabeza de un hombre con barba, venerado por todos los templarios, los cuales llevaban ceñido a las caderas un cordón que había sido consagrado al entrar en contacto con dicho ídolo.

Ósculos pecaminosos. En el manuscrito de Les voeux du paon (Biblioteca Pierpont Morgan, Nueva York) se ha creído identificar a un templario besando el trasero de un personaje tonsurado.

Foto: The Morgan Library / Scala, Firenze

Nogaret, el cerebro de la detención

Todos los cargos mencionados se unieron para formar una única acusación y para justificar que interviniera la Inquisición: existía la vehemente sospecha de que los templarios, a pesar de ser una Orden de la Iglesia, seguían en secreto creencias religiosas contrarias a la fe cristiana.

La orden de arresto fue firmada por el rey un mes antes de la detención, el 14 de septiembre, pero en realidad se habían necesitado años para recoger indicios, rumores y testimonios para que Guillaume de Nogaret, el abogado real, pudiera acorralar a los miembros de la Orden acusándolos de un delito por entonces imperdonable: la herejía. Doce espías, según el propio Nogaret, habían entrado en secreto en el Temple para vivir con los demás templarios y recoger cualquier dato que pudiera ser útil para difamarlos. Durante los interrogatorios que siguieron a la detención no fue difícil –en parte gracias a la tortura– arrancar a muchos prisioneros confesiones que ratificaban las acusaciones, aunque en realidad eran venganzas contra superiores prepotentes o desagradables que los habían perjudicado en el pasado.

El rey y la Iglesia. Deseoso de controlar la Iglesia francesa, Felipe IV se enfrentó al papado. Arriba, el monarca preside una reunión de los estamentos del reino.

Foto: Alamy / ACI

Como religiosos y, por tanto, miembros de una Orden de la Iglesia, los templarios sólo debían responder en juicio ante el papa, ya que estaban exentos del control de cualquier otra autoridad; eran lo que hoy denominamos una «prelatura personal» del pontífice. Esta inmunidad jurídica representaba un serio obstáculo para la estrategia real, pero Nogaret encontró la manera de sortearla: existía un antiguo decreto del papa Honorio III, de casi cien años atrás, que permitía a los inquisidores investigar la moralidad de los miembros de órdenes religiosas exentas (es decir, templarios, hospitalarios y cistercienses) si pesaba sobre ellos la sospecha de desviarse en materia de fe, es decir, de herejía. La herejía, pues, era la única culpa que podía atravesar la muralla infranqueable de la inmunidad que poseían los templarios y, por tanto, era la única acusación capaz de justificar que interviniera la Inquisición.

Guillaume de Nogaret, que orquestó la caída del Temple, utilizó a la Inquisición para capturar a los miembros de la Orden

El precedente jurídico esencial, el citado decreto del papa Honorio III, demuestra que antes del ataque se produjo una exhaustiva búsqueda de documentos jurídicos. Pero Nogaret también estudió a fondo los mecanismos de la Inquisición, que era el instrumento imprescindible para llevar a juicio a los templarios. De hecho, sabemos que unos meses después del arresto de los templarios, el jefe de la Inquisición en Francia, el fraile Guillermo de París, fue suspendido por el papa Clemente V por abuso de poder, puesto que las atribuciones de su mandato no autorizaban la detención en masa de los templarios. El dominico se disculpó ante el papa, especificando que había emitido una orden para investigar a ciertos templarios sospechosos de adherirse a doctrinas heréticas, es decir, sólo a algunos individuos concretos, no a todos los miembros de la Orden. En definitiva, el inquisidor vino a admitir que había sido engañado por Nogaret.

Prisionero en Gisors. Entre 1310 y 1314, Jacques de Molay, el gran maestre del Temple, fue encarcelado en esta fortaleza, que los templarios habían custodiado en el siglo XII.

Foto: Lionel Lourdel / GTRES

Otro hecho que demuestra la cuidadosa preparación del ataque se produjo pocas semanas antes de la detención, el 22 de septiembre de 1307. Ese día, el consejo real estaba reunido en la abadía de Pontoise, y de aquella reunión Guillaume de Nogaret salió con el nombramiento de Guardián de los Sellos, el más alto cargo del reino en cuestiones judiciales, justamente la autoridad necesaria para ordenar el arresto de los templarios en todo el reino. Así pues, cada movimiento fue estudiado de antemano y con mucho cuidado para que los templarios, a pesar de su gloria, acabaran enterrados bajo una montaña de fango.

El punto central al que se refería la acusación, la negación de la fe cristiana, se valía de un ritual secreto de ingreso que la Orden llevaba a cabo para poner a prueba la obediencia de los novicios: quien quisiera ser templario debía demostrar que podía aceptar la obediencia total que regía la Orden, muy necesaria porque las operaciones militares contra los sarracenos en Tierra Santa requerían una disciplina inflexible. Después de cumplir el rito religioso de la profesión de los votos, el novicio era conducido a un lugar distinto de la iglesia, a menudo la sacristía; como había jurado que obedecería cualquier orden impartida por sus superiores y que soportaría las duras reglas vigentes en el Temple, se le pedía que renegase de Jesucristo, que escupiese sobre la cruz y que besara el trasero del superior. El objetivo era poner a prueba al novicio y ver su reacción frente a la orden de cometer actos tan reprobables para un hombre que acababa de jurar que daría incluso la vida en defensa de la fe.

La destrucción moral

En realidad, los dos primeros actos imitaban la violencia que sufrían los cristianos capturados en Tierra Santa, que debían elegir entre negar a Jesucristo o morir. Respecto al beso en el trasero del superior, que en la mayoría de los casos se producía por encima de la ropa, era un gesto de humillación voluntaria del novicio que demostraba así la sumisión a los miembros más antiguos.

Cuando un novicio ingresaba en el Temple se le pedía que escupiera en un crucifijo y que besara el trasero de su superior

En el acta de acusación redactada por Nogaret, todo esto se usó para demostrar que los templarios realizaban gestos homosexuales y se relacionó con la recomendación a los reclutas de no negarse a practicar sexo con los hermanos que así lo quisieran; el objetivo era escandalizar a la opinión pública para difundir la idea de que el Temple estaba corrompido por la depravación. No todos los templarios confesaron los delitos detallados en la orden de detención, y muchos los negaron a pesar de ser brutalmente torturados. Sin embargo, el impacto de las confesiones de quienes los admitieron (aunque fuese bajo tormento) fue devastador para la reputación de la Orden. La estrategia difamatoria había preparado meticulosamente el terreno para que así fuera.

Detención de los templarios. Miniatura de Las crónicas de Francia. Siglo XIV.

Foto: AKG / Album

Ya antes de la detención del 13 de octubre, parejas de frailes franciscanos y dominicos fueron enviados por la Inquisición a todas las regiones de Francia para predicar la inmoralidad de los templarios. Sus palabras debían tocar la fibra sensible de la gente, escandalizar a los fieles, y así, cuando se dieran a conocer los testimonios obtenidos durante los interrogatorios, la gente ya estaría acostumbrada a oír hablar de la herejía propagada en secreto entre los frailes combatientes.

Ya antes de la detención de los templarios, frailes dominicos y franciscanos predicaron sobre la inmoralidad de la Orden

La Orden gozaba de la estima de personas de todas las clases sociales. La gente corriente hacía donaciones al Temple, y las familias aristocráticas animaban a sus hijos menores a ingresar en las filas de los templarios, asignando a cada uno de ellos un terreno como dote. Además, muchos fieles pedían ser enterrados en las iglesias templarias para disfrutar de los beneficios espirituales que obtendría su alma gracias a las plegarias de sufragio que los templarios realizaban durante las ceremonias litúrgicas. Todo ello proporcionaba a la Orden tierras y riquezas, pero también les daba prestigio y credibilidad. Era esa credibilidad, esa legitimación moral, la que la estrategia difamatoria orquestada por Nogaret pretendía destruir.

Los guerreros. En la capilla templaria de Cressac (Francia) se representó la victoria cruzada de al-Buqaia o La Bocquée en 1163.

Foto. White Images / Scala, Firenze

La manipulación del sentir popular se preparó con todo detalle, teniendo en cuenta la cultura y la mentalidad imperantes en cada región, para estar seguros de que se atacaría la sensibilidad de la gente justo allí donde se podía causar más daño.

Besos indecentes

En París, por ejemplo, la homosexualidad se consideraba una falta muy grave. Esto se debía en parte al escándalo que había manchado el buen nombre de la familia real unas décadas atrás, cuando el rey Felipe III el Temerario fue acusado por su segunda esposa, la reina María de Brabante, de tener como amante a un hombre, el secretario real Pierre La Brosse. El escándalo había arrojado la sombra de la sospecha sobre todos los hijos de Felipe III, ya que se dudaba de que pudieran ser realmente hijos legítimos si habían nacido de un hombre tachado de sodomita. Tras heredar el trono, Felipe IV el Hermoso se tuvo que enfrentar muchas veces a oponentes políticos que se aprovecharon de esa sospecha latente para atacar su autoridad y afirmar que no era el legítimo rey de Francia.

La hoguera de París. El gran maestre De Molay fue quemado en la Isla de los judíos, un islote del Sena quizá llamado así por las víctimas de anteriores ejecuciones.

Foto: British Library / Album

En resumen, el «vicio sodomítico» era tabú en París, y Nogaret quiso asegurarse de que los interrogatorios que tuvieran lugar allí hicieran énfasis en ese aspecto, incluso en contra de la lógica, puesto que, según la doctrina católica, la sodomía era un pecado carnal, pero no tenía ninguna relación con la herejía. Sin embargo, una vez derribado el mito del heroísmo templario en la conciencia popular, la estrategia difamatoria podía afirmar que unos hombres depravados que practicaban un vicio tan obsceno eran capaces de rebajarse a cometer cualquier tipo de pecado.

En el castillo del rey. En agosto de 1308, los jefes del Temple, cautivos del rey de Francia en Chinon, fueron interrogados por tres cardenales
que el papa envió allí en secreto.

Foto: Marco Faliero / Fototeca 9x12

En París, pues, los interrogatorios de los templarios encarcelados insistieron en los presuntos «besos indecentes» de la ceremonia de ingreso. Pero en el sur de Francia la homosexualidad se juzgaba con menos rigor –aunque la condenase la moral religiosa–, y jugar la carta del «vicio sodomítico» no habría bastado para hacer mella en el buen nombre de los templarios; de ahí que la acusación se concentrase en otras faltas.

Magos y brujos

El Languedoc, donde la Inquisición tenía su sede, había sufrido mucha violencia social a principios del siglo XIII, cuando tuvo lugar la famosa cruzada albigense contra la herejía de los cátaros. La región sufrió muchísimo durante la represión de la herejía, que allí era considerada el delito más grave, capaz de desencadenar grandes desgracias. No es casualidad que durante los interrogatorios que tuvieron lugar en las provincias del sur figuraran en lugar destacado elementos relacionados con la magia y la brujería (aquelarres, evocación del demonio en forma de gato), que no aparecieron en absoluto en los interrogatorios del norte del reino, a pesar de que las prácticas de magia sí permitían acusar a los templarios de herejes.

El fin de la estrategia difamatoria de Nogaret no era averiguar la verdad, sino inculcar en la mente de la gente corriente la idea de que los templarios eran terriblemente depravados. Si la Orden se hubiera salvado, tarde o temprano la Corona de Francia le hubiese tenido que devolver la enorme suma de dinero que le había pedido prestada para salvarse de la bancarrota y que no podía pagar.

Durante el concilio de Vienne, celebrado en la primavera de 1312, el papa Clemente V advirtió que la supremacía militar y política de Felipe el Hermoso era abrumadora y, aunque en su fuero interno el pontífice hubiera querido que el Temple sobreviviera, tuvo que ceder a la presión real. La bula Vox in excelso ratificó que la acusación de herejía no contaba con pruebas suficientes, pero la orden de los templarios fue abolida de acuerdo con el interés superior de proteger a la Iglesia.

El Pergamino de Chinon, redescubierto por Barbara Frale, que muestra que el papa los consideraba inocentes.

Foto: AKG / Album

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De guerreros a banqueros

Fundada en 1119 para defender a los peregrinos cristianos que acudían a Palestina, la orden del Temple se convirtió con el paso de los años en una verdadera potencia económica gracias a sus extensas posesiones -era receptora de gran número de donaciones– y su actividad bancaria. La función militar de los templarios (que en un principio se llamaron «pobres caballeros de Cristo») declinó tras la conquista final de Tierra Santa por los musulmanes en 1291, pero su papel económico en Europa fue en aumento. Convertidos en banqueros de los reyes, fue esta actividad la que precipitó la caída del Temple por obra del insaciable Felipe IV de Francia, que no pensaba pagar sus deudas con la Orden.

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Lo que cuenta una imagen

El sello más conocido de los templarios representa a dos caballeros sobre una única montura. Las imágenes de los sellos medievales tenían un sentido simbólico, y en el caso de los templarios este sello aludía a la doble misión de los miembros de la Orden: cada templario hacía los votos religiosos de pobreza, obediencia y castidad como un monje, pero al practicar la guerra contra los enemigos del cristianismo también era un soldado. En cierto sentido, los templarios eran dobles: monjes y guerreros. Pero durante el juicio la imagen de los dos hombres sobre un único caballo se utilizó para reforzar la acusación de prácticas sodomíticas generalizadas dentro del Temple, un punto importante en la estrategia de ataque contra éste.

Sello templario. La leyenda «sello de los soldados de Cristo», en latín, rodea la figura.

Foto: Album

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La absolución de Chinon

Cuando los templarios ya llevaban nueve meses cautivos del rey de Francia, en junio de 1308, el papa Clemente V amenazó a Felipe el Hermoso con excomulgarlo si no podía comunicarse con ellos, así que el monarca aceptó que algunos prisioneros comparecieran ante el pontífice para responder de las acusaciones. Pero el gran maestre Jacques de Molay y los mayores dignatarios de la Orden fueron retenidos con engaños en el castillo de Chinon para evitar que vieran al papa. Clemente V respondió a esta artimaña con otra: envió en secreto a Chinon a tres cardenales plenipotenciarios que escucharon a De Molay y a los demás. Tras pedir perdón a la Iglesia, fueron absueltos y reintegrados en la comunión de los fieles.

Jacques de Molay cargado de cadenas. Detalle de un óleo por Fleury François Richard. 1806.

Foto: AKG / Album

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Muertes y maldiciones

El 18 de marzo de 1314, cuando ya llevaban más de seis años encarcelados, el gran maestre del Temple, Jacques de Molay, y el prefecto de Normandía, Godofredo de Charny, se rebelaron y se retractaron de todas las acusaciones que habían admitido.
Fueron acusados de relapsos (es decir, de recaer en la herejía) y quemados ese mismo día, sin el consentimiento del papa. Cuando en el mes de noviembre el rey Felipe el Hermoso murió a causa de un accidente de caza, la fantasía popular –exaltada por las insinuaciones que Nogaret había propagado durante años acerca de magia y brujería practicadas por los templarios– pensó enseguida que el rey había caído bajo una «maldición» templaria.

Este artículo pertenece al número 216 de la revista Historia National Geographic.

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